VIII. CURARSE A SÍ MISMO

Salud perfecta y despertar son una misma cosa.
THARTANG TULKU

Algo que estábamos disimulando nos había hecho débiles.
Hasta que descubrimos que éramos nosotros mismos.
ROBERT FROST

La esperanza de una auténtica transformación social no necesita apoyarse en evidencias puramente circunstanciales. Hay un campo de primerísima importancia, el cuidado de la salud, que ha comenzado ya a experimentar un cambio drástico. La inminente transformación de la medicina en un escaparate en que puede verse reflejada la transformación de todas nuestras restantes instituciones.


Aquí puede observarse lo que sucede cuando los consumidores comienzan a cuestionar la legitimidad de una institución autoritaria. Vemos surgir individuos que cuidan por sí mismos de su salud, vemos transformarse la profesión partiendo de sus primeras figuras, el influjo de los nuevos modelos científicos, y el modo cómo el cambio se extiende a amplia escala geográfica por obra de las redes descentralizadas.


Podemos también apreciar aquí la fuerza de una minoría mentalizada para acelerar el cambio de paradigma, el poder de los medios de información y de las comunicaciones informales para modificar la imagen y las expectativas que tenemos con respecto a la salud, la mayor eficacia del «aikido político» frente al enfrentamiento y la retórica, la utilización de fuentes de poder antes inexplotadas, el potencial de las psico-técnicas, y un nuevo aprecio por la intuición, los lazos humanos y la escucha interior.


La autonomía, tan evidente en los movimientos sociales, está también golpeando duramente a las viejas concepciones sobre la medicina. La búsqueda de sí mismo se ha convertido en una búsqueda de la salud, de la totalidad: en una búsqueda de ese depósito de sabiduría y salud mental que hasta ahora parecía escapar del alcance de nuestra conciencia. Si aprendemos a responder al mensaje oculto en el dolor y en la enfermedad, la necesidad de adaptación, podemos alcanzar un nuevo nivel de bienestar.


A pesar de su bien ganada fama de conservadurismo, la medicina occidental está experimentando una revitalización sorprendente. Pacientes y profesionales están comenzando a buscar el contexto de la enfermedad más allá de los síntomas: en las tensiones, en la sociedad, en la familia, en la dieta alimenticia, los ciclos biológicos, las emociones. Así como el surgimiento de un nuevo electorado con unas líneas definidas provoca una nueva política, así también las nuevas necesidades de los pacientes pueden hacer cambiar el ejercicio de la medicina.

 

Los hospitales, en otro tiempo bastiones de una estéril eficacia, se esfuerzan hoy en día por rodear de un entorno más humano el nacimiento y el fallecimiento de las personas, y tratan de flexibilizar más sus reglamentos. Las escuelas de medicina, agarrotadas en un frío academicismo desde tiempo atrás, están tratando de atraer a estudiantes más creativos y preocupados por la gente. Empujados por una auténtica avalancha de investigaciones sobre la psicología de la enfermedad, quienes en otro tiempo identificaban el ejercicio de la medicina con la separación entre el cuerpo y la mente, intentan hoy recomponer su unidad por todos los medios.


Nadie podía pensar lo vulnerable que era el antiguo sistema médico. En unos pocos años, sin que haya habido que disparar un solo tiro, el concepto de salud holística ha sido reconocido oficialmente por programas estatales y federales, ha recibido el respaldo de los políticos, ha sido recomendado y garantizado por las compañías de seguros, aceptado en cuanto a su terminología (si no siempre en la práctica) por muchos médicos, y adoptado por los estudiantes de medicina en general. La gente aspira a una «salud holística», han surgido multitud de nuevos complejos sanitarios que la ofrecen, y muchos grupos de médicos buscan personas que sepan exponer sus principios.

La medicina norteamericana, tras tornarse el pulso a sí misma, ha proclamado su propia necesidad de reforma, la necesidad de preocuparse por los valores, la ética y las relaciones humanas. La mayoría de los médicos, por ejemplo, han adquirido poca o ninguna preparación para enfrentarse al hecho de la muerte, no sólo para saber aconsejar a los pacientes y a sus familiares, sino para saber manejar sus propios sentimientos de miedo y de fracaso.


Cada vez aparecen más artículos sobre el contexto humano de la medicina en las publicaciones médicas profesionales. Un antiguo editor del Journal of the American Medical Association describía su propia manera de recurrir al tacto físico con los pacientes, dándoles una palmadita en la espalda o un caluroso apretón de manos. Decía que los médicos modernos saben tal vez escuchar los diferentes órganos de la gente mejor que los mejores médicos de otros tiempos, pero éstos sabían escuchar mejor a la gente.

«Me sospecho que nuestra sensibilidad diagnóstica sufrió algún tipo de atrofia el día que sustituimos la observación subjetiva por los datos objetivos de laboratorio. »

Un editorial de otra publicación médica expresaba su interés por esa serie de «conocimientos imponderables» que deben poseer los nuevos doctores: la capacidad de reconocer los aspectos psicológicos, sociales y espirituales de la enfermedad.
 


La medicina yo-tú
Parece que hemos atravesado un período de asepsia en la «ciencia» médica, y que ahora estamos recobrando su lado cordial. Los mismos médicos hablan y escriben de la dimensión perdida en el arte de curar. Un editorial aparecido en la revista American Medical News ponía de relieve la crisis de las relaciones humanas en la medicina:

"La compasión y la intuición han quedado eliminadas... Los médicos deben reconocer que la medicina no es su propio campo acotado, sino que todo el mundo tiene en él un puesto vital... Va a ser necesaria una gran amplitud de visión por parte de la clase médica para corregir uno de sus mayores fallos: la sensación que dan a los pacientes de no corresponder a su amor".

Un artículo publicado en una revista para dentistas citaba a Teilhard:

«El amor es el aspecto interno, emocionalmente aprehensivo de la afinidad que atrae y une entre sí a los elementos de este mundo... El amor es, realmente, el autor de la síntesis universal».

En Modern Medicine, un doctor constataba amargamente, hablando de la omisión de todo contacto manual, que quienes regentan un bar hacen sentirse mejor a sus clientes, «en tanto que nosotros los médicos les hacemos sentirse peor». Se ha dejado el calor y la dulzura para otros terapeutas, muchos de ellos ajenos al campo de la medicina propiamente tal.

«Los médicos se han quedado reducidos a sus cuestionarios diagnósticos y a sus recetas, con los que su 'arte' se ha ido haciendo cada vez más automático, científico, profesionalizado e impersonal. »

Un cirujano hace una aguda descripción de la visita del médico del Dalai Lama a un hospital norteamericano. El médico tibetano tomó el pulso a un paciente para efectuar su diagnóstico:

"Durante la media hora siguiente permaneció así, como un pájaro exótico con sus alas doradas plegadas, suspendido sobre el paciente, sintiendo bajo sus dedos el pulso de la mujer, acunando suavemente su mano con la suya. Toda la energía de este hombre parecía estar concentrada con ese único objeto... Y yo sé que yo mismo, que he cogido el pulso cientos de miles de veces, no lo he sentido ni una sola vez".

El tibetano, añade, diagnosticó con toda precisión un tipo específico de malformación congénita cardíaca sin otra base que haber cogido el pulso.


William Steiger, jefe del departamento de medicina general de un hospital de Virginia, definía la empatía, ante un grupo de médicos, como la relación yo-tú de la que habla Martin Buher, y los exámenes y pruebas objetivos, por necesarios que sean, como una relación yo-ello. Steiger citaba la afirmación de Buber de que «todo conocimiento es una autopsia practicada sobre el cadáver de la realidad viva». Cuando contamos algo, se nos escapa.

«El yo-ello es un monólogo, el yo-tú es un diálogo. Ambos son complementarios. »

Ante la persistencia de un problema médico, normalmente el médico insiste en el yo-ello, pidiendo nuevas pruebas de laboratorio, cuando lo que realmente se necesita en ese momento es una comprensión humana más profunda, más yo-tú.

«La actitud terapéutica debería ser: "¿De qué forma puedo ayudar?". Debiéramos ofrecer nuestro auxilio y nuestro calor antes de prescribir receta alguna. »
 

La crisis de la atención médica
Un cambio tan rápido no habría podido desencadenarse basándose en tacto ni por efecto de conspiración alguna, de no haber estado la medicina hundida en la crisis por todos lados: crisis económica, crisis de resultados, crisis de credibilidad.
 

A modo de envoltura de papel de plata de un regalo decepcionante, la brillante tecnología médica ha conseguido espléndidos resultados en el tratamiento de determinados problemas agudos, como es el caso de las vacunas y ciertos procedimientos quirúrgicos sofisticados, pero su fracaso en el tratamiento de las enfermedades crónicas y degenerativas ha inducido a los propios médicos y al público en general a mirar en otras direcciones.


