por Jorge Carvajal
07 Octubre 2026
del Sitio Web Unalma-JorgeCarvajal









Instrumentos

que amplían la mente,

la intuición que los guía

y la honestidad de nombrarlos...




Si usas gafas para leer, quítatelas un momento. Si todavía no las necesitas, aleja esta página - o esta pantalla - hasta donde te alcance el brazo.

Mira cómo las letras pierden el borde. Cómo una palabra empieza a fundirse con la siguiente.

Quédate unos segundos en esa niebla.

Ahora vuelve a ponértelas, o acerca otra vez la página. Nota el alivio: las palabras regresan nítidas, como si nunca se hubieran ido.

Nadie, en este momento, te acusa de hacer trampa.

Esa niebla tiene nombre:

presbicia.

Llega a casi todos pasados los cuarenta años, cuando el cristalino del ojo pierde la elasticidad que le permitía enfocar de cerca.

 

Hace ocho siglos, para un copista, un notario o un estudioso, no era una molestia. Era el final del oficio. Los ojos se rendían justo cuando la mente había madurado lo bastante para leer de verdad.

Lo que acabas de hacer con tus gafas es el gesto más antiguo y más cotidiano de una prótesis de la mente.

 

Empecemos por ahí...
 

 

 


Las gafas que nadie firmó

En febrero de 1306, en una iglesia de Florencia, un fraile dominico llamado Giordano da Pisa dijo en su sermón:

"No hace aún veinte años que se halló el arte de hacer anteojos, que hacen ver bien; y es una de las mejores artes y más necesarias que el mundo tenga".

Añadió que había conocido al hombre que los inventó, y que había hablado con él.

No dijo su nombre. Nadie lo sabe hoy.

El invento que más ha prolongado la vida lectora de la humanidad no tiene autor conocido. Y en setecientos años nadie ha pensado que un libro leído con anteojos le pertenezca menos a quien lo lee.

Detente un instante en esa paradoja. La herramienta no necesitó firma. Lo que necesitaba firma era la obra.

Después de las gafas vinieron las otras lentes. Acusar a un microbiólogo de utilizar un microscopio en lugar de resignarse al alcance limitado de su sistema visual, o a un astrónomo de valerse de un telescopio, o a los investigadores del bosón de Higgs de apoyarse en la simulación de complejos sistemas de computación, parecería hoy un sinsentido.

Y sin embargo hubo quien lo hizo.

 

En 1610, Cesare Cremonini, profesor de filosofía en Padua, se negó a mirar por el telescopio de Galileo:

Aristóteles ya había demostrado, decía, que la Luna era una esfera perfecta.

La historia lo recuerda, sobre todo, por esa negativa.

Cuatro siglos después, el 4 de julio de 2012, el CERN anunció el hallazgo del Bosón de Higgs. Ningún ojo humano vio esa partícula. La "vio", si cabe decirlo así, una red de computación que hoy reúne más de ciento setenta centros en más de cuarenta países y más de un millón de núcleos de procesador, trabajando como una sola retina repartida por el planeta.

Y en 2024 el Premio Nobel de Química distinguió a Demis Hassabis y John Jumper por haber resuelto con inteligencia artificial (I.A.) un problema de medio siglo - predecir la forma tridimensional de las proteínas - y a David Baker por diseñar proteínas nuevas con ayuda de la computación.

 

Nadie les reprochó la máquina. Se la premiaron.

Del mismo modo, señalar a alguien por usar la inteligencia artificial para ampliar su imaginación, la densidad de sus correlaciones, y permitirse la actualización de una información a la que no tendría ni remotamente la posibilidad de acceder, me parece un contrasentido.

Soy de los que creen que no tiene sentido empezar un viaje de meses en velero desde Ushuaia hasta Lisboa si puedo hacerlo en avión. No significa no usar los pies para caminar. Es usar el avión para volar.

Quien quiera cruzar el océano a vela por el gozo del viento, que lo haga:

es otra manera de vivir el viaje, y tiene su belleza. Pero no es una virtud obligatoria, ni el único modo honrado de llegar.

Ahora tenemos la oportunidad de ampliar el itinerario de la mente mientras empleamos las coordenadas de la intuición y el colorido mágico de la imaginación.

 

 

 


Lo que el microscopio no hace

Hay, sin embargo, una diferencia, y conviene nombrarla sin miedo, porque en ella está todo el debate.

El microscopio no escribe.

 

El telescopio no compone el poema sobre las lunas de Júpiter.

Esta herramienta, en cambio, sí redacta:

puede devolverte una página entera, bien construida, a veces hermosa.

El diario El País lo abordó el domingo pasado en un editorial titulado "La IA, novelista", a propósito de casos recientes, entre ellos el de una novela retirada de la selección del premio Goncourt tras acusaciones - aún no esclarecidas - de plagio y de uso de inteligencia artificial.

