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por Marcelo Ramírez
06 Abril 2026
del Sitio Web
KontraInfo
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Marcelo Ramírez
Analista geopolítico | AsiaTV – Humo y Espejos
Analista geopolítico, escritor y conferencista argentino
especializado en análisis geopolítico y militar,
conflictos contemporáneos y dinámica del mundo
multipolar. Fundador y director de AsiaTV y creador de
la plataforma de análisis estratégico Humo y Espejos.
Autor del libro 'La OTAN contra Rusia. Propaganda y
guerra híbrida' (Editorial Letras Inquietas, 2022).
Cofundador de la Alianza para el Desarrollo Auténtico y
la Cooperación Ruso-Iberoamericana (ADACRI), iniciativa
orientada a fortalecer el diálogo estratégico entre el
mundo ruso y la comunidad iberófona. |

Cómo Israel
arrastró a EE.UU.
a una guerra
que se le escapó
de las manos...
Trump entró a esta guerra con
una idea primaria y bastante simple:
control...
Control que, como cualquiera que haya visto dos
guerras en su vida sabe, simplemente no existe. Es una ilusión, una
fantasía de escritorio que se evapora en cuanto empiezan a caer los
primeros misiles.
Él calculó que podía acompañar la ofensiva
israelí, exhibir músculo, disciplinar a Irán de una vez y luego
emprender una salida ordenada desde una posición de superioridad
clara.
Pero ocurrió exactamente lo contrario de
lo que había imaginado.
Los objetivos se le fueron corriendo, la
guerra se extendió, se complicó y terminó escapándosele por
completo de las manos.
Mucho de lo que estamos viendo ahora nosotros ya
lo veníamos anticipando desde hace más de un año. Decíamos que esto
era una locura, que era una guerra que no le convenía a nadie y
mucho menos a Estados Unidos.
Irán no colapsó como algunos
soñaban.
Otra de las evaluaciones que resultaron obvias
fue que los aliados de Washington empezaron a tener problemas entre
ellos.
No se alinearon como la Casa Blanca aspiraba.
Y Washington quedó atrapado, exactamente en
el medio, entre la lógica implacable de
Netanyahu y sus propios
límites reales.
A medida que pasaban los días, la Casa Blanca fue
endureciendo las metas.
Ese es siempre el primer síntoma clásico cuando
uno planifica mal políticamente y las cosas no salen como se
esperaba:
en lugar de ajustar el plan, se sube la
apuesta.
Ahí aparece el primer punto central
de toda esta historia:
Trump no condujo a Estados Unidos hacia una
operación con objetivos bien definidos de principio a fin.
No fue "entramos, hacemos esto, aquello y
salimos de forma ordenada".
Nada de eso...
Parece más bien que fue arrastrado a una escala
cuya racionalidad responde mucho más a la necesidad israelí de
ampliar el conflicto que a cualquier estrategia estadounidense
cerrada y coherente.
¿Quién quiere realmente esta guerra...?
Lo venimos diciendo desde hace rato.
Ahora parece que se está generalizando la
idea de que Netanyahu es el verdadero autor de todo esto
y que Trump no es más que un monigote que se mueve al
ritmo que le marcan.
¿Se acuerdan cuando decíamos que era el golem
de Israel?
Bueno, cada vez queda más claro que no
estábamos exagerando.
Israel necesita llevar esta guerra a una escala
donde ya no se discuta ningún acuerdo, donde no haya margen para
negociaciones.
Lo que busca es la destrucción definitiva de la
capacidad de Irán y una reconfiguración completa de la región a su
favor.
Esos son sus objetivos reales y no los
oculta.
Trump, en cambio, necesita mostrar fuerza para no
quedar como un zombi metido en una guerra larga, cada
vez más costosa y cada vez más incierta.
Ya están admitiendo que los gastos exceden
largamente lo que se había presupuestado. Y esta tensión queda
expuesta en los hechos diarios:
mientras Washington, a pesar de toda su
retórica incendiaria, siempre está buscando alguna salida o
alguna forma de bajar la temperatura, Israel mantiene una
política diametralmente opuesta de presión militar constante.
Desconfía, rechaza y desalienta cualquier
arreglo que permita que Irán siga vivo, en pie y con algún
margen para reponerse.
La lectura de que Trump fue presionado por Israel
no necesita ninguna confesión pública.
Basta con mirar con un mínimo espíritu
crítico la secuencia de hechos que se han ido produciendo.
La guerra no mejoró de manera decisiva la
posición interna de Netanyahu, como él esperaba.
Tampoco le permite retroceder con facilidad.