La medicina se ha enajenado nuestra simpatía a causa de lo elevado de sus costes, que escapan a las posibilidades de todos cuantos no son ricos o están debidamente asegurados; a causa también de su especialización, de la frialdad cuantificadora de sus enfoques, que dejan de lado los aspectos humanos, y a causa de la desesperación de haber tenido que gastar grandes sumas de dinero sin haber por ello recobrado la salud.


La atención médica (incluyendo los seguros médicos) es hoy en día la tercera industria en volumen de negocios en los Estados Unidos; los costes médicos rondan el 9 por ciento del producto nacional bruto. Los presupuestos federales dedicados al cuidado de la salud superan los cincuenta mil millones de dólares. Hay hospitales, cercanos uno del otro, que duplican innecesariamente equipamientos costosísimos, los médicos suelen ordenar sin necesidad pruebas de laboratorio para precaverse de toda posible reclamación judicial por negligencia en el desempeño de su función («medicina defensiva»). Incluso una simple consulta supone para cualquier persona con ingresos medios un gasto considerable. Los costos incontrolados, especialmente gastos hospitalarios, han hecho legalmente inviable toda especie de planificación sanitaria en el ámbito nacional.


Incluso aquellos para quienes el costo no representa un problema, puede ser que no estén comprando otra cosa que fracasos tecnológicos. Un estudio realizado en Gran Bretaña sobre trescientos cincuenta pacientes de enfermedades coronarias elegidos al azar, por ejemplo, llegó a la conclusión de que la tasa de mortalidad de quienes son internados en unidades de vigilancia intensiva era superior a la de quienes seguían su convalecencia en su propia casa. Hace poco, un portavoz federal se refería a la así llamada guerra contra el cáncer, considerándola como un «Vietnam médico». Ni los miles de millones gastados, ni las ofensivas tecnológicas han conseguido gran cosa.

 

La tasa de mortalidad no ha cambiado significativamente en los últimos veinticinco años en los tipos de cáncer más extendidos, a pesar de los avances en educación pública, de los nuevos medicamentos, y de las nuevas técnicas de radioterapia y quirúrgicas más perfeccionadas que han aparecido. Se estima que no menos de un millón de las admisiones hospitalarias anuales se deben a algún tipo de reacción a la medicación, y que las enfermedades debidas a efectos secundarios de los tratamientos prescritos vienen a suponer un costo suplementario aproximado de unos ocho mil millones de dólares, que hay que añadir a la factura sanitaria total del país.


Surgen nuevas y brillantes técnicas quirúrgicas, que son aceptadas como si fueran modas intelectuales. Millares de personas se han sometido a operaciones de empalme de las vías coronarias, antes de que otros estudios más tardíos demostrasen que la mayoría de los candidatos obtenían los mismos beneficios de la medicación que de esa costosa y peligrosa técnica quirúrgica. Donde el sueño tecnológico muestra más a las claras su patología es en la búsqueda infructuosa que durante más de cien años hemos estado realizando, con la esperanza de encontrar un calmante realmente eficaz y no adictivo.


Uno de los principales problemas médicos de nuestra época son las enfermedades iatrogénicas. Literalmente significa «causadas por el médico». La enfermedad iatrogénica puede provenir de complicaciones quirúrgicas, de medicaciones erróneas, o puede surgir como efecto secundario de otros tratamientos, o a consecuencia del efecto debilitante que produce la hospitalización.


No hace mucho tiempo, cuando el médico representaba la cumbre del status social y de la dedicación humanitaria, las madres hablaban con orgullo de «mi hijo, el doctor». Hoy en día, ¡pobres médicos! : tienen una probabilidad entre treinta y cien veces mayor que la población en general de caer en la drogadicción. Tienen mayores probabilidades de sufrir de enfermedades coronarias. Y también de convertirse en alcohólicos: según encuestas de organizaciones profesionales, se estima que un 5 o un 6 por ciento del total de los médicos está incapacitado, debido a trastornos emocionales, entre los cuales se incluye el alcoholismo. Asimismo son demandados judicialmente y se suicidan con mayor frecuencia que la generalidad.


Una encuesta realizada recientemente por Gallup puso de manifiesto que el 44 por ciento de la gente no cree que los médicos tengan «una ética y una honestidad elevadas»; un auténtico golpe bajo para una profesión que había sido objeto de veneración durante tanto tiempo. «Golpe asestado a los médicos», rezaban los titulares de una publicación médica; el artículo señalaba que de quince médicos que habían concursado a un puesto oficial en 1976, trece habían sido desechados.

 

Otros médicos comentaban en publicaciones profesionales que las demandas judiciales por negligencia en el ejercicio de la profesión médica parecen ser reflejo del desencanto o la hostilidad sentida por los pacientes, y que los doctores que mantienen buenas relaciones con sus pacientes son más raramente llevados a juicio, sean cuales sean los resultados. Una subcomisión del Senado informaba del creciente desencanto de la gente en general con respecto al tema de la atención médica:

"El problema de la deshumanización de la atención médica preocupa cada vez más a los profesionales de la salud... La medicina está a medio camino entre lo humanitario y lo tecnológico, pero en las últimas décadas se ha descuidado tanto lo primero en términos relativos, que la medicina corre peligro de perder buena parte de su relevancia. El Comité considera como prioridad sanitaria nacional la necesidad de que el personal sanitario en todos los niveles sea capaz de dispensar sus cuidados de un modo humanístico".

Retrospectivamente, y a la luz de descubrimientos científicos recientes, podemos señalar algunos de los trágicos errores de la medicina del siglo veinte que, como cabría esperar, son los mismos de que están plagadas nuestras restantes instituciones sociales. Hemos sobre estimado los beneficios de la tecnología y la manipulación externa, y hemos subestimado la importancia de las relaciones humanas y la complejidad de la naturaleza.
 


El nuevo paradigma de la salud
El nuevo paradigma de la salud y la medicina supone un ensanchamiento del antiguo, al incorporar los brillantes avances de la tecnología, rehabilitando al mismo tiempo antiguas intuiciones sobre la mente y sobre la relación entre diversos aspectos.

 

El nuevo paradigma consigue explicar muchos fenómenos hasta ahora enigmáticos. Su coherencia y su poder de predicción son superiores a los del antiguo modelo. Añade a la prosa de la ciencia cotidiana el fuego y la poesía de la ciencia inspirada.


El adjetivo «holístico» cuando se lo emplea con propiedad, indica un enfoque cualitativamente diferente, basado en el respeto a la interacción entre la mente, el cuerpo y el entorno. Yendo más allá del tratamiento alopático de las enfermedades y los síntomas, pretende corregir la desarmonía subyacente, causa del problema. El enfoque holístico puede incluir una diversidad de instrumentos y tratamientos diagnósticos, algunos ortodoxos, otros no.

 

He aquí una comparación muy simplificada de ambos enfoques:

Puede observarse el paralelismo existente entre las concepciones del nuevo paradigma y los descubrimientos científicos expuestos en el capítulo 6: los sistemas dinámicos, la transformación del estrés; el continuo cuerpo-mente; el nuevo aprecio de los elementos cualitativos y no sólo de los cuantitativos.
 

La matriz de la salud
Edward Carpenter condenaba a los teóricos de la medicina de nuestra época por su tendencia a centrarse exclusivamente sobre la enfermedad. Deberían intentar, más bien, comprender lo que es la salud, decía. La salud es una armonía que todo lo gobierna, de un modo semejante a como la luna gobierna las mareas. Tan imposible es lograr que un cuerpo sane por medio de puras manipulaciones externas, como conseguir gobernar el flujo y reflujo de las mareas por medio de un «sistema organizado de esponjas».

 

El mayor de los esfuerzos exteriores no consigue realizar «lo que nuestra energía central sabe hacer con facilidad, y con una gracia infalible y providencial». El bienestar no puede ser administrado por vía intravenosa, ni ingerirse a cucharadas de acuerdo con la prescripción facultativa. El bienestar nace de una matriz: el cuerpo-mente. Es un reflejo de la armonía somática y psicológica. Como decía un anatomólogo:

«El sanador que reside en nuestro interior es la entidad más sabia y más complejamente integrada de cuantas existen en el universo».

Hoy en día sabemos que, en un sentido, siempre hay un médico en casa.

"La salud holística no puede recetarse", decía un médico.

Nace de una actitud: de la aceptación de las incertidumbres de la vida, de la voluntad de responsabilizarse de los propios hábitos, de la manera de percibir y manejar las tensiones, de unas relaciones humanas más satisfactorias, de la sensación de tener un objetivo en la vida.


