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por Marcelo Ramírez
16 Septiembre 2026
del Sitio Web
KontraInfo

El problema de nuestra época no puede resumirse solamente en una
supuesta disminución de la inteligencia...
La sociedad contemporánea conserva enormes
capacidades cognitivas, técnicas y profesionales.
Millones de personas dominan procedimientos
complejos, operan tecnologías sofisticadas, administran recursos y
resuelven dificultades cotidianas.
Sin embargo, esas mismas personas
emplean cada vez menos esas capacidades para comprender
el mundo en el que viven, establecer relaciones causales,
jerarquizar información y actuar según consecuencias de largo
plazo.
La degradación actual es funcional porque afecta
la atención, la memoria, el juicio y la voluntad política sin
impedir que la maquinaria económica siga funcionando.
Esta transformación produce un individuo eficaz dentro de tareas
delimitadas y vulnerable frente a los procesos que determinan su
vida.
Puede trabajar, consumir, endeudarse, votar y
opinar, pero encuentra dificultades crecientes para reconstruir
el vínculo entre una decisión económica, una estructura de
propiedad, una política pública y sus efectos sociales.
La abundancia de datos no corrige esa debilidad,
al contrario, muchas veces la profundiza porque la información llega
fragmentada, descontextualizada y sometida a una competencia
constante por captar atención.
Durante siglos, una parte importante de la cultura popular conservó
una aspiración simbólica hacia arriba, ascendente.
Leer, aprender un oficio, conocer historia,
hablar con precisión, escuchar a alguien que sabía más y
comprender la política eran conductas asociadas al progreso
personal si bien ese ideal nunca fue universal y convivió
siempre con la ignorancia, la frivolidad y el entretenimiento
banal.
La diferencia actual está en la escala y en la
función.
La banalidad dejó de ocupar los
márgenes del tiempo libre y se convirtió en uno de los
principios organizadores de la vida cotidiana.
Una persona puede pasar cuatro, cinco o seis
horas frente a una pantalla, recibir cientos de imágenes, escuchar
cientos de frases y terminar el día sin haber incorporado una sola
idea articulada.
Jamás hubo tanta información disponible y pocas
veces fue consumida de manera tan superficial. La cultura digital
multiplicó el acceso al conocimiento, pero también perfeccionó una
economía que obtiene beneficios de interrumpir la concentración,
estimular la ansiedad y convertir cada segundo de atención en una
mercancía.
La primera degradación ocurre en la capacidad de concentrarse.
TikTok, Reels, Shorts, notificaciones,
titulares, memes, videos acelerados y fragmentos de entrevistas
entrenan a la mente para cambiar de objeto cada pocos segundos.
El cerebro entonces aprende el comportamiento que
practica y después de años de consumo fragmentario, sostener una
actividad continua empieza a producir incomodidad leer veinte
páginas, escuchar una conferencia, seguir un razonamiento complejo,
mirar una película subtitulada o conceder diez minutos a un
argumento antes de juzgarlo.
Esa incomodidad suele confundirse con incapacidad y en muchos casos
expresa una pérdida de entrenamiento cognitivo.
La atención funciona como una disciplina y se
debilita cuando toda la experiencia cultural premia el salto
inmediato hacia el estímulo siguiente.
El resultado político es profundo y quien pierde
la capacidad de seguir una explicación compleja necesita que el
mundo sea reducido a consignas simples como bueno o malo, héroe o
traidor, víctima u opresor, demócrata o fascista, Occidente o
dictadura.
La consigna reemplaza al
argumento y la política se convierte en administración emocional
de masas.
El entretenimiento participa de
esa transformación porque siempre existieron contenidos
triviales, y el descanso forma parte de una vida sana.
El problema aparece cuando la mayor parte de la
experiencia cultural, como veíamos, queda organizada alrededor de lo
trivial y cuando el entretenimiento deja de ofrecer una pausa frente
a la realidad para ocupar su lugar.
