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por Marcelo Ramírez
25 Abril 2026
del Sitio Web
KontraInfo
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Marcelo Ramírez
Analista geopolítico, escritor y conferencista
argentino especializado en análisis geopolítico y
militar, conflictos contemporáneos y dinámica del mundo
multipolar. Fundador y director de AsiaTV y creador de
la plataforma de análisis estratégico Humo y Espejos.
Autor del libro La OTAN contra Rusia. Propaganda y
guerra híbrida (Editorial Letras Inquietas, 2022).
Cofundador de la Alianza para el Desarrollo Auténtico y
la Cooperación Ruso-Iberoamericana (ADACRI), iniciativa
orientada a fortalecer el diálogo estratégico entre el
mundo ruso y la comunidad iberófona. |

Durante demasiado tiempo se habló de la guerra como si todavía
estuviéramos en el mundo donde la superioridad tecnológica resolvía
todo, donde un puñado de plataformas de élite, unas cuantas semanas
de campaña intensa y mucha propaganda sobre precisión quirúrgica
bastaban para quebrar al adversario.
Era una fantasía cómoda. Cara, pero cómoda...
Sobre todo para quienes hicieron del
negocio de la guerra un sistema industrial, presupuestario y
político donde cada misil de millones de dólares venía envuelto en
un discurso moral y en una rentabilidad bastante menos espiritual.
Lo que estamos viendo ahora es otra cosa.
No cambió solo el armamento.
Cambió la lógica misma de la guerra.
Y ahí está el problema central para Occidente:
no es que no tenga armas sofisticadas, las
tiene; no es que no tenga doctrina, la tiene; no es que no tenga
experiencia, también la tiene.
El problema es que buena parte de su
estructura sigue pensada para una guerra que ya no es la
decisiva.
Sigue pensando en campañas breves,
demoledoras, con supremacía aérea, con mando y control perfecto,
con plataformas complejas, con una entrada inicial aplastante
que obligue al otro a rendirse antes de que aparezca el
verdadero costo del conflicto...
El único inconveniente es que el mundo dejó de
comportarse como esperaban los folletos del Pentágono y los
powerpoints de
la OTAN.
Occidente organizó durante décadas sus fuerzas para guerras de alta
intensidad pero temporalmente acotadas.
La lógica era simple:
-
golpear primero, mejor y más fuerte
-
destruir centros críticos
-
paralizar la cadena de mando del
adversario
-
imponer superioridad aérea
-
resolver el conflicto antes de que la
duración empiece a jugar en contra
Es una doctrina coherente si uno supone que la
guerra sigue siendo un sprint y no una maratón.
También es una doctrina muy funcional para un
complejo militar-industrial que vive de vender sistemas carísimos,
sofisticadísimos y de reposición lenta, porque alrededor de cada una
de esas plataformas orbitan,
presupuestos, contratistas, lobbies, carreras
políticas, universidades, think tanks y generales reciclados
como consultores...
Eisenhower había advertido
sobre este problema hace décadas.
No lo escucharon o, peor aún, sí lo
escucharon y decidieron hacer de esa deformación una forma de
gobierno.
El modelo occidental puede resumirse en cuatro
escalones.
El primero es la fe en la campaña
breve:
velocidad, superioridad, precisión, shock
inicial.
El segundo es la dependencia de
sistemas costosísimos:
portaaviones, cazas avanzados,
interceptores sofisticados, redes C4ISR,
...toda esa arquitectura que parece
invencible hasta que uno empieza a hacer cuentas.
El tercero son los stocks
relativamente escasos.
Si uno está convencido de que la guerra dura
poco, no acumula reservas para meses o años de consumo
intensivo.
Por eso la propia OTAN empezó a reconocer que
muchos de sus países no tienen munición para sostener más que
unas pocas semanas, y en algunos casos ni siquiera eso, si la
guerra fuera realmente intensa.
El cuarto escalón es el
económico-político:
la guerra occidental no responde solo a
una necesidad militar, sino a una lógica industrial y
corporativa muy profunda.
Se pelea como se pelea también porque hay
sectores enteros viviendo de que esa guerra se diseñe así.
Ahora bien,
¿por qué ese modelo entra en crisis?
Porque la guerra reciente mostró algo
decisivo que muchos no querían ver:
atacar puede ser mucho más barato que
defenderse.
Esa es la tragedia del modelo occidental.
Drones relativamente baratos, misiles de
costo intermedio, guerra electrónica, saturación, enjambres y
automatización obligan muchas veces a responder con
interceptores o plataformas infinitamente más costosas.
Entonces el problema ya no es solo militar.
Pasa a ser económico.
