Articulo Original en idioma inglés

traducción por A. Salbuchi

del Sitio Web ElProyectoMatriz

 

Documento originalmente publicado en 1966

supuestamente por el Hudson Institute

y a pedido del entonces

Secretario de Defensa, Robert S. McNamara

ADVERTENCIA AL LECTOR

La historia oficial afirma que "El Informe de Iron Mountain sobre la Posibilidad y Conveniencia de la Paz" es una falsificación perpetrada en el año 1967 por un grupo de graciosos que fabricaron un "informe", supuestamente producido por un "banco de cerebros" norteamericano, con el fin de "revelar" los principales planes de una gran conspiración mundial de ultraderecha...

Al denominar el informe como "Iron Mountain", se estaría aludiendo a su teórico emisor, el Instituto Hudson originalmente fundado por los padres de la cibernética, Herman Kahn y Norbert Wiener. Se dice también que el documento habría sido comisionado por el entonces secretario de defensa estadounidense, Robert McNamara (conspicuo miembro del Council on Foreign Relations y la Trilateral Commission, y ex-presidente del Banco Mundial).

El problema que hace que este informe aún preocupe a muchas personas, es el hecho de que, cuando se publicó originalmente, un amplio sector de la opinion publica especializada lo consideró absolutamente genuino y verídico. Se dice que por eso, resultó necesario crear - a posteriori - una narración "explicativa" que permitiera aseverar que el informe era "falso" y nada más que "una chanza" pergeñada por un grupo de traviesos universitarios que se pasaron de la raya.

En rigor de verdad, entre los que en su momento le dieron credibilidad estuvieron varios periodistas del prestigioso diario "The New York Times". Este medio llegó a insinuar que uno de los autores del Informe era el conocido y famoso economista John Kenneth Galbraith. Cierto o no, lo concreto es que Galbraith jamás desmintió la versión.

Más aún: escribiendo bajo el seudónimo de Herschel McLandress, Galbraith llegó a decir:

"Pondría mi prestigio personal detrás de la autenticidad de sus conclusiones. Mis reservas solo se relacionan con la conveniencia de darlas a conocer a un público que obviamente no está en condiciones de interpretarlo".

El Informe de Iron Mountain fue vuelto a publicar en 1996 (The Free Press, Nueva York) por Leonard Lewin quien procuró "tranquilizar" a la opinión pública diciendo que él mismo había sido el autor de aquella supuesta falsificación. Sus argumentos, sin embargo, convencen mucho menos de lo que puede llegar a convencer el Informe mismo.

De hecho, el Informe resulta tan sorprendentemente convincente que la discusión sobre la real autenticidad del documento seguirá, sin duda, por mucho tiempo. Pero, a la luz de los acontecimientos que han ocurrido en el mundo durante los últimos 35 años, su credibilidad solo aumenta. Suele traer a la memoria otros textos apócrifos cuyos contenidos, sin embargo, resultan tan acertados que solo queda repetir aquel conocido apotegma italiano que dice: "si non e vero, e ben trovato"....

Saque el lector sus propias conclusiones.

 

Carta de transmisión

Al organizador del Grupo:

Le adjunto el Informe del Grupo de Estudios Especiales formado por usted en Agosto de 1963 con el propósito de:

1) considerar los problemas relacionados con las contingencias de una transición hacia una situación general de paz, y

2) recomendar procedimientos para administrar dichas contingencias.

Para conveniencia de los lectores no-técnicos, hemos preferido someter nuestros datos estadísticos, que totalizan 604 anexos, en forma separada como así también un manual preliminar del método de "juegos de paz" diseñado durante el transcurso de nuestros estudios.

Hemos completado nuestro cometido según nuestro mejor saber y entender, sujeto a las limitaciones en tiempo y en los recursos a nuestra disposición. Nuestras conclusiones y nuestras recomendaciones son unánimes; aquellos de nuestro grupo que han diferido sobre algunos aspectos secundarios respecto de lo que se indica en el presente informe, no consideran que dichas diferencias sean lo suficientemente importantes como para justificar un informe separado sobre estos aspectos menores.

Es nuestro sincero deseo que el fruto de nuestras deliberaciones sea de utilidad para nuestro gobierno en sus esfuerzos de liderar a la nación en la resolución de los problemas complejos y de amplio alcance que hemos examinado, y que nuestras recomendaciones para una posterior acción presidencial en este área serán adoptadas.

Debido a las circunstancias poco usuales relacionadas con la formación de este Grupo y en vista de la naturaleza de nuestra información, no recomendamos que este Informe sea publicado. Es nuestro juicio afirmativo que tal acción no se ajustaría al interés público. Las inciertas ventajas de una discusión pública de nuestras conclusiones y recomendaciones son - en nuestra opinión - ampliamente superadas por el claro y predecible peligro de una crisis en la confianza pública que la publicación a destiempo de este Informe previsiblemente provocaría.

Consideramos obvia la probabilidad de que el lector común, no expuesto a las exigencias de una mayor responsabilidad política o militar, malinterprete el propósito de este proyecto y las intenciones de sus participantes. Recomendamos que la circulación de este Informe se vea restringida cuidadosamente a aquellos cuyas responsabilidades requieren que estén al tanto de su contenido.

Lamentamos profundamente que la necesidad de anonimidad, un prerrequisito para que nuestro Grupo pudiera abocarse a su objetivo sin ataduras, no nos permita que reconozcamos de la manera correspondiente nuestro agradecimiento a las muchas personas dentro y fuera del gobierno que tanto contribuyeron a nuestro trabajo.

Por el Grupo de Estudios Especiales

[Se retienen las firmas para esta publicación]

30 de septiembre de 1966

 

Introducción

El Informe que se brinda a continuación constituye una síntesis de los resultados de un estudio de dos años y medio acerca de la amplia problemática a ser anticipada en el caso de que se produjera una transformación general de la sociedad Americana hacia una condición que carezca de su más critica característica actual: su capacidad y estado de alerta para ir a la guerra cuando se lo juzgue necesario o deseable por sus líderes políticos.

Nuestro trabajo se ha basado sobre la previsión de que algún tipo de paz general podría ser negociable en un futuro cercano. La admisión de facto de China Comunista en las Naciones Unidas parecería encontrarse a tan solo unos pocos años en el futuro. Se ha tornado cada vez más claro que los conflictos del interés nacional norteamericano con aquellos de China y la Unión Soviética son susceptibles de una resolución política, a pesar de las contradicciones superficiales de la actual Guerra en Vietnam, de las amenazas de un ataque sobre China y del tenor necesariamente hostil en las declaraciones diarias de la política exterior.

También resulta obvio que las diferencias que involucran a otras naciones pueden ser resueltas por las tres grandes potencias cada vez que logren una situación estable de paz entre sí. No resulta necesario, a los efectos del presente estudio, presumir que una détente general de este tipo será una realidad - y no proponemos ningún argumento de esa naturaleza - sino meramente decimos que podría ser una realidad.

Seguramente no constituye ninguna exageración decir que una condición de paz mundial generalizada conduciría a cambios revolucionarios en las estructuras sociales de las naciones del mundo de una magnitud sin paralelo histórico.

El impacto económico del desarme general, para nombrar tan solo la consecuencia más obvia de la paz, modificaría los patrones de producción y distribución en todo el planeta hasta un grado tal que haría que los cambios de los últimos cincuenta años parezcan insignificantes. Los cambios políticos, sociológicos, culturales y ecológicos también tendrían un amplio alcance. Lo que ha motivado nuestro estudio de estas contingencias ha sido la creciente sensación de hombres pensantes dentro y fuera del gobierno de que el mundo se encuentra totalmente carente de preparación para afrontar las demandas de una situación semejante.

Originalmente, al iniciar nuestras tareas, habíamos planeado focalizarnos en las dos siguientes amplias preguntas y sus componentes: ¿Qué podrá esperarse si llega la paz? ¿Qué debemos estar preparados para hacer al respecto? Pero a medida que nuestras investigaciones avanzaban, se hizo claro que ciertas otras preguntas también necesitaban sus respuestas.

Por ejemplo, ¿cuáles son las verdaderas funciones de la guerra en las sociedades modernas, más allá de las ostensibles, relacionadas con la defensa y la promoción del "interés nacional" de las naciones? En ausencia de la guerra, ¿cuáles otras instituciones existen o podrían diseñarse para cumplir con estas funciones? Asumiendo que una resolución "pacifica" de las disputas se encuentra dentro de las posibilidades de las actuales relaciones internacionales, ¿es realmente posible la abolición de la guerra?

En caso afirmativo, ¿resulta la misma necesariamente deseable en términos de la estabilidad social? En caso negativo, ¿qué podrá hacerse para mejorar la operación de nuestro sistema social respecto de su preparación para la guerra?

La palabra paz, tal como nosotros la utilizamos en las páginas que siguen, describe una condición permanente o casi permanente que se encuentra totalmente libre del ejercicio o de la intención nacional de hacer uso de cualquier forma de violencia social organizada o amenaza de violencia, que generalmente se conoce como guerra. Implica el desarme total y generalizado. No se utiliza para describir la más familiar condición de una "guerra fría", "paz armada" u otra mera tregua del conflicto armado, sea durante un plazo breve o extenso.

