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por Christian Cirilli
27 Junio 2026
del Sitio Web
ChCirilli
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Christian Cirilli
es un analista
político ítalo-argentino, nacido el 20 de junio de 1972
en Buenos Aires. Licenciado en Administración (UBA),
manifestó su interés en asuntos internaciones, economía,
geopolítica y globalización, expresando sus opiniones en
su "bitácora" personal: LA VISIÓN.
Colabora con medios como KontraInfo y ha participado en
programas de radio como Otras Voces (FM Crisol) y Radio
Gráfica, además de numerosos canales de YouTube. Sus
artículos son replicados por muchos portales y
periódicos del mundo, y suelen ser utilizados en la
Licenciatura en Relaciones Internacionales de la
Universidad del Centro de la Provincia de Buenos Aires (UNICEN). |

Keir Starmer
En 1958 se publicó Il Gattopardo, una de las grandes obras de
la literatura italiana del siglo XX.
Escrita por Giuseppe Tomasi di Lampedusa,
la novela retrata el ocaso de la aristocracia siciliana durante el
proceso de unificación italiana en el siglo XIX y el ascenso de una
nueva clase dirigente.
Esa transformación histórica se refleja en la
figura protagonista de Fabrizio Corbera, príncipe de Salina,
quien contempla cómo el mundo en el que ha vivido comienza a
desmoronarse con la llegada de las fuerzas de Giuseppe
Garibaldi y el avance del Risorgimento.
El sobrino de Fabrizio, Tancredi Falconeri, comprende que la
mejor manera de preservar su posición social es adaptarse a los
nuevos tiempos y aprovechar el cambio en lugar de resistirlo.
De allí surge la célebre frase que dirige a su
tío:
"Se vogliamo che tutto rimanga come è,
bisogna che tutto cambi" ("Si queremos que todo siga como está,
es necesario que todo cambie").
Con esas palabras, el joven aristócrata,
sintetiza
la conveniencia de aceptar determinadas transformaciones políticas y
sociales para salvaguardar, en lo esencial, el poder y los
privilegios de la clase dominante.
En otras palabras,
propone promover cambios aparentes o
superficiales con el fin de que, en el fondo, nada
verdaderamente sustancial se modifique...
La reflexión trascendió el ámbito literario y
adquirió una notable proyección política.
La capacidad camaleónica de la aristocracia
siciliana [1] para adaptarse al nuevo
escenario surgido tras la unificación italiana pasó a convertirse en
una metáfora aplicable a cualquier situación en la que un cambio de
régimen o de gobierno no supone una verdadera renuncia a la
estructura de poder ni a la posición dominante de las élites.
En este sentido, el concepto de gatopardismo
designa una transformación epidérmica destinada a preservar intactas
las estructuras profundas del sistema: cambiar lo accesorio para que
lo esencial permanezca inalterado.
En ese trajín ha transitado - y pretende seguir transitando - el
sistema político británico...
Desde el ascenso de Margaret Thatcher al
poder el 4 de mayo de 1979, prácticamente todos los gobiernos de la
isla han mantenido, con apenas leves matices, los ejes centrales de
su legado neoliberal:
-
reducción del papel del Estado
-
desregulación económica
-
privatizaciones
-
debilitamiento de los sindicatos
-
recorte de derechos laborales
-
aplicación de políticas monetaristas para
contener la inflación
-
orientación fiscal favorable al capital
-
contención del gasto público
-
fomento de la iniciativa privada
-
un marcado anticomunismo
-
una estrecha alianza estratégica con
Estados Unidos
-
la preservación de una política exterior
de impronta neocolonial...
Con la irrupción avasallante de Thatcher, el
tradicional bipartidismo británico entre conservadores y laboristas,
dejó de ser una trinchera para convertirse en un puente.

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La primera
ministro británica Margaret Thatcher se caracterizó por
promover una agenda conservadora en lo político y
social, defendiendo la responsabilidad individual y el
libre mercado.