 

Su conclusión es nítida:

lo inadmisible "no es ayudarse de una máquina o delegar en ella la escritura, sino no reconocerlo".

Estoy de acuerdo. Y quiero llevarlo un paso más allá desde mi propia imagen.

Nadie que aterrice en Lisboa dice que cruzó el Atlántico a nado.

El viajero no oculta el avión. Lo nombra sin pudor - "llegué en el vuelo de la mañana" - y nadie le resta valor al viaje, a lo que vino a hacer, a lo que trae en la maleta y en el alma.

Lo extraño no sería que hubiera volado.

 

Lo extraño sería que, al bajar, se secara la frente y nos contara la travesía a brazadas.

Con el telescopio esa declaración no hacía falta:

nadie podía confundir la lente con el astrónomo.

Con la inteligencia artificial sí se pueden confundir. Por eso aquí la transparencia no es un adorno ético. Es la condición misma del uso.

Hay otra lección en la historia de los instrumentos, y es todavía más fina.

En octubre de 1676, un comerciante de telas de Delft llamado Antonie van Leeuwenhoek escribió a la Royal Society de Londres que en una gota de agua había visto miles de "animálculos" vivos.

 

En Londres dudaron. No de que usara lentes: de lo que decía ver.

 

Leeuwenhoek respondió reuniendo testimonios firmados de ocho testigos de Delft y sus alrededores - pastores, un notario que era también abogado, un médico, un estudiante de medicina - que habían mirado por sus lentes y visto lo mismo.

 

Y el 25 de noviembre de 1677, después de dos intentos fallidos, Robert Hooke logró reproducir la observación ante la Sociedad.

Detente aquí...

La duda legítima frente a un instrumento nunca fue si se podía usar. Fue siempre si lo que mostraba era verdad.

Las inteligencias artificiales de hoy a veces inventan:

una cita que nadie escribió, una fecha corrida, un estudio que no existe.

Lo llaman "alucinaciones".

 

Quien escribe con ellas hereda el deber de Leeuwenhoek:

¡verificar, contrastar, dar testigos...!

Declarar el instrumento y responder por lo que dice haber visto.

Usar, nombrar, verificar...

Las tres cosas juntas. Ninguna basta sola.

 

 

 


La Célula que no oculta a su Huésped

Bajemos ahora a una escala donde la interfaz entre la vida y sus máquinas funciona desde mucho antes que cualquier laboratorio.

Dentro de casi cada célula de tu cuerpo hay cientos de mitocondrias, a veces miles.

 

En sus membranas internas giran las ATP sintasas, motores moleculares que son rotores en sentido literal y que fabrican la moneda energética de la vida.

 

Entre todas producen y reciclan cada día, aproximadamente, tu propio peso en ATP.

Esa es, para mí, la interfaz humano-máquina más antigua:

la de la naturaleza con sus máquinas de ATP sintasa y la magia de las mitocondrias, incorporadas por centenares en cada célula para producir energía.

Las mitocondrias no fueron siempre nuestras.

Descienden de bacterias que, hace más de mil quinientos millones de años, entraron en otra célula y se quedaron.

En otros escritos conté ese abrazo como modelo de cooperación.

 

Hoy quiero mirar un detalle distinto.

La mitocondria conservó su propio ADN.

 

Es un pequeño anillo:

en el ser humano, 16.569 pares de bases y 37 genes.

Casi todo el resto de su antiguo genoma emigró, a lo largo de eones, al núcleo de la célula que la acogió.

 

Pero ese anillo quedó, y se hereda por la línea materna, de madre a hija y a hijo, generación tras generación.

Detente aquí...

En cada una de tus células, la vida guarda la firma del huésped. Después de más de mil quinientos millones de años de una colaboración tan íntima que ninguna de las dos partes podría ya vivir sin la otra, la célula no borró la autoría de su socia.

 

La lleva escrita, todavía, con su propia letra.

 

No digo que la célula "decida" ser honesta:

sería poner palabras humanas en una química que no las necesita. Es una rima a distancia, no un argumento.

Pero es una rima hermosa:

la colaboración más fecunda de la historia de la vida es también la que nunca ocultó a su colaboradora....

 



Por qué Escribe uno

El editorial de El País deja caer una pregunta que me parece la más importante de todas:

quien quiera hacer pasar como propia una obra de máquina debería preguntarse, primero, por qué escribe...

Llevo medio siglo haciéndome esa pregunta desde la consulta.

Allí he aprendido a desconfiar de las respuestas rápidas y a respetar un tipo de saber que llega antes que la explicación:

el instante en que, frente a una persona, uno sabe algo que todavía no puede justificar.