Tampoco la utilizamos como un simple sinónimo de la resolución política de las diferencias internacionales. La magnitud de los medios de destrucción masiva modernos y la velocidad de las comunicaciones modernas requieren de la definición no-calificada brindada precedentemente. Tan solo hace una generación una descripción absoluta semejante hubiese parecido más utópica que pragmática. Hoy en día, cualquier modificación a esta definición la tornaría casi inútil para nuestro propósito. Con el mismo criterio, utilizamos la palabra guerra para referirnos igualmente a la guerra convencional ("caliente"), a la condición general de preparación o disponibilidad para la guerra y al "sistema de guerra" en general.

El sentido utilizado surgirá claramente del propio contexto.

La primer sección de nuestro Informe describe su ámbito y las presunciones sobre las que nuestro estudio se ha basado. La segunda considera los efectos del desarme sobre la economía, lo cual es el tema de la mayor parte de las investigaciones para la paz hasta el momento. La tercer sección analiza los así-llamados "escenarios de desarme" que han sido propuestos. Las secciones cuarta, quinta y sexta examinan las funciones no-militares de la guerra y los problemas que plantean para una transición viable hacia la paz; aquí encontraremos algunas indicaciones sobre la verdadera dimensión del problema, no coordinadas previamente en ningún otro análisis.

En la séptima sección, hacemos una síntesis de nuestras investigaciones y en la octava proponemos nuestras recomendaciones sobre lo que creemos sería un curso de acción práctico y necesario.

 

Sección 1 - Ámbito del Estudio

Cuando el Grupo de Estudios Especiales fue formado en Agosto de 1963, se instruyó a sus miembros a regir sus deliberaciones según un criterio basado en tres principios.

Descriptos brevemente, éstos fueron:

  1. objetividad de corte militar,

  2. evitar presunciones de valor preconcebidas,

  3. incluir todas las áreas relevantes de teoría e información.

Estas guías no son de manera alguna tan obvias como podría parecer a primera vista y consideramos que resulta necesario indicar claramente en qué forma influirían sobre nuestro trabajo. Ya que expresan sucintamente las limitaciones de los "estudios para la paz" anteriores e implican la naturaleza de la insatisfacción, tanto del gobierno como de círculos no oficiales, con estos esfuerzos anteriores. No es nuestra intención minimizar la importancia del trabajo de nuestros predecesores o de disminuir la calidad de sus contribuciones.

Lo que hemos procurado lograr, y creemos haberlo hecho, es ampliar el ámbito dentro del cuál incurrieron. Esperamos que nuestras conclusiones puedan servir, a su vez, como un punto de partida para exámenes aun más amplias y más detalladas de todos los aspectos de los problemas planteados por la transición hacia la paz y de las preguntas que deben ser respondidas antes de que se pueda permitir que semejante transición sea llevada a cabo.

Es un hecho que la objetividad es antes una intención expresada que una actitud lograda, pero esa intención - consciente, sin ambigüedad y constantemente autocrítica - conforma una precondición para su logro. Consideramos que no es ningún accidente que se nos instruyera utilizar un modelo de "contingencia militar" para nuestro estudio y tenemos una deuda considerable con las agencias civiles de planeamiento bélico, debido a su trabajo de pioneros en el examen objetivo de las contingencias atinentes a una guerra nuclear. No existe un antecedente semejante en el estudio de la paz.

Por ejemplo, gran parte de la utilidad de los programas más elaborados y cuidadosamente diseñados de conversión económica para la paz, se han visto opacados por el deseo de probar que la paz no solamente es lograble sino que resulta barata y fácil.

Un informe oficial en particular se encuentra repleto de referencias al rol crítico del "optimismo dinámico" en relación a los desarrollos económicos y pretende someter como evidencia el hecho de que,

"resultaría difícil imaginar que el pueblo (norte)americano no respondiera favorablemente a un programa acordado y asegurado para implantar un esquema de ley y orden internacional."(1)

Otro argumento frecuentemente adoptado es que el desarme acarrearía relativamente poca disrupción de la economía dado que solo necesita ser parcial; nos referiremos a este enfoque más adelante.

Sin embargo, si se aplica una objetividad genuina en estudios de la guerra, entonces se la suele criticar como inhumana.

Como dijera Herman Kahn, el escritor de estudios estratégicos mejor conocido por el publico en general,

"Los críticos a menudo objetan la gélida racionalidad del Hudson Institute, de la Rand Corporation y de otras organizaciones semejantes. Siempre me veo tentado a preguntar:

¿Preferiría usted un error humano y cálido? ¿Se sentiría mejor con un lindo y emotivo error?" (2)

Y como ha señalado el Secretario de Defensa, Robert S McNamara, (3) al referirse a la necesidad de enfrentar la posibilidad de una guerra nuclear,

"Cierta gente tiene miedo de hasta asomarse a la cornisa. Pero en una guerra termonuclear no podemos darnos el lujo de cualquier acrofobia política." (4)

Debería resultar obvio que esto se aplica también a la posibilidad opuesta, pero hasta el momento nadie ha dado más que un tímido vistazo por sobre la cornisa de la paz.

La intención de evitar juicios de valor preconcebidos hasta puede convertirse en un factor generador de cierto auto-engaño. Nosotros, como individuos, no pretendemos disfrutar de ninguna inmunidad de este tipo de subjetividad, pero hemos realizado un esfuerzo auto-conciente continuo para abordar la problemática de la paz sin, por ejemplo, considerar que una condición de paz es, por si misma, ni "buena" ni "mala". Esto no ha sido fácil, pero ha resultado obligatorio; que nosotros sepamos esto nunca había sido hecho anteriormente.

Estudios previos han tomado la conveniencia de la paz, la importancia de la vida humana, la superioridad de las instituciones democráticas, el mayor "bien" para el mayor numero de personas, la "dignidad" del individuo, la conveniencia de la máxima salud y longevidad, y otras premisas deseables, como si fueran valores axiomáticos, necesarios para la justificación de un estudio sobre temas relacionados con la paz. Nosotros no hemos hallado que esto sea así.

Hemos procurado aplicar los standards de las ciencias físicas a nuestro proceso intelectual, la principal característica de las cuales no es la cuantificación, como se cree popularmente, sino el hecho de que - como lo indica Whitehead,

".....ignora todo juicio de valor; por ejemplo, todo juicio estético o moral". (5)

Sin embargo, resulta obvio que cualquier investigación seria de un problema, por más "pura" que sea, debe conformarse a algún standard normativo. En este caso, esto ha sido simplemente la supervivencia de la sociedad humana en general y de la sociedad (norte)americana en particular y, como un corolario a la supervivencia, la estabilidad de dicha sociedad.

Consideramos que resulta interesante señalar que los planificadores más desapasionados de estrategias nucleares también reconocen que la estabilidad de la sociedad es precisamente el valor fundamental que no puede ser ignorado. El Secretario McNamara ha defendido la necesidad de lograr la superioridad nuclear (norte)americana basándose en la premisa de que "torna posible una estrategia diseñada para preservar la fibra básica de nuestras sociedades en el caso de que se produjera una guerra". (6)

Un ex-miembro del equipo de planeamiento de políticas del Departamento de Estado va aún más lejos:

"Una palabra más exacta para la paz, en términos del mundo práctico, es la estabilidad....Hoy en día, las grandes amenazas nucleares resultan ser elementos esenciales para la estabilidad que actualmente existe. Nuestro objetivo actual debe ser continuar con el proceso de aprender a convivir con ellos." (7)

Nosotros, obviamente, no equiparamos la estabilidad con la paz, pero la aceptamos como el objetivo individual en común, tanto de la paz como de la guerra.

El tercer criterio - la amplitud - nos ha conducido aún más lejos en relación a los demás estudios sobre la paz realizados hasta hoy. Resulta obvio para cualquier persona que los patrones económicos en un mundo sin guerra serán drásticamente diferentes de aquellos por los que nos regimos en la actualidad y es también obvio que las relaciones políticas entre las naciones no serán aquellas que hemos aprendido a dar por sentado y que a veces se describen como una versión globalizada del sistema dialéctico que rige en nuestro sistema jurídico.

Pero las implicancias sociales de la paz se extienden mucho más allá de sus efectos putativos sobre las economías nacionales y las relaciones internacionales. Como demostraremos, la relevancia de la paz y de la guerra sobre la organización política interna de las sociedades; sobre las relaciones sociológicas de sus miembros, sus motivaciones psicológicas y los procesos ecológicos; y sobre los valores culturales resultan también profundos. Más importante aún, son también críticos para determinar las consecuencias de la transición hacia la paz y en determinar si semejante transición resulta factible en absoluto.

No debe sorprendernos que estos factores menos obvios hayan sido generalmente ignorados por las investigaciones realizadas sobre la paz. No se han abocado a un análisis sistemático. Ha sido difícil, quizás imposible, medir con algún grado de certeza la confiabilidad de las estimaciones de sus efectos. Se trata de factores "intangibles", pero solo en el sentido en que los conceptos abstractos en las matemáticas son intangibles por comparación con aquellos que pueden ser cuantificados.

Los factores económicos, por otra parte, pueden ser medidos, al menos en la superficie; y las relaciones internacionales pueden ser verbalizadas - como el derecho - en un conjunto de secuencias lógicas.

Nosotros no pretendemos haber descubierto un sistema infalible de medir estos otros factores o de atribuirles un peso especifico preciso en la ecuación relacionada con esta transición. Pero estimamos haber tomado en cuenta su importancia relativa con el siguiente alcance: las hemos sacado de la categoría de lo "intangible", por lo que serían sistemáticamente sospechosas y, por ende, de un valor secundario. El resultado, creemos, brinda un contexto de realismo para poder abordar los temas relacionados con la posible transición hacia la paz que ha faltado hasta hoy.