Asimismo,
tuvo una firme postura en política exterior, en
particular, durante la Guerra de las Malvinas y frente a
la Guerra Fría, lo que le valió el apodo de "la Dama de
Hierro". |
Es lógico que los tories encuentren una línea refundadora en el
thatcherismo.
Más llamativo resulta el caso de los gobiernos de
Tony Blair y Gordon Brown, que, pese a pertenecer
formalmente al Partido Laborista, gobernaron desde una posición
mucho más centrista y favorable al mercado que la tradición
histórica de su propia fuerza política.
No por casualidad fueron identificados con la
corriente denominada New Labour o "neolaborismo", una
etiqueta que funcionó como un eufemismo destinado a suavizar el
hecho de que el laborismo clásico de la posguerra - partidario de
las nacionalizaciones, de un sindicalismo fuerte y de una economía
con una intervención estatal significativa - había abandonado esos
postulados y asumido el consenso económico inaugurado por Thatcher.
Si algún iluso albergaba la esperanza de que el regreso del
Laborismo al poder en 2024, tras catorce años de gobiernos
conservadores, pudiera inaugurar una etapa reivindicativa del
partido y propiciar un giro sustancial en la política británica bajo
el liderazgo del barrister Keir Starmer, la realidad se
encargó de desmentirlo con rapidez.
Lejos de representar una ruptura con el consenso
político y económico dominante, la nueva administración ha mostrado
una marcada continuidad con las líneas maestras que vienen moldeando
al Reino Unido desde la era
Thatcher, confirmando que la alternancia partidaria no
necesariamente implica una transformación profunda del rumbo del
Estado.
Sin embargo, esta prolongada preeminencia de las mismas ideas,
enfoques y recetas constituye tanto un factor de estabilidad
político (statu quo) como una fuente permanente de frustración
para amplios sectores de la población.
Todo lo que se elige dentro del sistema - ya de
por sí limitado en términos de participación democrática efectiva -
termina reforzando las inercias del propio sistema.
Dicho de otro modo:
para muchos votantes, la alternancia entre
conservadores y laboristas no implica una verdadera alternancia
de proyecto, sino apenas un recambio de administradores.
Cambian los nombres y los partidos en el
gobierno, pero la orientación general permanece notablemente
constante, hasta el punto de que la línea política predominante
continúa siendo, en lo esencial, de signo conservador porque el
sistema se ha vuelto eso.
Esta dinámica convierte el recambio de figuritas en una válvula de
escape temporal y superficial frente a problemas de naturaleza
estructural.
La sustitución de líderes o partidos ofrece una
apariencia de renovación, pero rara vez altera los fundamentos del
modelo político y económico vigente.
Este lunes 22 de junio, el primer ministro británico Keir Starmer
anunció públicamente que renunciará como líder del Partido Laborista
y dejará el cargo una vez que se elija a su sucesor.
Mientras se desarrolla ese proceso interno,
permanecerá como interino para asegurar una "transición ordenada".
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El primer
ministro británico anuncia su dimisión como jefe del
Partido Laborista, y en consecuencia, a su cargo oficial
como jefe de gobierno.
No se trata
de un gesto de responsabilidad política, sino de un
reconocimiento a la pérdida de legitimidad y
representatividad. |
Starmer, quien había ganado las elecciones
generales del Reino Unido celebradas el 4 de julio de 2024 y asumido
como primer ministro al día siguiente, anunció que presentaría su
dimisión al admitir que había perdido el respaldo de una parte
decisiva de su propio partido, cuyos dirigentes entendían que,
era necesario un "cambio de cara" para
afrontar la nueva etapa política.
Posiblemente, aun cuando las próximas elecciones
generales se encuentran todavía lejanas en el horizonte - deberán
celebrarse, como máximo, en agosto de 2029 - Starmer llegó a la
conclusión de que su imagen de dirigente excesivamente acomodaticio
al contexto internacional y a la estela conservadora había
erosionado su capital político.