El conflicto no le dio el salto claro en las
encuestas que necesitaba y, aun así, sigue buscando evitar una
votación anticipada.
Eso significa que la guerra tampoco le
resolvió sus problemas domésticos.
Por lo tanto, la necesidad de seguir empujando la
escalada, de convertir el frente militar en capital político,
sigue absolutamente vigente.
Cuando un aliado regional necesita profundizar la guerra para no
quedar expuesto políticamente y la superpotencia que lo patrocina
necesita terminarla sin admitir que fracasó en su intento inicial,
ocurre algo muy claro:
la superpotencia deja de mandar.
Es la que termina subordinada a las
decisiones de esa potencia regional.
Así de crudo.
El segundo error grave de Trump fue
creer que el viejo reflejo atlántico iba a funcionar de forma
automática.
Es decir,
"nosotros vamos y Europa viene atrás nuestro
sin chistar".
Esta vez no funcionó...
Los socios habituales de Washington, aquellos que
en otras épocas armaban las grandes coaliciones para destruir países
enteros, dudaron, se resistieron, empezaron a hacer sus propios
cálculos y llegaron a tener el tupé de decirle en la cara a Trump:
"Esa no es nuestra guerra".
Algo que es absolutamente cierto, pero que nadie
esperaba que lo dijeran abiertamente.
Trump terminó atacando verbalmente a
la OTAN,
acusando a sus aliados de no haber pasado la prueba de lealtad
frente a Irán. Hasta los medios registraron su irritación con el
Reino Unido y otros miembros de la alianza por no haberse
involucrado en la ofensiva del modo que él esperaba.
Esto ya deja de ser liderazgo y se transforma en
una estructura occidental que cada vez acompaña menos a Washington.
Y tiene una explicación profunda:
esa estructura es el globalismo, que no
quiere a Trump porque representa un modelo diferente.
No significa que
el globalismo no hubiera terminado
yendo contra Irán, China o Rusia, pero sus planes económicos,
sociales y estratégicos no son los mismos.
Trump rompió ese consenso. Y qué mejor
oportunidad para desgastarlo y sacárselo de encima que esta
guerra...
La supuesta coalición que pretendía armar Trump quedó reducida a
casi nada.
¿Quiénes acompañan realmente a Estados Unidos?
Argentina, o más bien
Milei en lo personal -
porque ni siquiera queda claro cuál es la posición oficial del
país, ya que no se informa nada y a nadie parece interesarle el
tema.
A veces nos enteramos por medios extranjeros
de algún ofrecimiento que ha hecho el gobierno argentino.
Otros países que se suman tampoco parecen
determinantes.
El último en sumarse fue Uganda.
Para aquellos que decían que Trump era un
supremacista blanco y demás, ahí tienen: el apoyo lo tiene de
Uganda y de la Argentina.
Vieron que la lectura simplista no cerraba.
Estados Unidos puede seguir siendo la única
potencia todavía capaz de golpear a gran escala, como lo ha
demostrado.
Pero una cosa es poder atacar y otra muy distinta
es construir legitimidad política, una masa militar aliada sólida y
la profundidad estratégica necesaria para sostener una guerra de
desgaste.
La diferencia entre hegemonía real
y simple músculo militar queda expuesta precisamente
en estos momentos:
cuando Washington y los demás dudan,
retrasan, limitan su apoyo o se reservan para el día después,
aparece el aislamiento político relativo.
No es una soledad absoluta, pero sí es una
ruptura clara en ese automatismo occidental de los mosqueteros
que siempre iban todos para el mismo lado.
Ahora ¡ya no funciona así...!
El tercer error fue subestimar la capacidad de
Irán para absorber golpes sin desmoronarse ni militar ni
políticamente.
Teherán no se comporta como alguien que está
derrotado, por más que Trump lo repita.
Evidentemente no se enteraron, porque siguen
actuando como un actor golpeado pero lejos de estar
neutralizado.
Y no solo eso:
cuando Estados Unidos habla de acuerdos, Irán
rechaza las propuestas por considerarlas sesgadas y mantiene
firmes sus condiciones.
Básicamente le está diciendo al mundo:
"Si nosotros perdimos la guerra, la guerra no
la perdimos, la estamos ganando".
Y ahí está exactamente el problema.
Estados Unidos fijó condiciones como si ya
hubiera ganado y Irán tuviera que aceptarlas sin chistar.
Parece que Irán no comparte esa lectura.
Los medios occidentales muestran que las
posiciones siguen duras en ambos bandos, por eso un arreglo rápido
se ve muy difícil.
