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II.INTRODUCCION
por Colin Wilson
En el pasado agosto, Derleth, que había sido amigo y editor de
Lovecraft, me dijo que a menudo recibía cartas de lectores que
deseaban saber si realmente poseía un ejemplar de Al Azif o el
Necronomicon, del “loco árabe Abdul al-Hazred”, o si podían
consultar un ejemplar en la Universidad Miskatonic, en Providence.
Siempre tenía que dar la misma respuesta: que si bien muchas de las
obras mágicas citadas por Lovecraft existían, el Necronomicon era de
su propia invención. En cierta ocasión, estando en la biblioteca de
la casa de Derleth, Arkham House (en las afueras de Sauk City,
Wisconsin), y mientras bebíamos una botella de excelente vino tinto
californiano, le pregunte si creía que Lovecraft había basado AI
Azif en algún texto mágico conocido. “Mágico no”, dijo Derleth. “Por
lo que yo sé, sacó la idea de un poema romano titulado Astronómica.
ya sabes que fue un perspicaz astrónomo”. Yo no lo sabía. De hecho,
poco era lo que conocía sobre Lovecraft aparte de sus obras. Hasta
1975 no encontré ninguna referencia sobre Astronomía del poeta
Manilio: fue la biografía de Lovecraft escrita por Spargue de Camp.
Cuando encontré a Derleth, yo ya estaba recopilando material para un
libro sobre lo paranormal (que se publicó después como The Occult) y
me hallaba profundamente concentrado en su final, esforzándome para
hallar el sentido de libros como The Magus de Francis Barrett,
Book
of Ceremonial Magíc de A.E. Waite y Demonolatry de
Nicholas Remy.
Los encontré difíciles y confusos, pero al mismo tiempo me chocaba
la similitud de tono de muchos pasajes con las “citas” de Al Azif
hechas por Lovecraft y otros trabajos del camino de le izquierda.
Este de Remy, por ejemplo, trata del tema de los niños nacidos como
resultado de cópulas con demonios:
“Una de las cuestiones que
resultan más penosas de entender es el bronco silbido que estos
niños emiten en lugar de llorar, su andar atolondrado y su manera de
buscar en lugares ocultos... Debemos confesar que los demonios
intervienen activamente y se introducen en las madres o en sus hijos
no natos dotándoles de poderes que son completamente
sobrenaturales”(1}.
Esto es muy parecido a una de las criaturas
semihumanas de Lovecraft de “las Colinas de detrás de Arkham”.
También había leído las obras de Aleister Crowley, recopiladas por
mi amigo Roger Staples de la Universidad de Michigan, y encontré
unos paralelismos tan sorprendentes, que me pregunté si Lovecraft y
Crowley no se habían conocido.
Derleth creía firmemente que no. De hecho dudaba sobre si Lovecraft
había tenido noticia alguna vez de “la Gran Bestia”. Si así hubiese
sido, parecía creer Derleth, lo hubiera rechazado por charlatán y
presumido. Porque, por extraño que parezca, la “filosofía” de
Lovecraft era científica y materialista. Aunque aborrecía el
materialismo en su sentido comercial, el culto americano al dinero y
al éxito, tuvo el raro orgullo de considerarse a si mismo como
descendiente de los racionalistas del siglo XVIII. En su época
escolar, sus pasatiempos preferidos fueron la química y la
astronomía; aún adolescente, ya escribía una columna de astronomía
en un periódico local. Podría creerse que las especulaciones del
Profesor Lowell sobre los canales de Marte estaban destinados a
atraer la atención del joven Lovecraft, pero las rechazó como
producto de una mente quimérica. La misma actitud adoptó con
respecto al espiritismo, y en febrero de 1929 escribió una carta a
Frank Belnap:
“Una palabra sobre la estúpida tentativa de los
espiritistas para razonar que la naturaleza no sólida... de la
materia, como recientemente se ha probado (por los físicos atómicos)
indica la realidad de su mítica “alma de la materia” o “ectoplasma”,
y hace de la inmortalidad una idea menos absurda de lo que era
antes...”.
Sigue entonces argumentando que, aun consistiendo la materia en
partículas cargadas eléctricamente,
esto no prueba que sea de naturaleza espiritual.
La actitud de Lovecraft, dijo Derleth, en conjunto estaba más cerca
de la de su contemporáneo Charles Fort, el hombre que se sentía
satisfecho coleccionando recortes de prensa sobre sucesos
inexplicables, como lluvias de ranas vivas. Lo mismo que Fort,
Lovecraft creía que la ciencia contemporánea es demasiado estrecha.
En realidad, Lovecraft admiraba el Book of the Damned de Fort. Pero
por lo que Derleth sabía, Lovecraft y Fort nunca se conocieron ni
mantuvieron correspondencia (Sprague de Camp no está tan seguro de
esto. Cree muy posible que Lovecraft fuese presentado a Fort en una
de sus muchas visitas a Nueva York o durante el tiempo en que vivió
allí).
Evidentemente, Derleth conocía el tema mucho más que yo. Y así, con
cierta desgana, fui abandonando la idea que había querido presentar
en The Occult de que la mitología de Lovecraft se basaba en su
conocimiento de la tradición mágica occidental. Todavía dos años más
tarde volví a pensar sobre ello en ocasión de haber leído la
traducción inglesa de Le Matin des Magiciens de Louis Pauwels y
Jacques Bergier. Básicamente, este libro es una ampliación de la
tesis de Fort acerca de la estrechez de miras de la ciencia, y
deduce su evidencia de la literatura sobre los OVNI, la
investigación paranormal y las ciencias marginales. Pero los autores
presentan, asimismo, una interesante teoría de que ciertos
escritores imaginativos, como Lovecraft y Arthur Machen,
“imaginaron” cosas que más tarde se descubrió que eran ciertas.
Machen escribió a su traductor francés Toulet:
“Cuando estaba
escribiendo Pan y The White Powder no creía que pudiesen ocurrir
cosas tan extrañas en la vida real, ni siquiera que alguna vez
hubiesen ocurrido. Desde entonces, y hasta hace muy poco, he tenido
ciertas experiencias en mi propia vida que han cambiado totalmente
mis puntos de vista sobre el particular... De ahora en adelante
estoy absolutamente convencido de que nada es imposible en esta
Tierra”.
Pues bien, este pasaje es de excepcional interés porque
menciona las dos narraciones que más admiró Lovecraft.
En realidad,
The Novel of the White Powder casi parece ser puro Lovecraft. Trata
sobre un hombre que, accidentalmente se administra una extraña
sustancia usada por brujas en tiempos anteriores para sus
transformaciones. Hacia el final del relato, el hombre queda
transformado en,
“una oscura y pútrida masa, hormigueante y corrupta:
una repugnante podredumbre que no era sólida ni líquida, pero que
iba fundiéndose y cambiando delante de nuestros ojos... Y en medio
de ella, brillaban dos puntos ardientes parecidos a ojos...”
(Lovecraft cita esto extensamente en
Supernatural Horror in Fiction).
De acuerdo con los biógrafos de
Machen, Aidan Reynolds y
William V. Charlton, Toulet fue a Londres para “oír los misterios de
los propios labios de los adeptos”, pero parece que no ha dejado
constancia de lo que Machen le dijo.
Por otra parte, merece la pena releer The Great God Pan a la luz de
la confesión de Machen. El tema se centra en un doctor de
inclinaciones panteístas que cree que la Naturaleza es el velo que
cubre un maravilloso mundo de realidad espiritual. Cree que ha
descubierto el modo de provocar esta mítica visión mediante una
operación de cerebro. “Los antiguos... la invocaban mirando al dios
Pan”. Realiza la operación en una muchacha que se vuelve idiota. La
“visión de Pan” acaba por ser demasiado horrible para que los seres
humanos la soporten. La joven idiota vaga por las montañas y tiene
trato sexual con una extraña criatura. Como consecuencia, concibe un
niño que es bello y demonio... Es de notar aquí la transformación de
Machen el cual, desde un misticismo wordsworthiano, pasa a ser algo
mucho más siniestro (esto nos recuerda que la palabra pánico
proviene de Pan). Además, parece que Machen esté sugiriendo a Toulet
que en The Great God Pan, la visión subyacente es más real de lo que
él mismo sospechaba al escribirla.
Podría muy bien ser que estuviera exagerando o, simplemente,
mintiendo para impresionar a su admirador francés. Todavía no se
había dado a conocer como hombre mentiroso. Se tomó la molestia de
explicar que “ninguna de las experiencias que he tenido está
relacionada con imposturas tales como el espiritismo”, lo cual
también parece descartar la posibilidad de que hubiera visto un
fantasma.
Pauwels y Bergier se inclinan a creer que la respuesta reside en la
pertenencia de Machen a un orden
mágica llamada el Amanecer Dorado, fundada por MacGregor Mathers.
Puede que, en parte, tenga razón. Pero el capítulo noveno de la obra
biográfica de Machen Things Near and Far describe ciertas
experiencias que tuvieron lugar antes de que Machen perteneciera al
Amanecer Dorado. En 1899, cuando vivía en la posada de Gray, Machen
sintió que su inspiración le abandonaba. Al mismo tiempo, empezó a
tener una serie de experiencias semialucinatorias. Una mañana,
caminando por la avenida Roseberry, tuvo la sensación de “andar
sobre el aire”, como si el pavimento se hubiese convertido en un
almohadón. Una tarde, la pared de su habitación relució, se deformó
y pareció como si fuese a desvanecerse completamente.
Súbitamente,
volvió a hacerse sólida de nuevo. Esta curiosa experiencia fue el
resultado de un proceso que él no quiso explicar. Todo lo que diría
fue que se había encontrado en un estado de profunda depresión, “un
horror del alma”, cuando,
“se me ocurrió un proceso que tenía la
posibilidad de aliviarle. Y sin dar crédito a lo que había oído de
dicho proceso, ni desde luego tener un conocimiento preciso del
mismo o de sus resultados, hice lo que había que hacer... “.
Y aquí
encontramos una cierta contradicción. En una carta posterior afirma
que el proceso que se le ocurrió fue hipnotismo. Pero en Things Near
and Far parece negarlo:
“No podía haberme hipnotizado o
magnetizado... o endemoniado hasta el estado que conseguí, por la
buena razón de que nunca supe todo esto... “.
Probablemente, lo que
quiere indicar es que el resultado que consiguió no era una especie
de autoalucinación o un sueño en estado de vigilia. Fue en este
momento cuando la pared pareció a punto de desvanecerse, y notó la
sensación de que “algo que no sabía lo que era estaba sacudiéndose
en sus cimientos”. Tuvo miedo de estar muy cerca de la muerte, pero
todo pasó y sintió “una inefable paz de espíritu”, un éxtasis
jubiloso que duró varios días.
En realidad, pues, no hubo una visión de horror, de entes perversos.
Sólo la convicción de que el mundo material se había manifestado
como un velo sobre una realidad mucho más profunda. En sus relatos
contó muchas cosas, pero sin un total convencimiento. Así pues,
creyó que la visión sobrenatural de sus primeras narraciones era
fundamentalmente cierta. Fue en esta época cuando ingresó en el
Amanecer Dorado y trabó conocimiento con Yeats, Crowley y
Mathers.
Si esto fuera un ensayo sobre Machen y no sobre Lovecraft, citaría
el largo ensayo sobre magia de Yeats, en el que se describen ciertas
experiencias mágicas llevadas a cabo por Mathers y que no dejan
lugar a dudas sobre el hecho de que éste poseía algún extraño
secreto sobre el conjuro de visiones. Pero nuestro objetivo son los
orígenes “mágicos” de Lovecraft. Todo cuanto hay que decir es que el
Amanecer Dorado enseñó la existencia real de otros niveles de
realidad, “otras dimensiones”, habitadas por entes no humanos.