Una forma de honrar esa matriz invisible de la salud es ir dejando de sentirnos incómodos frente a ella. A medida que la ciencia amplía su marco de pensamiento, y va consiguiendo fronteras más vastas, los viejos enigmas comienzan a encontrar un sentido. Aunque no sabemos de qué forma las creencias y las expectativas afectan a la salud, sabemos claramente que es así. Hace doscientos años, la Academia Francesa expulsó a Mesmer de su seno, declarando que la hipnosis era un fraude, «solamente imaginación». Y un miembro contestatario apostillaba: «Si eso es así, ¡qué cosa más maravillosa debe ser la imaginación!».


Después de haber intentado durante décadas «explicar» un misterio invocando otro misterio, la ciencia médica se encuentra hoy insoslayablemente enfrentada al hecho del influjo inevitable y decisivo que ejercen las expectativas de los pacientes. El «efecto placebo» abarca hoy en día mucho más que las sustancias inactivas (píldoras de azúcar, inyecciones de agua salada) administradas a pacientes particularmente difíciles.

 

La fama del doctor, o del centro médico, la actitud del equipo hospitalario, el halo de un determinado tratamiento, cualquiera de estas cosas puede contribuir a la curación, al venir a colorear positivamente las expectativas del paciente. Hay también un «efecto nocebo», lo contrario del placebo. Dos tercios de entre los sujetos a quienes en una experiencia de laboratorio se habla administrado una sustancia inactiva diciéndoles que les produciría dolor de cabeza, tuvieron efectivamente dolor de cabeza.


El placebo activa una capacidad permanente de la mente. Como dijimos más arriba, las investigaciones han demostrado que el alivio del dolor que proporciona el placebo parece deberse a la liberación por el cerebro de un analgésico natural. Sin embargo, la mayoría de los médicos y las enfermeras siguen considerando el placebo como un truco que funciona en gente cuyos sufrimientos no son «reales», malentendido que descansa en un concepto ingenuo de la realidad y en la ignorancia del papel que juega la mente como creadora de experiencias.


Las creencias del médico o sanador pueden también influir en la eficacia del tratamiento. En una serie de experimentos que describe Jerome Frank, una autoridad en el estudio del efecto placebo, se administró a diversos pacientes alternativamente un calmante, un placebo y morfina. Cuándo los doctores creían haber administrado morfina, ¡el placebo resultó ser dos veces más efectivo que cuando pensaban haber recetado un calmante suave! En otro estudio semejante, se administró a una serie de pacientes psicóticos ya un calmante suave, un tranquilizante anérgico, o bien un placebo. Los efectos del placebo fueron también mucho mayores cuando los médicos creían haberles dado el medicamento fuerte que cuando pensaban haberles dado el suave.


Rick Ingrasci, médico y co-fundador de la red Interface en la zona de Boston, afirma que el efecto placebo representa una prueba espectacular de que toda curación es en esencia una auto-curación:

"Según nos demuestra nítidamente el efecto placebo, el cambio de nuestras expectativas y de nuestras convicciones fundamentales puede afectar profundamente a nuestra experiencia de la salud y del bienestar. La curación resulta directamente de percibirnos como una totalidad... al restablecerse nuestra sensación de estar en una relación equilibrada con el universo, a través de un cambio de mentalidad, de la transformación sufrida por nuestras actitudes, valores y creencias".

Ingrasci afirmaba que sus experiencias con los pacientes le habían convencido de que, una vez liberadas las actitudes mentales negativas, la curación sucede de forma automática.

«Es como si hubiese una fuerza vital o un principio ordenador dispuesto a restablecer el estado natural de salud y totalidad, con sólo conseguir zafamos de la barrera que suponen las expectativas negativas. Si conseguimos relajamos, aunque sea por poco tiempo, las expectativas positivas pueden inducir efectos positivos.

 

«Al principio, necesitamos traspasar las barreras psicológicas, escepticismo, desconfianza, miedo, que nos impiden incluso intentarlo... Los efectos a largo plazo pueden revelarse auténticamente transformadores desde el punto de vista personal y social.»


La atención: medio de cambiar la matriz de la enfermedad
Los promotores de la salud holística gustan de señalar que la enfermedad, el malestar, es una falta de armonía, de bienestar. Claramente, es más importante enseñar a la gente a cambiar la matriz de sus enfermedades, las tensiones, los conflictos, o las preocupaciones que las acarrean, que no engañarlos con placebos.


El papel que juega en la curación la alteración de la conciencia puede que sea el descubrimiento más importante de la ciencia médica moderna. Consideremos, por ejemplo, la extraordinaria variedad de enfermedades susceptibles de ser tratadas por medio de biofeedback:

  • presión sanguínea alta

  • ataques

  • úlceras

  • impotencia

  • incontinencia de esfínteres

  • zumbido de oídos

  • parálisis consiguientes a ataques

  • dolores de cabeza debidos a tensión

  • artritis

  • arritmias cardíacas

  • hemorroides

  • diabetes

  • parálisis cerebral

  • rechinar de dientes

La clave está en la atención. Hace varios años, investigaciones realizadas en el seno de la Fundación Menninger informaban que los pacientes eran capaces de interrumpir los dolores de cabeza elevando la temperatura de sus manos. Sugerían la hipótesis de que el volumen sanguíneo sustraído de la cabeza para aumentar la temperatura de las manos podría aliviar la congestión arterial origen del dolor. El manejo de la temperatura por medio de biofeedback se convirtió enseguida en un método popular de combatir favorablemente la jaqueca. Pero pronto los dispensadores del biofeedback se apercibieron que algunos pacientes podían también interrumpir su jaqueca bajando la temperatura de sus manos, o bajándola unas veces y aumentándola otras.


Más que un simple cambio físico, la clave de la salud reside en el estado mental. A ese estado se le han dado diversos nombres: "reposo vigilante", «volición pasiva», «dejarse ir deliberado». Como hielo que se derrite libremente al llegar la primavera, las tensiones acumuladas parecen fundirse al calor de esta forma paradójica de atención, restableciendo el flujo natural en el remolino del cuerpo-mente.


No podemos esquivar el estrés. Las noticias, el ruido, las tensiones, los embotellamientos, los conflictos personales y la competitividad vienen a añadirse a las enfermedades relacionadas con el estrés, que son la plaga del siglo veinte. Pero, ¿es el estrés el culpable? Tal vez sufrimos de enfermedades como un medio de evitar el cambio. Nuestra vulnerabilidad frente al estrés parece deberse más a la interpretación que hacemos de los acontecimientos que a su propia gravedad.

 

La célebre observación de F. D. Roosevelt, «A lo único que tenemos que temer es al mismo miedo», se aplica también al cuerpo-mente. Kenneth Pelletier, psicólogo de la escuela de medicina de la universidad de California en San Francisco, y que en los últimos diez años se ha dedicado principalmente a enseñar a la gente a afrontar el estrés, señala que el cuerpo entiende en sentido literal, y no puede distinguir entre una amenaza «real» y otra puramente imaginaria. Las preocupaciones y las expectativas negativas se traducen en enfermedades físicas, porque el cuerpo se siente en peligro, aunque la amenaza sólo exista en la imaginación.


Podemos arreglárnoslas de forma natural con el estrés a corto plazo, debido a la reacción corporal de descanso y renovación, conocida como reacción parasimpática. Pero el estrés a largo plazo, resultado de la acumulación sucesiva de circunstancias que tensionan propia de la vida moderna, se cobra su tributo debido a la falta de oportunidad para reponerse en medio de la serie consecutiva de tensiones. Pelletier, en un estudio realizado sobre meditadores en situación de laboratorio, encontró en éstos la capacidad, no sólo de producir respuestas altamente integradas, sino de hacer entrar su propio cuerpo en una fase parasimpática.

«Los yoguis han aprendido a liberarse de esos niveles excesivos de actividad neurofisiológica autogeneradora de tensiones, por el simple procedimiento de tranquilizarse a sí mismos. »

La mayoría de nosotros sufre de lo que él llamaba «un ciclo destructivo acumulativo. El secreto consiste en prestar atención, en revestir de atención la propia vida». Cuando se presta atención a la tensión en un estado relajado, ésta se transforma. La meditación, el biofeedback, las técnicas de relajación, correr, escuchar música..., todas estas cosas pueden facilitar la puesta en marcha de la fase de recuperación corporal.