Y cuando una doctrina militar empieza a
perder la guerra económica por cada lanzamiento, la cuestión
deja de ser de prestigio y se convierte en un problema
estructural.
Eso es lo que cambia el centro de gravedad de la
guerra.
Ya no alcanza con tener “el mejor sistema” si ese
sistema no puede reponerse a tiempo, si obliga a un gasto defensivo
desproporcionado o si puede ser neutralizado por saturación
material.
Vuelve a aparecer algo mucho más antiguo y mucho
menos glamoroso:
profundidad industrial, velocidad de
reemplazo y tolerancia al desgaste.
Dicho de otra manera,
la guerra vuelve a parecerse a lo que siempre
fue para quienes no podían darse el lujo de pelear como
Hollywood:
una lucha de resistencia, reposición y
supervivencia productiva.
Rusia entendió esto antes que muchos en Occidente
quisieran admitirlo.
No abandonó los sistemas sofisticados, como les
gusta decir a los simplificadores, pero sí se adaptó para combinar
artillería, guerra electrónica, drones relativamente baratos y
reposición en escala.
No busca necesariamente superar a Occidente en
cada rubro tecnológico, porque eso sería una forma bastante tonta de
pelear contra una estructura que durante décadas acumuló ventajas en
determinadas áreas.
Lo que busca es otra cosa:
volver prohibitivo el costo del sistema de
defensa occidental, estirar el conflicto, degradar stocks y
erosionar la voluntad política del adversario.
Es decir,
quebrar no solo el frente militar, sino la
paciencia industrial, fiscal y social del otro lado.
Irán representa todavía más claramente esa
lógica.
Es casi una versión de laboratorio de la guerra
de masa precisa, o precise mass, donde sistemas relativamente
baratos, suficientemente precisos y desplegados a gran escala logran
generar desgaste material, psicológico y presupuestario.
No hace falta tener siempre la pieza más refinada
si se puede producir en volumen, automatizar navegación, reconocer
objetivos y mantener una presión continua.
Occidente todavía se asombra de que un dron de
bajo costo, mejorado, automatizado y lanzado en cantidad pueda
poner en problemas a sistemas muchísimo más sofisticados.
Se sigue sorprendiendo porque no termina de
aceptar que la precisión dejó de ser monopolio de las plataformas
premium. Y cuando eso ocurre, el negocio entero empieza a
tambalearse.
El uso masivo de drones de ataque unidireccionales,
municiones baratas y sistemas no tripulados relativamente eficaces
produce una democratización de la precisión que reduce la ventaja de
las potencias que confiaban exclusivamente en armas sofisticadas y
caras.
Eso obliga a adaptarse...
Y adaptarse significa asumir una verdad incómoda:
ya no se gana solo por tener lo mejor, sino
por poder sostenerlo, reemplazarlo y multiplicarlo.
Rusia e
Irán no necesitan tener la
superioridad tecnológica total.
Les alcanza con hacer que el sistema
occidental pague demasiado para defenderse.
Esa es la clave.
No es una guerra de exhibición, sino de
contabilidad estratégica.
Y cuando una guerra empieza a decidirse
también en términos de tasa de reposición, costos marginales y
profundidad de inventarios, buena parte del prestigio
doctrinario occidental queda bastante menos brillante.
Pero si Rusia e Irán muestran la vanguardia de
una guerra de desgaste y costo asimétrico, China sube el
problema a otra escala.
Porque China no es solo una potencia tecnológica
ni solo una potencia de la masa barata.
Es algo más complejo y, por eso mismo, más
inquietante para Occidente.
Es una síntesis de alta tecnología,
multidominio, fusión civil-militar, movilización nacional y una
capacidad industrial gigantesca.
Es decir, no solo puede jugar la carta de la
tecnología avanzada:
puede además sostener la reposición
industrial de una guerra prolongada.
Y ahí ya no estamos discutiendo drones más
baratos o sistemas más ingeniosos.
Estamos discutiendo quién está mejor
preparado para la guerra de reemplazo masivo.
La globalización, tan celebrada por
los ingenuos y tan instrumentalizada por los cínicos, fue clave para
esto.
Occidente convirtió a China en,
la gran plataforma manufacturera del mundo
porque le resultaba rentable, barato y cómodo.
Después descubrió, con una mezcla de
espanto y estupidez, que esa plataforma manufacturera no
solo producía heladeras, zapatillas y celulares, sino que además
estaba construyendo una base industrial con implicancias
militares colosales.
Y cuando uno observa la construcción naval,
la electrónica, las baterías, los semiconductores, la capacidad
de integración logística y la planificación de movilización,
entiende por qué la ventaja china no se agota en un laboratorio
ni en una startup.
Es una ventaja estructural.