Mi libro The Occult apareció en 1971. Al año siguiente se me pidió
revisar un libro titulado The Magical Revival, de Kenneth Grant, un
discípulo de Crowley y jefe de una organización de magia conocida
como el Ordo Templi Orientis. Y en este libro, en un capítulo sobre
“Nombres Bárbaros de Evocación”, descubrí una sección sobre
Lovecraft que sostenía las especulaciones que planteé a Derleth en
1967. Grant hace observar:
“Tanto el nombre como la obra de Lovecraft eran desconocidos de Crowley, a pesar de que algunas de
sus fantasías reflejan, aunque distorsionadas, los temas más
destacados del Culto de Crowley... “.
El Culto de los Nombres
Bárbaros, según Grant, arranca de más atrás,
“de las primeras fases
de la evolución, cuando tuvo lugar la transformación de la bestia en
hombre”.
Explicó que la fuerza de los “nombres bárbaros”
“reside
principalmente en el hecho de que son ininteligibles para la mente
consciente” y, por consiguiente, “están especialmente adaptados para
la apertura del subconsciente”.
Y dedica una extensa tabla a
detallar las semejanzas entre los dioses bárbaros de Crowley y los
de Lovecraft. Crowley, señala, tenía también su libro sagrado, no
Al Azif, sino Al vel Legis, el
Libro de la Ley. En realidad lo escribió
él mismo en un estado de semitrance, y durante toda su vida continuó
creyendo que le había sido dictado por Aiwass, un ángel guardián.
Tanto Crowley como el Amanecer Dorado se refirieron a menudo a
los
Grandes Antiguos, nombre que Lovecraft da a su raza de dioses.
Lovecraft habla del Yermo Frío, un reino situado más allá de nuestro
espacio y tiempo. Crowley habló
del Yermo Frío llamado Hadith. Lovecraft habló del gran
Cthulhu que
yace soñando en R’lyeh, Crowley
del sueño original de los Grandes Antiguos. Y Grant declara que el
culto a Aiwass de Crowley, o Aiwaz
de Acadia,
“puede ser rastreado... hasta un período que inspiró la
secular Tradición Draconiana de Egipto que se dilató hasta las
primeras dinastías, cuyos monumentos dejaron deteriorar los
adversarios del culto primitivo. Estas dinastías fueron borradas con
el fin de destruir todo rastro de un supuesto culto al Diablo... “.
Todo esto hace suponer que la ficción de
Lovecraft fue, básicamente,
más real de lo que suponía. En un libro posterior, Nightside of
Eden, Grant llega aún más cerca de los notables paralelismos que hay
entre la tradición Gnóstica y Cabalística y la mitología de
Lovecraft, un asunto sobre el cual volveremos más adelante.
Por tanto, todo esto ahondó mi convicción de que a pesar de su
beligerante racionalismo, Lovecraft sabía bastante más de lo que
suponía Derleth sobre la tradición mágica. Y en 1976, esta
convicción empezó a tomar forma definida cuando tuve noticia de las
investigaciones de Robert Turner, jefe de la Orden mágica de la
Piedra Cúbica, y devoto de las obras de Lovecraft.
Pero antes de hablar de la búsqueda del Necronomicon original, es
preferible explicar cómo llegué a estar involucrado en el relato de
Lovecraft y poder, entonces, analizar más de cerca su personalidad.
Me encontré por primera vez con la obra de Lovecraft en el verano de
1959, cuando me hallaba con mi esposa en la granja de un viejo
amigo, Mark Helfer. El escenario era apropiado: la granja no está
lejos del Castillo de Corfe, donde el joven Rey Eduardo fue
asesinado por su madrastra en 978. Se cree que las ruinas están
encantadas por una mujer sin cabeza, aunque nadie está seguro de su
identidad. La casa de la granja de Mark Helfer data de algunos
siglos atrás, y sus paredes tienen un espesor de varios pies. Por
tanto, el lugar es más bien frío. En nuestro dormitorio descubrí un
ejemplar de The Outsider and Others, encuadernado en negro y con un
papel tan pobre que tenía los bordes raídos y amarillentos. El
título me interesó porque mi primer libro había sido The Outsider.
Leí gran parte de él antes de abandonar la granja al día siguiente.
Me impresionó la originalidad de Lovecraft. El “tono” era tan
característico como el de Poe, Machen o M.R. James, pero el estilo
me pareció de aficionado. El lenguaje de Lovecraft carecía de
sensibilidad.
Aquel día, yendo hacia North Devon, empecé a hablar a Joy sobre
Lovecraft y toda tradición de relatos de terror. Me parecía muy
claro que Lovecraft era uno de mis “Marginados”, un romántico que
encontró intolerable el mundo real. En The Outsider evité
deliberadamente escribir sobre fantasiosos, cuya relación con el
mundo real es más o menos negativa, y me centré en hombres como Dostoievski,
Van Gogh, Nietzsche y Gurdjieff, todos ellos hombres
que abrigaban la idea de que debería hacerse algo con la futilidad y
trivialidad de la existencia humana. Los fantasiosos dan simplemente
la espalda a la realidad, esperando que así desaparezca. Por esto no
alcanzarán nunca la grandeza moral de Tolstoi o Dostoievski. Como
resultado de la lectura de Lovecraft, pensé que las fantasías habían
aportado una contribución importante a este problema de la
“trivialidad cotidiana” y que merecería la pena escribir una
continuación de The Outsider que tratara sobre el particular. En
este viaje desde el Castillo de Corfe hasta North Devon esbocé por
completo The Strength of Dream. El libro empezaba con un estudio
sobre Lovecraft, el cual ocupa un lugar central en el argumento.
El año siguiente hice un viaje a América bajo los auspicios del
Instituto de Artes Contemporáneas de
Washington. Hasta entonces había tenido dificultades en obtener
libros y discos americanos, ya que
debía pagarlos en libras esterlinas, por lo que decidí gastar
algunas de las ganancias de mis conferencias
en autores y compositores que durante tanto tiempo había codiciado.
Tan pronto como llegué a Nueva
York me dirigí a la librería más cercana, examiné el catálogo para
ver qué obras de Lovecraft estaban
impresas, y las pedí todas. En la sección de libros del New York
Times apareció una interviú que se me
hizo. August Derleth, que dirigía Arkham House Publishers, me
escribió a Washington. Me indicó que
deberíamos conocernos, lo cual me fue imposible en aquel viaje pero,
al menos, iniciamos una
correspondencia que se prolongó hasta su muerte. Algunas semanas más
tarde, encontrándome en
Providence, Rhode Island, se me programaron unas conferencias y
seminarios en la Universidad Brown,
la Miskatonic de Lovecraft. Cuando supe que su biblioteca contenía
una colección Lovecraft, dediqué un
día entero a leer sus cartas inéditas y manuscritos.
Lo primero que me causó una enorme sorpresa fue el racismo de
Lovecraft: fulminaba vengativamente a judíos, negros, hispanos,
árabes, polacos y el resto de la “escoria” que encontraba en los
autobuses de Nueva York. Al principio de su carrera, Lovecraft era
partidario del pensamiento de Nietzsche. Al igual que éste, creía
que la raza humana se compone de Amos y Esclavos, y esto hace que
haya dos moralidades distintas completamente. Ello confirmó mi
opinión de que el impulso básico que hay tras la obra de Lovecraft
es un deseo de escapar a la realidad cotidiana, de hecho hacia lo
que de algún modo le haga vengarse de la realidad que tanto le
asqueaba. Tanto Sprague de Camp(2) como Lin Carter(3) han discutido
conmigo este punto, así como también con Derleth. El propio
Lovecraft habló sobre ello ampliamente en una de sus cartas fechada
el 30 de octubre de 1929. Escribió:
“No soy el único en ver un
problema realmente serio para el esteta sensible que quiera
mantenerse vivo en medio de las ruinas de la civilización
tradicional. De hecho, en el hombre moderno interesado por lo
creativo es tan general una actitud de alarma, dolor, disgusto,
retroceso y estrategia defensiva, que muchas veces he intentado
permanecer callado por temor a que mi sentimiento personal pudiera
ser confundido con un sentido de imitación afectada. Dios, hombre,
observad esta lista... Ralph Adams Cram, Joseph Wood Krutch, James
Truslow Adams, John Crowe Ransom, T.S. Elliot, Aldous Huxley, etc...
Cada uno tenía un plan de escape diferente, aunque cada uno reconoce
que es lo mismo aquello de lo que hay que escapar...”.
Pero todo
esto apenas llega a ser una crítica de Lovecraft, no más de lo que
se hizo de Elliot o Huxley. Parece lastimoso que todos ellos
desearan escapar y, sin embargo, cada uno de ellos se aferró a sus
propios valores. Y yo, ciertamente, sería el último en condenarlos.
Mi interés personal por Lovecraft arranca del hecho de que yo, lo
mismo que él, fui muy sensible en mi adolescencia y primera
juventud. Solía pasear por Londres en una especie de paroxismo, de
aborrecimiento por la moderna civilización. Pero era consciente de
que tal actitud era negativa, casi suicida. Y en la época en que
empecé The Outsider, a los 23 años, pude ver claramente que el
problema consistía en cómo dejar de estar a la defensiva, cómo crear
nuevos valores en lugar de, simplemente, intentar conservar los
antiguos. A pesar de ello, no siento más que admiración por la
magnifica intransigencia de Lovecraft frente a un mundo que se le
aparecía fútil y destructivo.
Mi propio método de “criticar” a Lovecraft fue escribir tres obras
de ficción basadas en los Mitos Cthulhu: The Mind Parasites,
The
Philosopher’s Stone y The Return of the Lloigor. La primera de ellas
fue escrita por indicación de Derleth y publicada por Arkham House
en 1966. También a petición de Derleth, escribí la novela corta
Tales of the Cthulhu Mythos. Originalmente tenía la intención de que
no fuese más que un relato corto, pero nunca me he sentido cómodo en
un medio que dispone de un espacio tan pequeño para desarrollar las
ideas. Return of the Lloigor me hizo dar perfecta cuenta de que
habíamos estado equivocados respecto a los últimos años de la vida
de Lovecraft. Su creatividad se agotó. Repetidamente manifestó a sus
amigos que había decidido dejar de escribir. La razón es que la
“narración Lovecraft” tiene una finalidad necesariamente limitada.
El patrón básico de la mayoría de sus relatos es el mismo: el
narrador empieza diciendo a su auditorio que acaba de hacer un
descubrimiento verdaderamente terrible que casi le ha hecho perder
la razón. El siempre había sido una persona equilibrada y normal,
que no creía en lo sobrenatural, pero que había ido a vivir a la
Vieja Casa de Arkham (o Dunwich, o Innsmouth), y entonces había
visto con sus propios ojos... La atmósfera de los relatos es
claustrofóbica, tal como se intentaba que fuera. Se penetra en el
interior del mundo de Lovecraft como si se traspasara un pequeño
portal con una gran puerta de piedra. Pero como este mundo es tan
pequeño y claustrofóbico, no tiene espacio para su desarrollo. En la
época en que tenía cuarenta años, Lovecraft .ya había tocado todas
las variaciones sobre el tema, explotando la vena hasta agotarla. El
filósofo Kierkegaard sufrió un colapso y murió el día en que retiró
su último dinero del banco. Podría considerarse que Lovecraft empezó
a morirse cuando se dio cuenta de que había extraído del lodo la
última partícula de plata...
¿Puede parecer una idea algo absurda que un hombre desarrolle un
cáncer sencillamente porque ha
dejado de emplear su imaginación? Lejos de ser absurda, creo que es
la clave esencial de la vida de Lovecraft y de su trabajo. Una vez
hayamos comprendido este punto clave y lo combinemos con el relato
de Machen sobre lo que sucedió aquella tarde en Gray’s Inn, creo que
estaremos en situación de poder responder a algunas preguntas
básicas sobre el Necronomicon.