Escándalos de celebridades, desafíos
absurdos, bromas humillantes, exhibiciones de consumo y
conductas riesgosas compiten por unos segundos de visibilidad.
El objetivo común es capturar atención...
El reconocimiento social que antes podía obtenerse mediante
conocimiento, prestigio profesional, valentía, servicio comunitario
o creación artística puede conseguirse ahora mediante una breve
irrupción en el flujo colectivo.
Esa lógica genera una inflación de conductas
extremas dado que si una imprudencia filmada produce más
visualizaciones que una explicación rigurosa, el sistema de
incentivos queda establecido.
La plataforma no necesita ordenar
comportamientos degradantes, le basta con "premiarlos"...
Así se configura la estupidez funcional...
Una persona puede conservar aptitudes laborales
y, al mismo tiempo, renunciar al pensamiento autónomo, adoptando
opiniones prefabricadas, repitiendo frases, defendiendo posiciones
que nunca investigó, indignándose por el asunto que el algoritmo
presentó esa mañana y que olvidará cuando llega la polémica
siguiente.
La economía necesita individuos capacitados para
producir y consumir. El poder se beneficia cuando esos mismos
individuos carecen de interés, tiempo o hábitos para comprender.
La identidad política fue desplazada progresivamente por una
identidad de consumidor.
La pregunta acerca de la sociedad que se desea
construir cedió terreno ante otra pregunta más inmediata y urgente
como saber qué puedo comprar...
Una casa, un automóvil, un teléfono de última
generación, viaje, ropa, cuerpo, experiencias, restaurantes,
seguidores.
Toda la vida comienza a medirse mediante signos
externos de éxito y el horizonte existencial se reduce a la
acumulación privada.
Esa reducción debilita así la idea de destino colectivo.
El deterioro del hospital público parece
lejano mientras exista medicina privada, la degradación
educativa pierde urgencia para quien puede pagar un colegio, la
inseguridad se vuelve un problema ajeno mientras se viva en un
barrio protegido o la precarización laboral conmueve poco
mientras afecte a otro.
Se instala una privatización psicológica de la
existencia:
mi casa, mi dinero, mi cuerpo, mis
vacaciones, mi familia, mis problemas, el resto se convierte en
paisaje, en una película que vemos desde la comodidad
individual.
El narcisismo completa ese desplazamiento.
Las redes profundizaron una
transformación cultural previa al producir la conversión de la
propia vida en producto. La persona se fotografía, se exhibe, se
compara y se mide.
Cuenta seguidores, viajes, propiedades,
músculos, experiencias y adhesiones.
Cada elemento de la identidad puede transformarse
en señal pública y cada señal debe recibir validación, la
pertenencia comunitaria pierde terreno frente a la administración
permanente del yo.
La consecuencia es una sociedad conectada y atomizada con miles de
contactos que conviven con pocas relaciones fuertes, miles de
opiniones, con pocas convicciones y miles de imágenes con escasa
experiencia compartida.
La conexión técnica facilita el contacto, pero no
crea por sí sola comunidad porque una comunidad exige continuidad,
obligaciones mutuas, memoria, confianza y capacidad de sacrificio.
Esas disposiciones entran en tensión con una
cultura centrada en la satisfacción inmediata y la optimización
individual.
La empatía es otro factor que también se
deteriora cuando el individuo se convierte en espectador permanente.
Una guerra, un asesinato, una catástrofe, un
niño herido o una persona humillada aparecen dentro del mismo
flujo que una publicidad, un baile o un animal gracioso y la
sucesión elimina de esta manera el contexto moral.
La tragedia se vuelve otro estímulo y
el gesto de deslizar el dedo o el mouse reemplaza el tiempo
necesario para comprender.
La habituación al horror no convierte
automáticamente a las personas en crueles, produce algo más
extendido como es una sensibilidad saturada que reconoce el
sufrimiento y continúa de inmediato hacia otra cosa.
La dispersión de la atención se combina con la
división horizontal de la sociedad.
