por Christian Cirilli

12 Octubre 2026

del Sitio Web ChCirilli

 

 

Christian Cirilli

analista político argentino, nacido el 20 de junio de 1972 en Buenos Aires. Licenciado en Administración (UBA), manifestó su interés en asuntos internacionales, economía, geopolítica y globalización, expresando sus opiniones en su “bitácora” personal: LA VISIÓN.
Colabora con medios como KontraInfo y ha participado en programas de radio como Otras Voces (FM Crisol) y Radio Gráfica, además de numerosos canales de YouTube. Sus artículos son replicados por muchos portales y periódicos del mundo, y suelen ser utilizados en la Licenciatura en Relaciones Internacionales de la Universidad del Centro de la Provincia de Buenos Aires (UNICEN).

 

 

 

 

 



Lo anticipé sin ambigüedades en mi artículo del 9 de julio,

"No más paciencia tras Starobelsk".

Allí señalé la trascendencia de un acontecimiento que, a mi juicio, marcaba un punto de inflexión en la dinámica política rusa:

la convergencia entre el creciente malestar de sectores de la población y las demandas de figuras relevantes de la intelectualidad nacional - entre los que se contaba, por ejemplo, Serguéi Karaganov, destacado politólogo y cofundador del Club Valdái - que comenzaban a cuestionar abiertamente la política de contención y los reiterados miramientos de Putin frente al conflicto ucraniano.

Starobelsk representaba, en esta interpretación, algo más que un episodio coyuntural: constituía la expresión de una presión interna que reclamaba un cambio de orientación estratégica, el abandono de las expectativas de una solución negociada y la adopción de una respuesta contundente frente a Kiev y sus patrocinadores occidentales.

 

La cuestión ya no era solamente cómo conducir la guerra, sino hasta qué punto la prudencia del Kremlin seguía siendo percibida como una virtud o comenzaba a interpretarse, dentro de determinados círculos rusos, como una fuente de vulnerabilidad.

Todos aquellos mensajes - incluido el empleo del misil balístico hipersónico Oréshnik, o el cambio de la doctrina militar nuclear, o los múltiples ejercicios - que Moscú procuró presentar como una demostración inequívoca de sus capacidades militares y de su disposición a emplearlas, no solo fueron interpretados de manera distinta a la que presumiblemente pretendía el Kremlin, sino que, desde determinados sectores occidentales y ucranianos, parecieron leerse como señales de autocontención antes que como advertencias de una escalada potencial.

Por lejos, en lugar de inducir una reconsideración de los riesgos y de los límites de la confrontación con Rusia, esas demostraciones fueron percibidas por sus adversarios como indicios de una moderación que llegó a confundirse con debilidad e incluso con cobardía.

 

Así, lo que Moscú concebía como una señal de disuasión, como puertas que se iban abriendo paulatinamente y, a la vez, como llamados desesperados a evitar una guerra regional, Kiev y sus adláteres entendía que Rusia ya no tenía ganas de combatir y que debía ser presionada para que tirara la toalla.

Hubo, a mi juicio, dos grandes hechos reveladores, además, por supuesto, del citado evento simbólico de Starobelsk.
 

En primer lugar, el precedente defensivo iraní.

Durante años, Teherán procuró administrar la confrontación con Estados Unidos e Israel mediante una combinación de disuasión estratégica, represalias calibradas y advertencias destinadas a evitar una guerra abierta.

 

Sin embargo, esa política de contención no consiguió producir el efecto disuasorio esperado.

 

Por el contrario, terminó ofreciendo a los adversarios un margen creciente para intensificar la presión, ampliar el alcance de sus operaciones militares y poner a prueba los límites de la resistencia iraní.

 

Lo que Teherán concebía como una estrategia de prudencia y control de la escalada fue interpretado por Washington y Tel Aviv como una señal de vulnerabilidad y una oportunidad para avanzar hacia objetivos cada vez más ambiciosos.

La ausencia de represalias consideradas suficientemente costosas, sumada a una postura predominantemente defensiva, alimentó así una dinámica de presión progresiva, acompañada de una retórica cada vez más radical y de objetivos militares que amenazaban la propia supervivencia del sistema teocrático iraní.

 

El cálculo de la contención, con Occidente, fracasa:

en lugar de disuadir nuevas agresiones, genera la percepción de que los riesgos son asumibles.

Sin embargo, frente a la ofensiva israelo-estadounidense iniciada el 28 de febrero de 2026 - operaciones Epic Fury y Roaring Lion - Irán desplegó por primera vez una respuesta absolutamente diferente, que alteró los parámetros de la confrontación.

No se limitó a resistir los ataques y absorber sus efectos, sino que extendió sus represalias a las "intocables" instalaciones militares estadounidenses en distintos puntos del Golfo y lanzó ataques sistemáticos contra "el sacrosanto" territorio israelí.

 

De este modo, esa inmunidad estratégica de la que gozaban las bases norteamericanas, como así también esa pretendida inviolabilidad y/o invulnerabilidad israelí, ambas construidas sobre los pilares de una superioridad tecnológica, no los eximía de afrontar costos directos por sus operaciones.

Así, la respuesta iraní introdujo, por primera vez en el reiterado patrón de agresiones contra la nación persa, una variable decisiva:

la posibilidad de que un ataque contra Irán desencadenara una escalada regional de consecuencias imprevisibles que trascendieran el ámbito estrictamente militar y pusieran en jaque la seguridad del suministro energético mundial.