T.S. Elliot indicaba que, si se examina con objetividad, la
existencia humana tiene una calidad pueril. “Nacimiento, copulación
y muerte...”. Y el mismo Lovecraft nunca se cansaba de afirmar que
nuestra propia cortedad de vista es la que nos permite conservar la
tranquilidad de espíritu. No es pesimismo superficial, sino que se
trata de una afirmación objetiva sobre la existencia humana. (Y,
añadiría yo, no veo ninguna razón por la que no pudiera ser la base
para una filosofía optimista o religiosa). Los seres humanos son
como caballos con anteojeras, atrapados en un momento presente
perpetuamente trivial. Cuando un niño llora sobre un juguete roto
decimos que ha perdido la perspectiva. Pero si se piensa sobre ello
de forma objetiva, puede verse que este acto es aplicable a todos
nosotros. El arte y la ciencia son tan importantes porque nos
permiten observar las cosas desde arriba, con una cierta
perspectiva. Pero cuando un astrónomo deja su telescopio, tiene que
buscar en su bolsillo la llave de la puerta principal... El tiempo
nos tiene agarrados por el cogote...
Por extraño que parezca, la mayor parte de las personas parece
aceptar esto sin que les importe. Quizá se deba a que la mayoría de
ellas están ocupadas en sus problemas cotidianos. Pero ni siquiera
aquellas que no tienen demasiados problemas parecen ser capaces de
aceptar esta extraña y trivial cualidad sin sentir que algo anda
mal. Recientemente, una anciana dama, superviviente de la era
eduardina, dijo por televisión que podía recordar la época en que la
mayoría de caballeros no hacían nada útil con sus vidas. La mañana
la pasaban en el club, la tarde jugando al billar y haciendo
visitas, el atardecer jugando al bridge... Para mi, esto suena igual
que una fórmula de locura. Para la mayoría de la gente, esto suena
como una envidiable y placentera manera de emplear la propia vida.
La respuesta, creo yo, es que en un pequeño porcentaje de la
humanidad, aproximadamente un 5 por ciento para ser precisos, tiene
una especie de anhelo incorporado de finalidad. Estas personas se
conocen como el “5 por ciento dominante”, y la misma cifra parece
aplicable a los grupos animales. El porqué esto sucede así no hay
nadie que pueda explicarlo. Probablemente, Lovecraft hubiese dicho
que esto es puramente biológico. Para que una especie sobreviva, un
cierto número de individuos debe poseer un impulso que los lleve más
allá de las necesidades diarias. De otra forma, cuando alcanzase un
cierto grado de bienestar y estabilidad, degeneraría rápidamente. De
hecho, se sabe por la historia que las naciones se vuelven “blandas”
cuando pueden vivir en el lujo, aunque dichas naciones a menudo
consigan producir una gran civilización. Esto se debe a que su “5
por ciento dominante” posee un impulso que no se erosiona con el
bienestar. Dichos hombres poseen, repito, un anhelo interior para la
finalidad.
El resultado sorprendente es que si se ven privados de una finalidad
por las circunstancias de sus vidas, se convierten en unos seres
frustrados y propensos al suicidio. Esta es la historia básica de
los “marginados”. Antes de que descubran una finalidad pueden estar
cerca de la locura, sufriendo depresiones suicidas. Y el sentido de
la finalidad puede tomar las formas más extrañas, como en el caso de
George Fox, el fundador del Cuaquerismo, que iba andando por la
ciudad gritando: “¡La desgracia caerá sobre la ciudad maldita de Litchfield!”, conducta que en la actualidad lo conduciría al
manicomio más cercano, o como Lawrence de Arabia, alistándose a la
RAF como un ciudadano particular.
Obsérvese por favor que no estoy diciendo que el 5 por ciento
dominante sean hombres geniales
frustrados. Pueden ser estúpidos y su predominio es posible que sólo
les convierta en tiranos. Pueden ser
deshonestos, y esto les convierte en unos timadores. Pueden ser
supersexuados, y esto les convierte en
unos sátiros o ninfómanas (puesto que hay tantas mujeres dominantes
como hombres dominantes). Cada
enlace sindical, cada sargento mayor, cada cantante de música pop y
cada hombre de negocios con éxito,
pertenece al 5 por ciento dominante. Está todavía por escribir un
interesante libro sobre algunos
“marginados” algo menores que fueron destruidos por el sentido de
puerilidad. En él se podría incluir,
por ejemplo, al Archiduque Rodolfo de Austria, que se suicidó con su
amante en Mayerling, y al cantante de rock Elvis Presley, que murió
de un ataque al corazón a los cuarenta y dos años. Los dos
pertenecieron de forma natural a la minoría dominante, y se vieron
privados de su propia expresión por una serie de circunstancias
fuera de lo común: el Archiduque Rodolfo por ser hijo del Emperador
Francisco José de Austria, y Elvis Presley por el inmenso éxito que
lo convirtió en prisionero de su propia mansión.
Volvamos ahora a la biografía de Sprague de Camp sobre Lovecraft o a
la del propio Derleth H.P.L. A
Memoir, y consideremos la carrera del “recluso de Providence”.
Providence es un lugar bastante
agradable, con sus casas revestidas de madera y calles flanqueadas
por árboles. Pero en 1890, cuando
H.P.L. nació, debía haber sido la más provinciana de las ciudades
provincianas. Shaw una vez describió el Dublín de su niñez como
“aquel infierno de mezquindad” pero, por lo menos, era una capital
llena de actores, artistas y literatos. En comparación, Providence
debe haber parecido tan remota como un pueblo en mitad de la
Antártida. Esto significa que desde el momento en que empezó a
hablar hasta que llegó a la edad de veintiún años, Lovecraft nunca
frecuentó o habló con nadie cuya mente no fuese completamente
vulgar. Su padre murió loco, probablemente de sífilis, cuando él
tenía ocho años.
El mismo Howard sólo era un niño nervioso y
delicado, infinitamente mimado por su madre. La relación con ella
podría llamarse proustiana, y es sorprendente que consiguiera evitar
convertirse en homosexual. Lovecraft era un lector obsesivo que pasó
los primeros veintiún años de su vida en una biblioteca. Y aquí,
supongo, puedo al menos invocar una similitud de circunstancias, ya
que también nací en una ciudad de provincias y estropeé mis ojos a
la edad de doce años leyendo durante diez horas al día. Aún puedo
recordar con toda claridad aquella extraña sensación de desconexión
con el mundo real, la sensación de que la vida es una especie de
sueño o ilusión.
Para la mente juvenil que se ha nutrido con ellos,
los libros parecen convertir de alguna manera en superfluos los
acontecimientos reales, como si fuesen una imitación de una realidad
más apasionante. Y el contacto con el mundo cotidiano sólo produce
resentimientos, de ahí la creencia de Axel de que la vida debería
ser vivida por nuestros criados. Pero la realidad se niega a tolerar
a los soñadores románticos: parece complacerse en zarandearlos hasta
que sus dientes rechinan. Y esto es el motivo que el rechazo que del
mundo del romántico se convierta en un furioso resentimiento.
Sospecho que algunos de los románticos del siglo XIX se suicidaron a
causa del resentimiento, de un deseo de “devolver a Dios su tiquet
de entrada”.
Pero el rechazo de Lovecraft nunca fue tan sano como el
de Nietzsche o Dostoievski. Para agitar el puño ante Dios, como el
Manfred de Byron, es necesaria una cierta confianza en uno mismo que
proviene de una buena salud física y de un convencimiento de
superioridad. Pero la salud de Lovecraft era pobre: estuvo semanas
enteras en un estado de “fatiga y letargo mortales” durante los
cuales “el gran esfuerzo de incorporarme es insoportable”. “Sólo
estoy medio vivo, una gran parte de mi energía se consume en
incorporarme o andar. Mi sistema nervioso es una ruina hecha pedazos
y estoy totalmente aburrido y decaído, excepto cuando encuentro algo
que me interese particularmente”. A Lovecraft no solamente le
faltaba la confianza que proviene de la salud: también le faltaba la
confianza que se deriva de la posición social y la buena educación.
Su salud, y quizá su desagrado por el estudio organizado, le impidió
asistir a la Universidad Brown.
Peor aún, le faltaba alguien a quien admirar entre sus
contemporáneos. La América de los años próximos
a 1910 era algo así como un desierto cultural. ¿Quién lee
actualmente a Ellen Glasgow, a Edith Warton o
a William Dean Howells? ¿O incluso a H.L. Mencken? En Inglaterra
había la generación de Shaw, Wells
y Chesterton, que era de esperar que no gustasen a Lovecraft.
Prefería a Poe, a Arthur Machen y, más
tarde, a Lord Dunsay. Pero ninguno de los tres era realmente
bastante bueno para ser imitado. Lo peor de
Poe es embarazosamente malo, e incluso lo mejor es demasiado
prolijo. Y un escritor joven necesita de
modo apremiante a alguien a quien admirar e imitar, ya que está
aprendiendo a crear su propio estilo.
En
su forma de escapar del estado de crisálida de la adolescencia.
Lovecraft imitó a Poe, pero era lo
suficientemente buen crítico para saber que el resultado era
insípidamente malo.
“St. John es un cadáver
mutilado. Yo sólo sé por qué, y tal es mi conocimiento de ello que
estoy a punto de ver apagarse mi cerebro por miedo a ser despedazado
de la misma forma. Los corredores oscuros y sin fin de la fantasía
ancestral barren la negra y amorfa Némesis que me lleva a la
autoaniquilación”.
Este atroz fragmento de escritura procede de una
narración llamada The Hound. Sin embargo, tal como podría
sospecharse, no se trata de un fragmento de juventud: fue escrito en
1922, cuando Lovecraft tenía treinta y dos años.
Revela que
permaneció siendo un torpe adolescente durante un tiempo bastante
más largo que la mayoría de las personas. En términos artísticos,
este problema era sencillo: simplemente no había podido encontrar lo
que T.S. Elliot llama un “objetivo correlativo”, es decir, un
argumento y unos personajes adecuados que personifiquen la esencia
de sus sentimientos. Una corta narración llamada Dagon, que
Lin
Carter califica de excelente y que data de cuando tenía veintisiete
años, revela su problema básico. Un marinero náufrago se encuentra
en una isla del Pacífico que parece haber emergido en alguna
convulsión volcánica. La isla apesta a pescado muerto y está
cubierta con un limo negro. Al cabo de varios días de deambular por
ella, el náufrago encuentra un monolito tallado con extrañas
criaturas en forma de pez grabadas en él. Y mientras está
contemplándolo a la luz de la Luna, un monstruo escamoso sale del
mar y lanza sus enormes brazos alrededor del monumento.
Inevitablemente, el marinero se vuelve loco, y despierta en un
hospital de San Francisco. Pero “cuando la Luna está en cuarto
creciente o menguante... veo la cosa”. Ahora está subiendo
pesadamente las escaleras. “No me encontrará. ¡Dios mío, esa mano!
¡La ventana! ¡La ventana!”. La idea de un hombre que va a ser
devorado vivo garabateada en una hoja de papel es absurda. La
esencia de la narración reside precisamente en la escena del hombre
estando de pie en la fangosa isla, contemplando el monumento a la
luz de la Luna y viendo entonces algo “enorme, repugnante y parecido
a Polifemo” saliendo del mar. Pero, como un joyero poco hábil, ha
montado esta visión sobre un engaste pobre y de poca calidad.
Lo cual nos lleva a un punto importante: muchas de sus más
interesantes “visiones” provenían de sueños. August Derleth ha
compendiado en un volumen fascinante los sueños de Lovecraft,
extraídos de sus cartas, y de los relatos basados en ellos(4). Y las
cartas esclarecen que, por alguna extraña razón, Lovecraft tuvo una
pesadilla cada noche de su vida. Describe por ejemplo, un sueño en
el cual iba a un cementerio con su amigo Samuel Loveman y también
cómo levantaban la losa de un sepulcro; cómo Loveman descendía a una
cámara subterránea dejando a Lovecraft esperando en el otro extremo
de una línea telefónica. Entonces, Loveman ve algo horripilante, y
dice: “Por el amor de Dios, todo ha terminado, lárgate...”. Y cuando
Lovecraft llama a la tumba diciendo: “Loveman, ¿estás ahí?”, una voz
gutural y hueca le responde: “Imbécil! ¡Loveman está muerto!”. El
sueño está “relatado” (y estropeado con adjetivos) en The Statement
of Randolph Carter (“Y entonces vino hacia mí el supremo horror, la
increíble, impensable, casi inmencionable cosa...”).