El problema del estrecho de Ormuz sigue
siendo uno de los factores decisivos, tal como estaba previsto. Irán
no logró una victoria decisiva, eso es cierto, pero tampoco fue
reducido a la condición de un actor sin capacidad de cambiar las
cosas.
Para el cálculo original de Trump, solo
eso ya representa una derrota clara del diseño que había imaginado.
Y apareció en escena quien era lógico que apareciera en algún
momento:
Turquía...
Erdoğan se metió en esta historia y no
tiene la misma lectura que Estados Unidos.
Se habla de Pakistán y otros países que están
mediando entre Washington y Teherán.
Eso, al menos, prueba que existe un intento
diplomático y que el conflicto todavía no está cerrado en
términos de negociación.
No significa que Turquía vaya a resolverlo,
ni mucho menos, pero sí demuestra que fuera del eje Estados
Unidos-Israel hay actores muy relevantes en la región que no
compran la lógica de 'guerra ilimitada' que impulsa Israel
y que trabajan sobre otra hipótesis:
la de una salida negociada.
No existe una sola evidencia que vuelva más
visible el error de Trump:
se metió en una guerra cuya clausura política
no controla.
La única forma que tiene de cerrarla es
rindiéndose e yéndose...
Y lo más curioso es que Erdoğan no tuvo ningún
empacho en decir abiertamente en un discurso que,
esta es la guerra de Israel...
Lo venimos diciendo desde hace mucho tiempo:
siempre fue la guerra de Israel.
Estados Unidos está siendo arrastrado.
Hubo además un error adicional y grave:
entrar en esta campaña sin evaluar seriamente
que los costos podían terminar siendo mucho más altos que los
beneficios.
En esta mentalidad estadounidense, si la guerra
hubiera sido breve y quirúrgica, Trump podía presentarse como el
garante de la paz, mostrar decisión y decir,
"acá mando yo, miren lo que pasa cuando no me
obedecen".
Pero una guerra prolongada es otra cosa
completamente distinta:
No se olviden que Trump llegó al poder haciendo
campaña precisamente para terminar con los gastos millonarios en
Ucrania, preguntándose en voz alta,
por qué Estados Unidos entregaba cientos de
miles de millones a un conflicto que no era de su interés...
Bueno, este conflicto es todavía menos de interés
para Estados Unidos que
el de Ucrania y se está llevando, y
se va a llevar, mucho más.
Estados Unidos ya tenía todo arreglado en la
región:
-
acuerdos con las monarquías del Golfo que
manejan la parte del león del petróleo
-
excelente relación con Arabia Saudita
-
Irán había insinuado que podía dejar de
lado su programa nuclear
-
Egipto mantenía buena relación...
¿Cuál era la necesidad real de usar a Israel como
gendarme?
Hoy está sucediendo lo contrario de lo esperado.
El vehículo de destrucción, ese
golem que mencionábamos,
terminó siendo Estados Unidos.
Los reportes siguen llegando:
Las sorpresas aparecen por todos lados.
A Hezbolá lo habían dado por desarticulado
después de que Israel dijera que lo había 'desmantelado'...
Parece que no fue tan así. Y todavía falta ver
cuál será el resultado real de esta invasión al Líbano. La historia
no ha sido particularmente bondadosa con Israel en este tipo de
operaciones.
Cuanto más dure esta contienda, más difícil va a ser para Trump
venderle esto al público estadounidense como una 'operación
exitosa', limitada en el tiempo y verdaderamente necesaria.
El estadounidense común ya piensa que la guerra
no tiene sentido, que no sabe bien por qué está allí y que le están
aumentando los costos mientras él paga la cuenta.
La última encuesta que circuló es elocuente:
el 92% de los estadounidenses pregunta "¿qué
estamos haciendo en esta guerra?".
Ni los más fanáticos trumpistas, ni los
demócratas, ni los maga quieren esto.
Circulan además historias de extraños "accidentes":
-
problemas con F-15, F-18, F-35
-
sistemas Patriot dañados
-
el portaaviones Gerald Ford incendiado y
fuera de servicio
Todo, según la versión oficial, por errores
propios.
Los iraníes no hicieron 'nada', claro...
Nosotros ya habíamos dicho que mandar el Gerald
Ford al Mar Rojo no parecía una buena idea.
Ahora está golpeado y fuera de combate.
El portaaviones insignia de la Marina
estadounidense, el más nuevo, el más poderoso, el más grande.
No hace falta insistir demasiado.
El problema para Trump es real y se le nota:
¡se le escapó de las manos...!
No puede manejarlo con su discurso porque oscila
permanentemente:
promete presión decisiva, luego habla de
negociar, después vuelve a la presión.
Queda expuesto como alguien que no tiene una
política definida.