Negarse a reconocer las tensiones equivale a pagarlas por partida doble; no sólo no nos libramos de la alarma, sino que ésta se instala en nuestro cuerpo. Así lo demostró de forma evidente una experiencia de laboratorio. La amenaza de una dolorosa descarga eléctrica inminente produjo respuestas corporales sorprendentemente distintas en los sujetos, dependiendo de sí habían decidido afrontarla, o bien evitar pensar en ella. Los que la afrontaban, intentaban comprender la situación.

 

Dirigían su atención de forma activa al shock inminente, y deseaban superarlo; pensaban en lo que estaba sucediendo en el laboratorio, o bien fijaban la atención en sus propios cuerpos. Por el contrario, quienes deseaban evitarla, echaban mano de un montón de estrategias para intentar distraerse. Trataban de pensar en cosas tranquilizadoras, de fuera del laboratorio, o bien se dedicaban a fantasear. Mientras que quienes afrontaban la descarga sentían que podían hacer algo para aliviar la tensión de la situación, aunque no fuera más que prepararse para ella, quienes pretendían evitarla tendían a sentirse indefensos e intentaban escapar negando la situación.

 

En los primeros, la actividad muscular aumentaba, lo que constituye una respuesta fisiológica adecuada. En los segundos, el ritmo cardíaco era notablemente más rápido, lo que indica que la tensión reprimida se había remitido a un nivel más patológico.


La negación de la tensión puede conducirnos a la tumba. La mente no sólo cuenta con estrategias para «emparedar» los conflictos psicológicos, sino que puede también negar la enfermedad surgida por haberse negado a reconocer las propias tensiones. El efecto patológico de ese rechazo a enfrentarse con los hechos se puso de relieve de forma patente en un estudio sobre el cáncer realizado en la universidad de Texas. Los pacientes que habían mostrado un mayor rechazo a responder a preguntas sobre su enfermedad, mostraron una mayor probabilidad de ofrecer un pronóstico negativo en el seguimiento efectuado dos meses mas tarde.


Los conflictos que no han sido afrontados conscientemente pueden hacer su aparición como daño físico en formas tan variadas como personas hay. Una conspiradora de Acuario, que había trabajado en un establecimiento médico, expresaba su convencimiento de que a los enfermos no se les debería decir: «Va usted a volver a ser el de antes».

"Con mucha frecuencia, no quieren volver a ser como eran, ni seguir haciendo lo que hacían. Mi nuera, que tuvo hace poco un ataque, confesó que no se había reconocido a sí misma su deseo de cambiar de vida. De modo que el ataque se encargó de hacerlo por ella.


Conozco también a un hombre que llevaba un negocio de coches con un hermano suyo muy perezoso. Cargaba de hecho con todo el peso del trabajo sin decir una palabra. Cuando le vino el ataque, su hermano tuvo que encargarse de todo. Más tarde dijo que estaba contento de haber tenido el ataque".

Si aprendemos a prestar atención a nuestros conflictos internos, podremos resolverlos de una forma menos drástica para nuestra salud.
 


La mente del cuerpo
A medida que avanza la investigación sobre el cerebro, va resultando más comprensible la conexión entre la mente y la enfermedad. El cerebro gobierna o influye indirectamente en todas las funciones corporales: presión sanguínea, ritmo cardíaco, respuesta inmunológica, hormonas, y todo lo demás. Sus mecanismos están entrelazados en un sistema de alarma, y dispone de una especie de genio oscuro, capaz de organizar los desórdenes correspondientes a la más neurótica de las imaginaciones.


El antiguo dicho, «ponle un nombre a tu veneno», es aplicable a la semántica y la simbología de la enfermedad. Si nos sentimos «pinchados» por la gente o dejamos que los demás nos echen su carga encima, las metáforas pueden volverse muy reales, en forma de acné o dolores en la espalda. Todos decimos que «se nos ha roto el corazón» cuando hemos tenido una decepción sentimental; pero hay investigaciones que han demostrado recientemente la conexión existente entre las enfermedades de corazón y la soledad afectiva.

 

Se han hecho investigaciones con animales, en las que se han causado en ellos enfermedades de corazón estimulando de forma prolongada una región cerebral asociada con las emociones agudas. Esta región está además conectada con el sistema inmunológico. De modo que un «corazón roto» se convierte en una enfermedad coronaria; la necesidad de crecer puede convertirse en un tumor; la ambivalencia, en dolores que le «parten» a uno la cabeza; la personalidad rígida, en artritis. Toda metáfora es, potencialmente, una realidad al pie de la letra.


Toda enfermedad, ya se trate de un cáncer o de esquizofrenia, o sea simplemente un resfriado, se origina en el cuerpo-mente. Louis Pasteur reconoció en su lecho de muerte que un médico, adversario suyo, tenía razón cuando insistía en que lo que causa las enfermedades no son tanto los gérmenes cuanto la resistencia del individuo invadido por ellos. «Ese es el terreno», concedía.1

 

Como señalaba Lewis Thomas en The Líves of a Cell (Las vidas de la célula), nuestros cuerpos responden a menudo de forma histérica ante la presencia de gérmenes inocuos, como si esa intrusión provocase antiguos recuerdos y reaccionásemos como ante una especie de propaganda. «De hecho, la mayoría del tiempo estamos a merced de nuestros propios sistemas defensivos. » La salud consiste en la capacidad del cuerpo para transformar y dar sentido a toda información nueva. Si somos flexibles, si somos capaces de adaptarnos a un medio cambiante sea un virus o una atmósfera húmeda o pólenes primaverales, podemos soportar un nivel de tensión elevado.


Una concepción reciente y radical del sistema inmunológico nos permite comprender la manera cómo nuestro «médico interior» consigue mantener la salud, o su forma de fracasar en ello. Parece que el cuerpo tiene su propia manera de «conocer», por medio del sistema inmunológico, paralela al modo de conocer del cerebro.

 

Este sistema está ligado al cerebro. La «mente» del sistema inmunológico posee una imagen dinámica del propio ser y tiene la tendencia a dotar de sentido a todos los «ruidos» del medio, incluyendo virus y alergógenos. Si rechaza ciertas sustancias o reacciona violentamente contra ellas, no es porque sean extrañas, como creía el antiguo paradigma, sino porque no tienen sentido, porque no pueden ser encuadradas en el orden del conjunto.


Este sistema inmunológico es muy poderoso y adaptable en su capacidad de dotar de sentido al entorno, pero como está ligado al cerebro, es vulnerable a las tensiones psicológicas. Las investigaciones han demostrado que estados de tensión mental, como pena o ansiedad, alteran la capacidad del sistema inmunológico. La razón por la que a veces «pescamos» un virus o tenemos una «reacción alérgica», es que nuestro sistema inmunológico está funcionando bajo par.


Las investigaciones realizadas con animales han demostrado que este sistema posee una memoria sumamente sutil. Si se asocia un medicamento inocuo a un inmunodepresor es decir, a una droga que suprime el funcionamiento del sistema inmunológico, el cuerpo aprende a suprimir su funcionamiento en presencia de sólo el medicamento inocuo, incluso meses más tarde. Justamente de ese modo es como asociamos con frecuencia períodos de tensión de nuestra vida con elementos inocuos del ambiente (como los alergógenos, por ejemplo, o sucesos que nos recuerdan otros acontecimientos), causándonos enfermedades crónicas que perduran mucho tiempo después de haber desaparecido la causa original de la tensión. El cuerpo «se acuerda» de haber estado enfermo en presencia de esas señales.


Por supuesto, el cáncer constituye un fracaso del sistema inmunológico. En muchos momentos de nuestra vida, la mayoría de nosotros albergamos células malignas que no se convierten en un cáncer debido a la acción eficaz del sistema inmunológico con respecto a ellas. Entre los factores psicológicos implicados en el cáncer, el principal lo constituyen las emociones reprimidas. Un investigador señalaba que muchas personas que sufren de cáncer tienen en sus rostros esa inexpresividad característica del famoso cuadro de Grant Wood, Gótico americano 2.

 

Los pacientes que sufren de cáncer tienen más dificultad para recordar sus sueños que otros pacientes; tienen también menos cambios matrimoniales (separaciones o divorcios), menos síntomas de enfermedades que son típicamente reflejo de conflictos psicológicos (úlceras, jaquecas, asma)3.

 

Diversos estudios han puesto de relieve que los enfermos de cáncer tienden a no manifestar sus sentimientos, y la mayoría no han tenido relaciones estrechas con sus padres. Tienen dificultad para expresar la cólera. Según otro estudio, son personas conformistas y controladas, menos autónomos y espontáneos que quienes resultaron no sufrir de cáncer en pruebas posteriores. Una terapeuta especialista en el tratamiento de enfermos cancerosos dice de sus pacientes:

«Por lo general, han experimentado un vacío en sus vidas: una desilusión, expectativas no cumplidas. Es como sí la necesidad de crecimiento se transformase en una metáfora física».