Un psicólogo podría considerar que la mente subconsciente de
Lovecraft le estaba proveyendo
profusamente de temas para que los escribiese. Se hallaba viviendo
en unas aguas culturales estancadas,
manteniendo correspondencia con varios escritores de revistas de
ficción de poca categoría que eran
incluso menos sofisticados que él, mimado por su madre o sus dos
tías y padeciendo dolores de cabeza y
apatía. Debía permanecer infinitamente lejos de los lugares en los
que le habría gustado estar, como
Grecia, Italia o Egipto, y de los escritores que admiraba. Se daba
cuenta del abismo que había entre
Weird Tales y la labor de los grandes maestros europeos. Sobre todo,
no hay duda de que era uno de los
miembros del 5 por ciento dominante. Hubiera disfrutado mezclándose
con otros como él. Si el destino
le hubiese sido propicio habría nacido con suficiente dinero para
poder vivir en Londres o Roma y
mezclarse con sus iguales. Se hubiera sentido a sus anchas comiendo
con Ronald Firbank en el Café
Royal o bebiendo vino con Norman Douglas en Capri. Pero era el hijo
de un viajante de comercio, no
como Henry James, que era nieto de un millonario (incluso cuando
murió, su capital no llegaba a 20.000
dólares). Le gustase o no, estaba pegado al monótono y más bien
mediocre lugar en que había nacido: el
distrito College Hill de Providence. Y aceptaba este sentimiento de
privaciones y aburrimiento:
“Los
libros son cosas muy endebles. Ni Vd. ni yo, con todos los clásicos
que hemos leído, disfrutamos de la
centésima parte de Grecia y Roma de lo que disfruta el millonario
cuyos yate y coche le permiten vagabundear bajo los cielos
mediterráneos... “
(14 de febrero de 1924).
“¡Nunca pasa nada! Quizá
este es el motivo de que mi fantasía salga a explorar extraños y
terribles mundos... Mi vida cotidiana es una especie de letargo
desdeñoso, desprovisto por igual de virtudes y de vicios. No soy de
este mundo, sino un espectador de él, divertido y algunas veces
disgustado. Detesto la raza humana, sus apariencias y
concupiscencias. Para mí, la vida es un arte delicado... aunque creo
que el universo es un caos sin sentido desprovisto de valores
últimos...”
(3 de febrero de 1924).
Está atrapado en un mundo que
detesta. Quizá hubiera debido trasladarse a otro lugar, pero no pudo
vencer su letargo. Su experiencia de vivir en otra ciudad, Nueva
York, fue tan frustrante que finalmente destruyó su ilusión de
escapar de Providence. Resulta sorprendente que no intentara
suicidarse como su amigo Robert Howard, el creador de Conan el
Guerrero. Pero tenía un poderoso aliado: su mente subconsciente. Lo
cual nos remite a Machen y a lo que sucedió en aquella tarde del año
1899. Machen siempre rechazó entrar en detalles sobre la
experiencia. Nuestras únicas pistas parecen ser sus dos afirmaciones
contradictorias sobre la hipnosis. Pero esto, por lo menos, elimina
la posibilidad de que Machen realizara cualquier forma de ritual
mágico, quizá alguna invocación al demonio. Cuando dice que no era
hipnotismo, quiere significar que no se trataba de un sueño o
alucinación. Además, comunica a su amigo Munson Havens:
“Puedo
decirte que el proceso que sugería el fenómeno era hipnotismo; no
puedo decir más. Excepto esto: que estoy completamente seguro de que
mi proceso no se debe a eficaces ex opere operato (por actos
eternos)”.
Los estudiantes de magia dicen que sus rituales son
eficaces ex opere operato. Funcionan como el encender una luz
eléctrica, no por auto hipnosis. Todo esto da a entender que lo que
hizo Machen fue de alguna manera un intento de ponerse en contacto
con la fuerzas más profundas de su mente subconsciente. Aunque,
incluso esta explicación, da como resultado más preguntas que
respuestas, siendo la más evidente: ¿por qué deben proporcionar
revelaciones las fuerzas del subconsciente? Sueños sí. Neurosis sí.
Incluso delirios, alucinaciones o paranoia. Pero no visiones
místicas. Según Freud, desde luego, las visiones místicas son
delirios. Pero esto también elude la pregunta, ya que Freud fue
“reduciendo” el misticismo a una especie de ilusiones. Machen afirma
que lo que le sucedió no fueron ilusiones o auto hipnosis... En su
notable trabajo Human Personality and Its Survival of Bodily Death,
el investigador en física F.W.H. Myers sugirió un intento de
respuesta.
Myers dedica un capitulo a los genios, a las personas que
demostraron tener poderes notables cuando eran muy jóvenes. En
particular a los “prodigios de cálculo”, niños que pueden realizar
enormes cálculos en segundos o minutos. En una presentación del
libro de Myers en 1961, Aldous Huxley puso los puntos sobre las ies
preguntando:
“¿Es la casa del alma un mero bungalow con una bodega?
¿O tiene una escalera que sube por encima del nivel de la conciencia
con una base de basura debajo?”.
Freud, señala Huxley, sostenía el
bungalow sobre un punto de vista de cimientos, pero algunos casos de
notable genialidad parecen sugerir que el hombre posee una mente
“superconsciente” así como una “inconsciente”, y que también es
extraña a la personalidad cotidiana.
Hace algunos años, me dediqué a desarrollar estos puntos de vista de
Myers y Huxley. La causa inmediata fue una serie de ataques de
pánico, producidos por mi sobrecarga de trabajo, que casi me
llevaron a un derrumbe nervioso. He narrado la historia con detalle
en mi libro Mysteries, por lo que no la voy a repetir aquí. Todo lo
que hay que decir es que mis luchas contra estos ataques nocturnos
de pánico me convencieron de que Myers y Huxley tenían razón al
creer que la personalidad tiene un desván “superconsciente”, aunque
en dicho desván hay muchos niveles. De hecho, puede ser más exacto
emplear la imagen de un gran bloque de pisos en lugar de una casa
con dos azoteas. Lo mismo, supongo, puede aplicarse a los cimientos;
el inconsciente debe tener muchos niveles.
Me sentí particularmente atraído por el fenómeno conocido por la
personalidad múltiple. En una situación de gran tensión, algunas
personalidades pueden “dividirse” en dos o más personas diferentes.
Se comportan como entidades distintas, como si una serie de almas
“tomaran posesión” del cuerpo.
Myers también había comentado esto en su libro. Habla, por ejemplo,
del intrigante caso de Louis Vivé,
un muchacho delincuente que, asustado por una víbora cuando tenía
catorce años, empezó a sufrir ataques epilépticos mostrando síntomas
de histeria. Entonces desarrolló una personalidad completamente
degenerada: borracho, pendenciero y codicioso. Hallándose en el
hospital afectado de una parálisis en un lado, lanzaba largas
peroratas, insultaba a los doctores y se comportaba con una
“impudicia propia de los monos”. Era dado a hacer discursos sobre
política de izquierdas y ateísmo.
Los doctores experimentaron con “magnetismo”, y descubrieron que con
una aplicación de acero, la parálisis se desplazaba al lado
izquierdo de su cuerpo. Cuando esto sucedía, su personalidad
cambiaba radicalmente: se volvía sensible, modesto y razonable, y no
quería hablar sobre política o religión basándose en que no sabía
nada de estos temas. Parecía como si el shock producido por la
víbora hubiese disociado de alguna manera los lados derecho e
izquierdo de su cerebro y le hubiese dado dos personalidades
independientes.
En muchos casos de personalidad múltiple, el paciente se divide en
tres o más personas diferentes (en el reciente caso “Sybil”,
relatado por Flora Rheta Schreiber, había dieciséis). Lo interesante
del asunto es que las personas forman a menudo una jerarquía, como
si estuviesen dispuestas en escalera. Las más elevadas lo saben todo
sobre las que están por debajo de ellas y, en muchos casos, la
personalidad situada más arriba presenta un control y una madurez
mayores que los que demuestra tener el paciente en su vida real.
Además, cuanto más abajo se mira la “escalera”, tanto más infantiles
y limitadas se hacen las “personalidades”. En el caso de Doris
Fisher, que se produjo aproximadamente en el cambio de siglo, la
personalidad más inferior era poco más de una grabadora, desprovista
por completo de vitalidad y capacidad para pensar.
El sicólogo Pierre Janet hizo la interesante observación de que
cuando las personas están inmersas en un estado de ansiedad o
depresión permanente, se hacen “más estrechas” como si trataran de
economizar energía vital. Algunas veces se estrechan tanto que
pierden el sentido del olfato o del tacto. Lo más extraño es que la
“personalidad amplia” aún permanece, y Janet descubrió que a menudo
podía comunicar con ella mediante susurros. Por ejemplo, podía
ordenar con un susurro a un paciente histérico que levantara un
brazo y éste obedecía. Seguidamente le preguntaba con su voz normal
por qué tenía su brazo en el aire y el paciente quedaba asombrado y
confuso al verlo.
He sugerido que se podría concebir la “personalidad total” como un
círculo, como la Luna llena. Pero una persona que desarrollara su
“personalidad total” sería casi un dios. Muchos de nosotros quedamos
bastante más restringidos. Somos supercautos y estamos supertensos.
Incluso la personalidad más vital y “abierta” no es probablemente
mayor que una simple cuarta parte de la Luna.
Ahora repito: lo extraño parece ser que, en algún sentido, la
personalidad “total” no tiene que desarrollarse. Ya está ahí, como
por ejemplo, la curiosa capacidad de los prodigios del cálculo.
Estoy de acuerdo en que esto es una paradoja, pero existe un número
tan grande de evidencias que hace pensar que es verdad. Nos
“restringimos” a nosotros mismos. Por ejemplo, alguien puede
sentirse débil, nervioso y enfermo sencillamente por no poder
“abrirse”, relajarse en la personalidad más amplia. Algunas de las
crisis que fuerzan a una persona a recurrir a sus reservas vitales
pueden hacer que la enfermedad se desvanezca en una sola noche.
Wilhelm Reich estaba empleando un concepto similar cuando hablaba de
la “personalidad blindada”, cuando una persona desarrolla ciertas
características en forma de defensa: quedan atrapadas en el
“blindaje”, tomándolo por su “propio yo real”. Por tanto, lo que
estamos sugiriendo es que poseemos una personalidad más elevada, más
amplia, que realmente puede “saber mejor” que el limitado yo
cotidiano.
Esta es, admitámoslo, una visión completamente fuera de toda
ortodoxia de la personalidad humana, y
algo que los partidarios de Freud encuentran imposible de sostener.
Los partidarios de Jung pueden
encontrarlo menos extraño porque Jung aceptaba la noción de una
consciencia que trasciende de lo
individual, una inconsciencia racial, y al hacerlo así se habría
movido en dirección al punto de vista de la “Luna llena” del yo.
En cualquier caso, es bastante fácil reconocer que la mayoría de las
personas están algo “incompletas”, que el nerviosismo y la
desconfianza han “fijado” sus personalidades dentro de ciertos
límites, y que estos límites están cimentados y establecidos por el
hábito y la pereza. Muchas personas más bien discretas y sumisas son
potencialmente más vitales, aunque nunca han tratado de explorar sus
límites.
De acuerdo con esta teoría, lo que Machen hizo fue emplear alguna
forma de autohipnosis para recurrir a su “yo más amplio”. Y el yo
más amplio manifestó su existencia produciendo fenómenos
semi-mágicos. El resultado de esta revelación fue un sentimiento
arrollador de liberación y felicidad. Entonces Machen intentó
obtener más revelaciones de esta existencia más amplia haciéndose
miembro del Amanecer Dorado. Pero pudo darse cuenta de que lo que
aprendía allí no era en modo alguno lo que estaba buscando. Porque
lo que en realidad buscaba era nuevas revelaciones de aquel “yo más
amplio”. Sin embargo, el Amanecer Dorado estaba más relacionado con
lo que Jung llamaría más tarde el inconsciente racial.