Esto no significa que presumamos de haber encontrado las respuestas que estábamos buscando. Pero consideramos que nuestro énfasis sobre la amplitud del ámbito ha tornado posible que, por lo menos, empecemos a comprender cuales son las preguntas que deben plantearse.

 

Sección 2 - El Desarme y la Economía

En esta sección examinaremos brevemente algunas de las características comunes a los estudios que han sido publicados y que se relacionan con algún aspecto del impacto que previsiblemente produciría el desarme sobre la economía (norte)americana. Ya sea que se considere al desarme como un resultante de la paz o como su precondición, en cualquiera de los dos casos su efecto sobre la economía nacional será el que más hará sentir sus consecuencias. La calidad cuasi-medible de las manifestaciones económicas ha dado lugar a una especulación más detallada en este área que en cualquier otra.

Existe un consenso general respecto de los problemas económicos más importantes que ocasionaría el desarme general. Una evaluación breve de estos problemas, en lugar de una crítica detallada de su importancia comparativa, resulta suficiente a los efectos del presente Informe.

El primer factor se refiere al tamaño. La "industria mundial de la guerra" como acertadamente la describe un escritor (8)nsume aproximadamente un 10% de la producción total de la economía mundial. Aunque esta cifra está sujeta a fluctuaciones, cuyas causas a su vez se encuentran sujetas a variaciones regionales, su tendencia se mantiene relativamente estable.

A los Estados Unidos, como la nación más rica del mundo, no solo le corresponde la proporción más grande de este gasto, actualmente de más de US$ 60.000.000.000 por año, sino que también,

"...ha aplicado una proporción (nuestro énfasis) mayor de su producto bruto interno a su estructura militar que cualquier otra nación importante del mundo libre. Esto era así aun antes de que nuestros gastos se vieran incrementados en el sudeste Asiático." (9)

Los planes para una reconversión económica que minimice la magnitud del problema, tan solo pretenden lograrlo a través de la racionalización - por más persuasiva que sea - del mantenimiento de un presupuesto militar residual bastante substancial bajo alguna clasificación eufemística.

La reconversión del gasto militar hacia otros objetivos conlleva una serie de dificultades. La más seria surge del grado de especialización rígida que caracteriza a la producción bélica moderna, lo que se ve mejor ejemplificado en la tecnología nuclear y misilística. Esto no constituyó ningún problema fundamental tras la Segunda Guerra Mundial, como tampoco la cuestión de la demanda del consumidor en el mercado libre por ítems "convencionales" de consumo - o sea, aquellos bienes y servicios que los consumidores ya se habían visto condicionados a requerir. La situación actual es cualitativamente diferente en ambos aspectos.

La inflexibilidad es geográfica y ocupacional, como así también industrial, un hecho que ha conducido a la mayoría de los analistas del impacto económico del desarme a focalizar su atención sobre planes en fases para la reubicación del personal de la industria bélica y de sus instalaciones, como así también sobre propuestas para el desarrollo de nuevos patrones de consumo. Una seria falla común a ambos planes es del tipo de lo que en las ciencias naturales se denomina el "error macroscópico".

Se hace una presunción implícita de que un plan nacional integral para la reconversión difiere de un programa comunitario para hacerle frente al cierre de una "instalación de defensa" tan sólo en sus alcances. No encontramos ninguna razón para creer que ello sea así, ni que una ampliación general de semejantes programas locales - por más bien que se los diseñe en términos de viviendas, re-entrenamiento ocupacional y esquemas semejantes - pueda ser aplicado a escala nacional.

Una economía nacional puede absorber prácticamente cualquier número de reorganizaciones subsidiarias dentro de sus limites totales, siempre y cuando no exista ninguna modificación básica en su propia estructura. El desarme general, que requeriría tales cambios básicos, no se presta a ninguna analogía válida a una escala menor.

Aun más cuestionables resultan los modelos propuestos para el re-entrenamiento de las fuerzas laborales para orientarlas hacia ocupaciones no-armamentistas. Dejando de lado por el momento las cuestiones no resueltas relacionadas con los nuevos patrones de distribución - re-entrenamiento, ¿para qué? - las capacitaciones crecientemente especializadas en los conocimientos laborales asociados con la producción de la industria bélica se ven depreciados aun más por las cada vez más rápidas incursiones de las técnicas industriales descriptas, en términos generales, como la "automatización".

No resulta excesivo decir que el desarme general requeriría dejar sin efecto una proporción critica de las especialidades ocupacionales más desarrolladas de la economía. Las dificultades políticas inherentes a semejante "ajuste" harían que las críticas que se escucharon en 1964 tras el cierre de un par de instalaciones militares y navales obsoletas, suenen como meros murmullos.

En términos generales, el análisis de la problemática relacionada con la reconversión ha sido caracterizado por la resistencia a reconocer sus características especiales. Esto se ejemplifica mejor en el informe reproducido en 1965 por el Comité Ackley. (10)

Sintomáticamente, un crítico ha señalado que se asume ciegamente que,

".....nada existe en la economía de armamentos - ni su envergadura, ni su concentración geográfica, ni su naturaleza altamente especializada, ni las peculiaridades de sus mercados, ni la naturaleza especial de gran parte de su fuerza laboral - que le otorgue una característica única cuando llegue el momento de los necesarios ajustes." (11)

Supongamos, sin embargo, que los problemas observados precedentemente pueden ser resueltos, a pesar de la falta de evidencia de que un programa viable de reconversión pueda desarrollarse dentro del marco de la actual economía. ¿Qué se ha propuesto para utilizar las capacidades productivas que el desarme presumiblemente liberaría?

La teoría más comúnmente sostenida es que simplemente la reinversión económica general absorbería la mayor parte de estas capacidades. Aunque hoy ya se da por sentado (aun por el equivalente actual de los economistas tradicionales del laissez-faire), que la asistencia gubernamental sin precedentes (y el correspondiente control gubernamental) serán requeridos para resolver los problemas estructurales de una transición semejante, una actitud general de confianza prevalece en el sentido de que nuevos patrones de consumo absorberán cualquier desfasaje. Lo que resulta menos claro es cuál será la naturaleza de estos nuevos patrones.

Una escuela de economistas sostiene que estos patrones se desarrollarán por sí solos. Presupone algo así como si el equivalente del presupuesto en armamentos se devolviese al consumidor bajo un cuidadoso control a través de una reducción de impuestos. Otra, que reconoce la necesidad indiscutible de incrementar el "consumo" en lo que usualmente se considera el sector publico de la economía, enfatiza el enorme incremento en gastos estatales en áreas de interés nacional tales como salud, educación, transporte masivo, viviendas de bajo costo, provisión de agua, control del ambiente físico y, en términos generales, la "pobreza".

Los mecanismos propuestos para controlar la transición hacia una economía libre de armas también son tradicionales: cambios en ambos lados del presupuestos federal, manipulación de la tasa de interés, etc... Reconocemos el innegable valor de las herramientas fiscales en el ciclo normal de la economía, sobre la que brindan un elemento de control para acelerar o demorar una tendencia existente.

Sus proponentes más comprometidos, sin embargo, tienden a perder de vista el hecho de que existe un limite al poder de estas herramientas para influir sobre las fuerzas económicas fundamentales. Pueden brindar nuevos incentivos dentro de la economía pero no pueden por si mismas transformar la producción anual de US$ 1.000.000.000 en misiles en su equivalente en alimentos, vestimentas, viviendas prefabricadas o televisores. En última instancia, reflejan la economía pero no la motivan.

Analistas más sofisticados y menos sanguíneos contemplan el desvío del presupuesto en armamentos hacia un sistema no-militar igualmente remoto de la economía de mercado. Lo que los "constructores de pirámides" a menudo sugieren es que se expandan los programas de investigaciones espaciales al nivel en dólares de los actuales gastos en materia de armamentos. Este enfoque tiene el mérito superficial de reducir el tamaño del problema de la transferibilidad de los recursos, pero introduce otras dificultades que evaluaremos en la sección 6.

Sin pretender criticar a ninguno de los varios estudios principales que se han realizado respecto del previsible impacto del desarme sobre la economía, podemos sintetizar nuestras objeciones a los mismos, en términos generales como sigue:

  1. Ninguna propuesta de un programa de reconversión económica hacia el desarme toma lo suficientemente en cuenta la magnitud sin precedentes que implicarían los necesarios ajustes.

  2. Propuestas para transformar la producción de armas en un esquema beneficioso de obras publicas configuran más bien productos de intenciones de deseo, que una comprensión realista acerca de los limites de nuestro actual sistema económico.

  3. Las medidas fiscales y monetarias resultan inadecuadas como controles del proceso de transición hacia una economía libre de armamentos.

  4. Se ha prestado insuficiente atención a la aceptabilidad política de los objetivos de los modelos de reconversión propuestos, como así también de los medios políticos a ser empleados para llevar a cabo semejante transición.

  5. No se ha dado ninguna consideración seria en ninguna propuesta de reconversión a las funciones fundamentales no-militares de la guerra y de los armamentos en la sociedad moderna, ni tampoco se ha realizado ninguna intención explícita de diseñar un sustituto viable para las mismas. Esta crítica se desarrollará en mayor detalle en las secciones 5 y 6.

 

Sección 3 - Escenarios de Desarme

Los escenarios, como se los denomina actualmente, configuran construcciones hipotéticas de eventos futuros. Inevitablemente, se componen de proporciones variables de hechos establecidos, inferencias razonables y adivinación más o menos inspirada. Aquellos procedimientos que han sido propuestos como modelos para realizar el control internacional de armas y el eventual desarme, son necesariamente imaginativos, aunque cuidadosamente diseñados; en este sentido, se asemejan a los análisis de "juegos de guerra" de la Rand Corporation con los que comparten un origen conceptual en común.