Para Moscú, la experiencia iraní impuso una lección que la obligaba a despabilarse:

la disuasión no depende exclusivamente de la posesión de sus (significativas) capacidades militares, sino, fundamentalmente, de la voluntad de emplearlas y de la capacidad de traducirlas en costos concretos - no meramente retóricos - para quien decide emprender una agresión.

 

 

El ex presidente y ex primer ministro ruso Dmitri Medvédev puso de relieve la admiración que suscitan en Rusia el liderazgo iraní y la resistencia de su pueblo, en el contexto de las exequias de Alí Jameneí.



El precedente iraní abrió en Moscú un debate sobre la conducción excesivamente convencionalista de la guerra:

la necesidad de actuar con mayor contundencia en Ucrania, ante la evidencia de que la prudencia rusa no había disuadido a Occidente, sino que en los hechos alimentó un creciente atrevimiento.

Por supuesto, la escalada militar no garantiza la victoria, pero sí puede "marcar la cancha" y establecer con mayor claridad los costos que deberá afrontar quien incurra en provocaciones o se aventure a cruzar determinadas líneas rojas.

Además, el episodio de Starobelsk fue ampliamente interpretado como un reflejo de lo ocurrido en la escuela de Minab. La bandera de resistencia que los iraníes alzaron tras aquel crimen atroz tuvo entre los rusos una resonancia emocional semejante: el dolor se transformó en indignación y la indignación, en un clamor de venganza.
 


El segundo "hecho revelador" fue la campaña sistemática de OTAN/UE/Ucrania, con el apoyo "no-beligerante" de Estados Unidos, sobre las refinerías, depósitos de combustible e infraestructura energética rusa, en especial, sobre su capacidad exportadora.

 

Esa campaña luego también abarcó centros logísticos de todo tipo.

La llamada "campaña de los 40 días" contra Rusia lanzada el 25 de junio de 2026 - basada en ataques de drones de largo alcance - tuvo como objetivo declarado elevar los costos económicos de la guerra para Moscú y obligar al Kremlin a "avanzar hacia una negociación".

Evidentemente, esa campaña fue bastante exitosa en términos militares, alcanzándose más de 100 objetivos en pleno territorio ruso, lo que trajo como consecuencia severos problemas de abastecimiento de combustible.

 

Asimismo, aquellos ataques contra instalaciones como Wildberries y Ozon tuvieron un alto impacto en la actividad cotidiana, creando malestar social, y muertos, porque siempre hay muertos.

 

Pero políticamente el impacto fue nulo; Rusia no accedió a "rendirse" en una mesa de negociaciones.
 

 

El impresionante ataque ucraniano con drones de largo alcance contra los almacenes de Wildberries en Koledino, Podolsk, región de Moscú, durante la mañana del 16 de agosto de 2026.



Por supuesto, los ataques ucroatlantistas tenían también como objetivo las elecciones legislativas rusas.

 

Éstas concitaban una enorme expectativa, pues podían reforzar la autoridad política de Putin o dejar al descubierto fisuras en su estructura de poder.

 

Se trataba de los primeros comicios legislativos federales celebrados desde el inicio de la Operación Militar-Especial, en febrero de 2022, y su resultado era observado como un indicador de la cohesión interna.

Como para que no haya dudas, el 17 de septiembre, un día antes de los comicios rusos, el Congreso estadounidense avaló aranceles de hasta el 100% contra los principales compradores de energía rusa, aprobando por 262 votos contra 159 el proyecto impulsado por el fenecido senador Lindsey Graham para ampliar las medidas unilaterales coercitivas contra Rusia e Irán.

 

El Senado ya había dado su visto bueno el 7 de agosto. El 18 de septiembre fue promulgada por Trump.

El texto prevé restricciones contra dirigentes políticos y militares rusos, empresas estatales y la denominada "flota en la sombra" y habilita sanciones secundarias y aranceles de hasta el 100% contra los cinco mayores socios que adquieran productos energéticos rusos.

 

Nótese como bombardeos contra los combustibles y sanciones siempre van de la mano.

En ese contexto, entre el 18 y el 20 de septiembre de 2026, Rusia celebró elecciones legislativas que arrojaron un resultado favorable para el Kremlin.

 

El partido oficialista Rusia Unida (Единая Россия) obtuvo 349 de los 450 escaños de la Duma Estatal, elevando su representación parlamentaria respecto de los 326 escaños precedentes.
 

 

El cartel proselitista muestra una imagen del presidente ruso Vladimir Putin en un estrado con el escudo nacional.

 

El texto dice: "ЗАПАДУ НЕ НУЖНА РОССИЯ, РОССИЯ НУЖНА НАМ!", es decir,

"¡Occidente no necesita a Rusia, nosotros necesitamos a Rusia!".


El resultado constituyó un espaldarazo para Vladimir Putin en plena guerra con Ucrania.

 

El oficialismo no solo conservó la mayoría constitucional de dos tercios, ¡sino que amplió su capacidad de impulsar su agenda legislativa!

Casi inmediatamente, los bálticos y Polonia empezaron sus amenazas a Kaliningrado. Lituania instauró el servicio militar obligatorio y terminó permitiendo la instalación de armamento nuclear en su territorio, por poner un ejemplo

 

Previamente lo habían hecho Letonia y Estonia.
 