Yeats expresó
esto mismo cuando escribió su autobiografía:
“Yo sé ahora que la
revelación viene del yo, de aquel secular yo recordado... y que el
genio es una crisis que por un momento une a aquel yo soterrado con
nuestra mente trivial cotidiana”.
Mathers pensaba que el “secular yo
recordado” puede ser evocado a través de símbolos y que, además, la
mente entrenada del mago podría pasar a otras dimensiones, a otros
planos de la existencia. El mago debería entrenar su imaginación
hasta que pudiese contemplar algún objeto mental como si existiese
realmente en tres dimensiones.
Eventualmente, incluso podría ser capaz de “proyectarlo” al mundo
exterior. Cuando consiguiera esto, podría contemplar un símbolo
escogido, quizá uno de los cinco signos “tattawa” de tierra, agua,
aire, fuego y espíritu, y seguidamente mirar fijamente una pared
lisa (o un techo) de manera que el símbolo se transfiriese allí como
una post-imagen. Después debería ampliar el signo al tamaño de una
puerta y pasar a través de él. Si consiguiese hacer esto con éxito,
debería encontrarse a sí mismo en una especie de paisaje de ensueño
que correspondería al signo.
Yeats describe como, en una ocasión en
que apretó contra su frente un signo del fuego, tuvo la visión de un
desierto en el que había un gigantesco titán que salía de entre sus
ruinas. Según Mathers, el propio signo debió hacer la mitad del
trabajo. Según esta filosofía, puede verse que es posible que
algunos “sueños” no sean realmente sueños, sino visiones de aquellos
“planos astrales”. En términos de Jung, el mago ha tornado una
visión momentánea de algunos de los “arquetipos del inconsciente
colectivo”. Jung se convenció de la existencia de estos arquetipos,
y también del inconsciente colectivo, al hallar que muchos de sus
pacientes soñaban en forma de símbolos mitológicos a pesar de que no
tenían conocimientos de mitología.
Pero a pesar de que el concepto del inconsciente colectivo y el del
“yo más amplio” están estrechamente relacionados, no deben
confundirse. Lo que vemos fugazmente en * momentos de gran
intensidad parece ser algún potencial más amplio de nuestra
personalidad individual. Lawrence halló su revelación en el éxtasis
sexual, el sentimiento de que el “yo” que asume por un momento el
control del acto de hacer el amor es, de alguna forma, más verdadero
que el yo cotidiano y, por lo mismo, más real. Un punto de vista
como éste invierte nuestras normas cotidianas. ¿Cómo podremos creer
que el “yo” del que soy ahora consciente es menos real que algún
otro yo hipotético que vislumbro por un instante en momentos de
éxtasis u orgasmo?
De acuerdo con esta filosofía, el propósito de la evolución consiste
en evolucionar hacia el “yo” más amplio posible: la Luna llena. Lo
que pueda suceder entonces sólo puede ser tema para conjeturas.
Nuestro problema es el de intentar ampliamos, de hacernos más
anchos.
Es posible que la clase de doctrinas que puede preconizar el
Amanecer Dorado pueda producir este
efecto de ensanchamiento. Por otra parte, la honestidad nos obliga a
admitir que los “magos” como
Mathers y Crowley no se distinguieron por su generosidad de espíritu
ni por su amplitud de miras. Por el contrario, ambos eran unos seres
humanos bastante insignificantes, capaces de comportarse como niños
mimados. Y esta clase de insignificancia está íntimamente
relacionada con la estrechez de los sujetos histéricos de Janet. Los
informes sobre Machen dejan claro que se trataba de una persona muy
aguda. Por tanto, es comprensible que creyera que las disciplinas
mágicas no lo llevarían más cerca de la revelación que experimentó
en Gray’s Inn. Su actitud con respecto al Amanecer Dorado se hizo
casual y despreocupada, y parece que la dejó en 1901.
Sólo es necesario ahora mirar una fotografía de Lovecraft para ver
que su vida estuvo bajo el dominio de la ansiedad. En sus primeras
fotografías, la boca es pequeña y tensa. Con las gafas de montura
metálica parece la Reina Victoria diciendo a su caballero de
servicio que no se divierte. Por lo que sé, no hay ninguna
fotografía que muestre ni siquiera un asomo de sonrisa. Siempre
tiene un aspecto tenso y desgraciado, como si estuviese ansioso de
alejarse del fotógrafo y correr al lavabo. Toda su vida fue víctima
de la timidez y la autoconsciencia. Sus amigos decían que sonreía
cuando estaba relajado, pero nunca reía. Con los extraños se sentía
violento y callaba; sólo cuando conocía bien a alguien podía
“relajarse” y entonces, aparentemente, podía ser un compañero
encantador. Todas sus amistades eran personas inferiores
intelectualmente a él, a pesar de que la razón de esto puede ser
simplemente que su limitada vida social nunca le dio ocasión de
frecuentar personas que fuesen iguales a él. En cualquier caso, esta
circunstancia le permitía ser entre sus relaciones el dominante, el
mentar y consejero. Solía referirse en broma a sí mismo como “el
abuelito”, incluso con sus tías. Tenía necesidad de verse a sí mismo
como la figura de un padre. Lovecraft hizo lo que pudo para
ampliarse y desarrollarse.
Su principal problema fue su incapacidad
de relajarse y el considerarse a si mismo un inválido inútil. Pero
éste era otro de los conceptos equivocados que se había
autoimpuesto: sus amigos observaron que en los días festivos podía
andar o trabajar tan bien como cualquiera, y que no mostraba ningún
signo de fatiga. La biografía de Sprague de Camp aclara que
Lovecraft era lo que Freud llamó un erótico anal, que significa
sencillamente que era supersticioso, puntilloso y obsesionado por el
detalle. Los aficionados a la Astrología pueden estar interesados en
saber que Lovecraft nació en un 20 de agosto y que, por tanto, era
Leo, un signo asociado a los actores y a los amantes de las
candilejas. También estaba en el vértice de Virgo, un signo cuyos
nativos destacan por su obsesivo aseo y meticulosidad. Puede decirse
que Lovecraft sólo desarrolló las características negativas del
signo de Virgo y nunca tuvo oportunidad de hacer realidad su
verdadero potencial como Leo. Y esto sólo se debía en parte a su
timidez e inutilidad.
Bastante más importante fue una deliberada y
autoelegida en este aspecto se parecía mucho a Lovecraft. Está
contada en la vida de Poe, de Hervey Allen, Israfel. La Srta. Grove
Nichols cuenta cómo visitó a Poe y él le explicó que únicamente
escribía “para satisfacer mi gusto y amor por el arte. La fama no
constituye para mí una fuerza motivadora”. A continuación Poe lanzó
un prolongado ataque a la “adulación de la multitud” y a los
escritores de mente mezquina que la desean. En su siguiente visita,
mientras paseaban por la cima de una colina, Poe le dijo que tenía
que hacer una “confesión”.
“La última vez que estuvo Vd. aquí le
dije que yo despreciaba la fama”.
“Sí, lo recuerdo”.
“Es falso, me
gusta la fama. Estoy loco por ella, la idolatro, bebería su gloriosa
intoxicación hasta el último poso. Querría tener en cada aldea, cada
pueblo y cada ciudad de la Tierra incienso ascendiendo en mi honor.
¡La Fama! ¡La Gloria! Son lo que dan a la vida el aliento y la
sangre vital. ¡Ningún hombre vive hasta que es famoso! ¡Cuán
amargamente contradije mi naturaleza... cuando dije que no deseaba
la fama, que la despreciaba!”.
Lovecraft, al igual que Poe, siempre
adoptó una actitud magnánima con respecto a la fama, aunque en casi
todas las páginas de su “Colección de Cartas” se evidencia que
sentía lo mismo que Poe. Era un Leo frustrado. Y el verdadero
significado de esto es el reconocimiento de que Lovecraft fue
siempre un “personalidad parcial”, un hombre cuya verdadera
naturaleza estuvo eclipsada. Son estas personas, tal como Janet
observó una y otra vez, las que se convierten en “poseídas por los
demonios” o se dividen en múltiples personalidades.
Y pasando de las cartas de Lovecraft a sus escritos, puede verse la
causa por la que su verdadera
personalidad no pudo manifestarse. Como estilista nunca alcanzó nada
parecido a la distinción de Poe; siempre da la impresión de ser
torpe, un aficionado. Su conocimiento de la expresión era
superficial, e incluso después de la experiencia de su matrimonio y
estancia en Nueva York retuvo las actitudes mentales de un
adolescente. Es muy ilustrativa la lectura de la Juvenilia editada
por Deleth en The Suttered Room. Las narraciones escritas a la edad
de seis años indican que se trataba de un niño brillante e
imaginativo. Habría pido una predicción acertada la de considerarle
destinado convertirse en un escritor. Pero el primero de sus cuentos
“adultos”, The Alchemist, escrito cuando tenía dieciocho años,
apenas muestra el desarrollo que cabría esperar: podía haber sido
escrito por un ingenioso muchacho de doce años.
“¡Estúpido!, gritó,
¿No puedes adivinar mi secreto? ¿es que no tienes cerebro en el que
puedas reconocer la voluntad que durante seiscientos años ha
mantenido la espantosa maldición sobre tu casa...? ¡Te digo que soy
yo! ¡Yo!, que he vivido durante seiscientos años para mantener mi
venganza, porque ¡soy CARLOS EL BRUJO!”.
Parece como si Lovecraft se
hubiese atrofiado tanto intelectual como físicamente a causa de “sus
años de fatiga mortal y letargo”. Y cuando nos damos cuenta de que
diez años después aún escribía la misma clase de prosa absurda y
agotada, queda bien patente una falta de recursos que le convertirá
solamente en un torpe aficionado. Sprague de Camp describe un relato
de 1919 como “una pequeña fantasía flácida”, y otra como “un eficaz
aunque sobre-adjetivado trozo de horror”. Fue en el año en que
Lovecraft descubrió los cuentos de Lord Dunsany, quien a su vez
había estado influenciado por las fantasías del poeta William
Morris. Durante un cierto tiempo, Lovecraft ceso en sus intentos de
asustar a los lectores con sus arrebatos y ensayó una prosa poética
y “cantarina” que era una reminiscencia de lo peor de Tolkien.
“Por
esto querría hablarme a mí mismo de Caturia, pero el hombre barbudo
jamás me aconsejaría volver a la playa feliz de Sona-Nyl... A
continuación el océano ya no me contó más sus secretos y, a pesar de
que la Luna brilló muchas veces llena y alta en los cielos, .el
Barco Blanco del Sur no volvió nunca más”.
Pero al cumplir los
treinta y aún unos años después volvió al horror y escribió unos
cuantos relatos aceptables aunque toscos, como The Lurking Fear y
The Music of Erich Zann. En 1924, Lovecraft se casó con
Sonia Greene. Parece ser que fue la dama quien tomó la iniciativa, y la
pareja vivió en Nueva York. El matrimonio se rompió al cabo de dos
años y Lovecraft volvió a Providence. Fue entonces, en 1927, cuando
finalmente empezó a escribir la obra por la que será recordado:
relatos como
The Call of Cthulhu, The Case of Charles Dexter Ward,
The Dunwich Horror, The Colour Out of Space. Los estudiosos de los
Mitos Cthulhu observarán que en The Dunwich Horror, la entidad
alienígena se dispersa mediante encantamientos mágicos del Necronomicon (En
The Shunned House, escrita tres años antes, el
narrador se había servido de una especie de aparato para destruir la
“entidad”). Y de todas las narraciones Cthulhu de este período se
obtiene la impresión de que Lovecraft había estado estudiando la
historia y la práctica de la magia.