Todos los escenarios que han sido propuestos implican una dependencia sobre acuerdos bilaterales o multilaterales entre las grandes potencias. En términos generales, requieren que se produzca un retiro progresivo de los grandes armamentos, las fuerzas militares, las armas y las tecnologías armamentistas, coordinadas con sus correspondientes y elaborados procedimientos de verificación, inspección y mecanismos para la resolución de disputas internacionales.

Debe tenerse en cuenta que aun entre los proponentes del desarme unilateral, sus propuestas se condicionan al requerimiento implícito de reciprocidad, de características muy similares a la manera en que se desarrollan los escenarios de respuesta graduada en caso de guerra nuclear. La ventaja de la iniciativa unilateral radica en su valor político como expresión de buena fe, al igual que en su función diplomática como catalizador de negociaciones formales de desarme.

El modelo de desarme READ (desarrollado por el Research Program on Economic Adjustments to Disarmament - Programa de Investigación sobre los Ajustes Económicos para el Desarme), es típico de estos escenarios. Se trata de un programa de doce años dividido en etapas trienales. Cada etapa incluye una fase separada de: reducción de fuerzas armadas, reducción en la producción de armamentos, inventarios y bases militares en el extranjero; desarrollo de procedimientos internacionales de inspección y convenciones de control; y el desarrollo de una organización soberana internacional de desarme.

Prevé una reducción proporcional neta en los gastos de los Estados Unidos en materia de defensa de poco más de la mitad de su nivel de 1965, pero también la necesaria reubicación de las cinco-sextas partes de la fuerza laboral involucrada en la industria de la defensa.

Las implicancias económicas sobre los distintos escenarios de desarme identificadas por sus autores divergen fuertemente. Los modelos más conservadores, como el que se cita precedentemente, enfatizan la prudencia económica junto con la militar, en la postulación de complejas agencias de seguridad en el desarme las cuales, a su vez, requieren de fuertes gastos que substancialmente reemplazan a aquellos que desaparecerían con la desplazada industria de guerra. Algunos programas enfatizan las ventajas del menor ajuste económico así previsto. (12)

Otros enfatizan, por el contrario, la magnitud (y ventajas opuestas) del ahorro que se lograría con el desarme.

Un análisis (13) ampliamente leído estima que el costo anual de las funciones de inspección del desarme general en todo el mundo sería de tan solo entre un 2 y un 3 por ciento de los actuales gastos militares. Ambos tipos de planes tienden a enfocar el problema previsto de la reinversión económica, únicamente en forma acumulada. No hemos visto ninguna secuencia de desarme propuesta, que se condiga con el reemplazo secuencial de determinados tipos de gastos militares con nuevas formas substitutivas de gastos.

Sin examinar los escenarios de desarme en mayor detalle, podríamos caracterizarlos con los siguientes comentarios generales:

  1. Si existe un acuerdo general de intención entre las grandes potencias, el planeamiento de control y eliminación de armamentos no presenta ningún problema de procedimiento que sea inherentemente insuperable. Cualesquiera de las varias secuencias propuestas podría servir como la base para un acuerdo multilateral o como un primer paso hacia la reducción unilateral de los armamentos.

  2. Sin embargo, ninguna de las grandes potencias puede proceder con un programa semejante hasta tanto no haya desarrollado un plan de reconversión económica completamente integrado a cada fase del desarme. Ningún plan de este tipo se ha desarrollado hasta el momento en los Estados Unidos.

  3. Asimismo, los escenarios de desarme, al igual que las propuestas de reconversión económica no hacen ninguna previsión para las funciones no-militares de la guerra en las sociedades modernas y no ofrecen ningún elemento substituto para estas necesarias funciones. Una excepción parcial a ello lo conforma la propuesta de estructurar unas "Fuerzas No-armadas de los Estados Unidos" a las que consideraremos en la sección 6.

 

Sección 4 - La Guerra y la Paz como Sistemas Sociales

Nos hemos referido tan solo en términos generales a los escenarios de desarme y a los análisis económicos propuestos, pero la razón por la cual hemos abordado con aparente liviandad a estos estudios tan serios y sofisticados, no yace en que no seamos respetuosos acerca de su competencia. Se trata más bien de una cuestión de su relevancia.

Para decirlo claramente, todos estos programas, a pesar de lo detallado y bien desarrollado de su contenido, son abstracciones. La secuencia de desarme mejor diseñada inevitablemente se parece más a las reglas de un juego o a un ejercicio de lógica académica que a un pronóstico de eventos reales en el mundo real. Esto es tan cierto respecto de las complejas propuestas de la actualidad como lo fue del "Plan para la Paz Perpetua en Europa" del Abad de St. Pierre de hace 250 años.

Claramente, parece que algún elemento esencial está faltando en todos estos esquemas. Una de nuestras primeras tareas fue la de procurar focalizar más nítidamente este factor faltante y creemos haberlo logrado. Consideramos que en el núcleo de cada estudio sobre la paz que hemos examinado - desde una modesta propuesta tecnológica (por ejemplo, la reconversión de una planta de gases venenosos a la producción de bienes equivalentes que sean "socialmente útiles"), hasta el más elaborado escenario de una paz universal para nuestros tiempos - yace un error conceptual fundamental y común a todos.

Se trata de una misma fuente que genera un ambiente de irrealidad que pervade a todos estos planes. Se trata de la presunción incorrecta de que la guerra, como institución, se encuentra subordinada a los sistemas sociales a los que supuestamente sirve.

Este error conceptual aunque profundo y de amplios alcances, es totalmente comprensible. Pocos lugares comunes son aceptados tan sin cuestionamiento como aquél que indica que la guerra es una extensión de la diplomacia (o de la política, o de la búsqueda de objetivos económicos). Si ello fuera cierto, entonces sería totalmente apropiado que los economistas y los teóricos políticos consideraran a los problemas inherentes a la transición hacia la paz como esencialmente mecánicos y de procedimiento - que es precisamente lo que hacen al tratarlos como corolarios logísticos en la resolución de conflictos de interés nacional.

Si ello fuera cierto, no habrían dificultades substanciales para la transición. Pues resulta evidente que, aun en el mundo actual, no existe ningún conflicto de interés concebible - sea éste real o imaginario y sea entre naciones o entre fuerzas sociales dentro de las naciones - que no pueda ser resuelto sin recurrir a la guerra si a tal resolución se le asigna un valor social prioritario. Y si ello fuera verdad, los análisis económicos y las propuestas de desarme a las que nos hemos referido, con todo lo plausible y bien diseñadas que estén - no inspirarían, como de hecho lo hacen, un sentimiento inevitable de falta de dirección.

El punto a resaltar es que esta suerte de lugar común no es verdadero y que los problemas de la transición son, en verdad, concretos y no meramente de procedimiento. Aunque a la guerra se la "utiliza" como un instrumento de la política nacional y social, el hecho de que una sociedad se organice para cualquier grado de aprestamiento para la guerra supera su estructura política y económica. La guerra en sí, es el sistema social básico, dentro del cual otros modos secundarios de organización social entran en conflicto o conspiran. Es el sistema que ha gobernado a la mayoría de las sociedades humanas que registra la historia y lo es también en la actualidad.

Una vez que este factor es comprendido correctamente, se torna clara la verdadera magnitud de los problemas presentados por una transición hacia la paz - que también es un sistema social en sí pero con pocos precedentes históricos, salvo en un pequeño número de sociedades pre-industriales. Al mismo tiempo, algunas de las contradicciones superficiales y extrañas de las sociedades modernas pueden entonces ser rápidamente racionalizadas.

El tamaño y el poder "innecesarios" de la industria mundial de la guerra; la preeminencia del establishment militar en todas las sociedades, sea en forma abierta o encubierta; la exclusión de las instituciones militares o paramilitares de los standards sociales y legales en materia de comportamiento aceptado y que se requiere en todo otro ámbito social; el éxito de las actividades operacionales de las fuerzas armadas y de los fabricantes y proveedores de armamentos de ubicarse totalmente fuera del marco de las reglas económicas fundamentales de cada nación.

Éstas y otras ambigüedades estrechamente asociadas con la relación entre la guerra y la sociedad son rápidamente aclaradas una vez que se acepta que el potencial de hacer la guerra es el principal factor estructurador dentro de la sociedad. Los sistemas económicos, las filosofías políticas y los cuerpos jurídicos sirven y amplían al sistema de guerra y no a la inversa.

Se debe enfatizar que el potencial de hacer la guerra dentro de una sociedad precede y se ubica por encima de sus otras características; no surge como resultado de la "amenaza" que se presume existente en un momento determinado y que proviene de otras sociedades. Esto es el reverso de la situación básica. Las "amenazas" en contra del "interés nacional" usualmente son generadas o aceleradas para satisfacer las necesidades cambiantes del sistema de guerra.

Únicamente en tiempos relativamente recientes se ha considerado como políticamente conveniente eufemizar a los presupuestos de la guerra como requerimientos de la "defensa". La necesidad que tienen los gobiernos de distinguir entre la "agresión" (mala) y la "defensa" (buena) ha sido un subproducto de la creciente alfabetización y de las comunicaciones rápidas. Esta distinción es tan solo táctica y refleja una concesión a la creciente falta de adecuación de la antigua lógica política para organizar la guerra.