Generaciones, identidades, estilos de vida,
tribus culturales y comunidades digitales hablan principalmente
consigo mismas. Cada grupo recibe un lenguaje, un repertorio de
agravios y un conjunto de enemigos.
La sociedad puede discutir política durante todo
el día,
sin discutir el poder real, quién posee los
recursos, quién decide las inversiones y los destinos, quién se
apropia de la productividad, quién controla la infraestructura y
quién fija las reglas.
El identitarismo contemporáneo ofrece un ejemplo
central.
Las luchas contra discriminaciones concretas
forman parte de cualquier sociedad que aspire a la justicia.
El problema surge cuando esas reivindicaciones se
convierten en una taxonomía moral capaz de ordenar toda la vida
social en categorías rígidas de víctima y victimario.
Sexo, género, raza, origen, orientación e
identidad cultural pasan a funcionar como posiciones
predeterminadas desde las cuales se asignan legitimidad, culpa y
autoridad.
Esa lógica puede enfrentar a grupos que comparten
condiciones materiales objetivas.
Dos trabajadores con salarios deteriorados
terminan viéndose como adversarios culturales, hombres y mujeres
sometidos a la misma precarización son inducidos a interpretar su
vínculo como una guerra estructural.
La energía política se desplaza hacia el
lenguaje, los pronombres, la representación simbólica, la identidad
de un actor o la composición demográfica de una campaña
publicitaria.
Mientras tanto, la propiedad, la concentración
económica y la distribución de la riqueza permanecen intactas y cada
vez mas alejadas del escrutinio público.
El capitalismo corporativo comprendió con rapidez que podía
absorber esa revolución simbólica.
Una empresa puede exhibir diversidad
impecable y mantener condiciones laborales abusivas.
Puede pintar su logotipo con los colores de
una causa, evitar impuestos y aumentar la concentración de
mercado, incorporar todas las identidades imaginables a una
publicidad sin alterar quién posee la empresa.
La representación modifica imágenes y
oportunidades individuales, la transformación material modifica
relaciones de poder.
Confundir ambas escalas permite presentar
adaptación cultural como cambio estructural...
La fragmentación identitaria incorpora además,
una forma de vigilancia social porque el
control circula entre ciudadanos mediante costos reputacionales,
escarnio público, aislamiento profesional y expulsión de
determinados espacios.
Una etiqueta puede sustituir al argumento.
Palabras como racista, misógino, transfóbico,
fascista o negacionista, aplicadas como cierres automáticos,
interrumpen discusiones que deberían resolverse examinando
hechos y razonamientos.
El miedo a la sanción genera autocensura y
empobrece la capacidad colectiva de formular preguntas difíciles.
Universidades, juventudes, intelectuales, artistas, periodistas y
movimientos sociales, sectores históricamente asociados con la
producción de disidencia, pueden dedicar enormes cantidades de
energía a vigilar su propia pureza ideológica.
Las disputas internas ocupan el centro mientras
avanzan la automatización, la financiarización, la concentración
económica y la precarización laboral.
El poder resulta menos expuesto cuando sus
posibles críticos están ocupados en combates laterales y cuando el
vocabulario radical funciona como sustituto de la capacidad
organizada.
La consecuencia política de este proceso es
una población cansada, distraída y resignada con un ciudadano
apático que puede desconfiar del sistema, odiar a sus dirigentes
y saber que vive peor.
Peor la apatía no exige consentimiento, exige
inacción y por eso sus frases características expresan
impotencia aprendida: todos son iguales, nada cambia, siempre
fue así, yo me ocupo de lo mío.
Ese último enunciado representa una victoria
completa de la despolitización.
Una sociedad puede atravesar veinte años de
deterioro económico y responder mediante estrategias privadas de
adaptación con un segundo trabajo, emigración, compra de dólares,
criptomonedas, plataformas, delivery o emprendimientos.
Cada respuesta puede ser racional desde el punto
de vista individual peor su generalización revela la desaparición de
la pregunta colectiva. El interrogante sobre las causas del
empobrecimiento es reemplazado por la búsqueda de una salida
personal.