Las penas, cuando no se manifiestan, pueden acarrear un mal funcionamiento patológico del sistema inmunológico. De acuerdo con los resultados de un estudio, la muerte de uno de los esposos se traduce en un bajo funcionamiento del sistema inmunológico del otro durante las semanas siguientes.

 

Otro estudio realizado en Boston ha mostrado que un 60 por ciento de las mujeres que quedan embarazadas a renglón seguido de haber perdido un bebé anterior, abortan, lo que se conoce como síndrome de muerte infantil repentina. El informe aconsejaba que estas mujeres, que han experimentado semejante pérdida, «deberían esperar hasta que el cuerpo haya dejado de sentir los efectos de la pena».
 


El cuerpo como pauta y como proceso
Con el tiempo, nuestros cuerpos acaban convirtiéndose en autobiografías ambulantes, que van contando a amigos y a extraños las tensiones mayores y menores que hemos padecido en nuestras vidas. Algunas alteraciones funcionales sobrevenidas a consecuencia de accidentes, como por ejemplo una movilidad limitada en un brazo herido en otro tiempo, entran a formar parte del propio comportamiento corporal de forma permanente.

 

Nuestra musculatura es un reflejo no sólo de nuestras antiguas heridas, sino también de nuestras viejas ansiedades. Actitudes depresivas, de timidez, de osadía o de estoicismo, adoptadas tempranamente en nuestra vida, quedan inscritas en nuestros cuerpos como pautas del propio sistema sensorio motriz.


La rigidez de las pautas corporales contribuye al bloqueo de los procesos mentales, dando lugar al círculo vicioso de la patología psicocorporal. No podemos separar lo físico de lo mental, como tampoco pueden separarse los hechos de la imaginación, ni el presente del pasado. Así como el cuerpo siente la pena que experimenta la mente, así también la mente se ve constreñida por el recuerdo obstinado que el cuerpo guarda de lo que la mente solía sentir, y así sucesivamente.
 

Ese ciclo puede interrumpirse por medio del «trabajo corporal» que realizan en profundidad ciertas terapias (a menudo de forma dolorosa) por medio de masajes, manipulaciones, movimientos liberadores u otro tipo de técnicas, que producen cambios en el sistema neuromuscular, en la percepción de la gravedad, o en la simetría del cuerpo. Los cambios así introducidos en el cuerpo pueden afectar de manera profunda a todo el circuito psicocorporal. Ida Rolf, cuyo método de integración estructural (Rolfing) es una de las técnicas más conocidas, citaba en sus últimos escritos esta expresión de Norbert Weiner, creador de la cibernética:

«No somos materia perdurable, sino pautas que se perpetúan a sí mismas».

Así como ciertas psicotécnicas aumentan el flujo energético en el cerebro, permitiendo la aparición de nuevas pautas o paradigmas en el mismo, de un modo semejante el trabajo corporal altera el flujo de la energía por todo el cuerpo, liberándolo de antiguas pautas o «ideas», y aumentando su margen de movimiento. La integración estructural, el método de Alexander, el método de Feldenkrais, la kinesiología aplicada, la neuroquinestesia, la bioenergética, la terapia reichiana, y muchas otras técnicas introducen transformaciones en el cuerpo.


La célebre frase de John Donne, «Nadie es una isla», es verdadera tanto si se aplica a nuestros cuerpos como si se refiere al hecho de nuestra interdependencia social. La medicina occidental está comenzando a reconocer con retraso, medio siglo después de haber podido recoger la advertencia de los físicos, que el cuerpo es un proceso: un torbellino bioeléctrico, sensible a los iones positivos, a los rayos cósmicos, a la presencia de huellas minerales mínimas en la alimentación, y a la electricidad estática, entre otras cosas. La representación del cuerpo como algo dinámico nos ayuda a encontrar el sentido de controversias en otro tiempo enigmáticas.

 

Por ejemplo, la psiquiatría ortomolecular, que trata los desórdenes mentales a base de fuertes dosis de vitaminas y oligoelementos minerales, se apoya en el efecto que estas sustancias producen sobre la actividad bioeléctrica del cerebro. La estimulación eléctrica acelera la curación habitualmente lenta de ciertos huesos, posiblemente debido a la creación de una fluctuación energética lo suficientemente activa como para producir su regeneración. También se ha podido detectar la presencia de corriente continua en los puntos de acupuntura. La acupuntura y la digitopresión, que estimulan puntos determinados de los diversos meridianos, demuestran la conexión existente incluso entre partes aparentemente distantes en el cuerpo. Cuanto más evidentes son los resultados de la acupuntura, tanto mejor podemos comprender por qué el tratamiento de los síntomas aislados raras veces consigue aliviar la enfermedad.


Somos campos oscilatorios, situados dentro de otros campos más amplios. Nuestro cerebro reacciona frente a los ritmos sonoros, las pulsaciones luminosas, los distintos colores, y frente a mínimos cambios en la temperatura. Somos incluso influidos biológicamente por quienes se encuentran a nuestro lado; por ejemplo, se ha demostrado que las parejas que viven juntas comparten un mismo ciclo mensual de temperatura. Cuando participamos en una conversación, aunque no sea más que escuchando, entramos en una «danza» sutil con la otra persona, compuesta de una serie de movimientos sincronizados tan mínimos, que sólo pueden detectarse analizando imagen por imagen una filmación de la misma.
 

La estimulación ambiental afecta plásticamente al crecimiento y grado de conexiones del cerebro humano desde sus primeros períodos críticos hasta el final de sus días, determinando su peso, su estado de nutrición, y el número de sus células. Incluso en las personas de edad, el cerebro no pierde físicamente un número mensurable de células si el ambiente es estimulante.


Si el cuerpo-mente es un proceso, también lo es la enfermedad... Y asimismo lo es la curación, la integración global, si atendemos a esos siete millones de glóbulos rojos que desaparecen en un abrir y cerrar de ojos, cada segundo, de nuestra sangre, para ser reemplazados en cada instante por otros tantos. Incluso nuestros huesos se renuevan totalmente cada siete años. Como en la danza de Shiva, estamos continuamente creando y destruyendo, creando y destruyendo sin parar.
 

Wallace Ellerbroek, antiguo cirujano, hoy en día psiquiatra, dice:

"Nosotros los médicos parecemos que sentimos predilección por otorgar un nombre sustantivo a cada enfermedad (epilepsia, resfriado, tumor cerebral), pero si estas cosas merecen que les demos como nombre un sustantivo, es porque, evidentemente, las consideramos como cosas. Pero si convertimos uno de estos sustantivos, por ejemplo resfriado, en un verbo, entonces podemos decir: «Señora, su hijo parece estarse resfriando», lo que tal vez ayuda a que ambos nos demos cuenta de que toda enfermedad es un proceso".

Ellerbroek ha tratado con éxito muchas enfermedades por el procedimiento de enseñar a los pacientes a afrontar y a aceptar el proceso, prestando atención a su desarrollo. En un experimento muy conocido, con pacientes de acné crónico, les invitó a reaccionar frente a la aparición de nuevas erupciones con una atención desprovista de todo juicio sobre las mismas. Efectivamente, podían mirarse al espejo, y simplemente decir:

«Muy bien, erupción, estás ahí, justo donde te corresponde estar en este momento».

Se les recomendaba aceptar el acné, en vez de resistirse a él con emociones negativas. Todos los participantes sufrían de acné desde hacía más de quince años, sin experimentar alivio. Los resultados de la experiencia fueron asombrosos. Muchos pacientes quedaron completamente limpios a las pocas semanas. Algún proceso activo de miedo, de resentimiento, de rechazo, era lo que había mantenido el acné todo ese tiempo.


La salud y la enfermedad no son cosas que nos suceden sin más. Son procesos activos, resultado de una armonía o una desarmonía interior, que están profundamente afectados por nuestros estados de conciencia, y por nuestra capacidad o incapacidad de dejarnos fluir al compás de la propia experiencia. El reconocimiento de que eso es así supone implícitamente una responsabilidad, peto es también una fuente de oportunidades. Si participamos, aunque sea de forma inconsciente, en el proceso de la enfermedad, podemos optar por la salud en vez de seguir dejándonos enfermar.
 


Salud y transformación
Como Pelletier y muchos otros han dicho, toda enfermedad tiene una virtualidad transformadora, a causa del cambio repentino de valores, a causa del despertar que puede traer consigo. Si estábamos ocultándonos algún secreto a nosotros mismos conflictos no afrontados, deseos reprimidos, la enfermedad puede forzar su aparición ante la propia conciencia.
Para muchos conspiradores de Acuario, el responsabilizarse del cuidado de su propia salud ha supuesto un estímulo importante para acometer su propia transformación.