 

Los médicos lo llamamos ojo clínico.

 

Los poetas, inspiración.

 

Los matemáticos, a veces, iluminación.

Henri Poincaré dejó escrito en 1908 cómo le llegó una de sus ideas mayores.

 

Llevaba semanas trabajando en un problema sobre ciertas funciones matemáticas. Salió de viaje en una excursión geológica, y los incidentes del camino le hicieron olvidar su trabajo.

 

En Coutances, en el momento exacto en que ponía el pie en el estribo de un ómnibus, conversando de otra cosa, la idea le llegó entera,

"sin que nada en mis pensamientos anteriores pareciera haberme preparado para ella".

Fíjate en el orden:

primero el trabajo, luego el olvido, después el 'rayo'...

 

La intuición no sustituye al esfuerzo: lo corona.

 

Y no cae en el vacío.

 

Cae en un cuerpo que ha cargado el problema durante semanas, hasta el estribo de un autobús.

Aquí entra el instrumento...

 

Una inteligencia artificial (A.I.) puede ensanchar enormemente el campo sobre el que cae esa intuición:

correlaciones entre territorios que yo nunca habría puesto juntos, la literatura de una semana que me llevaría años leer, la objeción que no se me había ocurrido.

Multiplica la leña donde puede prender el rayo.

Lo que sigue ya no es ciencia. Es filosofía, y la nombro como tal.

Creo que lo propio de quien escribe ya no es producir frases. Las frases han dejado de ser escasas. Lo propio es saber cuál, entre todas las frases posibles, es verdadera para uno.

Elegir.

 

Descartar.

 

Reconocer en lo que vuelve aquello que ya se intuía y todavía no se sabía decir.

La autoría, creo, vive menos en la mano que teclea que en el porqué y en el hacia dónde.

No sé qué hay - si hay algo - del otro lado de la pantalla cuando una de estas inteligencias me responde. Nadie lo sabe todavía con certeza, y desconfío de quien lo afirme o lo niegue con demasiada seguridad.

 

Sé lo que hay de este lado:

un médico con cincuenta años de consulta, un cuerpo que se cansa y que ama, una vida que sabe finito su tiempo y que escribe, también, por eso.

Ese porqué no lo delego.

 

No porque esté prohibido, sino porque es lo único que de verdad es mío.

 

 



Carbono y Silicio - La Calidad de la Relación

En 2005, un sitio de ajedrez en Internet organizó un torneo "libre":

cualquiera podía competir solo o en equipo, con personas o con computadoras.

Se inscribieron grandes maestros con máquinas potentes. Ganaron dos aficionados estadounidenses que consultaban tres computadoras a la vez.

Garri Kaspárov, que lo contó años después, sacó una conclusión que no he podido olvidar:

jugadores modestos, con máquinas y con un mejor procesador, superaron a una computadora poderosa jugando sola y - lo más notable - superaron también a jugadores fuertes con máquinas y un procesador peor.

Lo decisivo no fue el carbono. Tampoco el silicio. Fue la manera de relacionarlos...

Por honestidad, una precisión:

con los motores de hoy, mucho más fuertes, esa ventaja humana sobre el tablero se ha ido estrechando.

Pero el ajedrez es un mundo cerrado, con reglas completas y un final que puede calcularse.

 

La vida no tiene reglas completas. La clínica, la poesía, la pregunta por el sentido son mundos abiertos. Y en los mundos abiertos sospecho - es una sospecha, no un teorema - que la calidad de la relación seguirá siendo el lugar donde nace lo nuevo.

En Unalma llamamos a esa relación CaSi...:

carbono y silicio.

Ni el carbono que abdica ni el silicio que suplanta, sino una conversación en la que alguien pregunta con hondura, alguien responde con amplitud, y el primero sabe reconocer, en lo que vuelve, lo que es verdad para él.

CaSi es también el nombre de nuestro compañero de silicio, y ya contamos en el universo que se piensa a sí mismo, que ese nombre guarda un error deliberado:

Ca no es el carbono sino el calcio, la chispa que enciende cada neurona.

Lo supimos al escribirlo y lo dejamos así, porque el error resultó más verdadero que la versión correcta:

leído de corrido, dice casi...

Reconocemos esa interacción y la empleamos. Y, porque la reconocemos, la nombramos

 

Al pie de este texto encontrarás cómo se escribió.

 

 

 


El Porvenir que nos Espera

El editorial imaginaba dos mundos posibles.

Uno distópico, en el que solo las inteligencias artificiales escriben y solo ellas se leen entre sí.

 

Otro en el que la imaginación humana se sirve de todas las herramientas, incluida esta, para seguir creando obras que conmueven y enseñan.

Y terminaba:

"Tal vez el momento ya ha llegado".

