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por Jorge Carvajal
17 Septiembre 2026
del Sitio Web
JorgeCarvajal-Unalma

Sobre el año que arde,
el pasado
que se descongela
y el único
lugar tranquilo,
que está
dentro de la tormenta,
y no
fuera...
Enciende un fósforo.
Si tienes uno a mano, enciéndelo de verdad. Si no, basta con que lo
veas.
Mira la llama. Y fíjate en lo único que hace:
sube...
Puedes inclinar el fósforo, ponerlo de cabeza, girarlo.
La llama vuelve a enderezarse.
El aire caliente pesa menos y asciende, y
arrastra la llama con él.
El fuego no sabe bajar...
Guarda esa imagen. Vamos a necesitarla al final,
y no como metáfora.
Apágalo ya. No hay que tentar a la suerte este año.
El Año que Arde
Voy a decir los hechos una sola vez, sin adornarlos y sin apilarlos.
Quien esté leyendo esto ya lo sabe en el cuerpo.
En enero ardió el centro-sur de Chile:
más de veinte mil damnificados y más de
cuatro mil viviendas destruidas entre Biobío, Ñuble y La
Araucanía.
En verano ardió Europa.
España vivió su verano más cálido desde que
hay registros, con más de doscientas cuarenta mil hectáreas
quemadas antes de mediados de agosto y cuarenta y dos grandes
incendios; Francia también registró su verano más caluroso.
Naciones Unidas habló de proporciones de
pesadilla y cifró en cerca de seis millones de hectáreas lo arrasado
en Europa y Norteamérica en esta temporada.
En el sudeste asiático, el humo de los incendios de Indonesia cerró
escuelas y llevó a Malasia a declarar la emergencia en parte de
Borneo por la neblina tóxica.
Y en el Pacífico,
El Niño está firmemente instalado.
La Organización Meteorológica Mundial anuncia
un episodio muy fuerte, con una probabilidad cercana al cien por
ciento de persistir hasta febrero de 2027.
La anomalía promedió un grado y medio entre mayo
y julio, y llegó a dos grados en julio.
Cuando esto ocurre, el agua fría y cargada de
nutrientes que sostiene la
Corriente de Humboldt, y con ella
una de las pesquerías más ricas del planeta, apenas logra subir.
Y están los animales, que no aparecen en las estadísticas oficiales
pero sí en las fotografías que a todos nos rompieron algo esta
temporada.
Los que no pudieron correr. Las crías.
Ahí paro.
No voy a seguir enumerando, porque el catálogo
del horror tiene un efecto perverso:
anestesia...
Después de la sexta cifra el lector deja de
sentir, y un lector que dejó de sentir ya no sirve para nada, ni
siquiera para sí mismo.
El Pasado que Nunca Pasó
Hay un hecho de esta crisis que casi nadie cuenta y que a mí me
parece el más revelador de todos.
En el verano de 2016, en la
Península de Yamal, en el norte de
Siberia, hizo un calor sin precedentes: más de treinta grados en la
tundra ártica.
El
permafrost - el suelo que
llevaba milenios congelado - se descongeló más hondo que nunca.
Y afloró el cuerpo de un reno...
Ese reno había muerto de
carbunco hacía más de setenta y
cinco años.
Las esporas de esa bacteria pueden permanecer
viables en el suelo helado durante más de un siglo. Al
descongelarse, volvieron a estar vivas.
Murieron unos dos mil trescientos renos.
Decenas de personas fueron hospitalizadas, y un
niño de doce años murió:
la primera muerte por carbunco en la región
en setenta y cinco años.
Debo decir que hay explicaciones alternativas
discutidas por los expertos - la interrupción de un programa de
vacunación, la sobrepoblación de renos - y que en ciencia conviene
no cerrar los casos antes de tiempo.
Pero el mecanismo de fondo es bien conocido, y
hay miles de enterramientos de animales infectados repartidos por el
norte de Rusia.
Piensa en lo que eso significa, más allá del suceso.
El pasado no pasó.
Estaba esperando a una temperatura...
Creemos que lo que hicimos se fue.
Que el tiempo se lleva las cosas río abajo.
Y resulta que no:
lo que ocurrió quedó guardado, y sigue
guardado, y sale cuando cambian las condiciones.
Eso vale para el hielo de Siberia y vale también,
con toda exactitud,
para lo que cada uno lleva congelado
dentro...
Lo que no se tramitó no se fue. Espera a su
temperatura...
Y hay una simetría que quiero que veas:
si el pasado
sigue vivo, entonces lo que hacemos hoy tampoco se va
a ir.
Está siendo guardado ahora
mismo, en el hielo o en la sangre de alguien...
Lo que hace el
Fuego cuando Sube
Ahora volvamos al fósforo, porque aquí la ciencia dice algo que
parece escrito por un poeta y no lo es.