 

Así como la búsqueda de sí mismo trae consigo la búsqueda de la salud, ésta puede también conducir a una mayor autoconciencia. La totalidad es única. La proliferación de centros y redes de salud holística ha atraído a muchas personas a implicarse en el movimiento de desarrollo de la conciencia.

 

Una enfermera decía:

«Cuando el curar no es algo distinto de la propia realidad, se convierte en un estilo de vida. Los estados alterados de conciencia se convierten en algo familiar, la capacidad telepática aumenta. Es una aventura».

Una mujer quería tratarse por medio de biofeedback, para ver si conseguía disminuir su presión intraocular y curarse así del glaucoma. Se curó efectivamente, pero lo que es más importante, descubrió que no sólo su vista, sino su vida entera, había estado afectada por sus estados de conciencia. Un médico, preocupado por las dosis abusivas de Valium que estaba tomando contra los dolores de cabeza, probó un tratamiento de biofeedback... que le hizo interesarse por la atención interior... y luego por la meditación, lo que le llevó a un cambio decisivo de vida, incluida la práctica de una especialidad médica muy alejada de la anterior.

 

Un ahogado eminente llegó a convencerse de que su pérdida progresiva de visión le reportaba indudables ventajas:

“Me sentí llamado a no luchar contra el repentino debilitamiento de mi vista exterior, sino a cooperar con él, como un medio de revalorización de mi propio proceso vital. Mirando hacia atrás a los quince últimos meses, estoy convencido de que habría sido una gran pérdida para mí el haber podido invertir inmediatamente el proceso por un milagro, por azar o por un esfuerzo de voluntad".

Un conspirador burócrata afirmaba haber descubierto la salud como resultado de la meditación. Tras haber practicado durante varios años la Meditación Trascendental, pudo vencer fácilmente su hábito compulsivo de beber, y poco después su tendencia asimismo compulsiva a comer en exceso.

«A una edad en que tendría que estar ya bajando la pendiente, me siento más sano que hace cinco años, y cada vez mejor que antes. »

Un psicólogo, propulsor de la medicina holística en todo el país, se introdujo en este a campo traviesa de un instructor de Tai Chi que le hizo interesarse por la acupuntura. Actualmente ha conseguido introducir con éxito ciertos enfoques tomados de medicinas alternativas en el curriculum de una importante escuela de medicina, y ha organizado series de conferencias sobre enfoques holísticos para grupos de estudiantes de medicina.

«Si se quieren exponer las conexiones existentes entre ambos sistemas», decía, «es sumamente importante emplear el lenguaje apropiado. Si me pongo a hablarles del yin y el yang, la mayoría de los neurocirujanos dejarían de escucharme. Entonces les hablo de los sistemas nervioso simpático y parasimpático. Si queremos conseguir que la gente cambie, es importante no empujarles ni tirar de ellos, sino simplemente caminar a su lado. »

Un antiguo activista político, que enseña hoy en día cursos de biología psicosomática como profesor de una escuela de medicina, decía:

«Esta revolución sostiene que fundamentalmente todos estamos bien, y que la recuperación de la salud es algo natural. Es antielitista. La profesionalidad, los diplomas colgados en la pared, está decayendo en cuanto símbolo de autoridad. El amor es el poder más irresistible del universo. Cuidados amorosos: eso es en lo que consiste toda curación».

Una doctora de Nueva York, paralizada por completo por un dolor de espalda a resultas de un accidente, descubrió que la simple presión ejercida sobre determinados puntos de acupuntura en su pie, la aliviaba de su agonía.

«Creo que si funcionó mi automasaje fue por la disponibilidad y la perspectiva que tenía en aquella época, que hizo que el propio tratamiento reorientara el flujo de la energía. Esta experiencia me hizo interesarme por aprender más acerca de la hipnosis, el biofeedback y la meditación. »

Un clérigo que respondió al cuestionario de la Conspiración de Acuario abrió un centro de salud holística y de meditación tras haber experimentado alivio de sus dolores crónicos por medio de la meditación. Una doctora de Nuevo Méjico decía haber empezado a usar una red espiritualista como medio auxiliar para pacientes que tardaban en mejorar. Varias personas que respondieron al cuestionario afirmaban que lo que les había atraído a participar en diversas psicotécnicas había sido la curiosidad que les suscitó haber presenciado como profesionales de la medicina diversos fenómenos de curación.
 


La Conspiración de Acuario en la medicina
La nueva forma de pensar sobre la salud y la enfermedad, con su mensaje de esperanza y su carga de responsabilidad, es ampliamente divulgada por la Conspiración de Acuario. Ejemplo de ello fue la convención celebrada en Washington en 1978 con el título «Salud holística y planificación pública», organizada conjuntamente por diversas instituciones gubernamentales y asociaciones privadas. Había representantes del ministerio de Salud, Educación y Bienestar, y del equipo de la Casa Blanca.

 

También enviaron representantes diversas compañías de seguros, organizaciones privadas de planificación sanitaria, y varias fundaciones: en muchos casos, acudieron en persona los máximos dirigentes de las mismas. En el estrado había también políticos, médicos, psicólogos, curanderos tradicionales, maestros espirituales, investigadores, futurólogos, sociólogos, y especialistas en planificación de la salud.

 

La intervención inicial corrió a cargo del cirujano general adjunto; otros conferenciantes principales fueron Jerome Frank sobre el efecto placebo, el parlamentario californiano John Vasconcellos, el maestro de meditación Jack Schwarz, y Buckminster Fuller sobre ecología humana.


Los temas abarcaban la planificación de la salud pública, la creación de centros de salud holística, la práctica de técnicas curativas interculturales, la teoría holográfica sobre la mente y la realidad, yoga, música y conciencia, acupuntura y digitopuntura, técnicas budistas de meditación, medicina electrónica, métodos alternativos de alumbramiento, trabajo corporal, biofeedback, imaginación dirigida, homeopatía, alimentación... y «la imagen cambiante del hombre».
 

Lo completo del programa es característico del nuevo paradigma, que considera a muchos sistemas de curación no tradicionales como complementarios de la medicina occidental. Sepamos o no cómo funcionan, lo cierto es que podemos sacar provecho de ellos, de un modo semejante al uso que hace la medicina convencional de la aspirina, de la digitalina o del electroshock, sin saber a ciencia cierta por qué son eficaces.


La primera vez que un grupo de científicos y médicos amigos entre sí se reunieron para afirmar públicamente su interés por las realidades espirituales y los enfoques alternativos sobre la salud fue en 1970. El programa de ámbito exclusivamente interno del De Anza College en Cupertino, California, fue adoptado por la compañía aérea Lockheed. Seis meses más tarde, se celebraba en la Universidad de California de Los Ángeles (UCLA) y en la de Stanford dos fines de semana gemelos con un reparto semejante, que subrayaron el papel de la mente de la enfermedad y hablaron de «nuevas» terapias: meditación, visualización, biofeedback, acupuntura, hipnosis, curación psíquica, y métodos populares de curación.

 

En pocos años, se han representado multitud de variaciones sobre este tema, que empareja lo científico con lo espiritual, en los recintos de la mayor parte de las universidades del país, incluyendo a Yale, Harvard, universidad de Nueva York, Instituto Tecnológico de Nueva York, todas las facultades del complejo universitario de California, y las universidades de Massachusetts, Miami, Michigan e Illinois. Las fundaciones Rockefeller, Ford y Kellogg subvencionaron programas destinados a explorar la interacción entre la mente y la salud.


En un simposium celebrado en Tucson en el mes de octubre de 1975, Roy Menninger, de la Clínica Menninger, dijo:

«Las ideas tradicionales sobre la medicina y el nuevo concepto del hombre están celebrando una carrera de choques».

Otros conferenciantes expresaron su previsión de posibles enfrentamientos y resistencias en el campo de las reformas del sistema sanitario.


Pero incluso entonces, en esa misma conferencia de Tucson, hubo ya signos de distensión. Tal fue el caso de Malcolm Todd. Todd, presidente a la sazón de la conservadora AMA (American Medical Association), pasó revista en un tono un tanto defensivo a las maravillas tecnológicas de la medicina moderna. Su ponencia no fue precisamente del agrado de la concurrencia, pero todo el mundo estuvo de acuerdo en admitir que su deseo de participar desde el estrado al lado de los representantes de la inortodoxia fue significativo.