Trump dice que Irán tiene la oportunidad de
abandonar sus ambiciones y sumarse a una nueva victoria diplomática.
Pero Irán le responde que no y mantiene las
mismas exigencias de siempre. Todo lo que sale de la Casa Blanca
queda en un vacío absurdo, completamente desautorizado por la
realidad.
La distancia entre lo que se dice en Washington y lo que ve todo el
mundo confirma que Estados Unidos no puede dictar las condiciones
para el cierre del conflicto.
Solo está intentando mantener la imagen de
que todavía controla una situación que ya se le fue de las
manos.
La ampliación regional no hace más que agrandar
el problema.
El Líbano ya forma parte decididamente de la
crisis.
Ormuz sigue siendo el punto neurálgico.
Y cuanto más países, más grupos y más frentes
se suman, menos probable es que aparezca una salida rápida y
limpia.
Entraron para resolver un problema y ahora tienen
una dinámica mucho más complicada y dispersa en varios frentes.
Eso es exactamente lo que se llama un mal
cálculo estratégico:
una operación pensada para disciplinar que
termina generando más dispersión, más costos, más medidas
externas y una pérdida clara de control político...
La conclusión salta a la vista, nítida y sin
adornos:
Trump creyó que podía usar la guerra de
Israel para reposicionarse como líder fuerte en Estados Unidos,
exhibir autoridad, sentarse de igual a igual con China y forzar
después una rendición diplomática.
Terminó metido en un escenario peor de lo
esperado:
con objetivos que cambian todo el tiempo,
aliados reticentes, una Turquía miembro de la OTAN que empuja
canales alternativos que Israel no quiere, un Irán que sigue en
condiciones de imponer costos cada vez mayores porque Israel no
logra contener los ataques de manera efectiva.
Ya se estima en círculos militares que Israel
carece de los medios suficientes para detener todos los misiles y
que tiene que empezar a hacer 'triage':
elegir qué blancos interceptar y cuáles dejar
pasar según su importancia, porque los interceptores se están
acabando.
Esto no parece la operación firme y decidida de
una gran potencia.
Parece más bien la agenda de alguien que
sobredimensionó su capacidad de ordenar el sistema, creyó ser
más de lo que realmente era y ahora está desesperado
buscando una salida que no termina de encontrar.
Y hay algo interesante en todo este relato mediático:
mientras los medios y los actores políticos
hablan de Trump - el pedófilo Trump, el asesino Trump - y lo
llenan de todo tipo de calificativos negativos, muy curiosamente
hablan poco o nada del verdadero cerebro de esta historia, que
es Israel.
¿Por qué nadie habla del verdadero responsable de
esta guerra?
Erdoğan lo dijo claramente, pero los medios
occidentales y los nuestros prefieren no tocar el tema.
Hay varias razones para este silencio.
Una es que quien sigue fijando en buena medida el
encuadre internacional es Occidente:
Israel es el aliado que hay que proteger e
Irán es la amenaza que hay que contener.
Ese sesgo no niega todos los hechos, pero sí
altera el punto de partida del relato.
Se termina hablando más de la respuesta de Irán,
del estrecho de Ormuz, del petróleo y de la estabilidad regional que
del dato políticamente más incómodo:
¿por qué escaló esta guerra?
¿Quién determinó que tenía que producirse?
Otra razón es el blindaje diplomático
superior que tiene Israel.
Incluso cuando Europa intenta bajar la tensión,
el lenguaje dominante sigue siendo de solidaridad con Israel. Uno ve
las declaraciones de los líderes europeos:
"somos solidarios con Israel y advertimos a
Irán".
Si Irán fue el atacado, ¿no debería ser al revés?
El presidente del Consejo Europeo expresó
solidaridad con Israel y puso el acento en que Irán detenga los
ataques. Estamos ante una lógica invertida.
Muchos gobiernos prefieren hablar de "escalada" porque esa palabra
diluye responsabilidades.
Escalada suena a fenómeno natural:
uno sube, el otro responde, y nadie tiene
la culpa porque "se están peleando".
Pero la guerra no es una tormenta que apareció de
la nada.
Tiene causas concretas y responsables
concretos.
Deberían preguntarse quién empujó esta fase
ofensiva que desató todo este lío.
Pero prefieren no hacerlo.
Internamente en Israel, Netanyahu necesita
esta guerra para seguir existiendo políticamente. Si no, tendría
complicaciones serias.
Por eso habla de la amenaza iraní como algo
natural. Su interés político en mantener la escalada es más que
visible. Que Israel aparezca como motor de una guerra regional cada
vez es más difícil de ocultar.