Paradójicamente, había llegado al poder con la promesa de imprimir
un cambio tras una prolongada etapa de gobiernos conservadores
encabezados por los tories,
...pero terminó siendo percibido para una parte
de su propio espacio como un líder incapaz de ofrecer una renovación
sustancial.
Y eso considerando que los dos últimos gobiernos laboristas -
Gordon Brown (2007-2010) y Tony Blair (1997-2007) -
fueron también bastante similares a los conservadores.

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Los seis primeros
ministros británicos en los últimos 10 años:
David Cameron (2010–2016,
6 años y 64 días),
Theresa May (2016–2019, 3 años y 11 días),
Boris
Johnson (2019-2022, 3 años y 44 días),
la efímera Liz Truss
(septiembre a octubre de 2022, 49 días),
Rishi Sunak (2022-2024, un
año y 254 días)
y Keir Starmer (2024-2026, un año y 351 días).
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En rigor, el tradicional sistema bipartidista británico - articulado
históricamente en torno a conservadores y laboristas - ha perdido
buena parte de su capacidad para ofrecer alternativas económicas y
sociales claramente diferenciadas a la ciudadanía.
Para numerosos analistas, ambos partidos han
tendido a converger en aspectos fundamentales del modelo político y
económico vigente, limitando el margen de elección real en
cuestiones estructurales.
Sus candidatos son marionetas del poder
establecido y nada más.
Esta percepción de escasa diferenciación se ha
visto acompañada por una notable rotación de primeros ministros en
los últimos años, muchas veces precipitada por crisis internas,
pérdida de apoyo parlamentario o deterioro de su legitimidad
política.
En fin, ¡desencanto...!
Considérese además que en el sistema británico la elección del
primer ministro no es por sufragio directo, sino que surge de la
mayoría parlamentaria.
Los ciudadanos eligen representantes de la
House of Common [Cámara de los Comunes, de 650 miembros] en sus
respectivos distritos electorales.
De esta manera, el partido político que obtiene
la mayoría absoluta de escaños o que logra formar una coalición o
acuerdo, queda en condición de formar gobierno.
La otra cámara, House of Lords [Cámara de
los Lores, +800 miembros hereditarios o nombrados por la realeza] no
participa de la elección del primer ministro.
Una vez propuesto el primer ministro por la
House of Common, el monarca británico lo invita a formar
gobierno y a elegir a sus ministros.
El primer ministro entonces asume y empieza sus
funciones como Jefe de Gobierno. Pero lo hará en tanto y en
cuanto conserve la confianza de la mayoría de la Cámara de los
Comunes y el respaldo de su propio partido.
En esta ocasión, el propio Starmer ha reconocido que dentro
del Partido Laborista no lo consideran el candidato más sólido, por
lo que su liderazgo ha comenzado a perder respaldo interno.
En paralelo, se percibe la presión de las últimas encuestas, que
muestran el ascenso del partido Reform UK, una fuerza de
derecha populista caracterizada por su euro-escepticismo - fue
impulsor del Brexit en sus inicios - sus posiciones
restrictivas en materia migratoria y una agenda orientada a la
reducción de impuestos y del tamaño del Estado.
Asimismo, se presenta como una formación crítica
del consenso político tradicional encarnado por laboristas y
conservadores.

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Nigel Farage
Fue uno de los fundadores y durante muchos años líder
del UK Independence Party (UKIP), desde donde impulsó la
salida del Reino Unido de la Unión Europea.
Desempeñó un
papel central en la campaña a favor del Brexit, que
triunfó en el referéndum de 2016.
Más tarde
fundó el Brexit Party, que posteriormente pasó a
llamarse Reform UK.
Su discurso
suele centrarse en el control de la inmigración, la
soberanía nacional, la reducción de la burocracia
estatal y la crítica a las élites políticas
tradicionales.