 

Menos de un año después, en una intervención en un programa de amplitud semejante celebrado en San Diego, Todd respaldó la idea de una «medicina humanística» que se ocupa del «cuerpo-mente». Nueve meses más tarde, ante un auditorio compuesto exclusivamente por médicos, en Houston, urgió la necesidad de adoptar una actitud activa en la integración de estos enfoques holísticos dentro del sistema. Usados, con prudencia, decía, son una promesa estimulante de rejuvenecimiento para la medicina occidental.

«Su gama se extiende desde el biofeedback y la psicología de la conciencia hasta los fenómenos paranormales, la curación psíquica... »

La conspiración ha comprendido que, en vez de derribar a gritos a sus adversarios potenciales, es mejor escucharles. Y también proporcionarles una experiencia directa de ese otro contexto más amplio. En 1975 y 1976, Rick Carlson, un abogado especializado en temas sanitarios, organizó en Airliehouse, Virginia, cerca de Washington, junto con otros, una pequeña serie de conferencias para dar a conocer a funcionarios gubernamentales y a sus consejeros la fuerza de las ideas holísticas y de la medicina alternativa4. Los asistentes tuvieron ocasión de probar el biofeedback, la meditación, visualización, relajación, y otras psicotécnicas. Estos encuentros fueron subvencionados desde la sombra por la organización Blue Cross-Blue Shield 5.


En 1976, «los Blues», la Fundación Rockefeller y la universidad de California-San Francisco, patrocinaron un encuentro celebrado en el Hotel Waldorf-Astoria de Nueva York, en el que doscientos supremos responsables de la Administración pública pudieron asomarse a los diversos enfoques alternativos sobre la salud, en los que se subrayaba la importancia del «médico interior» presente en cada uno de nosotros. Dos meses más tarde, tuvo lugar otro encuentro semejante, patrocinado esta vez además por el Instituto de Medicina.


Los conspiradores se movían por todo el país en circuitos, predicando, no ya un dogma, sino una nueva perspectiva; lanzando aquí un programa educativo, un proyecto piloto allá, divulgando y dando a conocer los trabajos de otros miembros de la red, y creando nuevos lazos de conexión. Unos trabajaban desde dentro, tratando de cambiar sus propias organizaciones profesionales locales o estatales.

 

Otros procuraban sensibilizar a las fundaciones privadas y a la prensa sobre las posibilidades del nuevo y más amplio paradigma. Las estrategias que conseguían mayores éxitos eran la persuasión suave y la experiencia directa. El granjearse las simpatías de responsables influyentes de la Administración también se reveló como un medio efectivo de sacudir el statu quo. Por ejemplo, algunas conferencias servían a un doble propósito: ilustrar a los participantes a cambio de su cuota de asistencia, y atraer a una alianza plena a conferenciantes sólo parcialmente comprometidos.


Reuniones de todo tipo han seguido proliferando por todo el territorio nacional, como una promesa, una letanía, o un manifiesto en medio de una sociedad fracturada, con mayor rapidez de lo que requeriría poder contar su número: simposiums y conferencias, talleres y seminarios, retiros, ferias y festivales, exposiciones gigantescas.

 

Entre otras:

  • Caminos de curación,

  • La curación en Oriente y en Occidente,

  • Nueva muestra de la medicina bicentenaria de toda América,

  • Campamento y Feria anual de las artes curativas,

  • Expo-Salud,

  • Expo-Nueva Era,

  • Feria del Mañana,

  • Nueva Física y Nueva Medicina,

  • Terapias relacionadas con la meditación,

  • Ecología humana,

  • Energía humana,

  • Terreno común,

  • Feria del Cuerpo,

  • La mente todo lo puede,

  • Todo está en la mente,

  • Retiro sobre salud holística,

  • Universidad de la vida holística,

  • Celebración de la Salud,

  • Nuevas perspectivas en Medicina,

  • Nuevas orientaciones para la Medicina americana,

  • El médico del futuro,

  • Centro de Salud del futuro,

  • Perspectivas culturales en torno a la curación,

  • Curación en los nativos americanos,

  • Recursos naturales en favor de la salud,

  • El yo y el cuerpo,

  • Cuerpo-Mente-Espíritu,

  • Tensión sin trastornos,

  • El estrés y la psicología del cáncer,

  • Biofeedback y medicina conductista,

  • Reunificación del Cuerpo-Mente y psicoterapia,

  • La salud total china del cuerpo y la mente,

  • Nuevas dimensiones de la atención sanitaria,

  • Toque de salud,

  • Un asunto holístico.

Y en cuanto a organizaciones: el Centro de Medicina Integral, el Instituto de Medicina Humanística, la Asociación de Salud Holística, y numerosos «centros de salud holística» y «clínicas de salud holística».


La conspiración admite la fuerza de los números y, naturalmente, la fuerza de la cooperación, pero no la de la centralización.


Una tentativa de unificar en un solo cuerpo a los practicantes de la salud holistica, en 1977, se estrelló contra una fuerte resistencia. Pese a sus poderosas alianzas y coaliciones de alcance nacional, el movimiento está firmemente decidido a seguir siendo un movimiento de base descentralizado6.


Las redes de salud holística son SPINs, ejemplo típico de los grupos autosuficientes y policéntricos descritos en el capítulo 7. Muchas de las antiguas asociaciones profesionales han organizado reuniones y comités sobre lemas relativos a la medicina alternativa, y en todas sus reuniones nacionales figuran talleres y comisiones dedicados a estos aspectos: estados alterados de conciencia, acupuntura, hipnosis, meditación, biofeedback.

 

El slogan cuerpo-mente-espíritu que preside estas sesiones tiene un lugar, como motivo revolucionario, paralelo al de «libertad-igualdad-fraternidad». Un buen número de centros, reuniones y redes de salud holística han brotado también en el seno de las diferentes iglesias o de fundaciones asociadas a las distintas confesiones religiosas.


Un folleto afirmaba:

«En esta época, la medicina holística es más bien un "campo popular" que un campo institucional; depende de un sistema de comunicaciones que enlaza de manera informal a la globalidad de la red... Como en muchas de las disciplinas que están surgiendo, esa red informal es el campo de la salud holística».

Así como, según vimos, el nuevo colectivo era la nueva política, así también las redes de salud son el nuevo paradigma del bienestar: vivos ejemplos de un camino mejor.


La conspiración reconoce también la importancia que tiene la semántica para tender un puente entre lo viejo y lo nuevo. Por ejemplo, un proyecto decisivo de estudio sobre los métodos de curación no convencionales consiguió ser aprobado por los hospitales implicados con el título «El toque terapéutico», que resultaba menos esotérico que el de «La imposición de manos».

 

Otro investigador solicitó una beca para llevar a cabo un estudio sobre «La psicobiología de la salud». La propuesta fue rechazada. Consciente de que las instituciones subvencionadoras sienten mayor inclinación por la patología que por el bienestar, presentó su propuesta con un nuevo título: «La psicobiología de la enfermedad». Y esta vez fue aceptada sin demora.


En el Instituto Nacional de Salud Mental (NIMH), hacia 1977, funcionaban «grupos esotéricos», que se reunían semanalmente para discutir de manera informal acerca de temas como curaciones chamánicas, meditación, diagnóstico por el aura. Un grupo de trabajo de California, patrocinado por el NIMH, compiló un libro basándose en artículos encargados expresamente en relación con las medicinas alternativas, con el propósito de conferir legitimidad a sus presupuestos. El estudio de los cambios psicocorporales producidos por las psico-técnicas fue apoyado por medio de subvenciones federales. El NIMH contrató asimismo la preparación de una bibliografía anotada sobre la medicina holística.

 

En la convocatoria publicada al efecto, la institución definía elocuentemente la necesidad:

"En las dos últimas décadas muchos médicos y profesionales de la salud mental han empezado a descubrir las limitaciones del paradigma y la práctica de la medicina alopática occidental... El acento puesto sobre la patología y la enfermedad mas que en la prevención, el carácter destructivo de muchos remedios farmacéuticos y quirúrgicos, la excesiva separación entre los problemas físicos y los emocionales, la presuposición de una fundamental asimetría en la relación entre el médico todopoderoso y el paciente sumiso... han empujado a doctores e investigadores a buscar respuestas en otras tradiciones y métodos.


Esta búsqueda ha conducido a muchos de ellos a indagar en tradiciones en las que el cuerpo y la mente son considerados como una unidad, y en las que la labor terapéutica está orientada a ayudar a los procesos naturales de curación. Algunos han volcado su interés en formas de medicina tradicional, como acupuntura, homeopatía, herboristería, meditación, curación psíquica; otros, en técnicas nuevas, como imaginación dirigida y biofeedback".