The Colour Out of Space revela el principio de una nueva etapa del
desarrollo de Lovecraft. El deseo de crear horror puro se está
desvaneciendo. Las mejores narraciones de su último período son de
cienciaficción en lugar de historias de horror. Entre ellas se
incluyen The Wisperer in Darkness, At the Mountains of Madness y su
obra final The Shadow Out of Time. Todas tratan de la noción forteana de que seres de otras galaxias u otras dimensiones visitan
nuestro planeta desde hace millones de años y que aún es posible
encontrar restos de sus civilizaciones... The Wisperer in Darkness
contiene la inquietante sugerencia de que estos alienígenas extraen
cerebros humanos, los encierran en cilindros metálicos y los envían
por todo el universo. Pero incluso esta noción es presentada de
forma fragmentada, sin sus usuales intentos de hacer poner la carne
de gallina al lector. Con la edad, Lovecraft estaba perdiendo la
capacidad de horrorizar. Ahora deseaba evocar la inmensidad del
Universo, el misterio del tiempo y del espacio.
Cuando escribí The Strength to Dream en 1960, estaba interesado
sencillamente en las cualidades que
Lovecraft comparte con todos los escritores imaginativos, el deseo
de estimular al lector hacia una
percepción más profunda de la realidad. Una vez identificado este
“denominador común”, puede verse
que no existe una diferencia fundamental entre Lovecraft y
Hemingway, entre Theodore Dreiser y Jorge Luis Borges. Hemingway emplea un lenguaje llano, colonial, pero su
intención es calmar al lector con una sensación de seguridad, de
aceptación. Una vez alcanzada ésta, el mensaje es áspero y
espantoso: la muerte es la realidad última, la mayoría de emociones
humanas son desilusiones, el hombre’ está solo en un universo vacío.
Todos los escritores de ficción empiezan por el reconocimiento de
que la consciencia cotidiana es trivial y limitada.
La gente sólo ve
lo que tiene delante de sus ojos. El propósito del escritor es
transmitir su propia visión de una realidad más amplia y, por tanto
más verdadera. Los elementos melo dramáticos de las primeras novelas
de William Faulkner, muerte, violación, suicidio y violencia,
parecen tener poco en común con Lovecraft, pero su propósito es el
mismo: conmocionar al lector con una bofetada en pleno rostro. El
problema de las primeras narraciones de Lovecraft es que, con su
abuso de los adjetivos, deja ver el juego bastante antes del shock
final. En lugar de calmar al lector con un tono de aceptación,
levantan sus sospechas. Sólo los niños las encuentran terroríficas,
los adultos muy divertidas.
Este era el aspecto de Lovecraft que me interesaba. Pero poco dije
sobre otro aspecto que es igualmente importante: su romanticismo.
Lovecraft era un romántico en el viejo sentido de la palabra, el
sentido que define a Keats, a Shelley o a William Morris. Si bien es
verdad que detestaba el mundo moderno, esta aversión sólo era el
aspecto negativo de su romanticismo. Como todos los románticos,
estaba más interesado en un mundo cuya existencia pudiera sentir
claramente, aunque su localización precisa se le escapara. Keats lo
habría llamado el mundo de la belleza, Shelley el mundo del ideal.
Sospecho que si Keats hubiese nacido en Providence en 1890, bien
pudiera haber escrito ficción macabra en lugar de poesía sensual. En
cambio, si Lovecraft hubiese nacido en Londres un siglo antes, bien
pudiera haber escrito poemas parecidos a sueños con la imaginería de
Malory o Spencer.
Más importante es aún identificar de forma precisa por qué los
románticos sueñan en “otros mundos”. La esencia del romanticismo es
un estado de relajación que parece explorar un mundo interior.
Vivimos en el mundo de la realidad como un caballo dentro de su
arnés, mantenidos siempre alertas por los latigazos del cochero. Y
esto significa que estamos confinados en el mundo físico, atrapados
en el presente. Lo interesante de los estados de relajación es que
la mente deja de estar confinada en el presente. El cuerpo queda en
reposo mientras la mente viaja. Y nuestros sentidos dejan de estar
atados con la rienda corta. Puedo abrir una antología poética y
evocar una sucesión completa de emociones entrando en cada poema con
mi entera sensibilidad. Es como si alguien me hubiese dado una llave
de un mundo que estuviese en el interior de mí mismo. En resumen,
como si alguien me hubiese concedido un tipo de libertad casi
desconocido por los seres humanos. Este es el verdadero ideal
positivo de los románticos: esta extraña libertad.
¿Hasta qué punto es exacto describir como libertad el descenso a
nuestro propio interior? Si estoy leyendo un libro de poesía, sería
más exacto decir que estoy vagando por el mundo de los poemas. No
estoy explorando el universo exterior, sino mi propia mente. Este
mundo de poesía, o de ideas, es una especie de tercer mundo. El
filósofo Karl Popper fue el primero en señalar que tiene una
existencia independiente. Si una catástrofe atómica destruyese
nuestras bibliotecas y sólo quedasen un puñado de seres humanos que
sufriesen la pérdida de la memoria, la especie humana necesitaría
miles de años en alcanzar su actual nivel cultural. Pero si las
bibliotecas quedasen todas intactas, podrían conseguirlo en un
período de pocas generaciones. El mundo que subyace en los libros
tiene su propia e independiente existencia.
Pero el “tercer mundo” también es una puerta de entrada a nuestro
auténtico mundo interior. Puedo dejar un libro, mirar fijamente a
través de la ventana y soñar despierto durante horas. Incluso puedo
sumirme en un estado tal de paz interior que experimento una especie
de revelación mística, como el héroe de la novela de Machen
The Hill
of Dreams, que era la favorita de Lovecraft. (Curiosamente, esta
obra, que Lovecraft consideraba como la mejor de Machen, no tiene
ningún elemento sobrenatural).
Y ahora creo que el lector empezará a ver por qué he dedicado tanto
espacio a hablar sobre el impulso
romántico. No se trata solamente de una cuestión de escepticismo, ni
incluso de autodesarrollo ordinario. Se trata de una exploración de
un reino de libertad desconocido. Cuando pienso en estos estados de
deleite que experimento al leer poesía o escuchar música, puedo
imaginar fácilmente un grado de libertad bastante mayor: la
exploración de nuevos planos de existencia en mi interior. El punto
de vista básico del romanticismo es considerar potencialmente al
hombre como a un dios, dependiendo su evolución de la capacidad que
tenga para explorar este nuevo reino de libertad interior. Es
posible que estemos equivocados al concebir la evolución en términos
físicos, en la evolución de la ameba al anfibio. Este desarrollo es
infinitamente lento. Pero si la teoría de la “superconsciencia” de
Huxley es correcta, y parece posible que lo sea en algún sentido, el
hombre ya es un dios. Su problema consiste en explorar la “jerarquía
de los propios yo”.
Y todo esto significa que puede ser un error considerar a Lovecraft
meramente como un escritor de ficción macabra. Era un auténtico
“marginado” romántico, y su obra debería contemplarse como un
intento de evolución personal. Como todos los hombres de genio,
porque creo que sin duda poseía un cierto grado de genio, buscaba
instintivamente lo que necesitaba. Desdichado y desplazado en el
mundo real, llevó a cabo intentos para provocar estados de visión
interior tal como hizo Machen aquella tarde en Gray’s Inn. Hemos
visto que las fuerzas internas de Manchen respondieron a la llamada
y manifestaron su existencia. La evidencia de los cuentos Cthulhu
indica que a Lovecraft le sucedió algo igual. ¿Por qué será que el
mito tiene un atractivo tan poderoso y, en cambio, el Pegana de
Dunsany y el Poictesme de Cabell han sido más o menos olvidados? Es
porque el Cthulhu y los Grandes Antiguos pulsaron de algún modo una
cuerda más profunda. Parecen surgir de “aquel yo con memoria
secular” con el que Yeats parecía haber estado en contacto a través
de los símbolos.
Ahora bien, si Lovecraft hubiese sido un estudiante de Gnosticismo o
Cabalismo, todo esto no sería demasiado sorprendente. Los gnósticos
creían que el mundo fue creado por una especie de demonio, y que el
universo es una gigantesca prisión. El problema del hombre consiste
en rechazar este universo material y volver trabajosamente hacia
Dios. La tradición gnóstica está estrechamente relacionada con el
misticismo judío Merkabah (o trono), en el que el místico se
esfuerza en alcanzar el trono-carro de Dios pasando a través de una
serie de antesalas celestes. Cada una de éstas tiene un “guardián
del umbral”, y el místico tiene que combatir estos demonios con
varios sellos y nombres sagrados. La tradición de la Cábala se
deriva tanto del gnosticismo como del misticismo Merkabah.
Su base
es la creencia de que, tras su pecado, Adán dejó de estar en unión
con Dios bajando a través de diez planos inferiores de consciencia a
un estado de amnesia total. Su problema consiste en volver a subir a
través de los nueve reinos que hay por encima de él, como el
protagonista del cuento que debía escalar el cielo subiendo por la
judía. Pero el Cabalismo es algo más que una forma peculiar de
misticismo judío. Podría contemplarse como la base de toda la magia
occidental. Estos “otros planos” de la existencia son, por ejemplo,
los reinos que los adeptos al Amanecer Dorado trataron de explorar
mediante el símbolo y el ritual. Son los planos de nuestro ser
interior, y en Mysteries he indicado tanto su estrecha
correspondencia con la noción de una “escalera de yos” como con el
reconocimiento de Jung de los diversos niveles del inconsciente.
El punto que Kenneth Grant continúa tratando a través de los libros
de su notable Trilogía Trifoniana
(The Magical Revival, Aleister Crowley and the Hidden God y
Cults of
the Shadow), es el de que
Lovecraft sólo puede ser comprendido correctamente dentro del
contexto de toda la Tradición del
Misterio. En su libro sobre Crowley, Grant habla de las
“experiencias ocultas disfrazadas de ficción” de
Lovecraft y dice que su poesía revela,
“la fuente de sus visiones...
la intrusión de fuerzas que están
completamente de acuerdo con los arquetipos, símbolos... que Crowley
mantuvo vivos al estar en
contacto con una entidad transmundana”.
Está particularmente
fascinado por el concepto de Lovecraft de
otras dimensiones más allá de nuestro espacio-tiempo y los poderosos
seres que son los guardianes del
umbral que hay en nuestro mundo y esos otros planos. Finalmente, en
su estudio más amplio de la
“Tradición del Misterio Oscuro”, Nightside of Eden, Grant hace
referencia una y otra vez a Lovecraft,
señalando las similitudes entre los mitos de Lovecraft y las
tradiciones mágicas orientales y occidentales.
Y, hablando del novelista Sax Rohmer, que fue una vez miembro del
Amanecer Dorado, escribe:
“Rohmer, como H.P. Lovecraft, tuvo experiencia directa y consciente
de los planos interiores, y ambos establecieron contacto con entes
no espaciales. Además, esos dos escritores rechazaron la
confrontación real con entes que son fácilmente reconocibles como
los enviados de Coronzon-Shugal (el “guardián del umbral”, a quien
Grant parece identificar con Cthulhu. Las máscaras de estos entes
llegaban a tener el don de una claridad tan grande, que ni Rohmer ni
Lovecraft fueron capaces de afrontar lo que se escondía debajo de
ellas. Sin embargo, el insuperable aborrecimiento inspirado por
dichos contactos esconde una magia potencial comprimida y explosiva,
que hace a estos dos escritores unos maestros en sus respectivas
ramas de ocultismo creativo”. Cree que Lovecraft vacilaba y
retrocedía al hallarse al borde del Abismo que hay entre el séptimo
y octavo plano de la existencia y, como consecuencia, “empleó su
vida en un vano intento de negar los poderosos Entes que lo movían”.
Después de mencionar que
Lovecraft insinúa la existencia de entes
que “pisan las profundidades del espacio que hay entre las
estrellas”, Grant continúa diciendo:
“Históricamente hablando, el
Dr. John Dee (1527-1608) fue el primero en dejar un informe
detallado de la relación humana con habitantes de la brecha sin
dimensiones que hay entre los universos”.
La mención del nombre de
Dee en este contexto es interesante, no sólo porque Lovecraft
atribuye a Dee la única traducción del Necronomicon, sino también
porque Dee fue en el pasado uno de los mayores adeptos a la magia y
que, por tanto, puede presentamos alguna evidencia práctica de la
existencia de entes no humanos. Dee, que era el astrólogo de la
Reina Isabel, estaba desprovisto de poderes “paranormales”, pero
trabajaba con un cierto número de “visionarios” o videntes. El más
inteligente de éstos era un tal Edward Kelly, un irlandés que era
una especie de granuja. Sin embargo, parece haber sido lo que hoy en
día se llamaría un médium. A través de la mediación de Kelly, que
probablemente miraba un cristal o un vaso de agua, Dee mantuvo
largas conversaciones con espíritus, y las registró en varios
centenares de páginas.