Las redes ofrecen un mecanismo eficaz de descarga. La gente se
queja, insulta políticos, comparte denuncias, publica memes y
participa en discusiones interminables.
El individuo siente que reaccionó porque expresó
indignación mientras la estructura permanece intacta.
Se produce una catarsis sin acción que puede
cumplir una función estabilizadora, con el malestar que se libera
simbólicamente antes de convertirse en organización, disciplina,
estrategia o construcción institucional.
Incluso el consumo intensivo de contenido político puede convertirse
en entretenimiento ideológico.
Una persona escucha durante horas a comunicadores
que confirman exactamente lo que ya piensa.
Se indigna, comparte y discute, experimenta
la sensación de participar diariamente en una batalla histórica
mientras permanece inmóvil frente a una pantalla.
La información política pierde su función cuando
no modifica criterios, vínculos, prioridades ni capacidades y
alimenta una identidad y una emoción, pero no produce poder social.
La manipulación contemporánea opera sobre esa debilidad.
Convencer profundamente a toda la población
resulta innecesario, administrar su atención es suficiente.
Un escándalo desplaza al anterior, una guerra
borra otra guerra, una polémica cultural domina cuarenta y ocho
horas y una provocación deliberada controla la conversación
durante varios días.
La saturación produce amnesia y cada
acontecimiento parece comenzar desde cero porque no existe
memoria suficiente para conectarlo con una secuencia.
El control social adopta entonces una
forma sofisticada de desenfocar.
Las transformaciones estructurales ocurren a
la vista de todos, rodeadas por miles de estímulos secundarios.
Una celebridad desplaza una crisis económica
y una discusión verbal ocupa semanas mientras se toman
decisiones que afectarán décadas.
Ocultar los hechos deja de ser
imprescindible, apenas basta con presentarlos como aburridos,
demasiado complejos, lejanos o inevitables y así asegurarse que
siempre exista algo más atractivo para mirar.
La anestesia se profundiza con la pérdida de
proyectos históricos.
Industrialización, desarrollo nacional,
Estado de bienestar, integración continental, conquista
espacial, socialismo, modernización y liberación nacional,
ofrecieron horizontes capaces de organizar generaciones enteras.
Esos proyectos podían ser contradictorios y
producir conflictos, pero situaban la política en el terreno del
futuro, obligando a discutir qué país y qué sociedad debían existir
dentro de veinte o treinta años.
Gran parte de la política contemporánea en realidad solo
administra el presente.
La urgencia económica encierra a millones de
personas en la pregunta por el fin de mes y esa preocupación es
completamente comprensible y consume la energía disponible.
Su generalización tiene un efecto devastador:
una sociedad incapaz de imaginar el futuro
termina administrando su decadencia.
La ausencia de horizonte convierte cada renuncia
en una 'adaptación' realista y cada retroceso en una
fatalidad.
La cultura adulta acompaña ese proceso mediante una infantilización
creciente.
Lenguaje simplificado, conflictos reducidos a
personajes buenos y malos, necesidad constante de
entretenimiento, baja tolerancia al aburrimiento y a la
frustración, gratificación inmediata, búsqueda permanente de
aprobación y dificultad para postergar recompensas.
Estas disposiciones alimentan industrias enormes
porque interpretan al consumidor perfecto:
impulsivo, ansioso, comparativo, insatisfecho
y fácilmente estimulable.
La inteligencia artificial (I.A.)
vuelve visible la gravedad del problema.
Esta tecnología puede alterar el mercado
laboral, la educación, la administración, la producción
intelectual, la cultura, la guerra y la estructura económica.
Una sociedad políticamente despierta
debería discutir quién será propietario de los sistemas, quién se
apropiará del aumento de productividad, cómo se distribuirán los
ingresos y qué ocurrirá cuando una empresa que necesitaba mil
trabajadores pueda funcionar con cien.
Son preguntas de orden civilizatorio pero están siendo
recibidas por una cultura que continúa fragmentada en circuitos de
distracción.