 

 

Tras las exitosas elecciones de Rusia Unida en la Duma, el ministro de Relaciones Exteriores estonio Margus Tsahkna se acordó repentinamente de Kaliningrado.

 


 

 

Para justificar su postura de confrontación contra Rusia y apuntar a Kaliningrado, el primer ministro polaco, Donald Tusk, sostiene - "como historiador" - que Moscú siempre ha invadido a sus vecinos.

 

¿Se habrá salteado los capítulos de la historia europea en los que fueron otras potencias las que marcharon sobre territorio ruso?

 

¿Olvidó la invasión polaco-lituana de 1609-1618, que llegó a ocupar Moscú?

 

¿La campaña del rey sueco Carlos XII, derrotado por Pedro El Grande en Poltava en 1709?

 

¿La descomunal invasión napoleónica de 1812, cuyo ejército también llegó a un Moscú en llamas?

 

¿La guerra de Crimea (1853-1856), en la que fuerzas británicas, francesas y otomanas desalojaron al Imperio ruso del mar Negro?

 

¿Las ofensivas de los imperios alemán y austrohúngaro durante la Primera Guerra Mundial, que ocuparon extensas regiones del territorio zarista?

 

¿O, la Operación Barbarroja de junio de 1941, cuando la Alemania nazi y sus aliados desencadenaron contra la URSS uno de los mayores exterminios de la historia?



Por su parte, el hiper-guerrerista Friedrich Merz acusó a Moscú de "manipular partidos extremistas" en Alemania y reclamó combatir la "propaganda rusa".

 

Tales declaraciones impudorosas se produjeron apenas un día después de su visita a Kiev, el 4 de octubre, donde confirmó un nuevo paquete de asistencia que incluye € 1.000 millones en ayuda militar y otros € 350 millones para reparar la infraestructura energética ucraniana.
 

 

 

Para Merz, Rusia no solo ejecuta operaciones híbridas - como el ridículo bluff con drones en Leipzig, atribuido oficialmente por Berlín a Moscú el 1 de septiembre - sino que también manipula con propaganda a los partidos que se oponen a su gestión.

 

Esta fórmula constituye una securitización del disenso:

cuestiones propias de la controversia democrática - la política exterior, el gasto militar o la seguridad energética - quedan así subsumidas bajo el prisma de la seguridad nacional.

En otras palabras, la discrepancia deja de ser una expresión legítima del pluralismo para convertirse en una sospecha de deslealtad.

 

A ver, a ver... 

¿Qué otro canciller alemán utilizó este recurso para eliminar toda disidencia interna?

¡Quizás el "historiador" polaco Donald Tusk sepa decírnoslo!



Obviamente, AfD, Die Linke y la Alianza Sahra Wagenknecht condenaron la visita.

 

Alice Weidel señaló con muy buen tino que esos recursos faltan para las pensiones y el seguro sanitario alemán, y que la propia Alemania sufre una crisis energética.

Poco después, para no ser menos, Emmanuel Macron, con su imagen política en caída libre y Francia sacudida por violentas revueltas sociales, supervisó el primer lanzamiento de prueba de un misil balístico estratégico M51.3 desde el submarino nuclear Le Vigilant.

"Para ser libre, hay que ser temido. Para ser temido, hay que ser poderoso", sentenció el presidente galo.

 

Emmanuel Macron contempla desde la fragata Auvergne cómo el misil balístico francés M51.3 trepa desde el mar.

 

Ocurrió el 6 de octubre, frente a la costa de Bretaña, en el Atlántico.

 

Todo un mensaje para Moscú.



Así las cosas, con el precedente soberanista iraní, los intentos de asfixia energética del ariete ucraniano, las demostraciones de fuerza europeas, las distorsionadas lecciones de historia polacas, el espaldarazo electoral a Putin y las crecientes amenazas sobre Kaliningrado como telón de fondo, Moscú llevó la escalada militar a un nuevo umbral.

Rusia ya venía respondiendo con acciones militares más temerarias:

bloqueó los puertos de Ucrania, impidiéndole exportar sus productos agrícolas (y el contrabando de armas), intensificó sus bombardeos sobre centrales eléctricas, vías férreas, locomotoras y hasta estaciones de servicio (gasolineras).

Pero en las últimas semanas subió como nunca el dial del dolor, intensificando la presión sobre Ucrania mediante una ofensiva multivectorial, concebida para erosionar su capacidad militar, energética y logística.

Los ataques rusos no solo se multiplicaron, sino que Kiev pasó a convertirse en un objetivo cada vez menos restringido.

 

Durante las primeras etapas del conflicto, la capital ucraniana sufrió ataques, pero conservó amplios espacios de funcionamiento civil y una relativa continuidad de la vida cotidiana, pese a las alarmas antiaéreas, los daños materiales y las interrupciones de servicios.

Sólo obsérvese la diferenciación con Gaza:

revela dos escenarios de guerra radicalmente distintos.

Mientras que la Franja quedó reducida a un páramo inhabitable en virtud de un esquema genocida, Kiev mantuvo una actividad urbana considerable, con comercios, transporte - ¡con sus puentes intactos! - y servicios en funcionamiento.

 

Pero ahora los rusos empezaron a sacar el pie del freno.