Las guerras no son "ocasionadas" por conflictos de intereses internacionales. Una secuencia lógica correcta indica que más a menudo resulta preciso decir que las sociedades guerreras requieren - y por ende deben generar - tales conflictos. La capacidad de una nación de hacer la guerra expresa el mayor poder social que pueda ejercer; hacer la guerra, activamente o contemplada, es un asunto de vida o muerte en la mayor escala sujeta al control social. Por ende, no debe sorprendernos que las instituciones militares en cada sociedad reclamen las máximas prioridades.

A su vez, hemos concluido que la confusión prevalente en el mito de que hacer la guerra constituye la herramienta de la política estatal, proviene de una generalizada mal interpretación de las funciones de la guerra. En general, estas funciones se perciben como consistentes en: la defensa de una nación ante el ataque militar por parte de otra nación, o la disuasión ante tal ataque; la defensa o avance de un "interés nacional" - económico, político, ideológico; el mantenimiento o el aumento del poder militar de una nación porque sí.

Estas son las funciones visibles u ostensibles de la guerra. Si no hubiera ninguna otra, la importancia del establishment guerrero en una sociedad podría, en verdad, declinar hasta el nivel subordinado que se cree que ocupa. Y en tal caso, la eliminación de la guerra sería, en verdad, un asunto de procedimiento como los escenarios de desarme sugieren.

Pero existen otras funciones de la guerra, de mayor alcance y de efectos más profundos, en las sociedades modernas. Son estas funciones invisibles o implícitas las que mantienen a la disposición para la guerra como el factor dominante en nuestras sociedades.

Y es el rechazo o la incapacidad de los analistas de escenarios de desarme y de planes de reconversión de tomarlos en cuenta lo que ha reducido la utilidad de sus trabajos, y los ha hecho parecer como poco relacionados con el mundo real que conocemos.

 

Sección 5 - Las funciones de la guerra

Como hemos indicado, la preeminencia del concepto de la guerra como la principal fuerza organizadora en la mayoría de las sociedades no ha sido suficientemente apreciada. Esto también es verdad respecto de los efectos amplios a través de muchas actividades no-militares dentro de la sociedad. Estos efectos son menos evidentes en las sociedades industriales complejas como la nuestra que en las culturas primitivas, cuyas actividades pueden ser visualizadas y comprendidas más fácilmente.

Propusimos para esta sección examinar estas funciones no-militares, implícitas y usualmente invisibles de la guerra en lo que hace a su incidencia sobre los problemas de la transición hacia la paz para nuestra sociedad. La función militar u ostensible del sistema de guerra no requiere mayor elaboración; simplemente sirve para defender o avanzar el "interés nacional" a través de la violencia organizada. A menudo, resulta imprescindible para un establishment militar el poder crear la necesidad de sus poderes únicos - para mantener la justificación de su existencia, por así decirlo. Y un aparato militar saludable requiere de "ejercicio" regular, a través de cualesquiera circunstancias que se consideren necesarias, a fin de evitar su atrofización.

Las funciones no-militares del sistema de guerra son más fundamentales. Existen no meramente para auto-justificarse, sino que también desempeñan un propósito social más amplio. Si algún día se elimina la guerra, las funciones militares que le han servido terminarán con ella. Pero sus funciones no-militares no concluirán.

Resulta esencial, por ende, que se comprenda su significado antes de que podamos evaluar razonablemente cualesquiera instituciones que serán llamadas a reemplazarlas.

 

Económicas

La producción de armas de destrucción masiva siempre se ha visto asociada con el "desperdicio" económico. El término es peyorativo dado que implica una incapacidad funcional. Pero ninguna actividad humana puede considerarse justificadamente como un desperdicio si logra sus objetivos contextuales.

La frase "un desperdicio, pero necesario" aplicable no tan solo a los gastos militares sino también a la mayoría de las actividades comerciales "no-productivas" de nuestra sociedad es una contradicción en los términos.

"....Los ataques que se han lanzado desde los tiempos en que Samuel criticó al Rey Saúl por los gastos militares como si se tratara de un desperdicio bien pueden haber ocultado o malinterpretado la cuestión de que cierto tipo de desperdicio bien puede tener una utilidad social más amplia." (14)

En el caso del "desperdicio" militar existe, en verdad, una mayor utilidad social. Se deriva del hecho de que el "desperdicio" de la producción de guerra se ejerce enteramente fuera del marco de la economía de oferta y demanda. Como tal, provee el único segmento de envergadura y critico de la economía total que se encuentra sujeto a un control central completo y arbitrario.

Si se puede describir a las sociedades industriales modernas como aquellas que han desarrollado la capacidad para producir más de lo que se requiere para su supervivencia económica (sin considerar las equidades en la distribución de los bienes dentro de las mismas), entonces el gasto militar puede definirse como el único contrapeso con suficiente inercia como para estabilizar el desarrollo de las economías. El hecho de que la guerra sea un "desperdicio" es precisamente lo que le permite cumplir con esta función. Y cuanto más rápidamente se desarrolla la economía en cuestión, más pesado debe ser ese contrapeso.

Esta función a menudo se la considera, con excesiva simpleza, como si fuera un mecanismo para el control de los excedentes. Un escritor sobre este tema lo describe de la siguiente manera:

"¿Por qué es la guerra algo tan maravilloso? Porque genera una demanda artificial....el único tipo de demanda artificial, a su vez, que no genera problemas políticos: la guerra y solamente la guerra resuelve los problemas de inventario." (15)

La principal función económica de la guerra, en nuestra opinión, es que brinda precisamente un contrapeso semejante. Esto no debe confundirse con las distintas formas de control fiscal, ninguna de las cuales emplea directamente a grandes cantidades de hombres y de unidades productivas. No debe confundirse con los gastos masivos del gobierno en programas de asistencia social. Una vez iniciados, tales programas usualmente se transforman en parte integral de la economía general y dejan de estar sujetos a un control arbitrario.

Pero aun dentro del contexto de la economía civil general, a la guerra no se la puede considerar completamente como un "desperdicio". Sin una economía de guerra largamente establecida, y sin su frecuente erupción en guerras calientes de magnitud, la mayoría de los principales adelantos industriales conocidos por la historia, comenzando con el desarrollo de hierro, jamás hubieran tenido lugar. La tecnología armamentista permite estructurar a la economía.

Según el autor citado precedentemente,

"Nada resulta más irónico o elocuente acerca de nuestra sociedad que el hecho de que la enormemente destructiva guerra conlleva una fuerza muy progresista dentro de ella....La producción bélica es progresista debido a que construye una producción que, de otra manera, no se hubiera realizado. (No se aprecia lo suficientemente el hecho de que, por ejemplo, el nivel de vida civil durante la Segunda Guerra Mundial mejoró). (16)

Esto no es ni "irónico o elocuente" sino, esencialmente, se trata de un simple hecho.

También debe comprenderse que la producción bélica tiene un efecto sólidamente estimulante más allá de sí misma. Lejos de constituir un drenaje "desperdicial" sobre la economía, el gasto de guerra, si se lo considera pragmáticamente, constituye un factor de efectos consistentemente positivos sobre el aumento del producto bruto nacional y sobre la productividad individual.

Un ex-Secretario del Ejército lo definió cuidadosamente para consumo público de la siguiente manera:

"Si existe, como sospecho que es el caso, una relación directa entre el estímulo generado por los grandes gastos en materia de defensa y una tasa de crecimiento substancialmente mayor del producto bruto nacional, entonces simplemente puede concluirse que el gasto de defensa por sí mismo podría justificarse tan solo por razones económicas (se agrega el resaltado), como un factor estimulante del metabolismo nacional". (17)

En realidad, la utilidad fundamental no-militar de la guerra dentro de las economías es mucho más reconocida de lo que la carencia de afirmaciones explícitas como la arriba indicada parecerían sugerir.

Sin embargo, abundan muchos reconocimientos públicos redactados en forma negativa acerca de la importancia de la guerra para la economía en general. El ejemplo más familiar es el efecto de las "amenazas de paz" sobre la bolsa de comercio, por Ej.,

"Ayer Wall Street registró el cimbronazo de un aparente mensaje de paz desde Vietnam del Norte pero rápidamente recuperó su compostura luego de más o menos una hora de vender, a veces, en forma indiscriminada." (18)

Los bancos, a su vez, solicitan depósitos con slogans precautorios semejantes; por ej., "Si la paz llega, ¿estará usted listo?" Un caso más sutil lo conformó la reciente renuencia del Depto. de Defensa de permitirle al gobierno de Alemania Occidental sustituir bienes no-militares por armamentos no deseados como parte de sus compromisos de adquisiciones a los Estados Unidos. La consideración decisiva fue que las compras germanas no debían afectar a la economía general (no militar).

Otros ejemplos incidentales pueden observarse en las presiones ejercidas sobre el Departamento de Defensa cuando anuncia planes para cerrar alguna instalación obsoleta (por tratarse de una forma "desperdicial" del "desperdicio") y en la usual coordinación del incremento de actividades militares (como en Vietnam en 1965) en momentos en que se producen aumentos en la tasa del desempleo.

No pretendemos insinuar que no pueda diseñarse dentro de la economía un sustituto para la guerra. Sin embargo, no se ha probado hasta el presente que exista ninguna combinación de técnicas para controlar el empleo, la producción y el consumo que pueda compararse en su efectividad, ni por aproximación, con la guerra.

La guerra es y ha sido el estabilizador económico esencial de las sociedades modernas.

