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por Marcelo Ramírez
22 Febrero 2026
del Sitio Web
KontraInfo

La Corte Suprema de Estados Unidos le puso un límite
al instrumento central del programa
de Trump
- los aranceles - esto es un hecho político con impacto geopolítico:
cuando el Ejecutivo intenta mover la
estructura, el sistema le muestra hasta dónde lo deja llegar.
Arranquemos por lo básico.
En torno
a Estados Unidos circulan dos
relatos que se pisan entre sí:
Puede haber algo de verdad en ambos, o en
ninguno.
En esta escena eso es secundario.
Lo relevante es que la Corte condicionó
la política arancelaria y, con eso, le pegó al corazón del
programa.
Trump no llegó con el discurso habitual de
"equilibrio fiscal" como fin en sí mismo, ni con reformas
administrativas de baja intensidad para la tribuna.
Su eje fue otro:
Esa estrategia puede gustar o no gustar.
Pero tiene una lógica:
sin aranceles, la herramienta principal queda
neutralizada.
Es el equivalente político de cortar el tendón
de Aquiles...
La reacción automática de muchos comentaristas fue celebrar la
"seguridad jurídica" y la "división de poderes", como si el fallo
fuera una postal institucional para enmarcar.
Esa lectura, repetida por economistas que suelen
mirar todo con la misma tijera, es pobre.
La "seguridad jurídica" es un concepto que se usa
como perfume:
tapa el olor de la pelea real.
Cuando el 'Poder
Profundo' siente que le tocan la arquitectura, aparecen
los límites y el sistema se defiende.
La Corte, históricamente, funciona como dique de
contención. No es un oráculo neutral, sino el último recurso para
frenar cambios estructurales cuando el resto de las palancas se
complica.
Esto no es una rareza estadounidense, pasa en todos lados:
cuando un Ejecutivo intenta alterar una
estructura de fondo, el sistema judicial aparece como reserva
final.
En algunos momentos para bloquear; en otros
para validar procesos que, sin esa cobertura, serían difíciles
de imponer.
La formalidad habla de equilibrio de poderes; la
práctica habla de defensa del statu quo.
Y el poder judicial, con su lógica de permanencia
y decisiones definitivas, se parece más a una aristocracia moderna
que a un órgano "democrático". Un puñado decide por encima del resto
y el resto acata, incluso si una mayoría política piensa distinto.
Ahí entra el segundo eje:
el "deep
state", que no es una conspiración de película
sino una trama estable de poder.
Burócratas permanentes, agencias, sistema
financiero, complejo militar-industrial, grandes corporaciones,
think tanks, redes de influencia.
Ese entramado no cambia con elecciones.
Cambian caras, no cambia estructura.
Por eso es "profundo":
porque no se somete al mismo control que el
ciclo electoral.
Y ese entramado, proyectado hacia afuera, es lo
que suele llamarse "globalismo":
la necesidad de cadenas de valor abiertas,
deslocalización, libre flujo de capital, previsibilidad para el
gran capital transnacional.
Un programa proteccionista sostenido desarma a
esa lógica.
Entonces se usan herramientas que sí están
disponibles:
tribunales, medios, presión financiera,
mercados, lobby legislativo.
No hace falta imaginar brujería. Basta mirar
incentivos.
Y el dato más elocuente fue la reacción de los
mercados:
si el plan arancelario se frena, lo esperable
sería nerviosismo y caída, porque se desarma el plan industrial.
Pasó lo contrario:
los mercados festejaron. ¡Subieron...!
Eso dice más que mil editoriales.
Los mercados no votan. Premian intereses. Respiran con comercio
abierto, con producción deslocalizada, con reglas que no obliguen a
relocalizar.
Cuando suben ante el freno a Trump, el mensaje es
directo:
el capital transnacional se siente más
cómodo.
No es moral. Es negocio.
Y esa comodidad revela el conflicto real:
el choque entre el capital financiero
global y un nacionalismo económico-industrial que
intenta recuperar densidad productiva.
Cuando el poder financiero ve trabado el
proteccionismo, interpreta que el sistema volvió a su cauce.
Desde ahí, la discusión sobre si fue "golpe" o "división de poderes"
queda corta. No es un golpe militar. Es un golpe institucional: un
reequilibrio forzado del poder usando mecanismos del propio sistema
para limitar al Ejecutivo.
El presidente puede ganar elecciones, pero no
gobierna solo.
Y cuando el Ejecutivo intenta correr el eje
del modelo, el resto del sistema le marca la cancha.
Las consecuencias son claras,
sin aranceles, la reindustrialización se
complica y la base social que sostiene ese programa se erosiona.
La clase media industrial, sectores productivos, trabajadores de
ramas que fueron sacrificadas por la globalización.
Si el proyecto pierde eficacia, el sostén se
afloja.