Incluso eso se nota en la retórica pública de Moscú. El mismo Putin, que siempre tuvo una extrema corrección en sus declaraciones, mostró signos de hartazgo:
 

 

 

"Aquí tienes, fascista: una granada de un soldado soviético", declaró Putin en Valdái.

No es un detalle menor que el presidente ruso hable de un soldado soviético y no de uno ruso.

 

La elección es deliberada: inscribe la guerra actual en la memoria histórica de la Gran Guerra Patria (1941-1945).

 

El calificativo "fascista" presenta al adversario como heredero del enemigo derrotado por el Ejército Rojo, mientras que la referencia al soldado soviético evoca, por extensión, a la victoria de la URSS sobre la Alemania hitleriana y sus aliados europeos.



 

 

En Valdái, Vladimir Putin dejó una advertencia: las armas nucleares rusas no son un ornamento.

 

Señaló que, ante un ataque directo contra Rusia - incluida la región de Kaliningrado - el empleo de todos los medios militares disponibles entraría en consideración.



Las acciones rusas también deben leerse a la luz del incumplimiento por parte de Washington de los entendimientos alcanzados en la cumbre de Anchorage.

 

Allí, según trascendió, Estados Unidos habría reconocido la necesidad de abordar las "causas fundamentales" del conflicto ucraniano, admitiendo implícitamente que un alto el fuego resultaría inviable sin resolver previamente las cuestiones estratégicas que le dieron origen.

 

Pero luego lo desconoció...

 

 

El canciller ruso, Serguéi Lavrov, atribuye el recrudecimiento de las operaciones militares contra el régimen banderista de Kiev a la falta de seriedad de Washington, que terminó desentendiéndose de los puntos de acuerdo alcanzados en Alaska, durante la cumbre de agosto de 2025.

 

Según Lavrov, Estados Unidos finalmente habría convergido con las posiciones de sus aliados europeos, plegándose a sus presiones en detrimento de la vía diplomática que Moscú esperaba consolidar.


 

 

 

Durante años, el politólogo ruso Serguéi Karaganov cuestionó la "blandura" y la excesiva prudencia de Putin, que a su juicio alentaba la escalada occidental.

 

 

Ahora, las advertencias "nucleares" del presidente ruso en Valdái y el redoble de los bombardeos sobre Kiev se acercan a la disuasión radical propuesta por Karaganov.


Por todo ello, el Kremlin desató como nunca antes sus bombardeos contra blancos infraestructurales de Ucrania, haciéndole pagar realmente un precio durísimo a todo nivel, ya no solamente militar.

 

Es más, el 3 de octubre, el Ministerio de Asuntos Exteriores ruso advirtió oficialmente a extranjeros y misiones diplomáticas sobre el peligro de estar en Ucrania, y anunció que continuaría y/o incrementaría sus represalias

 

O sea:

todas aquellas limitaciones autoimpuestas se abandonaron por completo.

Probablemente, la "muerte por una enfermedad repentina" de Lindsey Graham haya sido el puntapié inicial. Por cierto, las embajadas occidentales están considerando trasladarse a Leópolis.

 

Ayer mismo el 70% de Kiev quedó a oscuras.

La incorporación de los drones Geran-5, de mayor velocidad y carga útil, plantea un nuevo desafío para las defensas antiaéreas ucranianas y obliga a revisar los sistemas de interceptación empleados hasta ahora.

 

Los Geran-2 - la versión rusa de los Shahed-136 iraníes - basaban buena parte de su eficacia en una combinación de bajo costo, producción masiva y empleo en oleadas destinadas a saturar las defensas y atacar objetivos con protección limitada.

 

Su baja velocidad [180 km/h] y su perfil de vuelo permitían que incluso aeronaves ligeras de pistón, como los Yak-52, o turbohélices como el An-28, pudieran interceptarlos con ametralladoras o drones antidrones P1-SUN. [1]
 

 

 

Una avioneta de transporte ligero Antonov An-28 ucraniana armada con una ametralladora M134 Minigun de 7,62mm en su fuselaje y hasta con soportes para drones antidrones P1-SUN, muestra su efectividad contra los lentos Geran-2 rusos.



Con los Geran-5, sin embargo, el escenario cambia:

su mayor velocidad [600 km/h] dificulta el empleo de los medios de interceptación "económicos".

En consecuencia, Ucrania se ve ante un dilema: adaptar sus defensas a una amenaza mucho más exigente.
 

 

 

Un Geran-5 impacta a plena luz del día contra el puente Sur, en medio de un tráfico fluido.

 

Kiev, atravesada por el río Dniéper, es una ciudad cuya conectividad depende en gran medida de los puentes que enlazan sus sectores oriental y occidental.

 

Atacar estas infraestructuras supone mucho más que dañar una obra de ingeniería:

implica comprometer la movilidad urbana y generar trastornos logísticos en la ciudad clave del Estado ucraniano.

La imagen del impacto en plena jornada rutinaria subraya la vulnerabilidad de la infraestructura crítica y la escasez de elementos de defensa adecuados.



 

 

El primer ministro búlgaro, Rumen Radev, pronostica que el invierno que se viene será crudísimo para Ucrania, que está siendo vulnerada por cientos de misiles y miles de drones casi a diario.

 

El centro del país colapsará y con ello, las líneas del frente.