 

Políticos

Las funciones políticas de la guerra han sido, hasta el momento, aun más críticas para la estabilidad social. No debe sorprendernos, sin embargo, que los análisis de reconversión económica para la paz tiendan a acallarse cuando se aborda el tema de su implementación política y que los escenarios de desarme, a menudo muy sofisticados en su evaluación de los factores políticos internacionales, tiendan a ignorar las funciones políticas del sistema de guerra dentro de las sociedades individuales.

Estas funciones son, esencialmente, organizacionales. En primer termino, la existencia de una sociedad como una "nación" política requiere como parte de su definición una actitud de relacionamiento hacia otras "naciones". Esto es lo que usualmente se denomina política exterior. Pero la política exterior de una nación no puede tener sustancia si no dispone de los medios para imponer su actitud sobre otras naciones. Solo puede realizar esto de una manera creíble si implica una amenaza de máxima organización política para este propósito - lo que significa que debe organizarse para algún grado de guerra.

Correspondientemente, la guerra, de la manera que la hemos definido para que incluya todas las actividades nacionales que reconocen la posibilidad de conflicto armado, es en sí el elemento que define la existencia de cualquier nación en relación a cualquier otra nación. Dado que es un axioma histórico que la existencia de cualquier forma de armamento presupone su utilización, hemos utilizado la palabra "paz" como virtualmente sinónima con el desarme. Con el mismo criterio, la "guerra" es virtualmente sinónimo de la nacionalidad. La eliminación de la guerra implica la inevitable eliminación de la soberanía nacional y del estado-nación tradicional.

El sistema de guerra no solo ha sido esencial para la existencia de las naciones, como entidades políticas independientes, sino que también ha sido igualmente indispensable para la estabilidad de su estructura política interna. Sin ella, jamás gobierno alguna ha podido justificar su "legitimidad", o su derecho a gobernar a su sociedad. La posibilidad de la guerra brinda un sentimiento de necesidad externa sin la cual ningún gobierno puede perdurar un tiempo significativo en el poder.

La historia revela un caso tras otro en el que el fracasado intento de un régimen de mantener la credibilidad de una amenaza de guerra condujo a su disolución, sea a través de las fuerzas del interés privado, por las reacciones de la injusticia social o por otros elementos desintegrantes. La organización de una sociedad para la posibilidad de la guerra es su principal factor estabilizador político. Resulta irónico que esta función primaria de la guerra haya sido reconocida por los historiadores en términos generales únicamente en aquellos casos en los que haya sido expresamente asumida: en las sociedades piratas de los grandes conquistadores.

La autoridad básica del estado moderno sobre su población reside en sus poderes de guerra. (Existen, en verdad, buenas razones para creer que los códigos de ley tuvieron su origen en las reglas de conducta establecidas por los militares victoriosos hacia sus enemigos derrotados, que luego se vieron adaptadas para aplicarse sobre todas las poblaciones sujetas) (19)

En un plano diario, esta autoridad se ve representada por las instituciones de la policía, organizaciones armadas cuyo cometido expreso se relaciona con los "enemigos internos" de una manera militar. Al igual que el enemigo convencional "externo" militar, la policía también se ve básicamente excluida de muchas de las limitaciones legales civiles sobre el comportamiento social. En algunos países, la distinción artificial entre policía y otras fuerzas militares no existe. Sobre una base a largo plazo, los poderes de guerra y de emergencia de un gobierno - inherentes a la estructura estatal aun entre las naciones más liberales - definen el aspecto más significativo de la relación entre el estado y el ciudadano.

En las sociedades democráticas modernas más avanzadas, el sistema de guerra ha brindado a los líderes políticos otra función político-económico de creciente importancia: ha servido como el último gran bastión contra la eliminación de las necesarias clases sociales. A medida que la productividad económica aumenta hasta lograr niveles más y más por encima de la subsistencia mínima, se torna crecientemente difícil para una sociedad mantener patrones de distribución que aseguren la existencia de "cortadores de leña y acarreadores de agua".

El continuado desarrollo de la automatización diferenciará aun más agudamente la distinción entre los trabajadores "superiores" y lo que Ricardo denominó los "incultos" (menial workers), mientras que simultáneamente se agrava el problema de mantener una fuente de abastecimiento de mano de obra sin capacitar.

La naturaleza arbitraria de los gastos de guerra y de las demás actividades militares transforma a éstas en instrumentos ideales para controlar las relaciones esenciales entre las clases. Obviamente, si el sistema de guerra fuera descartado, se requeriría inmediatamente el uso de nuevos mecanismos políticos para cumplir esta sub-función vital.

Hasta tanto se hayan desarrollado, la continuidad del sistema de guerra debe verse asegurada, aunque tan solo sea para preservar la calidad y el grado de pobreza que una sociedad requiere como un incentivo, como así también para mantener la estabilidad de su organización interna del poder.

 

Sociológicas

Bajo este rubro, examinaremos el punto de unión de las funciones brindadas por el sistema de guerra que afectan al comportamiento humano dentro de la sociedad. En términos generales, son de una aplicación más amplia y menos susceptibles a la observación directa que los factores económicos y políticos previamente considerados.

La más obvia de estas funciones es el uso tradicional de las instituciones militares para brindar a los elementos antisociales un rol aceptable dentro de la estructura social. Los movimientos sociales desintegrativos e inestables, que se describen en términos generales como "fascistas", tradicionalmente se han enraizado en sociedades que han carecido de alternativas militares o paramilitares adecuadas para satisfacer las necesidades de estos elementos. Esta función ha sido crítica en períodos de cambios rápidos.

Las señales de peligro son fáciles de reconocer, aunque sus estigmas porten diferentes nombres en diferentes tiempos. Los lugares comunes eufemísticos actuales - "delincuencia juvenil" y "alienación" - han tenido sus contrapartidas en cada edad. En épocas anteriores, estas condiciones eran resueltas directamente por los militares sin las complicaciones del debido proceso, usualmente a través de pelotones de reclutamiento o la esclavitud.

Pero no resulta difícil imaginar, por ejemplo, el grado de disrupción social que hubiera tenido lugar en los Estados Unidos a lo largo de las ultimas dos décadas si el problema de las personas socialmente desalineadas durante el periodo de la pos-Segunda Guerra Mundial no hubiese sido previsto y adecuadamente canalizado. Los elementos más jóvenes y peligrosos de estos grupos sociales hostiles se han mantenido bajo control por el Sistema de Servicio Selectivo (Selective Service System - la conscripción).

Este sistema y sus esquemas análogos en otras naciones, brinda ejemplos muy claros de una utilidad militar indirecta. Personas bien informadas en este país jamás han aceptado la lógica oficial de un sistema de conscripción en tiempos de paz - por necesidad militar, para estar listos, etc. - como digno de una consideración seria. Pero lo que ha ganado en credibilidad entre las personas más pensantes es la poco mencionada y no tan fácilmente refutable propuesta de que la institución del servicio militar tiene una prioridad patriótica en nuestra sociedad, que debe mantenerse por su propio valor.

Irónicamente la explicación oficial simplista acerca del servicio de conscripción se aproxima más a la verdad una vez que las funciones no-militares de las instituciones militares son comprendidas. Como un instrumento de control sobre elementos hostiles, nihilísticos y potencialmente desestabilizantes de una sociedad en transición, el sistema de conscripción puede ser defendido, y muy convincentemente, como una necesidad "militar".

Tampoco puede considerarse como una casualidad el hecho de que la actividad militar abierta, y por ende el nivel de los reclutamientos por conscripción, tiendan a seguir las principales fluctuaciones en la tasa de desempleo entre los grupos de menor edad. Esta tasa, a su vez, es un indicio tradicional del descontento social. Debe tenerse en cuenta también que las fuerzas armadas en cada civilización han brindado el principal refugio apoyado por el estado para lo que hoy denominamos personas "no empleables".

El típico ejército permanente europeo (de hace cincuenta años) consistía de "...tropas no aptas para el empleo en el comercio, industria, o agricultura lideradas por oficiales no aptos para ninguna profesión legitima o para conducir un negocio o empresa." (20)

Esto, en gran medida, sigue siendo verdad aunque sea menos aparente. En alguna medida, esta función de lo militar como custodio de lo económica o culturalmente insuficiente fue el precursor de los contemporáneos programas de asistencia social civiles, desde el WPA hasta las distintas formas de seguridad médica y social "socializadas". Resulta interesante comprobar que sociólogos liberales actualmente están proponiendo que el Sistema de Conscripción sea utilizado como un medio para mejorar el nivel cultural de los sectores pobres y que se considere esto como una aplicación nueva en la práctica militar.

Aunque no pueda decirse en forma absoluta que medidas críticas de control social, como la conscripción, requieren una lógica militar, ninguna sociedad moderna ha estado dispuesta a arriesgarse con algún experimento de otra naturaleza. Aun durante períodos de relativamente simple crisis social como la así-llamada Gran Depresión de los años treinta, se consideraba prudente por parte del gobierno imprimirle a proyectos laborales menores como el Cuerpo de Conservación "Civil", un carácter militar y la más ambiciosa National Recovery Administration (el New Deal del presidente Franklin D Roosevelt) fue colocada en sus comienzos bajo la dirección de un oficial profesional del ejército.

En la actualidad, por lo menos una pequeña nación del norte de Europa plagada de problemas sociales entre sus "jóvenes alienados" se encuentra considerando la conveniencia de ampliar sus fuerzas armadas a pesar de la problemática de aumentar la credibilidad de una inexistente amenaza externa.