Y un Trump debilitado es un Trump
más fácil de presionar, más obligado a negociar, más expuesto a la
lógica del desgaste que termina en la amenaza final:
el impeachment como horizonte, no como
accidente.
La política estadounidense tiene memoria de estos
ciclos:
cuando un outsider o un proyecto incómodo no
puede ser bloqueado electoralmente, se lo disciplina por
acumulación de presión, aislamiento, desgaste, judicialización.
El poder no pierde sin pelear. Y pelea con lo que
tiene a mano. Con reglas democráticas cuando gana; con otras reglas
cuando no gana.
En el fondo, se protege a sí mismo...
Esto derrama hacia afuera.
Medio Oriente aparece como el
punto más peligroso, porque un presidente acorralado, debilitado
en casa, puede endurecer posiciones externas para recomponer
autoridad.
No hace falta que quiera una guerra total.
Basta con que caiga en la tentación de usar
la agenda de seguridad para mover el foco interno.
El riesgo sube porque
Israel empuja desde hace tiempo una
escalada
con Irán y porque la presión sobre
Washington no desaparece: se intensifica cuando el Ejecutivo pierde
margen.
Acá hay que ser quirúrgicos con el lenguaje.
El problema es la política del Estado de
Israel y su conducción, no una comunidad ni una religión. La
discusión es geopolítica y estratégica. Y en Occidente existe un
costo político y mediático desproporcionado para imponer sanciones
reales o para sostener críticas sostenidas sin pagar un precio
doméstico.
Eso no vuelve "intocable" a nadie por magia:
lo vuelve caro.
El costo regula el discurso, disciplina
gobiernos, condiciona medios, y termina moldeando decisiones. En un
contexto de debilidad presidencial, ese costo opera con más fuerza.
Para
Rusia, un Trump
debilitado es un problema doble.
Primero, porque lo poco que había avanzado en
términos de diálogo y canal diplomático se vuelve frágil.
Segundo, porque si Trump cae o queda
neutralizado, la probabilidad de un giro más agresivo aumenta.
Un gobierno demócrata o un republicano de línea
neoconservadora implicaría más confrontación y menos contactos.
Moscú ya vivió períodos donde el contacto se evaporó. Y cuando el
contacto desaparece, el riesgo de escalada crece.
No es un detalle:
el canal diplomático es parte del freno a la
deriva nuclear.
China también queda en una posición
delicada.
El modelo de Trump es transaccional:
duro, áspero, pero negociable.
El modelo globalista es más destructivo:
no busca acuerdo, busca neutralización del
rival.
China se montó en la globalización para hacer
negocios, pero no "pertenece" al globalismo financiero
occidental...
Por eso la presión para disciplinarla no se va.
Si el globalismo reordena Occidente, vuelve
con más fuerza contra China y Rusia. Y ahí aparece la
hipótesis de guerra como herramienta de
reconfiguración, no por necesidad económica sino por
lógica de poder.
En Argentina, el cuadro deja un sabor amargo.
El gobierno local se presenta como "trumpista"
pero ejecuta lo contrario:
apertura importadora, destrucción de
industria, demolición del mercado interno sin contrapartida
estratégica.
Si encima Estados Unidos retrocede en aranceles,
se refuerza el discurso de libre mercado como religión secular, y se
vuelve más difícil justificar protecciones inteligentes, incluso
cuando la evidencia histórica muestra que sin industria no hay
soberanía económica.
El simbolismo importa:
cuando el centro vuelve a predicar apertura,
la periferia paga la factura.
En términos prácticos, Trump tiene pocas
salidas limpias.
No puede ignorar el fallo sin abrir una
crisis constitucional.
Puede intentar reformular el esquema vía
Congreso, pero necesita control político sólido, algo improbable
en un clima de polarización y lobby corporativo intenso.
Puede buscar alternativas legales, como el
argumento de seguridad nacional, pero si el fallo atacó
el núcleo de autoridad ejecutiva, el margen se achica.
Puede pensar en ampliar la Corte, como
Roosevelt, pero es explosivo y lento.
Trump no tiene tiempo. Y el tiempo, en
política, es poder.
El resultado es un escenario inestable:
un Ejecutivo herido, un sistema que lo
disciplina, mercados que celebran la vuelta al cauce globalista,
aliados y rivales que recalculan.
La lectura correcta no es jurídica, es
estructural:
se disputa el modelo económico de Estados
Unidos y con él la orientación estratégica de la principal
potencia.
Cuando esa potencia entra en tensión interna, el
impacto se proyecta hacia Europa, Medio Oriente, Rusia, China y
también hacia nuestra región
en America Latina.
El dato final es simple y crudo:
La votación por sí sola no garantiza rumbo.
La estructura permanente define límites.
Cuando el programa amenaza intereses
consolidados, el sistema se cierra.
Lo que acaba de ocurrir no es una anécdota,
es una señal de quién manda cuando la pelea se vuelve real...
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