Irán - por su nombre, carácter e
identidad - es una de las civilizaciones más antiguas de la
historia de la humanidad.
A pesar de sus ventajas históricas y
geográficas en distintos momentos, Irán jamás ha optado, en
su historia moderna, por la agresión, la expansión, el
colonialismo o la dominación.
Incluso tras sufrir ocupación, invasión y
la presión constante de las potencias mundiales - y a pesar
de poseer superioridad militar sobre muchos de sus vecinos -
Irán nunca ha iniciado una guerra.
Sin embargo, ha repelido con firmeza y
valentía a quienes lo han atacado.
El pueblo iraní no alberga animosidad hacia otras naciones,
incluyendo a los pueblos de América, Europa o los países
vecinos.
Incluso ante las repetidas intervenciones
y presiones extranjeras a lo largo de su orgullosa historia,
los iraníes siempre han distinguido claramente entre los
gobiernos y los pueblos que gobiernan.
Este es un principio profundamente
arraigado en la cultura y la conciencia colectiva iraní, no
una postura política pasajera.
Por esta razón, presentar a Irán como una amenaza no se
corresponde ni con la realidad histórica ni con los hechos
observables en la actualidad.
Esta percepción es producto de los
caprichos políticos y económicos de los poderosos: la
necesidad de crear un enemigo para justificar la presión,
mantener el dominio militar, sostener la industria
armamentística y controlar los mercados estratégicos.
En este contexto, si no existe una
amenaza, se inventa.
Dentro de este mismo marco, Estados Unidos ha concentrado la
mayor parte de sus fuerzas, bases y capacidades militares en
torno a Irán, un país que, al menos desde la fundación de
Estados Unidos, nunca ha iniciado una guerra.
Las recientes agresiones estadounidenses
lanzadas desde estas mismas bases han demostrado lo
amenazante que resulta realmente dicha presencia militar.
Naturalmente, ningún país que se enfrente
a tales circunstancias renunciaría a fortalecer sus
capacidades defensivas.
Lo que Irán ha hecho - y sigue haciendo -
es una respuesta mesurada basada en la legítima defensa, y
de ninguna manera constituye el inicio de una guerra o una
agresión.
Las relaciones entre Irán y Estados Unidos no fueron
hostiles en un principio, y los primeros encuentros entre
los pueblos iraní y estadounidense transcurrieron sin
hostilidad ni tensión.
Sin embargo, el punto de inflexión fue el
golpe de Estado de 1953, una intervención ilegal
estadounidense cuyo objetivo era impedir la nacionalización
de los recursos propios de Irán.
Dicho golpe interrumpió el proceso
democrático iraní, reinstauró la dictadura y sembró una
profunda desconfianza entre los iraníes hacia las políticas
estadounidenses.
Esta desconfianza se acentuó aún más con
el apoyo de Estados Unidos al régimen del Shah, su respaldo
a Saddam Hussein durante la guerra impuesta en la
década de 1980, la imposición de las sanciones más largas y
exhaustivas de la historia moderna y, finalmente, la
agresión militar no provocada - en dos ocasiones, en medio
de negociaciones - contra Irán.
Sin embargo, todas estas presiones no han logrado debilitar
a Irán.
Por el contrario, el país se ha
fortalecido en muchos ámbitos:
-
la tasa de alfabetización se ha
triplicado, pasando de aproximadamente el 30 % antes de
la Revolución Islámica a más del 90 % en la actualidad
-
la educación superior se ha expandido
drásticamente
-
se han logrado avances significativos
en tecnología moderna
-
los servicios de salud han mejorado;
y la infraestructura se ha desarrollado a un ritmo y una
escala sin precedentes
Estas son realidades medibles y
observables que se sostienen independientemente de
narrativas inventadas.
Al mismo tiempo, no se debe subestimar el impacto
destructivo e inhumano de las sanciones, la guerra y la
agresión en la vida del resiliente pueblo iraní.
La persistencia de la agresión militar y
los recientes bombardeos afectan profundamente la vida, las
actitudes y las perspectivas de las personas.
Esto refleja una verdad humana
fundamental: cuando la guerra inflige un daño irreparable a
vidas, hogares, ciudades y futuros, la gente no permanecerá
indiferente ante los responsables.
Esto plantea una pregunta fundamental:
¿A qué intereses del pueblo
estadounidense beneficia realmente esta guerra?
¿Existía alguna amenaza objetiva por
parte de Irán que justificara tal comportamiento?
¿Acaso la masacre de niños inocentes,
la destrucción de instalaciones farmacéuticas para el
tratamiento del cáncer o la jactancia de bombardear un
país hasta reducirlo a la Edad de Piedra tienen
algún propósito que no sea dañar aún más la reputación
internacional de Estados Unidos?
Irán negoció, llegó a un acuerdo y
cumplió con todos sus compromisos.
La decisión de retirarse de dicho
acuerdo, intensificar la confrontación y lanzar dos actos de
agresión en medio de las negociaciones fueron decisiones
destructivas del gobierno estadounidense, decisiones que
alimentaron las ilusiones de un agresor extranjero.
Atacar la infraestructura vital de Irán, incluyendo sus
instalaciones energéticas e industriales, atenta
directamente contra el pueblo iraní.
Más allá de constituir un crimen de
guerra, tales acciones tienen consecuencias que trascienden
las fronteras de Irán.
Generan inestabilidad, aumentan los
costos humanos y económicos, y perpetúan ciclos de tensión,
sembrando resentimiento que perdurará durante años.
Esto no es una demostración de fuerza; es
un signo de desconcierto estratégico y de incapacidad para
alcanzar una solución sostenible.
¿Acaso no es cierto que Estados
Unidos ha intervenido en esta agresión como títere de
Israel, influenciado y manipulado por ese régimen?
¿No es verdad que Israel, al fabricar
una amenaza iraní, busca desviar la atención mundial de
sus crímenes contra los palestinos?
¿No es evidente que Israel ahora
pretende combatir a Irán hasta el último soldado
estadounidense y el último dólar del contribuyente
estadounidense, trasladando el peso de sus delirios a
Irán, la región y a los propios Estados Unidos en pos de
intereses ilegítimos?
¿Es realmente "Estados Unidos primero" una de las
prioridades del gobierno estadounidense en la
actualidad?
Les invito a mirar más allá de la
maquinaria de desinformación - parte integral de esta
agresión - y, en cambio, a hablar con quienes han visitado
Irán.
Observen a los numerosos inmigrantes
iraníes exitosos - educados en Irán - que ahora enseñan e
investigan en las universidades más prestigiosas del mundo o
contribuyen a las empresas tecnológicas más avanzadas de
Occidente.
¿Coinciden estas realidades con las
distorsiones que les cuentan sobre Irán y su gente?
Hoy, el mundo se encuentra en una encrucijada. Continuar por
el camino de la confrontación es más costoso e inútil que
nunca.
La elección entre la confrontación y el
diálogo es real y trascendental; su resultado moldeará el
futuro de las generaciones venideras.
A lo largo de sus milenios de orgullosa
historia, Irán ha sobrevivido a numerosos agresores. De
ellos solo quedan nombres manchados en la historia, mientras
que Irán perdura, resiliente, digno y orgulloso...