Estados Unidos también necesita ese encuadre porque si reconoce
abiertamente que quien empujó el conflicto es Israel, queda
demasiado expuesto el hecho de que la Casa Blanca no domina ni el
curso de la guerra, ni al adversario y ni siquiera a su propio
aliado.
Eso es exactamente lo que decíamos al
principio...
La pregunta que debería instalarse con fuerza es:
Israel. ¿Por qué nadie reconoce la evidencia
obvia del papel central que tiene en todo esto?
Porque reconocerlo implicaría admitir cosas muy
incómodas:
-
que la guerra no fue una acción defensiva
(eso siempre fue mentira)
-
que Washington fue arrastrado a una
guerra que no controla
-
que no fue él quien lideró nada
-
que Europa acompaña de forma selectiva
-
que la ampliación al Líbano busca crear
otra zona de amortiguación, ocupar territorios
-
que en el fondo no estamos ante una
operación limitada sino ante una extensión deliberada de
la guerra por parte de Israel...
Nombrar a Israel como instigador rompería el
relato de legitimidad que se impone en Occidente.
Pasaría de la narrativa de "contención" a la de
"provocación". Y eso dejaría demasiado visible que esta pesadilla
regional no nació de una explosión espontánea, sino de una
decisión política y militar empujada por Israel y acompañada
por Estados Unidos.
Israel está abandonando su papel clásico.
Durante décadas adoptó el papel de 'víctima'
permanente, de actor siempre agredido que reclamaba solidaridad
automática.
Ahora pasa a ser una potencia que castiga.
Ya no le interesa ser compadecida; quiere ser
temida.
Se sacó la piel de oveja y quiere que se la
vea como lobo.
Ya no busca solo respaldo moral; busca
obediencia estratégica.
El anuncio de una zona de seguridad en el sur del
Líbano, junto con la destrucción de infraestructura y la expansión
territorial de facto, muestra claramente una lógica de dominación
y no de 'mera contención'.
El propio ministro de Defensa israelí habló de
ocupar una franja amplia en el sur libanés, mientras Netanyahu habla
de ampliar esa zona de control.
Lo mismo que pasó en Siria, en Gaza, en Jordania.
Se nota la inflación territorial.
Es interesante también la comparación que hizo Netanyahu entre
Gengis Khan y Jesucristo.
No es solo un
asunto religioso literal, sino el cambio de
arquetipo político.
Durante mucho tiempo Israel se presentó ante
Occidente como heredero de un sufrimiento histórico que le daba
inmunidad moral.
Por eso le regalaban submarinos, le permitían
un programa nuclear y miraban para otro lado.
Pero ahora la cosa cambió.
Ya no es un Estado que pide compasión; es un
Estado que proyecta terror.
Abandonó el registro de víctima y entró en el
registro imperial.
Ya no dice "ayúdenme porque me persiguen".
Ahora dice "obedézcanme porque puedo
destruir".
Occidente sigue hablándole como si todavía fuera
la "víctima de siempre"...
La Unión Europea expresó
solidaridad
con Israel y pidió que Irán detenga
los ataques, aun después del ataque conjunto del 28 de febrero.
Esa es la anomalía central:
Israel actúa como un poder ofensivo y
expansor, pero sigue beneficiándose del blindaje
narrativo de 'víctima'...
Quiere ser temido y obedecido...
Esa fórmula resume el cambio de fase.
La legitimidad sentimental ya no le alcanza para
ordenar la región. Ahora busca una legitimidad de hecho, fundada en
el castigo, en la devastación ejemplificadora y en la señal clara de
que desafiarlo tendrá un costo insoportable.
Eso es disciplinamiento regional por terror
disuasivo...
Israel ha dejado de conformarse con ser la
víctima intocable.
Aspira ahora a convertirse en un poder al que
nadie se atreva a desafiar.
Ya no busca compasión internacional.
Busca terror, subordinación y obediencia.
Y ahí reside precisamente lo peligroso de
toda esta situación.
Cuando un Estado pretende reemplazar la
legitimidad por el miedo, deja de pedir seguridad y
empieza a imponer dominio. Y si ese Estado además tiene
armas
nucleares, la situación se vuelve aún más grave.
Esta es la realidad cruda, sin anestesia.
Trump creyó que controlaba el tablero.
Terminó siendo controlado.
Israel empujó la escalada.
Estados Unidos paga los costos.
Irán resiste.
El resto del mundo mira con preocupación.
Y la guerra sigue extendiéndose mientras los
que la iniciaron siguen negando su responsabilidad.
Así de simple, así de duro y así de
profundo es 'el pantano' en el que se metieron...
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