Es una figura
muy polarizante: sus partidarios lo consideran un
defensor de la voluntad popular y de la independencia
británica, mientras que sus detractores lo acusan de
promover el nacionalismo y el populismo. |
Esta fuerza ha venido ganando influencia desde
2024, cuando obtuvo más de 4,1 millones de votos (14,3%), aunque el
sistema electoral mayoritario uninominal británico (first-past-the-post)
convirtió ese respaldo en una representación parlamentaria muy
reducida, con apenas cinco escaños.
Entre las críticas internas al liderazgo de Keir Starmer
(me refiero a dentro del Laborismo), se mencionan su respaldo a,
-
la política israelí en el contexto del
genocidio en Gaza
-
su postura persistentemente beligerante
(frente a Rusia)
-
la decisión de proscribir a Palestine
Action bajo la legislación antiterrorista
-
un giro hacia posiciones restrictivas en
materia migratoria
Al mismo tiempo, diversos sectores sostienen que
estas orientaciones se alejan de los axiomas constitutivos del
partido - que como sostuve arriba, se han ido aggiornando con
el tiempo, dejando jirones de identidad - históricamente asociados
al fortalecimiento del Estado de bienestar mediante,
-
la redistribución progresiva de la
riqueza
-
la ampliación de la igualdad de
oportunidades
-
un papel activo del Estado en la economía
y los servicios públicos
-
la defensa del sindicalismo
-
un enfoque internacionalista basado en el
multilateralismo...
De hecho, el ex líder laborista expulsado del
partido, Jeremy Corbyn, sostuvo que:
Deshacerse de Keir Starmer no es suficiente,
ya que necesitamos deshacernos de la política que representa: la
codicia corporativa, la retórica antiinmigrante y las guerras
interminables.
Zack Polanski, líder del Partido Verde (Green
Party) resumió el gobierno de Starmer de la siguiente manera:
Facturas elevadas, salarios demasiado bajos.
Beneficios récord para el petróleo y el gas.
Las cincuenta familias más ricas tienen más riqueza que el 50%
de la población. Hay mierda en nuestros ríos.
Los jubilados son encarcelados por protestar.
Los inmigrantes abandonados a su suerte. Apoya un genocidio.
Ese es el legado de Starmer.
¡Si Polanski no aclara al final que habla de Keir
Starmer diría que está hablando de Javier Milei...!
Tamaña ironía:
Faraway, so close...!
Al final, argentinos y británicos no se
diferencian tanto
si 'el cambio' frente a la 'casta'
conservadora británica consiste en duplicar la crueldad
inescrupulosa de sus antecesores y presentarla como parte de una
renovación moral o política, entonces el recambio termina siendo
retórico, y la lógica de fondo del poder permanece intacta.
¡Gatopardismo puro! (...bueno, no olvidemos que
Milei se declaró ferviente admirador de Thatcher)
Andy Burnham, quien asoma como posible sustituto, tampoco
parece ofrecer un cambio sustancial.
Desde una mirada crítica, se lo presenta como
un dirigente de perfil neoliberal que difícilmente desafíe los
intereses de Washington, del lobby sionista o de la City
financiera de Londres.
De llegar al poder mediante los habituales
acuerdos internos, es probable que no tarde en alinearse con
el respaldo a las causas de Ucrania e Israel, incluso
a costa de destinar recursos que podrían orientarse a políticas
sociales hacia el incremento del gasto militar y la producción de
drones.

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Andy Burnham
se perfila como el sucesor de Keir Starmer al frente del
partido.
Sin embargo,
cuesta encontrar diferencias sustanciales entre ambos:
¡hasta parecen el mismo personaje con un simple cambio
de imagen y una expresión más jovial! |
La institucionalidad británica, por cierto, parece sostenerse a
fuerza de recambios, del mismo modo en que un rostro avejentado
puede disimular sus arrugas bajo sucesivas capas de maquillaje:
¡cinco primeros ministros en apenas tres
años...!
El contraste con la estabilidad de otras épocas
es elocuente:
más allá de las valoraciones, la llamada
Iron Lady, Margaret Thatcher, permaneció once años al
frente del gobierno británico (1979-1990).
