|

15 Febrero 2026
del Sitio Web
MPR21

En la primavera de 2026, la administración estadounidense lanzó una
operación militar de envergadura
en Venezuela con el secuestro del
Presidente
Nicolás Maduro, un acto que,
bajo el paraguas de la "defensa de la democracia", tenía como
objetivo explícito desmantelar uno de los principales bastiones de
influencia de sus adversarios en el hemisferio occidental.
La recurrente pregunta que recorre América Latina en la actualidad
es que si la escalada de Estados Unidos en el hemisferio occidental
busca, en última instancia, debilitar a sus grandes competidores,
¿por qué potencias como
China y
Rusia, principales
destinatarias de esta escalada, no responden con una
beligerancia equivalente?.
La respuesta, desde sus respectivas perspectivas,
revela un cálculo estratégico profundo que va más allá de la mera
reacción.
Además, el análisis dialéctico de esta escalada
sugiere que lo que parece un signo de fortaleza inmediata podría
ser, en realidad, un síntoma de debilidad
estructural del poder estadounidense...
Lejos de ser una postura pasiva, la respuesta de Pekín y Moscú
responde a una lógica estratégica multidimensional.
Su perfil "no beligerante" no implica
inacción, sino una acción calculada en otros terrenos.
En primer lugar, desde el lado ruso y chino hay
un profundo análisis de la asimetría de costos y el teatro de
operaciones.
El costo de una confrontación militar directa
en el "patio trasero" de EE.UU. es prohibitivo y no justifica
los beneficios.
Para China y Rusia, Venezuela,
Cuba o Irán son socios estratégicos
importantes, pero no son extensiones vitales de su territorio.
Una respuesta militar sería caer en la trampa
de confrontar a Estados Unidos en su esfera de influencia
histórica, donde este tiene ventajas logísticas y de proyección
de poder abrumadoras.
En cambio, su estrategia se centra en
desgastar a
la administración norteamericana en
sus propios puntos débiles (Ucrania
para Rusia, el Indo-Pacífico para China), donde esa asimetría de
costos se invierte
Por otro lado, existen evidencias de una coordinación tácita o
explícita entre ambos gobiernos para administrar esta forma de
confrontación sin llegar a una escalada incontrolable.
Es un juego de espejos:
mientras los Estados Unidos aumentan la
presión en Venezuela, Rusia la aumenta en Ucrania.
China, por su parte, refuerza su presencia en
el Mar de China Meridional y mantiene su presión sobre Taiwán,
enviando un mensaje de que su capacidad de respuesta no se
limita a un solo frente.
Esta dinámica refleja lo que se denomina la
"paradoja de la doble contención":
los intentos de Estados Unidos por contener
simultáneamente a China y Rusia terminan fortaleciendo su
alineamiento y su papel como contrapeso, pero sin necesidad de
una fusión militar formal.
Y es que ambos países tienen claro que el
viejo paradigma de la disuasión, basado en la "racionalidad" de
los actores para evitar guerras de agresión, ya no existe más.
Sin embargo, tanto China como Rusia operan bajo
una forma actualizada de este principio.
Para ellos, la respuesta militar directa en el
hemisferio occidental sería una escalada que no buscan (Rusia, por
ejemplo, tiene muy vivo y reciente el recuerdo de la intervención de
la URSS en Afganistán contra los talibanes).
En su lugar, utilizan herramientas de presión no
militares igual de efectivas, pero cuyas consecuencias solamente
pueden medirse a largo plazo.
El núcleo de la respuesta sino-rusa reside en la creación de
alternativas al Orden Económico Global dominado por Estados
Unidos.
El objetivo principal es "sanction-proof" de sus
economías ("a prueba de sanciones"), es decir, hacerlas resistentes
a la principal arma financiera de Washington.
Ambos países han profundizado su cooperación
energética (China es el principal comprador de petróleo ruso,
con un 40% de las transacciones en yuanes y rublos) para eludir
el dólar y el sistema SWIFT.
China controla el procesamiento global de tierras raras (vital
para la defensa de Estados Unidos) y ofrece "industrialización
por minerales" en países como Indonesia, integrándolos en su
órbita industrial.
Rusia utiliza acuerdos de "armas por
minerales" en África (oro, diamantes, cobalto) para financiar su
esfuerzo bélico y evadir sanciones, socavando la influencia
occidental en el continente y generando una ola de simpatías
entre la población, harta de siglos de colonialismo.
China además estudia al detalle las sanciones a Rusia para
entrenar y proteger su economía de futuras medidas de Estados
Unidos.
Además, aprovechan el enfoque unilateral de
Washington (como los aranceles) para generar incertidumbre y
mostrar la aplicación desigual de las reglas estadounidenses,
debilitando su autoridad moral y práctica...
En esencia, mientras Estados Unidos se enfoca en
operaciones militares, sus rivales libran una guerra de desgaste
económico construyendo las bases de un
Orden Mundial Alternativo y
minando los cimientos del poder estadounidense, y todo esto sin
contar con el polvorín social interno, que es toda una bomba de
relojería.
China y Rusia no utilizan su arsenal militar
completo por una razón de supervivencia estratégica.
Una confrontación directa con Estados Unidos
sería una apuesta existencial que ninguna de las dos partes
puede permitirse ganar.
En su lugar, han optado por una estrategia de
desgaste sistémico:
fortalecen su alianza, construyen
alternativas al orden occidental y presionan en los flancos,
pero siempre deteniéndose en el umbral que podría desencadenar
una guerra abierta...
|