Poner el dedo en la llaga de los puentes de Kiev afectó el ánimo belicista de Zelenski, y fiel su doble estándar, prometió una guerra sin cuartel contra las refinerías rusas, pero también su disposición a una reunión trilateral, con Trump como mediador.

Extraña actitud la del líder banderista:

el 30 de septiembre de 2022, mediante el decreto n.º 679/2022, Zelenski prohibió negociar con Putin - aunque dejó abierta esa posibilidad "ante otro liderazgo" - mientras aguardaba esperanzado ese ingreso exprés en la OTAN que jamás ocurrió.

 

 

El inflexible inquilino de Bankova muestra destellos de disposición a negociar únicamente cuando los bombardeos rusos devastan su infraestructura crítica.



 

 

Putin sostiene que Rusia se limitó a responder "con la misma moneda" a los ataques ucranianos.

 

Y subraya:

mientras Kiev golpeaba objetivos estratégicos rusos, Europa se relamía ante la perspectiva de subirse al caballo vencedor.

Pero cuando Moscú comenzó a castigar infraestructuras críticas para la economía ucraniana, el entusiasmo belicista empezó a ceder terreno y las propuestas de negociación cobraron nuevo impulso.



Sin embargo, para los rusos Zelenski es apenas un escorpión, y los escorpiones solo saben picar. Su régimen conoce una única manera de subsistir: la de ser una Anti-Rusia ofrecida al mejor postor.

 

En tal sentido, terminó redoblando sus ataques contra las refinerías rusas, pese a las advertencias de Trump para que desistiera de esa estrategia.

Obviamente, Trump no intervino por pacifismo, sino por un cálculo prosaico: los ataques comprometen la producción y almacenamiento ruso, agravando la escasez de diésel en los mercados internacionales, con repercusiones directas sobre Estados Unidos en su año electoral.

 

Según la Administración de Información Energética de Estados Unidos (EIA, Energy Information Administration), el precio minorista promedio nacional pasó de 3,71 dólares por galón a comienzos de año ¡a un pico de 6,50 dólares en octubre!

Estados Unidos es un país de enormes distancias.

Un camión o un auto Sedán que conduce unas 10.000 millas al año (~16.000 km) y gasta 9,38 litros de diésel cada 100 km (25 millas por galón), termina consumiendo 1.500,8 litros (396,5 galones).

 

Suponiendo un promedio de precios de 6,30 dólares los 100 km, el costo anual termina siendo 1.008 dólares. Si el promedio de precios fuera 3,70 dólares, el costo total anual sería de 416 dólares, aproximadamente un 41,3%.

Vale decir, el aumento no es un asunto menor.

 

Duele en el bolsillo de los trabajadores que viajan largas distancias y encarece el precio de las mercancías. Es un coste variable que no puede absorberse, sino trasladarse.

Y hete aquí el problema:

las cifras de aprobación de Trump caen a medida que los precios del combustible trepan.

 

Es casi una relación inversamente proporcional.

En septiembre, cuando el diésel estableció su récord, la aprobación presidencial alcanzó el 32%, el nivel más bajo de su carrera política.
 

 

Un encuesta de Ipsos reveló el 20 de septiembre que el índice de aprobación del presidente Donald Trump había caído al 32%, el nivel más bajo de toda su carrera política.

 

El 3 de noviembre se renuevan las cámaras.



 

 

Trump exigió a Zelenski y sus adláteres europeos que no sigan castigando el diésel ruso porque la escasez de oferta impactaba severamente sobre los precios internacionales (e internos estadounidenses).

 

El diésel es uno de los combustibles fundamentales para el campo, la industria y el transporte de mercancías, o sea, la base electoral de Trump.



Considérese que Rusia es una potencia mundial en la producción y exportación de diésel.

 

Nótese que Estados Unidos exporta 1,26 millones de barriles (15,4%) mientras que Rusia le sigue con 783.000 barriles (9,5%).

 

Detrás aparece Arabia Saudita, con 678.000 barriles, e India, con 567.000 (8,3%).



Como consecuencia de los ataques, Rusia había decidido restringir sus exportaciones.

 

Europa, que desde febrero de 2023 prohíbe la compra de diésel a Rusia, había recurrido a Estados Unidos. Pero la decisión de Moscú tensionó el mercado porque la oferta global se contrajo.

 

Así, Bruselas se encontró con que sus propios aliados transatlánticos no necesariamente estaban dispuestos a sacrificar el abastecimiento interno para garantizar el suministro europeo.

 

En un contexto de competencia, el Viejo Continente comenzó a enfrentarse al riesgo de una sequía de diésel, con sus consiguientes efectos inflacionarios, mientras cobraba fuerza la necesidad de recurrir a sus reservas estratégicas para amortiguar el impacto.

 

El 2 de octubre, Trump publicó:

"Europa acaba de aceptar liberar una cantidad masiva de sus abundantes reservas de diésel.

 

El proceso comenzará de inmediato".


Y ocurrió la reunión de emergencia del G7 del 2 de octubre.

 

Según se filtró, el acuerdo contempló liberar hasta 100 millones de barriles de petróleo y combustibles durante cuatro meses, con una parte importante del diésel puesta en circulación durante los primeros 20 días.

 

Pero los entendidos sabían que esta medida era insuficiente.