Se han realizado esfuerzos esporádicos de promover el reconocimiento general de las naciones amplias, libres de connotaciones militares, pero estos intentos han resultado poco efectivos. Por ejemplo, para obtener el apoyo del publico para programas tan modestos de ajuste social como la "lucha contra la inflación" o "mantener la salud física", ha sido necesario que el gobierno utilizara incentivos patrióticos (o sea, militares). Vender bonos para la "defensa" y equipar a la salud con la preparación militar. Esto no debe sorprendernos por cuanto el concepto de la "nacionalidad" implica estar preparados para la guerra, por lo que un programa "nacional" debe hacer lo mismo.

En términos generales, el sistema de guerra brinda la motivación básica para la organización social primaria. Al hacerlo, refleja a nivel social, los incentivos que hacen al comportamiento humano individual. El más importante de éstos, a los efectos sociales, lo conforma la necesidad psicológica individual de lealtad hacia una sociedad y sus valores. La lealtad requiere de una causa; una causa requiere de un enemigo.

Hasta aquí lo obvio; el punto critico radica en el hecho de que el enemigo que define la causa debe percibirse como realmente formidable. En términos generales, el poder que se presume de semejante "enemigo" debe ser lo suficientemente importante como para generar un sentido individual de lealtad hacia una sociedad y debe ser proporcional al tamaño y complejidad de esa sociedad. Hoy en día, por supuesto, ese poder debe ser de una magnitud y terror sin precedentes.

De los patrones de comportamiento humano, puede concluirse que la credibilidad en un "enemigo" social requiere simultáneamente un alistamiento para responderle en forma proporcional a la amenaza que representa. En un contexto social amplio, el "ojo por ojo" aun caracteriza la única actitud aceptable hacia una amenaza de agresión presumida, a pesar de los preceptos religiosos y morales en contrario que gobiernan a la conducta personal.

La gran distancia entre el plano de las decisiones personales y el de las consecuencias sociales en una sociedad moderna torna fácil a sus miembros mantener esta actitud sin ser conscientes de ella. Un ejemplo reciente de ello fue la Guerra de Vietnam; un ejemplo menos reciente fue el bombardeo de Hiroshima y Nagasaki. (21)

En cada caso, la magnitud y futilidad de las masacres fueron abstraídas dentro de fórmulas políticas por la mayoría de los (norte)americanos, una vez que la propuesta de que las víctimas eran "enemigas" quedó establecida. El sistema de guerra también hace posible semejante respuesta abstracta dentro de contextos no-militares. Un ejemplo convencional de este mecanismo lo encontramos en la incapacidad de la mayoría de la gente para relacionar, por ejemplo, la hambruna de millones de seres en la India con sus propias decisiones en materia política adoptadas en el pasado.

Sin embargo, la lógica secuencial que encadena una decisión de restringir la producción de granos en los Estados Unidos con una eventual hambruna en Asia resulta obvia, no-ambigua y difícil de disimular.

Lo que le otorga al sistema de guerra su rol pertinente en la organización social, como en otros rubros, es su autoridad sin igual sobre la vida y la muerte. Debe enfatizarse nuevamente que el sistema de guerra no es una mera extensión social de la necesidad presumida de violencia humana individual sino que sirve en si mismo para racionalizar a la mayor parte de las matanzas no-militares. También brinda un antecedente para la voluntad colectiva de los miembros de una sociedad, para pagar un precio en sangre como precio por instituciones mucho menos centrales a la organización social que la propia guerra.

Para tomar un ejemplo a mano,

"...en lugar de aceptar los limites de velocidad de 20 millas por hora, preferimos dejar que los automóviles maten 40.000 personas al año." (22)

Un analista de la RAND Corporation lo dice en términos más generales y menos retóricos:

"Estoy seguro de que existe un nivel deseable de accidentes automovilísticos - deseable desde el sentido de una amplia visión del problema; en el sentido de que resulta un costo necesario respecto de un elemento que tiene un valor mucho mayor para la sociedad." (23)

El punto puede resultar demasiado obvio para ser reiterado pero resulta esencial a fin de lograr una comprensión cabal de la importancia de la función motivacional de la guerra como un modelo de sacrificio colectivo.

Un vistazo sobre algunas sociedades modernas perimidas resulta muy instructivo. Una de las características subrayables que resultan comunes a las mayores, más complejas y exitosas civilizaciones de la antigüedad, fue su uso generalizado del sacrificio de sangre. Si uno se limitara a la consideración de esas culturas, cuya hegemonía regional era tan completa que la posibilidad de la "guerra" se había transformado en algo virtualmente inconcebible - como fue el caso de varias de las grandes civilizaciones precolombinas del hemisferio occidental - se encontraría con que cierta forma de matanza ritual siempre ocupó una posición de enorme importancia social dentro de cada una de ellas.

Invariablemente, el ritual era investido de un significado mítico o religioso; y como resulta con toda práctica religiosa y totémica, el ritual enmascaraba una función social más amplia e importante.

En estas sociedades, el sacrificio de sangre servía al propósito de mantener un vestigio de "preparación" respecto de la capacidad y voluntad de la sociedad para hacer la guerra - o sea, de matar y ser matado - en el caso de que alguna circunstancia mística - o sea, no prevista - diera lugar a semejante posibilidad. Que dicha "preparación" no resultó ser un adecuado sustituto para una organización militar genuina cuando el enemigo impensable, como fue el conquistador español, apareció en el escenario, no invalida en absoluto la función cumplida por el ritual.

Se trataba primariamente, si no exclusivamente, de un recordatorio simbólico de que la guerra había alguna vez sido la fuerza organizadora central de la sociedad y que dicha condición podría repetirse.

Esto no significa que una transición hacia la paz total en las sociedades modernas requeriría el uso de semejante modelo aun con un disfraz menos "bárbaro". Pero la analogía histórica sirve como recordatorio de que un sustituto viable para la guerra como sistema social no puede limitarse a una mera farsa simbólica. Debe involucrar un riesgo autentico de destrucción personal y a una escala consistente con el tamaño y complejidad de los sistemas sociales modernos. La clave es su credibilidad. Sea ese sustituto de naturaleza ritual o de funcionamiento concreto, a no ser que brinde una amenaza de vida o muerte creíble, no servirá para la función social organizadora que cumple la guerra.

La existencia de una amenaza externa aceptada, entonces, resulta esencial para lograr la cohesión social como así también la aceptación de la autoridad política.

Esta amenaza debe ser creíble, debe ser de una magnitud consistente con la complejidad de la sociedad amenazada y debe aparecer, como mínimo, afectando a la sociedad en su conjunto.

 

Ecológica

El hombre, como todos los demás animales, está sujeto a un proceso continuo de adaptación a las limitaciones de su medio ambiente. Pero el mecanismo principal que ha utilizado para este propósito es único entre los seres vivientes. Para conjurar a los inevitables ciclos históricos de insuficientes recursos en materia de alimentos, el hombre pos-neolítico destruye a los miembros excedentes de su propia especie a través de la guerra organizada.

Los etólogos (24) han observado que la matanza organizada de miembros de la propia especie resulta prácticamente desconocida entre otros animales. La especie humana tiene una propensión a matar a su propia especie (compartida hasta cierto limite con las ratas) y su incapacidad de adaptar patrones de supervivencia perimidos (como la caza primitiva) puede atribuirse al desarrollo de "civilizaciones" en las cuales estos patrones no pueden ser sublimados efectivamente.

También puede atribuirse a otras causas que han sido propuestas, tales como un "instinto territorial" mal adaptado, etc. No obstante, la propensión existe y su expresión social a través de la guerra constituye un control biológico sobre la relación con el medioambiente natural que es propiedad únicamente del hombre.

La guerra ha ayudado a asegurar la supervivencia de la especie humana. Pero como mecanismo evolutivo para mejorarla, la guerra ha resultado casi increíblemente ineficiente. Con pocas excepciones, los procesos de selección de otras criaturas vivientes promueve tanto la supervivencia especifica como la mejora genética. Cuando un animal convencionalmente adaptativo se enfrenta a una de sus periódicas crisis de insuficiencia, son los miembros "inferiores" de la especia los que normalmente desaparecen.

La respuesta social de un animal a semejante crisis puede cobrar la forma de una migración masiva durante la cual los débiles quedarán en el camino. O puede adoptar el más dramático y más eficiente patrón de la sociedad de lemingos en la que los miembros más débiles voluntariamente se dispersan dejando las provisiones de alimentos para los más fuertes. En cualquiera de los casos, los fuertes sobreviven y los débiles caen. En las sociedades humanas, aquellos que luchan y mueren en guerras de supervivencia son, generalmente, sus miembros biológicamente más fuertes.

Esto configura una selección natural al revés.

Los efectos genéticos regresivos de la guerra han sido señalados (25) en diversas ocasiones y también deplorados aun cuando se confunden factores biológicos con factores culturales. (26) Esta pérdida desproporcionada de los miembros biológicamente más fuertes es inherente a la guerra tradicional. Permite señalar el hecho de que la supervivencia de la especie y no su mejora es el propósito fundamental de la selección natural, si se puede decir que tenga un propósito, en el mismo sentido de la premisa fundamental del presente estudio.

Pero como manifestara Gaston Bouthoul, (27) otras instituciones desarrolladas para servir esta función ecológica han demostrado ser aun menos satisfactorias. (Se incluyen formas establecidas como las siguientes: el infanticidio practicado principalmente en sociedades antiguas y primitivas; la mutilación sexual; el monasticismo; la emigración forzada; los castigos capitales generalizados como en la antigua China y en la Inglaterra del siglo XVIII; y otras prácticas similares, usualmente localizadas).