Lo cierto es que, mientras
los poderes
fácticos (The Powers That Be) alejan al Reino Unido del mandato y del
consentimiento popular, más parecen recurrir al reemplazo frecuente
de las figuras visibles del poder para preservar la continuidad del
sistema sin alterar sus fundamentos.
¡Si lo sabrán los expertos peruanos...!
En cierto sentido, el Reino Unido atraviesa hoy la misma crisis de
identidad que aqueja a los viejos imperios en decadencia.
Su clase política continúa actuando como si
dirigiera un actor de alcance global - la aspiración de la
Global Britain - pero la base económica e industrial que
alguna vez sostuvo esas ambiciones, así como los mercados
cautivos de su antiguo imperio colonial, han desaparecido.
Al mismo tiempo, la pertenencia a la Unión
Europea, que había funcionado como un instrumento de complementación
económica y de preservación de su influencia política sobre el
continente, quedó severamente erosionada por
el Brexit.
La salida del bloque desarticuló el modelo
británico de intermediación financiera y política en Europa sin que
emergiera un sustituto capaz de ocupar ese lugar.
Como resultado, Gran Bretaña no se ha convertido
ni en un "nuevo Singapur", ni en una potencia posindustrial de
referencia, ni siquiera en el indiscutido núcleo del mundo
anglosajón.
Quizás por esta circunstancia de no encajar en ningún casillero hace
que el 56% de la población esté ahora a favor de volver a la UE,
según una
encuesta de YouGov de mayo.
Incluso algunos creen que deberían acercarse
a la UE en cuestión de políticas concretas, como el comercio y
la defensa.
Y el 40% de quienes se identifican como votantes
de UK Reform, históricamente alineados al
euro-escepticismo y el Brexit, están ahora de acuerdo con la
idea de reforzar la relación de seguridad y defensa con los vecinos
europeos. [2]
Jaqueado por cuestiones económicas,
Starmer había prometido aligerar la
burocracia en la frontera, pero el acuerdo comercial actual
entre la UE y el Reino Unido es sumamente rígido y deja pocas
opciones.
Resultado:
la inversión se ha reducido entre un 12% y un
18%, el empleo y la productividad entre un 3% y 4%.
Gran parte de esa pérdida viene del comercio, por
las llamadas barreras no arancelarias, que aunque no implican
el pago de recargos para los comerciantes, sí requieren papeleo
extra, controles en la frontera y sobrecargos de impuestos para el
consumidor.
El gobierno laborista ha sondeando la posibilidad de volver, al
menos, al
mercado único, lo que permitiría el
acceso al comercio sin barreras, pero ello vendría también con la
libre circulación de personas, supuestamente el motivo que movilizó
a la población en contra de la Unión Europea.
Las instituciones de la UE no desean un "acuerdo
a medida" y
han rechazado la propuesta de
Starmer de crear un mercado único para los británicos
sin la libertad de movimiento.
Reino Unido sigue siendo, por supuesto, una economía aún poderosa.
En términos de PIB real (no PPPA) se sitúa en el
sexto lugar (en 2019 fue destronada del quinto puesto por India),
con USD 4,1 billones.
Pero su economía depende en demasía del sector
servicios, donde destaca la
City de Londres, uno de los
centros financieros más importantes del mundo, compensa en parte el
déficit estructural de cuenta corriente, que importa bienes por un
valor 200.000 millones de dólares por encima de las exportaciones
del país.

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La economía
británica depende en gran medida del sector financiero
como principal mecanismo de compensación de su déficit
en el comercio de bienes.
La otra
fuente de equilibrio proviene del creciente
endeudamiento público.
Sin embargo,
ninguno de estos factores contribuye a dinamizar la
economía real, fortalecer la capacidad productiva o
revertir el proceso de desindustrialización.
A ello se
suma que el Brexit no ha logrado sustituir la intensidad
y profundidad de los vínculos comerciales con la Europa
continental.