La crisis de abastecimiento de diésel - un combustible esencial e insustituible en el corto plazo para el campo, la industria y el transporte de mercancías - terminó entonces propiciando un acuerdo que pocos habrían imaginado posible.

 

La urgencia de contener la escalada de los precios y evitar mayores perturbaciones en las cadenas de suministro llevó a gobiernos enfrentados en otros terrenos a coordinar medidas para volcar combustible al mercado.

Este viernes 9 de octubre de 2026, Trump anunció un acuerdo con Putin por el cual Rusia volvería a colocar grandes volúmenes de gasoil en los mercados internacionales - ¡incluido el estadounidense! - para aliviar la crisis de abastecimiento y contener los precios, disparados en el contexto de la guerra en Ucrania y, evidentemente, con Irán.

 

Washington flexibilizará temporalmente las sanciones que obstaculizaban esas operaciones.

¿En qué quedó entonces la Ley Graham promulgada el 18 de septiembre?

Como reza el viejo refrán,

la necesidad tiene cara de hereje...

¡Revuélquese en su tumba don Lindsey!

Vamos a los números:

Rusia volcará al mercado unas 300 mil toneladas "de inmediato", otras 500 mil en noviembre, un millón poco después, y luego hasta tres millones adicionales.

De esta manera, Estados Unidos incorporará diésel ruso para aliviar la presión sobre (sus propios) precios, que habían alcanzado niveles récord.

 

Y Rusia podrá vender sin restricciones, apuntalando su economía.

 

Donald Trump anunció en Truth Social el acuerdo alcanzado con Putin para liberar diésel ruso en los mercados estadounidense y mundial.

 

Pero hay un detalle que merece especial atención.

 

El mandatario estadounidense escribió que, gracias a "nuestro CONTROL TOTAL del estrecho de Ormuz" y al acuerdo energético con Rusia, los precios del diésel caerían rápidamente y en proporciones récord.



El anuncio sorprende porque contradice el acuerdo del G7, y la misma Ley estadounidense promulgada hace menos de un mes.

 

 

El 9 de octubre, una vez cerrado el acuerdo sobre el diésel con Moscú, Donald Trump elevó la presión sobre Volodimir Zelenski.

 

Afirmó que ya le había advertido a su homólogo ucraniano que no atacara las refinerías rusas, pero que este había desoído sus advertencias.

 

Acto seguido, endureció su discurso hasta cuestionar la continuidad de Zelenski en el poder:

Ucrania, sostuvo, debería tener otro presidente para poder poner fin definitivamente al conflicto.


Por supuesto, nadie ignora que esta constituye una forma de presión de Washington sobre Kiev.

 

Trump no reconoce al cierre de Ormuz o Bab El-Mandeb como causas de la contracción global de la oferta de diésel.

Solo apunta al indispensable suministro ruso.

El mensaje político es inequívoco:

si Zelenski y la Coalición de los Dispuestos europea insisten en atacar las refinerías rusas, sus acciones dejarán de ser consideradas únicamente como un problema de Moscú y pasarán a comprometer los propios intereses energéticos de Estados Unidos.

Para colmos, el anunció se hizo cuando una delegación ucraniana estaba reunida en Miami con Marco Rubio, Steve Witkoff y Jared Kushner, para sondear vías de negociación para poner fin a la guerra con Rusia.

 

Los ucranianos la interpretaron como una "puñalada por la espalda"...

 

El 9 de octubre, mientras una delegación ucraniana se reunía en Miami con Steve Witkoff y Jared Kushner para abordar las perspectivas de negociación, Washington sorprendió a Kiev con el anuncio de un acuerdo energético con Moscú.

 

El episodio debería servir de advertencia a las autoridades ucranianas sobre el carácter instrumental y potencialmente descartable de su papel en la estrategia estadounidense:

cuando los intereses de Washington lo exigen, las prioridades de Kiev pueden quedar relegadas a un segundo plano.


Y atentos a este detalle:

Putin sostuvo que los ataques ucranianos contra Moscú, otras ciudades y objetivos vinculados con las elecciones legislativas no permitían ninguna posibilidad de negociación trilateral.

En consistencia con ello, no anunció suspensiones de las operaciones militares rusas.

 

Vale decir,

este acuerdo energético no equivale a un acuerdo de paz, ni a una tregua, ni garantiza una desescalada.

Es simplemente, y por ahora, un negocio...
 

 

¡Maravilloso mundo!

 

Scott Bessent, el cruzado de las sanciones, el profeta del colapso económico ajeno, descubre las virtudes de la tregua del diésel con Rusia acusando a sus más fieles alumnos, los europeos.



Según reconociera el vice primer ministro Alexander Novak, Rusia produce ~80% más diésel del que consume. Si no lo exporta, debe almacenarlo - lo que lo expone a ataques y a altos costos - o reducir la producción.

 

Si lo exporta, monetiza sus excedentes. ¡Washington le está haciendo un gran favor a Moscú...!

Sin embargo, es menester señalar que las cifras comprometidas por Rusia son bastante humildes y no alcanzan para descontracturar el mercado.

 

Chequeen este dato:

¡Estados Unidos consume aproximadamente 3,8 millones de barriles de diésel diarios! [el equivalente a 491.000 toneladas métricas]

La prometida provisión rusa equivale en total a 4,8 millones de toneladas (36 millones de barriles aproximadamente), sin fechas de entrega precisas.