Cuando un incendio es lo bastante grande y violento, la columna de
aire caliente que produce no se detiene en el humo:
forma su propia tormenta.
Se llaman
pirocumulonimbos.
El fuego se fabrica una nube, con rayos y
todo, y esa nube puede inyectar el humo directamente en la
estratosfera.
En el cambio de año de 2019 a 2020, en el sureste
de Australia, ocurrió el episodio más extremo registrado.
De treinta y ocho de esas tormentas de fuego,
más de la mitad metieron partículas de humo directamente en la
estratosfera.
Se formó un vórtice de humo de mil kilómetros
de diámetro que se sostuvo a sí mismo, ascendió hasta treinta y
cinco kilómetros de altura, duró más de trece semanas y recorrió
sesenta y seis mil kilómetros.
El efecto sobre la estratosfera fue comparable al
de una erupción volcánica moderada.
El fuego subió al cielo. Literalmente...
Del suelo a la estratosfera, y de ahí a dar
la vuelta al planeta.
Pero no todo el humo subió tan alto.
Buena parte viajó más abajo, empujada por los
vientos hacia el este, sobre el océano.
Y ese humo bajó.
Llevaba hierro.
Y en el Océano Austral, el hierro es el
nutriente que falta:
hay luz, hay agua, hay nitrógeno, pero no
hay hierro suficiente, y por eso el fitoplancton no crece
más de lo que crece.
En 2021, un equipo internacional publicó en
Nature (Widespread
phytoplankton blooms triggered by 2019-2020 Australian wildfires)
lo que ocurrió cuando esas cenizas cayeron al mar:
florecimientos de fitoplancton de una
extensión mayor que el continente australiano, en aguas donde
algo así no se había visto en más de dos décadas de registro
satelital.
Un bosque quemado en Australia se convirtió
en vida microscópica en un océano al otro lado del mundo.
Se estimó que el dióxido de carbono (CO2)
absorbido por ese florecimiento equivalía a cerca del noventa y
cinco por ciento del que emitieron los incendios.
Y aquí hay que ser muy claros:
para que ese carbono quedara realmente
retirado, esas células tendrían que hundirse hasta el océano
profundo, y eso no está demostrado.
La cuenta no cierra tan limpiamente como uno
querría.
Aun así, quédate un momento con la imagen.
Tierra que arde.
Fuego que se hace nube.
Nube que toca la estratosfera.
Humo que viaja con el viento.
Ceniza que cae al agua.
Agua que se hace vida.
El fuego trascendió la tierra y el agua, se elevó
al cielo y descendió fecundándolas.
Y ahora la advertencia, que es tan importante como el hallazgo:
esto no compensa nada.
El bosque sigue quemado.
Los animales siguen muertos.
El planeta no repara:
circula...
Convertir un mecanismo en un consuelo
sería una falsificación, y de las peores, porque usaría la belleza
para que dejáramos de mirar.
Lo que este hecho dice no es,
"no pasa nada"...
Lo que dice es otra cosa, y es más útil:
Nada de lo que ocurre se queda donde ocurrió.
Todo entra en circulación.
También lo que tú hagas...
El Ojo
En medio de un huracán hay un lugar donde el viento se calma, el
cielo se abre y se puede ver el sol.
No está afuera.
Está exactamente en el centro.
El ojo del huracán no es una tregua ni un
accidente.
Es lo que produce la propia rotación:
el aire desciende por el centro, se calienta
al bajar y disuelve las nubes.
La calma no ocurre a pesar de la violencia.
La calma es fabricada por la violencia, y no
existe sin ella.
A pocos kilómetros de allí, en la pared del ojo, están los
vientos más fuertes de toda la tormenta.
Creo que no hay mejor descripción de lo que nos
toca.
Nadie está afuera de esto.
No hay exterior.
No hay un país, ni una finca, ni una práctica
espiritual, ni una cuenta bancaria que te ponga fuera del
sistema climático de este planeta.
La ilusión de estar "afuera" es, ella misma,
parte de lo que nos trajo hasta aquí.
La única calma disponible es la del "centro".
Y hay que ganársela, porque el centro
no es cómodo:
está rodeado por lo peor de la tormenta y lo
sabe.
Pero desde ahí - y sólo desde ahí - se ve el
conjunto...
La Levedad
Quiero nombrar con cuidado lo que esa posición produce, porque se
parece a dos cosas que no son.
No es indiferencia.
El que no siente nada no está en el ojo:
está anestesiado, que es otra cosa y suele venir después de
haber sentido demasiado.
No es optimismo...
El optimismo es una predicción, y las
predicciones sobre esto no son buenas.
Es levedad...
