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por Ivone Alves García
09 Marzo 2026
del Sitio Web
KontraInfo

En política exterior estadounidense conviene abandonar una idea
infantil:
que las guerras se deciden por un arrebato
personal o por una sola fuerza oculta.
Las decisiones de alto riesgo nacen de un
mecanismo más prosaico y más peligroso:
una combinación de autoridad formal,
incentivos internos y coaliciones de presión que empujan en la
misma dirección cuando se alinean.
Eso no vuelve "racional" la decisión. Vuelve
explicable su repetición.
El ataque conjunto de
Estados Unidos e
Israel
contra Irán - con una campaña de
gran escala y objetivos que ya no se limitan a infraestructura
militar - expuso esa lógica con crudeza.
-
La Casa Blanca sostiene que actúa para
"eliminar" o "degradar" una amenaza iraní.
-
El Pentágono habla de objetivos
operativos.
-
El Departamento de Estado ofrece
justificaciones que, según reportes, cambiaron de forma y
énfasis en pocos días, generando reclamos en el Congreso por
la legalidad y la estrategia.
Ese vaivén lo podemos ver como un síntoma, porque
cuando la narrativa oficial se vuelve inestable, suele indicar que
la decisión fue tomada por una convergencia política rápida, y que
luego se busca construir un relato legal y diplomático que la
sostenga.
Reuters reportó, además, que fuentes
indicaron que el Pentágono informó al Congreso que no había
señales de un ataque iraní inminente contra Estados Unidos,
lo que tensiona el argumento de "inminencia" que suele usarse para
justificar acciones preventivas.
Entonces, ¿quién manda...?
En el plano formal manda
el presidente, porque la
Constitución y la práctica moderna le permiten iniciar
hostilidades y luego pelear la discusión legal y política con el
Congreso.
Eso explica por qué las guerras empiezan
rápido y las autorizaciones llegan tarde, fragmentadas o
directamente no llegan.
La controversia sobre War Powers
reaparece siempre en estas crisis, y esta vez también:
hay presión legislativa para obtener
explicaciones y límites.
Pero el presidente no opera solo, sino que la
decisión real se cocina en el triángulo 'Ejecutivo-Seguridad
nacional-Política doméstica'.
Ahí mandan varios a la vez:
-
El aparato de seguridad
(Pentágono, Estado, inteligencia, asesores) que define el
menú de opciones, el riesgo aceptable y el marco de amenaza.
En conflictos de alta intensidad, el
lenguaje operativo tiende a imponerse:
"degradar capacidad", "control del
espacio aéreo", "fuerza de protección".
Esa gramática deshumaniza y acelera el
proceso.
-
El Congreso como socio y rehén:
puede frenar, condicionar o
financiar, pero muchas veces reacciona cuando el hecho
ya está consumado.
La presión por "respuestas" aparece
cuando el costo político sube o cuando la justificación se
vuelve confusa.
-
Las coaliciones de intereses que
moldean el clima interno:
donantes, lobbies, medios, think
tanks, complejos industriales, grupos religiosos,
sectores ideológicos...
No es una conspiración sino un
ecosistema integral que funciona por incentivos y no por
secretos.
Acá entra el punto sensible que quiero tratar sin caer en sesgos:
el llamado "lobby sionista".
Si el objetivo es objetividad, conviene que lo
digamos con precisión y sin generalizaciones étnicas o religiosas.
En Estados Unidos existe influencia organizada pro-Israel, con
actores concretos, visibles, legales:
comités, organizaciones de lobby, redes de
financiamiento político, campañas de presión sobre legisladores.
Esa influencia no equivale a "los judíos mandan",
que es una simplificación pero equivale a que hay organización,
dinero, acceso y disciplina política detrás de una agenda
específica.
Y esa agenda, en crisis como esta, puede
coincidir con otras fuerzas internas que también empujan:
-
sectores evangelistas pro-Israel
-
halcones de seguridad
-
industrias vinculadas a defensa
-
un aparato político que no quiere pagar
el costo de "parecer débil"
Cuando varias corrientes empujan en la misma
dirección, el sistema entra en modo automático...
La guerra se vuelve la opción "más fácil" en
términos domésticos:
une a parte de la dirigencia, corre el eje de
debates internos, produce una narrativa de decisión, y posterga
el balance de costos...
El problema es que esos costos no se evaporan:
se trasladan a energía, economía global,
estabilidad regional y seguridad interna.
Ahí está la cuestión central:
una decisión puede ser perjudicial para
Estados Unidos y para el mundo y, aun así, ser funcional
a una coalición interna por un tiempo.
La política exterior no siempre maximiza el
interés nacional a largo plazo.
Muchas veces maximiza supervivencia política,
coherencia de alianzas y preservación de reputación de fuerza a
corto plazo.
El asesinato de una autoridad religiosa,
además, agrega un componente que el cálculo tecnocrático suele
subestimar:
la dimensión simbólica...
Matar a un jefe militar altera capacidades.
Matar a un líder religioso-político tiende a
transformar el conflicto en disputa de legitimidad, honor,
cohesión y venganza.
Eso vuelve más probable una
escalada prolongada, asimétrica y difícil de cerrar...
En esas condiciones, la "salida" rara vez
aparece cuando el atacante la imagina...
En Estados Unidos no manda una sola mano.
Manda una estructura.
El presidente firma.
El aparato de seguridad ejecuta.
El Congreso discute tarde.
Y una constelación de intereses - entre
ellos, la red pro-Israel y la red evangelista pro-Israel, junto
con halcones y lógicas industriales - condiciona el margen
político de la Casa Blanca...
El resultado puede ser una guerra que no conviene
al mundo y que tampoco conviene a Estados Unidos en términos
estratégicos, pero que igual ocurre porque tal vez hay un actor
semi oculto, que sí se beneficia...
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