 

Como dije arriba, Estados Unidos quema 3,8 millones de barriles diarios. Vale decir: el paquete ruso equivale a unos 9,5 días de demanda estadounidense.

 

La nada misma...

El escenario incluso puede agravarse:

si Ansar Alá continúa batiendo con sus drones las refinerías saudíes - tercer exportador global - el mercado deberá afrontar una nueva suba.

Es más:

el panorama adquiriría una dimensión mucho más peligrosa si un Irán atacado por Estados Unidos se defendiera golpeando la infraestructura energética de Arabia Saudita, Qatar, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait o Bahréin.

Entonces cabe la pregunta:

¿Acaso el acuerdo de Trump con Putin tiene en vista inyectar diésel al mercado mundial para hacer "control de daños" sobre el alza inevitable de precios que supondría un futuro ataque contra Irán?

 

¿Desea Trump amortiguar el impacto?

Es una hipótesis geopolítica plausible. Nótese que en su mensaje de Truth Social Trump desliza,

"adicionalmente, esto debe ser comprendido, Irán nunca tendrá un arma nuclear".

¡Suena a Carthago delenda est! [2]

La urgencia energética y la presión política de las elecciones legislativa existen. También la insistencia extorsiva israelí, que "juega" con lanzar un dispositivo nuclear sobre Teherán.

 

El acuerdo con Moscú busca añadir oferta al mercado pero todos advierten que esos volúmenes no bastan para reducir los precios.

 

Entonces la teoría de la amortiguación del alza se despliega ante nuestros ojos, con el plus de "mantener a los rusos contentos" (¿y calladitos?) con su flujo de rublos contante y sonante para liquidar el asunto ucraniano.

Pero también podría haber otra interpretación: como sostuve en mi artículo anterior ["En los albores de una guerra mundial"], Europa podría desencadenar una guerra a fines de 2026 o 2027, por ejemplo, atacando o generando un incidente provocativo en Kaliningrado.

Ello generaría, como advirtió Putin, una respuesta nuclear.

Cuántos europeos aceptarían vaporizarse en aras de la agresividad báltica, no lo sé...

Pero,

¿cuántos estadounidenses morirían para salvar a un letón?

¡Aún no se animan a desembarcar en Irán por sus aliados israelíes...!

 

Quizás haya una valoración realista-pesimista de la situación - incluso el jefe de la CIA lo pudo corroborar en Moscú - y Washington haya articulado una "salida honorable" (un negocio, ¡qué mejor!) para evitar un Armagedón.

¡No olvidemos que Trump acusó a Zelenski de querer provocar una Tercera Guerra Mundial!

 

Parecería que nos situamos, mágicamente, en un bucle temporal que nos leva a ese "momento cero" nuevamente.

 

 

El 28 de febrero de 2025, Trump acusó a Zelenski de jugar con fuego y llevarlos a todos a la Tercera Guerra Mundial.

 

Ironías del destino, exactamente un año después, Trump desataría su "Tercera Guerra" contra Irán de la mano del israelí Benjamin Netanyahu.

 

Claro, Irán no es una potencia nuclear...



Como era de prever, el acuerdo conmocionó a Kiev y a sus respaldos europeos.

Zelenski calificó la decisión estadounidense de "injusta y deshonesta" y hasta dijo que "Trump era débil".

También sostuvo desvergonzadamente que "con todo respeto al presidente Trump, corresponde a nuestra sociedad elegir a tal o cual dirigente", obviando el pequeño detalle que desde mayo de 2024 es presidente sin votos.

 

Lo cierto, es que partir de ahora, el costo de atacar las refinerías rusas es mucho mayor: ya no solo implica una segura retaliación rusa, sino la erosión en la relación con Washington.

 

Azotar las instalaciones petroleras rusas para doblegar a Moscú se ha convertido en un argumento obsoleto de la noche a la mañana.

Pero si Zelenski decidiera "cortarse solo" en contra de la voluntad de Washington, podría exponerse a la restricción o suspensión del intercambio de inteligencia estadounidense, un recurso decisivo para las operaciones ucranianas.

 

De hecho, esto ya ocurrió durante la "primavera de sintonías" ruso-estadounidense a inicios de marzo de 2025, cuando la interrupción temporal de determinados apoyos en Kursk dejó en evidencia hasta qué punto Kiev depende casi totalmente de esa cooperación.

Existe, además, otra vía de presión:

la reactivación de los mecanismos anticorrupción ucranianos, en particular la SAPO (Fiscalía Especializada Anticorrupción) y la NABU (Oficina Nacional Anticorrupción de Ucrania), organismos que se han convertido en el terror de Zelenski y su corrupto entorno.

Para la Unión Europea la medida es desconcertante:

hace apenas una semana, los países del G7 acordaron medidas contra la crisis del diésel, rechazando la idea de reducir las sanciones contra Rusia.

Ahora, pasa todo lo contrario.

Falta que Úrsula von der Leyen diga "creí que éramos amigos"...

Desde 2022 en adelante, la burocracia bruselense sacrificó su competitividad industrial, soportó la inflación y aplicó rigurosamente diversas rondas de sanciones para "derrotar estratégicamente" a Rusia.

 

Ahora, las huestes de Washington hacen un acuerdo excepcional con el enemigo importándole un bledo los compromisos y las quejas europeas.