Por el
contrario, la introducción de nuevas barreras
regulatorias, controles aduaneros y mayores costos
administrativos ha incrementado los obstáculos
burocráticos para empresas y operadores económicos,
afectando la planificación de inversiones y la
resolución cotidiana de las actividades comerciales. |
La propuesta británica de sustituir a la UE con la Commonwealth se
reveló muy poco realista, ya que los países que forman parte de la
Mancomunidad de Naciones fuera
de la UE - Malta y Chipre forman parte de ambas organizaciones -
apenas representan un 7% del valor de los bienes que importa y
exporta Reino Unido.

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Los
Commonwealth Realms no generan masa crítica para
sostener el nivel de actividad económica de la
Metrópoli. Los tiempos han cambiado. |
Así las cosas, el sistema de poder británico hará sus mejores
esfuerzos para presentar la renuncia de Starmer como un gran ejemplo
de alternación democrática.
En realidad, es una muestra más de crisis de
representatividad, como las que vienen sufriendo los líderes
británicos en la última época y como también aqueja a otros
allegados al poder europeos, como Emmanuel Macron en Francia
y Friedrich Merz en Alemania, quienes lejos de ser parte de
una renovación popular son ejemplos,
del reajuste controlado destinado a preservar
las estructuras de poder existentes.
Unos, en el seno de la UE, otros desde fuera,
pero cerquita.
Dirán que "el sistema funciona" y esa es, en efecto, The awful
truth...
La plutocracia globalista de las
corporaciones internacionales, los bancos centrales y las
instituciones supranacionales (UE/OTAN) funciona. El sufragio
universal apenas legitima por por periodos cada vez más breves.
La felicitación de la presidenta de la Comisión Europea,
Ursula von der Leyen - quien,
por cierto, no ocupa ese cargo como resultado de una elección por
voto popular directo - lo dice todo:
"A muchos líderes les toma años crecer hasta
convertirse en el estadista en que tú te convertiste en solo dos
años. La seguridad europea y ucraniana es más fuerte gracias a
ti.
Gracias, querido Keir".

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Ursula von der Leyen hizo
un recorte muy particular sobre la gestión de Keir Starmer: la
seguridad europea y ucraniana.
¿Pero no fue acaso
elegido para representar los intereses del pueblo británico?
¿Qué beneficios obtuvo
para ellos? |
Esto no es una mera consigna ni palabrería hueca:
desde hace tiempo, el entramado UE-OTAN se ha
convertido en el refugio de gobiernos impopulares y de élites
políticas alineadas con los intereses de las grandes
corporaciones y la banca, así como de la lógica de primacía del
mercado y de privatización o desmantelamiento de lo público.
Todo ello se afianza en estructuras formalmente
democráticas - aunque su calidad está en cuestionamiento - y que
sirven para revestir de legitimidad su ejercicio del poder.
Para colmo, recurren a la guerra y a la supuesta amenaza
externa como herramientas para consolidar su poder y
reforzar sus estructuras de dominación.
Y lo hacen no contra cualquiera, sino
contra Rusia, el representante
euroasiático de la supervivencia del Estado-nación, figura post-wesfaliana
que detestan y denigran.

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En materia de
política exterior, Keir Starmer ha adoptado una posición
marcadamente favorable a la continuidad del apoyo
militar a Ucrania.
Aquí, en
Kiev, el 16 de enero de 2025, luego de firmar un acuerdo
de colaboración de 100 años en materia de defensa,
seguridad y economía. |

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Starmer
procuró preservar la histórica Special Relationship con
Estados Unidos, aunque la llegada de Trump a la Casa
Blanca expuso divergencias estratégicas.
Durante su
primera visita oficial a Washington, en febrero de 2025,
sufrió su primer revés: mientras Trump insistía en
impulsar una negociación rápida para poner fin a la
guerra en Ucrania, Starmer defendía la continuidad del
apoyo militar occidental a Kiev.
A ello se
sumaron las fricciones derivadas de la política
arancelaria impulsada por la administración
estadounidense.
Sin embargo,
el punto de mayor tensión se produjo con motivo del
conflicto con Irán, cuando Starmer se negó inicialmente
a autorizar el uso de bases británicas para operaciones
militares estadounidenses.