Lo interesante del caso es observar que en aquella época, en la
década de 1580, nadie había oído hablar nunca de lo que ahora se
llama Espiritismo. El Espiritismo empezó en el siglo XIX, cuando en
la casa de la familia Fox en el estado de Nueva York fueron
frecuentes los ruidos y golpes secos, y el “espíritu” se identificó
a sí mismo como un vendedor ambulante asesinado. (Las excavaciones
realizadas más de cincuenta años después descubrieron un esqueleto y
una caja de buhonero junto a las paredes de la bodega). En la
actualidad parece bastante claro que Dee y Kelly hicieron lo que
innumerables médiums han hecho desde 1848, cuando los golpes secos
se escucharon por primera vez. Los entes que se comunicaban a través
de Kelly no se identificaban como espíritus de muertos, sino como
ángeles y otros diversos espíritus, aunque esto puede haber tenido
algo que ver con las esperanzas del propio Dee. Por ello no puede
haber duda de que, existan o no los espíritus, el inconsciente
humano juega una parte importante en la fenomenologia de los
médiums. Yo mismo he llegado a la sospecha de que la mayoría de
“espíritus” son entes incorpóreos, aunque tampoco son lo que ellos
dicen ser; podría tratarse de embaucadores y estudiosos del mundo de
los espíritus o, simplemente, delincuentes aburridos sin nada mejor
que hacer que jugar con los crédulos humanos.
Pero como Kelly era sin duda un granuja, el sentido común sugiere
que la experiencia de Dee debe
contemplarse como no probada. Pero existe un importante indicio, una
cierta evidencia, a su favor. Los
“espíritus” declararon que proporcionarían una serie de invocaciones
mágicas o “claves” en un antiguo
idioma llamado Enoquiano. El
Book of Enoch es un libro apócrifo del
Viejo Testamento que describe la
forma en que los ángeles tuvieron relaciones sexuales con las hijas
de los hombres y les transmitieron los
secretos básicos de la magia y el ocultismo. En la época de Dee sólo
existían algunos fragmentos, aunque
un hombre viajero, Bruce, pudo traer una copia de toda la obra
procedente de Abisinia en 1773. Desde
luego, está escrito en hebreo, no en “enoquiano”. Pero los
“espíritus” de Dee identificaron el lenguaje de
las “claves” como el de los ángeles del Book of Enoch. Y lo
extraordinario es que el enoquiano es un
lenguaje con su propia gramática y sintaxis. En su biografía,
Crowley escribe que es incluso mucho más
sonoro, majestuoso e impresionante que el griego o el sánscrito, y
que la traducción inglesa, a pesar de que tiene puntos de difícil
comprensión, contiene pasajes de... continua sublimidad (5).
Cierto es que esta clase de afirmación despierta un natural
escepticismo, ya que indudablemente, Crowley tuvo razones para
exagerar. Pero la evidencia en que se apoya es muy convincente. Los
textos enoquianos básicos contienen diecinueve “claves”, siendo la
más larga de unas 300 palabras y, la mayoría, de más de 100. Un
diccionario de enoquiano, recopilado por Leo Vinci,(6) contiene unas
900 palabras. Si se supone que Kelly inventó este idioma deberá
suponerse también que antes que nada tradujo una serie de
invocaciones a un enoquiano coherente y después las aprendió de
memoria. Pero hay bastante más que esto. Dee tenía una serie de
tablas que consistían en 49 por 49 cuadros, la mayoría de ellos
conteniendo letras o símbolos. Debería tener estas tablas o cartas
expuestas frente a él, mientras Kelly miraba el cristal o la piedra
de visiones. Kelly debía señalar con una varilla una u otra carta y
decir: “El (el ángel) indica la columna 6, fila 31”. Dee debía
buscar y anotar la letra. Por tanto, Kelly debería haber conocido la
situación de las letras y los símbolos de todas las cartas. Y un
punto final más convincente: los “mensajes” se daban al revés porque
la pronunciación de las palabras en su sentido correcto habría
liberado ciertas fuerzas. En consecuencia, una vez escritas, debían
invertirse. Es concebible que Kelly fuese lo suficientemente
inteligente para inventar el enoquiano y aprenderse de memoria
diecinueve invocaciones en este idioma, pero no que también pudiese
haber memorizado un código tan increíblemente complicado.
El enoquiano ha sido extensamente estudiado por muchos historiadores
de la magia, siendo el último de ellos Stephen Skinner, que ahora
está ocupado en la escritura de un libro sobre el enoquiano. Todos
estos estudiosos confirman que es un idioma coherente, sin ningún
parecido con ningún otro de los vivos. Como consecuencia, los
“ocultistas” consideran el enoquiano como la prueba más convincente
de que existen efectivamente entes inteligente y que, además,
existen de forma independiente de la mente humana. La hipótesis
alternativa es que este idioma era una connotación de las mentes
subconscientes de Dee y Kelly (nadie ha sugerido nunca que lo
inventó el propio Dee, ya que su honestidad es reconocida de modo
general). Y lo cierto es que no tenemos idea de las complejidades
del inconsciente. Parece que no hay duda de que produce fenómenos
“poltergeist” y de que puede ser el responsable de la mayoría de los
“mensajes espirituales”. Pero es este caso, los mensajes no suelen
ser complicados, a menudo incluso son infantiles. En cambio, el
enoquiano es complejo. Puede suponerse que era un producto de la
mente “superconsciente” de Dee (o de Kelly), pero esta hipótesis no
es ni más ni menos lógica que la suposición de que el idioma era
dictado por “entes” incorpóreos.
Todo esto puede dejarnos poco convencidos, pero por lo menos nos
permite comprender por qué
Kenneth Grant, que era discípulo de Crowley, puede sentirse tan
seguro de que Lovecraft tenía algún
conocimiento directo de los “habitantes de la brecha sin dimensiones
entre universos”. Si el idioma enoquiano de Dee procedía de estos entes o de cualquier clase de
“espíritu”, la suposición de que la
extraña mitología de Lovecraft procedía de la misma fuente, es
altamente plausible. Y Grant ha
argumentado este punto de forma convincente en su Night Side of
Eden, que se refiere al “lado oscuro”
del árbol de la vida. Permítaseme poner los puntos sobre las ies.
Lovecraft era un romántico “rechazador
del mundo”, no sólo un soñador, sino un hombre llevado por un
intenso odio al “mundo real” que le
rodeaba. Creo que habitualmente realizaba alguna operación similar a
la “hipnosis” de Machen, no
conscientemente sino, como éste, en estado de desesperación y
agotamiento. Uno de los conceptos más
importantes en magia es la “verdadera voluntad”. Los seres humanos
raramente desean algo muy
profundamente, pero cuando lo hacen, ponen en marcha una especie de
voluntad que es bastante más
profunda que la cotidiana. Esta es la “voluntad” que el mago intenta
controlar (Un hombre que desea
mucho algo, digamos a una mujer o la caída de un enemigo, puede
dirigir esta voluntad de forma
completamente inconsciente).
Lovecraft no empleaba en gran medida su
voluntad, puesto que era un
soñador perezoso, pero periódicamente debía haber experimentado
estados de angustia en los que su total
rechazo del mundo circundante producía el efecto de despertar su
“verdadera voluntad’. Debe tenerse en
cuenta que para producir estos efectos no es necesaria una
concentración sostenida, sino sólo un modo particular de absorción.
Puedo ofrecer un ejemplo de mi propia experiencia. En 1968 empecé a
escribir un libro titulado The God of The Labyrinth. Mi intención
era proceder a una investigación literaria. El héroe, Gerard Sorne,
era el encargado de hacer investigaciones sobre un disoluto irlandés
del siglo XVIII llamado Esmond Donelly, al cual se le atribuía una
notable obra pornográfica. Cuando lo empecé, mi intención era
escribir una historia literaria de detectives a la manera del ruso
Irakly Andronikov.
Sin embargo, en un cierto punto del libro, me di
cuenta de que la trama se estaba escapando de mis manos. Lo que
sucedía es que mi héroe estaba siendo absorbido cada vez más en su
búsqueda por Esmond, hasta que el espíritu de Esmond empezó a
“mandar sobre él”. Lo malo es que yo tenía la sensación de que
Esmond también me dominaba. Desde luego sabía que no era un
personaje real, porque yo lo había inventado, pero tenía la extraña
impresión de que sí era real, y que estaba intentando comunicarse
conmigo.
Desde luego, ya trabajaba en detalle sobre las fechas, cosa
necesaria porque había tenido varios encuentros con contemporáneos
suyos como Rousseau y Boswell y necesitaba saber las fechas
correctas. había nacido en 1748 y participó en el Grand Tour europeo
a la edad de diecisiete años, en 1765. Hay un punto en la novela en
que el protagonista descubre que está siendo “dominado” por Esmond.
Va en automóvil hacia Dublín, desde el Oeste, y tiene la sensación
alucinatoria de que viaja en un carruaje, como si estuviese haciendo
el camino con Esmond en el Grand Tour. AI entrar en Dublín, le
parece ver Chapelizod Road tal como había sido dos siglos antes. Se
dispone a girar a la derecha por el Grattan Bridge, sintiéndose
seguro de que es su última oportunidad para cruzar el río hacia
Stephen’s Green. Ha olvidado que el O’Conell Bridge no se construyó
hasta 1765...
Llegado aquí se me ocurrió que realmente necesitaba un informe sobre
cómo era Dublín en el siglo
XVIII. En mi casa hay miles de libros, y estaba seguro de que debía
haber algo entre ellos. Fui allí y busqué en la sección de “viajes”;
encontré un libro titulado Dublín Fragments de A. Peter (1928). Lo
saqué de la estantería y en la portada posterior había un mapa
dibujado. Lo examiné y se me erizó el cabello. Se trataba de un mapa
de Dublín y sus suburbios de J. Roque (lo tengo frente a mí al
escribir esto), dedicado a George Putland Esq. y “corregido en esta
época, 1765”. Naturalmente, me proporcionó toda la información que
necesitaba...
Desde entonces, y hasta el final del libro, tuve la extraña
sensación de la presencia de Esmond. Pero las coincidencias
continuaron después de haberlo publicado. Recibí una carta de un
escritor sobre temas de magia, Francis King, preguntándome dónde
había obtenido tanta información sobre la sociedad secreta llamada
“El Culto del Pavo Real”. Estaba claro, decía, que ésta era lo que
yo indicaba como la Secta del Ave Fénix, la sociedad sexual de la
que Esmond, finalmente, se convierte en el Gran Maestre. Parece que
proporcioné una interesante pista al mencionar que Edward Sellon
también era un miembro de ella. Sellon, un hombre disoluto y
pornográfico era, parece ser, miembro del Culto del Pavo Real. Pero
Francis King estaba convencido de que él era uno de los pocos en
Inglaterra que sabía que Sellon había sido miembro del Culto del
Pavo Real y deseaba conocer dónde había conseguido mi información.
Tuve que contarle que la había inventado. La Secta del Ave Fénix se
fomentó por iniciativa de Borges.
El nombre de Edward Sellon aparece
en la Bibliography of Prohibited Books de Pisanus Fraxi... Estoy de
acuerdo que todo esto eran, probablemente, coincidencias. Sólo puedo
decir que en el momento en que empecé a tener la sensación de la
presencia de Esmond, esperé de alguna manera coincidencias como
éstas. Y es posible que se hayan producido aún más, la mayoría de
las cuales no recuerdo ahora. Posteriormente tuve una experiencia
similar cuando estaba escribiendo The Occult y tropezaba con retazos
de información vital exactamente en el momento más adecuado. En una
ocasión cayó un libro de la estantería y quedó abierto por la página
que estaba buscando. Estoy inclinado a pensar que esta especie de
“sincronicidad” está manipulada por la mente superconsciente. Cuando
empecé a escribir Mysteries, estaba bastante seguro de que las
“coincidencias” volverían a empezar y así ocurrió, como si
estuviesen haciendo cola.