Un sector mira videos breves, otro consume
series, fútbol o se enfoca en las apuestas.
Algunos participan en guerras culturales o se
sumergen durante horas en contenido político partidario.
La distracción cambia según la edad, la clase
y la pertenencia cultural.
El mecanismo permanece constante y cada grupo
recibe su dosis propia de anestesia...
Quienes intentan escapar de esa dinámica
enfrentan el aislamiento.
Si perciben procesos preocupantes y tratan de
explicarlos, encuentran respuestas previsibles del estilo: siempre
fue así, no exageres, no se puede hacer nada, deja de pensar tanto.
Una persona aislada puede comprender
perfectamente un problema y sentirse incapaz de modificarlo, pero la
repetición de esa experiencia produce desánimo, luego resignación y
finalmente silencio.
La frase "no sirve de nada" puede ser más eficaz que una
prohibición, es letal.
Una persona convencida de que puede cambiar
algo constituye un sujeto político potencial., sin embargo una
persona convencida de que nada puede cambiar, se inmoviliza
sola.
Conserva libertades formales, puede escribir,
votar, protestar e insultar al gobierno, pero ha perdido la
expectativa de eficacia colectiva y esa pérdida destruye la
relación entre conciencia y acción.
La arquitectura completa combina varios procesos
que se refuerzan.
Menos atención produce menos lectura, menos
conocimiento y mayor dependencia de consignas.
Más narcisismo produce menos solidaridad,
menos organización y menor capacidad política.
Más precariedad produce cansancio, repliegue
individual y resignación.
La banalización destruye jerarquías
intelectuales; el consumismo reemplaza al ciudadano; la guerra
cultural desvía la indignación; la vigilancia moral genera
autocensura; la saturación impide construir memoria; el
aislamiento desmoraliza a quienes todavía intentan comprender.
El resultado es una población cognitivamente
fragmentada, culturalmente empobrecida, socialmente atomizada,
emocionalmente estimulada, económicamente ansiosa y políticamente
resignada.
Puede estar profundamente insatisfecha y
permanecer inmóvil, advertir que pierde derechos, poder adquisitivo,
estabilidad y capacidad de decisión, sin convertir ese malestar en
una explicación coherente, esa explicación en conciencia común y esa
conciencia en organización.
La forma contemporánea de dominación puede convivir con,
elecciones, Internet, libertad de expresión,
millones de medios e información prácticamente ilimitada.
La libertad política requiere algo más que
ausencia de censura, requiere capacidad para comprender,
establecer prioridades, asociarse, sostener vínculos y actuar.
Cuando esas capacidades se degradan, las
instituciones formales permanecen mientras disminuye el poder
efectivo de la sociedad para decidir su futuro.
Esa es la paradoja final.
La humanidad dispone de la mayor infraestructura
de conocimiento de su historia y la utiliza en gran medida para
consumir estímulos de pocos segundos.
Conoce una injusticia ocurrida a diez mil
kilómetros y la olvida antes de comprenderla, se conecta con
continentes enteros pero se encierra en una identidad
cuidadosamente exhibida.
Finalmente:
puede tener libertad para informarse y perder
el deseo, el hábito y el tiempo necesarios para hacerlo.
La dominación más eficaz construye una sociedad
en la que pensar parece aburrido, innecesario o demasiado
difícil...
El poder no necesita ser amado ni convencer a
todos de que las cosas funcionan.
Le alcanza con una población distraída,
individualizada, cansada y persuadida de que nada importante
depende de ella.
Es suficiente con que quienes podrían
cuestionar la estructura combatan entre sí, que quienes perciben
el problema se sientan solos y que la indignación sea intensa
pero fragmentaria.
Entonces,
la sociedad puede 'discutir'
permanentemente, ¡mientras otros deciden...!
Alguien puede sentirse rebelde mientras permanece
políticamente inofensiva y contemplar su propia expoliación,
comprendiendo vagamente que está ocurriendo y, pocos segundos
después,
volver a deslizar el dedo hacia
el siguiente estímulo...
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