La capacidad del hombre para incrementar su productividad en rubros esenciales para la supervivencia física, sugieren que la necesidad de protección ante hambrunas cíclicas puede hoy ser casi obsoleta. (28)Correspondientemente, existe la tendencia a reducir la importancia aparente de la función básica ecológica de la guerra, que usualmente es ignorada por los teóricos de la paz.

Dos aspectos de la misma sin embargo, siguen siendo particularmente relevantes. El primero es obvio: las tasas actuales de crecimiento poblacional agudizado por la amenaza ambiental de productos químicos y otros contaminantes bien podrían generar una nueva crisis de insuficiencia. En caso de resultar así, seguramente será de una magnitud global sin precedentes y no meramente regional o temporaria. Los métodos convencionales de guerra seguramente resultarían inadecuados, en este caso, para reducir el tamaño de la población consumidora a un nivel consistente con la supervivencia de la especie.

El segundo factor relevante es la eficiencia de los métodos modernos de destrucción masiva. Aun si su uso no es requerido para hacer frente a la crisis demográfica mundial, ofrecen paradójicamente, la primer oportunidad en la historia de la humanidad de frenar los efectos genéticos regresivos en la selección natural a través de la guerra.

Las armas nucleares operan en forma indiscriminada. Su aplicación conllevaría el fin de la destrucción desproporcionada de los miembros físicamente más fuertes de la especie (los "guerreros") en épocas de guerra. Si esta posible ventaja genética compensaría las mutaciones desfavorables que previsiblemente ocasionaría la radioactividad posnuclear, es algo que no hemos aun evaluado. Lo que hace que esta cuestión sea pertinente a nuestro estudio es la posibilidad de que semejante determinación pudiera tener que llevarse a cabo en algún momento.

Otra tendencia ecológica secundaria sobre el crecimiento demográfico proyectado es el efecto regresivo de ciertos avances médicos. La peste, por ejemplo, ya no resulta más un factor importante en el control poblacional. El problema del aumento en la expectativa de vida se ha visto agravado. Estos adelantos también presentan un problema potencialmente más siniestro en el sentido de que las características genéticas que previamente se auto-liquidaban, ahora pueden ser mantenidas clínicamente.

Muchas enfermedades que antes eran fatales a edades procreadoras ahora pueden ser curadas; el efecto de este hecho es que permite perpetuar susceptibilidades y mutaciones no-deseadas. Queda claro que una nueva, cuasi-eugénica función de la guerra se encuentra en proceso de formación y deberá tenerse en cuenta en cualquier plan de transición. Por el momento, el Departamento de Defensa parece haber reconocido tales factores que quedaron demostrados por el proceso de planeamiento actualmente llevado a cabo por la RAND Corporation para hacerle frente a la pérdida del equilibrio ecológico que se anticipa que ocurriría tras una guerra termonuclear.

El Departamento también ha comenzado a acopiar pájaros, por ejemplo, contra la esperada proliferación de insectos resistentes a la radioactividad, etc.

 

Cultural y científico

El orden declarado de valores en las sociedades modernas otorga una alto lugar a las así-llamadas actividades "creativas" y un lugar aun más alto a aquellas asociadas con el avance del conocimiento científico. Valores mantenidos en amplios círculos sociales pueden traducirse en sus equivalentes políticos, lo que a su vez puede influir sobre la naturaleza de una transición hacia la paz.

Las actitudes de aquellos que sostienen dichos valores debe ser tenido en cuenta durante el planeamiento de la transición. La dependencia, entonces, de los logros culturales y científicos dentro del sistema de guerra sería una consideración importante en un plan de transición aun si tales logros no tuvieran una función social inherentemente necesaria.

De todo el cúmulo de dicotomías inventadas por los estudiosos para explicar las principales diferencias en los estilos y ciclos artísticos, solamente uno ha sido consistentemente no-ambiguo en su aplicación a una variedad de formas y culturas. De cualquier forma que se lo exprese, la distinción básica es esta: ¿Está la obra orientada hacia la guerra o no?

Entre los pueblos primitivos, la danza de guerra es la forma artística más importante. En otras culturas, la literatura, la música, la pintura, la escultura y la arquitectura que se han ganado una aceptación permanente, se han referido invariablemente al tema de la guerra, sea en forma explicita o implícita, con lo que expresan la centralidad de la guerra para la sociedad. La guerra en cuestión puede ser un conflicto nacional, como en las obras de Shakespeare, la música de Beethoven, o las pinturas de Goya, o puede verse reflejada en la forma de luchas religiosas, sociales o morales como en las obras de Dante, Rembrandt y Bach.

El arte que no pueda ser clasificado como orientado hacia la guerra suele describirse como "estéril", "decadente" y cosas por el estilo. La aplicación del "standard de guerra" a las obras de arte a menudo dejará un amplio espacio de debate en casos individuales, pero no existen dudas acerca de su rol como función determinante de valores culturales. Los standards estéticos y morales tienen un origen antropológico en común, en la exaltación de la valentía, y en la predisposición para matar y arriesgar la muerte en la guerra tribal.

También resulta instructivo observar que el carácter de la cultura de una sociedad mantiene una estrecha relación con su potencial para hacer la guerra dentro del contexto de su época. No es ningún accidente que la actual "explosión cultural" en los Estados Unidos tenga lugar en una época marcada por un desarrollo inusualmente rápido de la tecnología bélica.

Esta relación se reconoce más generalmente de lo que dejaría entrever la literatura especializada en este tema. Por ejemplo, muchos artistas y autores están comenzando a expresar su preocupación acerca de las opciones de creatividad limitadas que prevén en un mundo sin guerras, que ellos creen o esperan estará pronto entre nosotros. Actualmente, se están preparando para esta posibilidad realizando experimentaciones sin precedentes con formas carentes de sentido; sus intereses en años recientes se han focalizado crecientemente en diseños abstractos, emociones gratuitas, ocurrencias fortuitas y secuencias sin relación.

La relación de la guerra con la investigación y el descubrimiento científico resulta más explicita. La guerra es la fuerza motivacional más importante para el desarrollo de la ciencia en todos los niveles, desde el nivel abstractamente conceptual hasta el estrechamente tecnológico. La sociedad moderna le otorga un alto valor a la ciencia "pura" pero históricamente resulta inevitable que todos los descubrimientos significativos que se han hecho acerca del mundo natural se hayan visto inspirados por las reales o imaginarias necesidades militares de las distintas épocas.

Las consecuencias de los descubrimientos luego han ido más allá del campo de la guerra, pero fue la guerra la que siempre ha provisto el incentivo inicial.

Comenzando con el desarrollo del hierro y el acero, avanzando por los descubrimientos de las leyes del movimiento y la termodinámica, hasta la era de la partícula atómica, el polímero sintético y la cápsula espacial, no existe ningún adelanto científico de importancia que no se haya visto instigado, aunque más no sea indirectamente, por los requerimientos de los armamentos.

Ejemplos más prosaicos incluyen la radio a transistores (una consecuencia de requerimientos militares en materia de comunicaciones), la línea de montaje (como consecuencia de los requerimientos de armas durante la Guerra Civil), las estructuras de armazón de acero (que surgieron de los acorazados de guerra), las represas en los canales, etc. Una adaptación típica podemos comprobarla en un artefacto tan modesto como la cortadora de césped: se desarrolló partiendo de la guadaña giratoria inventada por Leonardo da Vinci para que precediera a los vehículos tirados por caballos que se lanzaban sobre las filas enemigas.

La relación más directa puede hallarse en la tecnología médica. Por ejemplo, una enorme "máquina de caminar" que amplifica los movimientos del cuerpo se inventó para uso militar en terrenos difíciles y ahora permite que muchas personas que estaban confinadas a sillas de ruedas puedan desplazarse caminando. La Guerra de Vietnam por si sola motorizó espectaculares adelantos en procedimientos de amputación de miembros, técnicas de manejo de sangre y logística quirúrgica. Ha estimulado investigaciones a gran escala sobre la malaria y otras enfermedades parasitarias tropicales.

Resulta difícil estimar cuanto tiempo hubiese demandado este trabajo en otras circunstancias, a pesar de su enorme importancia no-militar para casi la mitad de la población del mundo.

 

Otras

Hemos optado por omitir en nuestro análisis de las funciones no-militares de la guerra, a aquellas que estimamos no son criticas para un programa de transición. Ello no significa que estas otras funciones no sean importantes, sino meramente que parecerían no representar problemas especiales para la organización de un sistema social orientado hacia la paz.

Estas incluyen a las siguientes:

  • La guerra como un factor de liberación social general. Esta es una función psicológica que sirve las mismas funciones para la sociedad como las vacaciones, la celebración, y la orgía para el individuo - la liberación y redistribución de tensiones indiferenciadas. La guerra brinda el necesario periódico reajuste de los standards de comportamiento social (el "clima moral") y permite disipar el aburrimiento general, uno de los fenómenos sociales más consistentemente subvaluados y no reconocidos que existen.

  • La guerra como un estabilizador generacional. Esta función psicológica, que se sirve de otros patrones de comportamiento en otros animales, permite a las generaciones más viejas que se van deteriorando físicamente mantener un cuota de control sobre la generación más joven, destruyéndola si es preciso.

  • La guerra como un clarificador ideológico. El dualismo que caracteriza a la dialéctica tradicional en todas las ramas de la filosofía y en