Con todo esto me resulta fácil creer que, una vez Lovecraft quedó
absorbido por sus Mitos Cthulhu, sus
“invenciones” tomaron vida propia, obteniendo su vitalidad del
inconsciente colectivo. Y veinticinco años después de su muerte,
Pauwels y Bergier presentaron su propia evidencia con la conclusión
de que los seres humanos no eran las primeras criaturas inteligentes
que deambulaban por la superficie de este mundo y que la Tierra
puede haber recibido visitantes del espacio miles, sino millones, de
años antes de que el hombre apareciese (sus teorías fueron
popularizadas por el suizo Erich von Daniken). Y en libros con
títulos como The UFO Menace y Why Are They Watching Us? los expertos
en temas OVNI han adelantado teorías sobre los “alienígenas del
espacio”, que se parecen notablemente a las últimas narraciones de
“ciencia-ficción” de Lovecraft.
Entonces, si Kenneth Grant está en lo cierto al creer que las
invenciones de Lovecraft eran más
verdaderas de lo que él mismo suponía, también esto ayudaría a
explicar por qué sus tormentos de autodivisión se hicieron más, no menos, agudos después de
The Call
of Cthulhu. Se convirtió en un
receptáculo de conocimientos ocultos, una especie de sacerdote, y a
través de él hablaban otras voces que
no eran la suya. Grant sostiene que la poesía de Lovecraft indica
que se daba cuenta de ello, que estaba
jugando con conocimientos realmente ocultos, no con fantasías. Pero
si esto era efectivamente así, el
conocimiento era intuitivo en lugar de consciente.
Lovecraft
continuaba pensando de sí mismo que era
un escritor de cuentos sobrenaturales, un viajero que complementaba
sus ingresos revisando el trabajo
que comercializaban otros escritores. Crowley puede haber sido un
personaje totalmente insatisfecho
pero, por lo menos, se veía a sí mismo como un emisario de poderes
desconocidos. Aceptaba su papel de
sacerdote. Lovecraft era un sacerdote totalmente insatisfecho que no
creía en sus “invenciones”. Echó
alguna de sus mejores obras a los cajones y se olvidó de ellas. Dijo
a sus amigos que había decidido dejar
de escribir.
Retrospectivamente, puede verse que se trataba de un
caso trágico de incomprensión y subvaloración
de sí mismo. El principio del último acto de la tragedia se produjo
al escribir su novela The Shadow Out of Time que, en algún aspecto,
es una obra más refinada. En ella escribe, más claramente de lo que
nunca había hecho antes, sobre seres que existen en “otras
dimensiones”, sobre mentes capaces de llegar más allá de las
estrellas y sobre civilizaciones millones de años más antiguas que
la del hombre. Lo extraño del caso es que Lovecraft continuara
teniendo la sensación de escribir una historia de horror. La mayoría
de lectores encontrarán esto incomprensible. Estas notables visiones
de los Grandes Antiguos no son terroríficas, son fascinantes;
galvanizan la imaginación. Producen admiración, no miedo.
Así, la
errónea comprensión de su propia naturaleza le indujo a escribir en
su antiguo estilo, como si estuviese contando la historia de un
ronco murmullo. En lugar de reconocer que estaba en el umbral de una
nueva evolución, probablemente supuso que su talento se estaba
desvaneciendo. Dejó de escribir. Y en algún momento del mismo año,
1935, apareció el cáncer. A menudo se ha señalado que el cáncer
parece estar asociado con la frustración. Un doctor de la Escuela de
Medicina de la Universidad de Texas, Agustín de la Pena, incluso ha
escrito un libro sugiriendo que el cáncer lo produce lo que él llama
“carga reducida de información”, otro nombre del aburrimiento.
No
niega que los componentes químicos o víricos pueden jugar un cierto
papel, pero también sugiere que existe otro elemento que está
relacionado con el sistema nervioso central. La “sobrecarga de
información” sobre el sistema nervioso central, cuando es excesiva
para poder ser atendida, evita la formación de cáncer. El Dr. Pena
cree que la depresión y el aburrimiento pueden conducir a la
formación de cánceres que se extienden rápidamente.
“Cuando el
déficit de información llega a un valor crítico, el sistema nervioso
central envía una señal no específica a los lugares más somáticos de
la estructura... indicando la necesidad de novedades o de
información. La carcinogénesis (formación de cáncer) es la forma en
que el cuerpo proporciona <<novedad informativa>>.. “.
Desde el punto de vista físico,
Lovecraft estuvo la mayor parte de
su vida en un estado de “carga de
información reducida”. Pero su imaginación le proporcionaba las
“novedades”. Aproximadamente a
partir de 1930, aseguraba periódicamente a sus corresponsales que
iba a dejar de escribir porque no tenía
nada más que decir, aunque continuaba obligándose a hacer el
esfuerzo. Finalmente, en 1935, dejó de
escribir y empezó el cáncer. Dio principio a The Shadow Out of Time
en noviembre de 1934 y la
terminó a principios de 1935. Sprague de Camp habla del “febrero de
1937, más de dos años desde que aparecieran los primeros síntomas”.
La cita es suficiente para deducir que hay una correlación entre el
final de la narración y el principio de la enfermedad. Si Lovecraft
hubiese consultado a un doctor dentro de los primeros seis meses de
su enfermedad, habría habido tiempo para operarlo, pero finalmente,
cuando se le diagnosticó cáncer de colón en marzo de 1937 era
demasiado tarde, puesto que se había extendido por todo el tronco.
Murió cinco días después de ser admitido en el hospital. Todo esto
me remite al presente libro y a la forma en que se produjo.
En 1967, L. Sprague de Camp, que entonces estaba trabajando en su
biografía de Lovecraft, visitó la India y el Oriente Medio junto con
el novelista de ciencia-ficción Alan Nourse; estaba recogiendo
material para su libro Great Cities of the Ancient World. En Bagdad
se reunió con un miembro de la Dirección de Antigüedades de la
Administración General Iraquí, con el cual había mantenido
correspondencia, y estuvo algún tiempo con él visitando lugares
arqueológicos. Cuando el funcionario iraquí se enteró de la
proyectada biografía de Sprague de Camp sobre Lovecraft, cuyas obras
son bien conocidas en Oriente Medio, reveló que estaba en posesión
de un manuscrito, probablemente interesante, el cual estaba escrito
en un antiguo idioma relacionado con el árabe. Incomprensiblemente,
el primer impulso de Sprague fue rechazarlo porque no era un erudito
en árabe y pensó que un manuscrito como aquél no le sería de
utilidad.
Por otra parte, la exportación de manuscritos, que podían
clasificarse como material arqueológico, era contraria a la ley, y
temía que las aduanas le confiscaran el que le ofrecía el
funcionario. Además, éste fue muy ambiguo con respecto a la obra.
Parecía que únicamente deseaba decir que se trataba de un manuscrito
mágico. El asunto se dejó correr, pero poco antes de que Sprague se
marchase de Bagdad, el funcionario volvió a plantear el caso, esta
vez indirectamente. estaban comiendo en un restaurante, y Sprague de
Camp y Alan Nourse eran dos más entre los invitados sentados al aire
libre bajo una marquesina. Frente a ellos había un profesor
palestino de la Universidad de Beirut que, por una extraña
coincidencia, estaba traduciendo mi Strength of Dream al árabe.
Sprague mencionó que éramos amigos y, seguidamente, la conversación
pasó al tema de Lovecraft. Sprague le preguntó si era exacto
traducir Al Azif como La Demonología.
Lovecraft cuenta
que esta palabra la emplean los árabes para indicar el sonido
nocturno de los insectos, creían que era el susurrar de los
demonios. En palestina
dijo que nunca había oído hablar de tal cosa y, en este momento, el
funcionario de la Dirección de Antigüedades mencionó casualmente que
la palabra se deriva del antiguo lenguaje acadio, y que lo había
visto en la cabecera de un manuscrito que tenía en su oficina.
Tratando de controlar su excitación, Sprague le preguntó si podía
verlo, y el funcionario quedó de acuerdo en llevárselo a la mañana
siguiente. Estaba escrito con tinta negra sobre pergamino oscuro y
Sprague quedó desilusionado al comprobar que no era capaz de
descifrar ninguna de sus letras. El funcionario dijo que estaba
escrito en un idioma llamado diurano, que aún era hablado por unos
pocos ancianos del pueblo de Duria, en la región kurda del noreste
del Iraq.
Cuando Sprague le preguntó si el manuscrito estaba en
venta, el funcionario le mencionó un precio que era elevado pero no
desmedido. Sprague, bastante seguro de que, si fuese necesario,
podría revender el manuscrito a la sección de antigüedades del museo
de Filadelfia, lo compró. Aparentemente no tuvo ningún problema para
sacarlo del país. Una vez de nuevo en América, trató de hacerlo
traducir, pero se vio frustrado. Los expertos le dijeron que se
trataba de un idioma que se parecía al persa, pero que en su mayor
parte parecía ser geberiano. Esto animó a Sprague, que observó que
la palabra geberiano se derivaba del alquimista Geber, el cual fue
más o menos contemporáneo del legendario Alhazred.
Sin embargo,
cuando Reinhold Carter, del Museo Metropolitano, declaró que estaba
seguro de que el manuscrito era una falsificación del siglo XIX, se
descorazonó. En 1969, su interés volvió a renacer al recibir una
carta del funcionario de Bagdad ofreciéndole, en una postdata, la
recompra del manuscrito por una cantidad superior a la que había
pagado. Expresó su deseo de hablar sobre el particular, pero no
recibió respuesta. Otro corresponsal árabe le dijo más tarde que el
funcionario había sido encarcelado por malversación de fondos del
gobierno.
En 1973, Sprague decidió publicar el manuscrito en facsímil, que
apareció en el Owlswick Press de Filadelfia con el título de
Al Azif, El Necronomicon. En un prólogo, Sprague contaba la verdadera
historia de la forma en que lo había conseguido, pero después pasaba
a la ficción, asegurando que tres eruditos árabes, después de
haberse comprometido a traducirlo, habían desaparecido, y que esto
se debía probablemente a haber susurrado las palabras mientras las
escribían. De hecho, el verdadero motivo de la publicación de la
obra era la esperanza de que algún erudito árabe se interesase por
el misterio. Este es el momento en que aparece Robert Turner en el
asunto.
Turner es el fundador de un moderno grupo mágico llamado la
Orden de la Piedra Cúbica, que actúa en Wolverhampton. La Orden
publica una revista semestral llamada The Monolith. En el libro
Ritual Magic in England, de Francis King, puede encontrarse un
informe sobre la Orden. Al igual que yo mismo y que Kenneth Grant,
Robert Turner se ha convencido hace tiempo de que los Mitos
Lovecraft no son simplemente una invención romántica, sino que se
basan en una antigua tradición mágica,
“un patrón arquetípico que
apoya y unifica la masa aparentemente sin conexión de datos mágicos
y mitológicos... “.
El Sr. Turner estaba convencido de la validez básica de la magia por
muchas de las mismas razones que
yo. Ingeniero de profesión, admite que lo que le condujo a
interesarse por la magia y por la brujería era
puramente un impulso romántico, una fascinación por lo misterioso e
insólito. Pero cuando empezó a
estudiar tradiciones mágicas que procedían de todo el mundo y de
civilizaciones de un remoto pasado, se
sorprendió de su subyacente consistencia. Si la magia es realmente
un producto de la superstición y la
ignorancia, podría esperarse que las creencias mágicas de los
esquimales y los indios del Perú no
tuviesen nada en común. Pero el hecho es que existe entre ellas una
asombrosa similitud que ha sido
señalada repetidamente por los antropologistas, desde Sir James Frazer hasta
Joseph Campbell (cuya
monumental obra The Masks of God es la mejor introducción moderna
sobre el tema).
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