Este
desacuerdo provocó un visible enfriamiento de la
relación bilateral y puso de manifiesto los límites de
la alineación entre ambos gobiernos, incluso dentro del
marco de la tradicional alianza anglo-estadounidense. |
La salida de Starmer no cambiará las políticas que han alimentado el
descontento social ni acallará la retórica belicista en el plano
internacional.
Sustituir a un líder laborista por otro
no modificará el rumbo estratégico en materia de política
exterior, migración o ideología económica.
Podría, quizás, haber ligeros matices, que
luego "la realidad nacional e internacional" se encargará de
abatir y dejarlos en el olvido.
En definitiva,
la renuncia de Keir Starmer
difícilmente constituya el inicio de una nueva etapa para el Reino
Unido.
Más bien parece confirmar la lógica que ha
dominado la política británica durante las últimas décadas:
sustituir dirigentes para preservar
un mismo consenso económico, geopolítico e institucional.
Sin embargo, esa estrategia también hallará
límites.
Cuanto mayor es la distancia entre las demandas
de la sociedad y las respuestas ofrecidas por una clase dirigente
cada vez más homogénea, menor resulta la capacidad del sistema para
renovar su legitimidad.
La creciente volatilidad electoral, la sucesión
acelerada de primeros ministros, el avance de fuerzas consideradas
antisistema y el deterioro de los indicadores económicos sugieren
que el problema ya no radica exclusivamente en quién gobierna, sino
en el modelo de gobernanza que ha dejado de ofrecer horizontes
convincentes para amplios sectores de la población.
Desde una perspectiva prospectiva, el Reino Unido parece enfrentarse
cada vez más a una encrucijada histórica.
Puede persistir en una estrategia basada en
la administración del declive, confiando en que los cambios de
liderazgo bastarán para contener el desgaste del sistema, o
puede verse obligado a revisar algunos de los consensos que han
definido la política británica desde la revolución neoliberal
iniciada por Thatcher:
el papel del Estado, la relación con
Europa, el modelo productivo, la inserción internacional y
el equilibrio entre las finanzas y la economía real.
Mientras esa revisión no se produzca, cada
nuevo primer ministro correrá el riesgo de convertirse apenas en
el administrador transitorio de una crisis que excede largamente
a su propia figura.
En ese sentido, la verdadera incógnita no es
quién sucederá al (olvidable) Starmer...
La pregunta de fondo es,
si el Reino Unido será capaz de reinventar su
proyecto nacional en un
mundo multipolar, con menor
peso relativo y sin los instrumentos económicos y geopolíticos
que sostuvieron durante décadas sus añoranzas de potencia
global...
Referencias
-
La novela se titula
El Gatopardo porque Il
Gattopardo (en italiano), es decir, el leopardo, es el
animal que figura en el escudo heráldico de la familia
Salina, la casa aristocrática protagonista de la obra.
En un sentido simbólico, el título
también puede evocar la capacidad mimética de dicho animal:
el diseño de su pelaje le permite
confundirse con el entorno y pasar inadvertido ante
sus presas.
Como metáfora, esa aptitud para
camuflarse resulta especialmente sugestiva en una novela
cuya idea central consiste en adaptarse a los cambios
visibles para preservar, en lo esencial, la posición y el
poder.
-
El Reino Unido ingresó en la entonces
Comunidad Económica Europea (CEE) - precursora de la actual
Unión Europea - el 1 de enero de 1973, durante el gobierno
del primer ministro conservador Edward Heath.
Cabe señalar que años después, en 1975,
el gobierno laborista de Harold Wilson convocó un referéndum
para decidir si el país debía permanecer en la CEE.
El resultado fue favorable a la
permanencia, con aproximadamente un 67 % de los votos a
favor.
Décadas más tarde, el referéndum de 2016
condujo al proceso conocido como el Brexit, culminando con
la salida efectiva del Reino Unido de la UE en 2020
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