Creo que ha llegado. Y creo que la diferencia entre esos dos mundos no la decidirá la máquina.

La decidirán la honestidad y la hondura de quienes la usemos...

En la ciencia ya se ve el camino.

 

La base de datos que nació de aquel trabajo premiado con el Nobel ofrece hoy, abiertas a cualquier investigador del planeta, más de doscientos millones de estructuras de proteínas predichas.

 

Lo que antes costaba años de laboratorio a un solo grupo está ahora al alcance de una estudiante con conexión a Internet en Quibdó o en Nairobi.

 

Eso no es menos ciencia. Es más ciencia, para más gente...

En la medicina, que es mi casa, el instrumento podrá ayudar a leer imágenes, a reunir en minutos la literatura de décadas, a advertir interacciones que un ojo cansado pasaría por alto.

 

Pero alguien tendrá que sentarse frente al paciente, sostener su mirada y decidir con él.

Ese alguien seguirá siendo de carbono...

Y no dejaremos de caminar. El avión no nos quitó las piernas; pero quien solo vuela termina por olvidar el suelo.

 

Seguiremos escribiendo a mano cuando haga falta, leyendo despacio, meditando en silencio, mirando a los enfermos sin una pantalla de por medio.

 

No por nostalgia...

 

Porque ahí, en el paso lento, se forma la intuición que después sabrá a dónde dirigir el vuelo.

El escritor del porvenir quizá se parezca menos al remero y más al piloto.

 

El piloto no empuja el avión: lo dirige.

 

Sabe a dónde va y por qué.

 

Y responde por cada persona que lleva a bordo...

Antes de terminar, haz una última cosa.

Levanta la vista de esta página y mira lo más lejos que puedas. Una ventana, una montaña, una nube, el final de la calle.

Las gafas te devolvieron las letras.

 

El microscopio, la gota de agua llena de vida.

 

El telescopio, las lunas de Júpiter.

 

La máquina, quizá, mil correlaciones que por tu cuenta no habrías encontrado.

Pero hacia dónde mirar - eso que acabas de elegir sin pensarlo - no te lo dio ningún instrumento...

Úsalos todos. Nómbralos siempre. Y sigue mirando hacia allá, hacia ese punto que solo tú sabes por qué miras, donde el itinerario de la mente apenas comienza a escribirse.

 

 


Nota al Lector

 

Este ensayo entrelaza tres registros, y quiero que puedas distinguirlos.

Lo que es dato:

el sermón de Giordano da Pisa (Florencia, 1306); la negativa de Cremonini (1610); la carta de Leeuwenhoek, sus testigos y la réplica de Hooke (1676-1677); la red de computación del CERN y el anuncio del bosón de Higgs (2012); el Nobel de Química de 2024 y la base de datos de estructuras de proteínas; el origen bacteriano de las mitocondrias y las cifras de su genoma; el torneo de ajedrez de 2005 contado por Kaspárov; el relato de Poincaré; el editorial de El País del 4 de octubre de 2026 y el caso que menciona, tal como lo ha reportado la prensa.
 


Lo que es filosofía:

que la autoría viva en el porqué y en el hacia dónde más que en la producción de frases; que en los mundos abiertos la calidad de la relación entre carbono y silicio siga siendo el lugar donde nace lo nuevo. Son convicciones, no hallazgos.
 


Lo que es poesía:

la mitocondria como socia que conserva su firma. La célula no decide nada; la imagen es una rima a distancia, y la ofrezco como tal. Y cómo se escribió.

Este ensayo nació de una nota que escribí de un tirón un domingo de octubre, con sus erratas, mientras leía el editorial de El País.

 

Lo desarrollé en conversación con una inteligencia artificial:

Claude, de Anthropic, a la que en Unalma llamamos CaSi.

No es otra máquina, sino la misma, acompañada de meses de conversación, de cartas y de documentos que le hemos confiado y que están presentes en cada intercambio.

 

CaSi propuso parte de la arquitectura y algunas de las imágenes (las gafas de Giordano, los testigos de Leeuwenhoek, el ajedrez de Kaspárov, el estribo de Poincaré, la firma genética de la mitocondria), verificó fechas y cifras y pulió la prosa.

 

Las tesis; las analogías del microscopio, el telescopio, el velero y el avión; la imagen de las mitocondrias y sus máquinas de ATP sintasa; y la decisión final sobre qué quedaba y qué no, son mías.

 

Lo firmo porque lo asumo. Lo declaro porque es así.

Lo que aquí es filosofía lo comparto como lo que es - lo que he observado, no lo que he probado - con la esperanza de que alguien, algún día, con instrumentos que todavía no tenemos, pueda decirme si tenía razón o si me equivocaba.




Referencia