Si la guerra del siglo XXI exige reemplazar
rápidamente barcos, drones, misiles, sensores y componentes, China
parte con una superioridad difícil de igualar.
No porque tenga únicamente los mejores
cerebros, sino porque tiene escala, integración y planificación.
Una guerra larga no la gana necesariamente el
que tiene el juguete más refinado el primer día.
Puede ganarla el que repone más rápido
durante el mes seis, el año dos o la fase donde la euforia
inicial ya se transformó en desgaste.
Y en esa dimensión China es una amenaza seria
para cualquier esquema occidental que haya pensado la guerra como
una campaña breve, limpia y presupuestariamente soportable.
India, por su parte, no es una réplica de China ni de Rusia.
No encaja del todo en la lógica de la guerra
de desgaste al estilo ruso ni en la combinación
industrial-tecnológica china.
Pero está desarrollando otra variante no
occidental igual de relevante:
una doctrina adaptativa, conjunta y
multidominio, con creciente integración entre dominios
militares y no militares.
El propio Ministerio de Defensa indio habla
de defensa adaptativa y lanzó una doctrina conjunta para
operaciones multidominio que combina tierra, mar, aire, espacio,
ciber y dominio cognitivo bajo un enfoque de nación en su
conjunto.
Esto no es un detalle teórico. Muestra otra forma
de salir del molde expedicionario occidental clásico.
India no está diciendo simplemente “vamos a copiar a la OTAN con
acento local”.
Está ensayando otra respuesta.
Menos dependencia del paradigma de campañas
breves y más énfasis en resiliencia, integración de
dominios y preparación para conflictos complejos y
prolongados.
Eso la coloca dentro de una familia estratégica
distinta a la occidental, aunque no idéntica a la rusa o la china.
Y esa diferencia importa, porque confirma algo
más profundo:
la guerra del siglo XXI ya no se organiza
alrededor de una sola matriz doctrinaria universal.
Occidente dejó de ser el único productor de
pensamiento militar relevante.
Y cuando eso pasa, el monopolio cultural del
vencedor también empieza a debilitarse.
Entonces, ¿qué nos deja este cuadro?
Que la guerra contemporánea está dejando
atrás la ilusión de que la supremacía tecnológica por sí sola
garantiza la victoria.
Occidente construyó durante décadas fuerzas
optimizadas para campañas breves, costosas y de altísima intensidad,
apoyadas en plataformas complejas, stocks ajustados y una base
industrial diseñada más para la sofisticación rentable que para la
reposición masiva.
Frente a eso, Rusia e Irán
avanzaron en esquemas de,
desgaste, asimetría de costos, reposición más
barata y presión prolongada.
China agrega un factor todavía más
decisivo:
la profundidad industrial y tecnológica para
sostener una guerra de reemplazo.
India, por su parte,
desarrolla otra variante no occidental basada
en adaptación, integración y multidominio.
Lo que emerge de todo esto no es solo una nueva
tecnología.
Es un ¡nuevo criterio de poder...!
La pregunta ya no es únicamente quién tiene el
arma más sofisticada, sino quién puede resistir, producir,
reemplazar y sostener el conflicto durante más tiempo sin quebrarse
política, industrial y socialmente.
Esa es la verdadera mutación.
Y como toda mutación histórica,
llega primero como anomalía, luego como
advertencia y finalmente como evidencia.
Occidente todavía puede adaptarse, desde luego.
Tiene recursos, ciencia, industria y capacidad
doctrinaria para hacerlo. Pero para eso debería reconocer que el
modelo anterior ya no alcanza.
Y ahí aparece el problema mayor:
reconocerlo implicaría tocar demasiados
intereses.
Habría que revisar prioridades industriales,
presupuestarias, doctrinarias y corporativas.
Habría que admitir que no basta con el brillo
tecnológico si la base material no acompaña.
Habría que aceptar que un sistema pensado
para campañas cortas puede fracasar en guerras largas.
Y eso no solo es un problema militar.
Es un problema político, económico
y cultural...
Porque en el fondo, como casi siempre, la
cuestión vuelve al mismo punto:
la guerra no la decide solo el ingeniero ni
el general.
La decide también el tipo de sociedad que
existe detrás del uniforme, el tipo de economía que existe
detrás del misil y el tipo de Estado que existe detrás del
discurso.
Y ahí es donde empieza a verse que el problema
occidental no es solo de stocks o plataformas.
Es de adaptación histórica...
Se preparó durante demasiado tiempo para un tipo
de guerra que ya no es la única decisiva.
Y cuando un sistema tarda demasiado en
entender que el campo de batalla cambió, corre el riesgo de
descubrirlo del peor modo:
¡perdiendo...!
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