Y la levedad viene, curiosamente, de
aceptar el peso: de dejar de gastar fuerzas en negar dónde
estás.
El que acepta estar en el centro deja de pelear
contra el hecho y le quedan las manos libres para lo demás.
Y esto tiene consecuencias muy concretas, porque quien está gritando
no puede trabajar y quien está paralizado tampoco.
La alarma es un buen despertador y un pésimo motor. Sirve para
levantarse; no sirve para sostener veinte años de trabajo. Lo que
sostiene veinte años no es el miedo:
es el afecto por algo concreto y cercano.
Un río con nombre.
Un barrio.
Unos árboles que uno puede ir a ver.
Nadie salva el planeta.
El planeta es demasiado grande para el corazón
humano, y por eso el corazón humano se apaga cuando se lo ponen
delante.
Pero cualquiera puede cuidar una cuenca, una
escuela, una semilla, un enfermo, una calle. Y todo eso entra en
circulación, como el hierro de la ceniza.
Ese es el punto entero de este ensayo...
Adentro
Hay una frase que quiero dejar dicha antes de cerrar, y es la más
difícil de defender de todas las que he escrito.
Todo sucede, si de verdad sucede, adentro.
No quiere decir que el mundo sea mental, ni que
los incendios sean simbólicos.
Los incendios son incendios y queman carne.
Quiere decir esto:
Que un hecho no ha terminado de suceder hasta
que alguien lo recibe.
Que la diferencia entre una cifra y un
acontecimiento es un ser humano que se dejó atravesar por ella.
Y que la mayoría de nosotros pasamos la vida
enterándonos de cosas que en realidad no nos suceden, porque no
dejamos que lleguen.
Este año está sucediendo. Que te haya dolido es
la prueba de que en ti sí sucedió...
Y lo que sucede adentro no se queda adentro.
Sube, como la llama del fósforo, y en algún
momento desciende sobre algo y lo cambia...
***
Enciende otro fósforo, si quieres, y míralo una última vez.
Sube. Siempre sube. No sabe hacer otra cosa.
Y todo lo que sube vuelve a bajar, transformado
en otra cosa, sobre un lugar que no eligió y en un tiempo que no
calculó.
Eso es lo que hace el fuego. Y eso es lo que hace, exactamente,
cualquier cosa que hagas hoy con tu dolor:
Subirá, dará vueltas y caerá en un océano que
no vas a ver.
No estás fuera de la tormenta...
Estás en su centro, que es el único
sitio desde donde se ve entera.
Y desde ahí, con las manos libres y el corazón
despierto, todavía hay muchísimo por hacer...
Notas al Lector
Hechos verificables
Los datos de la temporada de incendios de
2026 proceden de informes de Naciones Unidas, del MITECO
español, de Météo-France y de reportes de situación oficiales de
Chile.
El estado y las previsiones de El Niño son de
la Organización Meteorológica Mundial (boletín de septiembre de
2026).
El brote de carbunco de Yamal ocurrió en 2016
y está ampliamente documentado.
Los pirocumulonimbos australianos de
2019-2020 y su inyección de humo en la estratosfera están
descritos en la literatura atmosférica revisada por pares
(Peterson y cols., 2021; Khaykin y cols., 2020).
Los florecimientos de fitoplancton
provocados por el hierro de esas cenizas (Widespread
phytoplankton blooms triggered by 2019-2020 Australian wildfires)
se publicaron en Nature en 2021 (Tang y cols.).
Lo que no está cerrado
Sobre
Yamal:
existen hipótesis alternativas serias
(interrupción de la vacunación, sobrepoblación de renos,
vectores de insectos); el vínculo con el deshielo es la
explicación más citada, no la única.
Sobre el fitoplancton austral:
la estimación de captura de carbono
equivalente al 95% de las emisiones de los incendios no
significa retirada permanente, que exigiría el hundimiento
de esas células al océano profundo, algo no demostrado.
El humo que fertilizó el océano viajó por
la atmósfera baja; el que alcanzó la estratosfera siguió
otro camino.
Las cifras de la temporada de 2026 son
provisionales por definición.
Lo que es mío y no es ciencia
Que la calma sólo esté disponible en el
centro, que la levedad venga de aceptar el peso, y que un hecho
no termine de suceder hasta que alguien lo recibe, son
posiciones filosóficas mías.
No las deduzco de los datos:
las sostengo con argumentos, y quien
piense lo contrario tiene derecho a sus razones.
Deliberadamente no he propuesto aquí ninguna
medida política; sobre eso hay debate legítimo y este no es el
lugar.
Lo comparto como lo que es - lo que he observado, no lo que he
probado - con la esperanza de que alguien, algún día, con
instrumentos que todavía no tenemos, pueda decirme si tenía
razón o si me equivocaba.
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