 

¿Y si todo esto fuera un mensaje a la UE y Reino Unido para que no sume a Canadá como socio? No olvidemos ese detalle...

Frustrado, apenas unas horas después del anuncio de Trump, Zelenski ordenó el lanzamiento de drones contra la terminal rusa de exportación de petróleo situada en Rostov del Don.

 

La instalación, estaba dedicada al almacenamiento y exportación de productos petrolíferos refinados.

Demás está decir que dicha operación es un desafío directo a la autoridad de Trump. Si Trump pretende ser tomado en serio deberá respaldar con hechos y responder (especialmente contra la colaboración subrepticia entre CIA-AFU-MI6).

Una cosa es que el perro cambie de correa (por ejemplo, entregándose a la Coalición de los Dispuestos) y otra, muy distinta, que muerda la mano que le da de comer.

Pero Europa sí está cortándose sola.

 

Se viene preparando para una guerra total y armándose hasta los dientes para ello. El 28 de septiembre, el Consejo Europeo aprobó oficialmente los primeros cinco Proyectos Europeos de Defensa de Interés Común.

 

A Ucrania se le permite participar. El problema no será rearmarse sino convencer a los pueblos para que combatan contra los rusos.

 

La propaganda deberá hacer un gran trabajo de zombificación.

Por lo pronto, la jefa de la diplomacia de la UE, Kaja Kallas, y el primer ministro británico, Andrew Burnham, expresaron su "solidaridad absoluta" con Zelenski.

 

Merz y Macron no tardarán en sumarse.

Por supuesto, el acuerdo del diésel con Moscú no implica en absoluto una alianza estratégica entre Washington y el Kremlin.

 

Se trata, más bien, de una tregua transaccional en la que ambas partes obtienen réditos inmediatos, ante todo económicos, aunque sus consecuencias también podrían proyectarse sobre el terreno geopolítico.

Mientras Europa y Ucrania se organicen para sostener la confrontación con Rusia bajo el manto de una supuesta neutralidad estadounidense, la dinámica resulta funcional a Washington, que gana dinero y desgasta a Moscú y Bruselas por igual.

 

Pero cuando ambas desafían una distensión, aunque sea limitada y transaccional, impulsada por la Casa Blanca en función de sus propios intereses, el escenario cambia radicalmente.

 

En ese caso, la fractura transatlántica podría profundizarse y empujar a Europa a acelerar el fortalecimiento de su autonomía, aunque ello implique una confrontación más abierta con Estados Unidos.

Y aquí podría incluso aventurarse un parte-aguas:

¿Estamos ante una próxima puñalada estadounidense contra los rusos o acaso ante el despertar de una liquidación de Europa (como supraestado)?

Ojo, porque existe un antecedente que vuelve especialmente pertinente esta última posibilidad...

Contra todo pronóstico, dos potencias ideológicamente antagónicas, Estados Unidos y la Unión Soviética, terminaron convergiendo temporalmente en una alianza para derrotar a la Alemania nazi, entonces la principal potencia militar del continente europeo.

 

Esa confluencia surgió en junio de 1941, apenas las tropas fascistas pan-europeas penetraron en territorio soviético.

 

Una Alemania que se había convertido en un imán de admiración pan-europeo hubiese alterado radicalmente el tablero geopolítico de entonces.

Los anglosajones no lo podían permitir.

 

Los soviéticos menos.

Y allí se dio la paradójica alianza...

¿Puede que se esté configurando un escenario que invita a considerar aquel precedente histórico?

Los tímidos acercamientos entre la burocracia de la UE a la Commonwealth británica - con Canadá como estrella fulgurante - están reconfigurando el mapa europeo.

 

Sus ansias de guerrear contra Moscú quizás terminen produciendo realineamientos que sus promotores iniciales jamás habían previsto.

 

La Historia no se repite 'mecánicamente', pero sus advertencias merecen atención...

 

 

 

 

Referencias

  1. Entre las paradojas de la guerra moderna, los entrenadores a pistón Yakovlev Yak-52, heredados de la era soviética, han sido empleados con éxito por las fuerzas ucranianas para interceptar drones rusos.

     

    Mediante la identificación visual del blanco y con un tirador ubicado en el segundo asiento, en configuración tándem, estas aeronaves recurren a un método de combate que evoca los albores de la aviación militar: disparar contra el enemigo "al estilo de la Primera Guerra Mundial".

     

    Una imagen que condensa las contradicciones del campo de batalla contemporáneo, donde tecnologías no tripuladas de bajo costo pueden ser enfrentadas con procedimientos rudimentarios y plataformas concebidas décadas atrás.

     

     

  2. "Carthago delenda est" - "Cartago debe ser destruida" - es una célebre sentencia latina atribuida a Catón el Viejo (234-149 a.C.), dicha repetidamente en el Senado romano.

     

    Tras la segunda guerra púnica (218-201 a.C.), Cartago había perdido su poder militar y gran parte de su influencia, pero conservaba su capacidad comercial y económica.

     

    Catón consideraba que esa supervivencia constituía una amenaza para Roma y convirtió la destrucción de la ciudad en una consigna política persistente.

     

    En 149 a.C. comenzó la tercera guerra púnica.

     

    Tres años después, en 146 a.C., Roma destruyó Cartago.