 

«La guerra ha terminado», decía en 1978 Norman Cousins, editor del Saturday Review. «Contamos con aliados por ahí fuera: un montón de médicos que piensan igual que nosotros, pero están necesitados de ánimo. »

Cousins tenía buenas razones para saber de la existencia de esos «aliados por ahí fuera».

 

En el New England Journal of Medicine había relatado su propia recuperación espectacular de una enfermedad crítica tras haber acudido a un tratamiento no ortodoxo, a la vista de la impotencia de la medicina convencional. Él mismo recomendaba su propio tratamiento: un maratón de películas de los Hermanos Marx y antiguas filmaciones del tipo «cámara invisible», junto con dosis masivas intravenosas de vitamina C. Lo que parecía ser una enfermedad celular fatal, se reabsorbió completamente.


La reacción producida por su artículo fue increíble. Diecisiete revistas médicas solicitaron su reimpresión, treinta y cuatro escuelas de medicina lo incluyeron entre su material curricular, y Cousins fue invitado a pronunciar una conferencia en muchas otras escuelas de medicina por todo el país. Más de tres mil médicos de diversos países le dirigieron cartas admirativas y entusiastas. Más tarde, en 1978, Cousins pasó a formar parte del profesorado de la escuela de medicina de la universidad de California de Los Angeles (UCLA).
 


Una profesión en transformación
Cousins tuvo también una intervención en 1977 en la convención de la Asociación Americana de Estudiantes de Medicina (AMSA) en Atlanta. El tema de la convención, «Roles alternativos en torno a la salud: una nueva definición de la medicina», dejaba ver de forma cada vez más clara el cambio de paradigma que se estaba operando en las escuelas de medicina.

 

Estudiantes y profesores habían comenzado a formar por todo el país grupos informales de discusión sobre la conciencia y los enfoques médicos holísticos. Este tipo de grupos se reunía de forma regular en escuelas médicas como las de la universidad de California de Los Angeles (UCLA), la universidad de Texas en Galveston, la de Baylor en Houston, y la de John Hopkins en Baltimore.


Del grupo de John Hopkins surgió Goldenseal (Sello de oro), una red de ámbito nacional; uno de sus fundadores era entonces vicepresidente de la AMSA. En su primer ano de existencia, sus dos miembros fundadores pasaron a formar una comunidad de doscientos cincuenta. La revista New Physician, órgano oficial de la AMSA, dedicó en 1977 un número entero a prácticas de medicina alternativa, y mantiene regularmente un apartado relativo a medicina humanística. Laurel Cappa, presidente de la AMSA en 1976, habló en una convención de médicos del interés de los estudiantes por la medicina familiar y por métodos no tradicionales como la meditación y la psicología de la Gestalt. Los estudiantes de medicina aseguraban querer aparecer como compañeros a sus pacientes, y no como figuras revestidas de autoridad.


En 1978, Doug Outcalt, último presidente anterior de la AMSA, fue invitado a dar una conferencia en Denver ante la asamblea fundacional de una nueva organización médica: la Asociación Médica Holística Americana. En su conferencia, urgió a los presentes la necesidad de servir de modelos a aquellos estudiantes que estaban buscando un enfoque de la atención sanitaria más humanista y más abierto.

 

Según dijo, los estudiantes de medicina podían dividirse en tres clases: los tradicionistas, contentos de seguir practicando la medicina tal como lo habían hecho sus padres; los acomodaticios, que no aprueban el sistema, pero son incapaces de imaginar que pueda cambiar; y los buscadores, que se interesan de forma activa en todas las vías alternativas.

«Ustedes pueden ayudarnos», les decía Outcalt. «Infíltrense en las comisiones de admisión y en las encargadas de organizar el curriculum. Métanse como profesores en las escuelas de medicina. »

La conspiración y la crisis están cambiando realmente a las escuelas de medicina. Muchos de los que respondieron al cuestionario de la Conspiración de Acuario son profesores en esas escuelas, que no se limitan a ofrecer a sus estudiantes un testimonio de un paradigma más generoso, sino que organizan también continuamente programas médicos educativos para doctores en ejercicio. (Muchos Estados exigen que los médicos actualicen su formación con un mínimo de horas de asistencia a cursos de reciclaje durante el año.)

 

En Sacramento, el comité legislativo sobre asuntos médicos del parlamento californiano estaba debatiendo acerca de la procedencia de los cambios introducidos en los curriculum de las escuelas médicas. Un conspirador psicólogo, amigo del presidente del comité, se presentó a sí mismo diciendo: «Yo represento a todas las personas del Estado de California que no son médicos». Y a continuación, hizo una serie de recomendaciones sobre la necesidad de humanizar la formación de los futuros doctores.

 

Ante la protesta de los decanos de las escuelas de medicina de que los cambios sugeridos serían difíciles y complicados, respondió con suavidad: «Estoy de acuerdo, probablemente toda innovación es demasiado difícil para nuestras escuelas de medicina». Los decanos recogieron velas enseguida: Bien, tal vez no fuera tan difícil.


Pero por encima y más allá del impulso consciente de la Conspiración de Acuario, la implosión de conocimientos y el fracaso de la «medicina racional» son vectores inexorables de cambio.


La vida no ha sido fácil para la mayoría de los médicos que se han visto sorprendidos por el cambio de paradigma. Se encuentran entre dos generaciones, ni lo suficientemente jóvenes como para adentrarse con facilidad en las nuevas concepciones, ni lo suficientemente viejos como para poder morir envueltos en el sueño tecnológico, protegidos por su aura de doctores.

 

Muchos profesionales del campo de la salud han estado desempeñando por todo el país el tipo de «liderazgo transformador» descrito por James MacGregor Burns (ver capitulo 7). De algún modo, están intentando romper su propio acondicionamiento cultural, pues la formación médica occidental no es sino una estrecha subcultura, «la áspera tradición de Galeno», como la llamaba un antropólogo especializado en temas de medicina.


El ideal holístico no es del todo nuevo. En un ensayo titulado «La necesidad de un nuevo modelo médico», publicado en la prestigiosa revista Science, George Engel señalaba que este enfoque ya se habla intentado en la escuela médica de John Hopkins antes de 1920. Un médico, Arnold Hutschnecker, hacia una vigorosa defensa de la medicina psicosomática en su libro The Will to live (La voluntad de vivir) publicado en 1950. La preocupación del médico por la enfermedad y la preocupación del psicoanalista por la mente requerían una síntesis, pues la verdad no es monopolio de ninguna rama de la medicina.

«Ambos puntos de vista tienen que encontrarse y fundirse, y su fusión se dará, más profundamente que en los demás, en los médicos de medicina general. »

Lo que Hutschnecker no podía prever era la rápida desaparición de los médicos de medicina general. En 1950, casi el noventa por ciento de los que terminaban sus estudios en las escuelas de medicina se dedicaban a ejercer como médicos de cabecera. Hacia 1970 ese número había bajado a menos de un 10 por ciento. No sólo mente y cuerpo se consideraban como campos separados, sino que cada parte del cuerpo se había convertido en un campo de especialización.


La especialización era el resultado comprensible, y tal vez inevitable, de la confianza depositada por las escuelas de medicina en el Test de admisión a las Facultades de medicina (MCAT: Medical College Admissions Test).

 

Según Harrison Gough, un psicólogo de la universidad de California en Berkeley que se ha dedicado a estudiar a los estudiantes de medicina desde 1951, este test ha configurado a toda una generación de médicos norteamericanos, al haber determinado la selección de estudiantes con un temperamento determinado. Como se exigían altas puntuaciones para la admisión, el test eliminaba a muchos sujetos «prácticos y buenos trabajadores», en favor de quienes presentaban una fuerte orientación académica. Estos individuos, de tipología escolar, tendían a dedicarse a la investigación o a especialidades como radiología o anestesiología.

«La confianza en el test ha producido una generación de doctores poco inclinados a hablar con sus pacientes de las causas posibles de que les duela el estómago. »

Gough descubrió que a lo largo de los años los estudiantes de medicina más creativos eran los que más probabilidades tenían de abandonar la carrera.

«No es que no sirvieran para médicos. Lo que pasa es que no podían tolerar la cadena de trabajos forzados que suponía la densa y rígida estructuración de los programas de las escuelas de medicina. »

Especialmente en los últimos años, muchos de los mejores médicos en potencia ni siquiera tenían opción de llegar a abandonar los estudios. Una competencia de intensidad creciente para cubrir un número de plazas relativamente escaso significaba la exigencia de unas puntuaciones medias espectaculares como requisito previo de admisión. El calor humano, la intuición y la imaginación son justamente las características con mayores probabilidades de exclusión cuando el interés se centra en los niveles escolares y en las puntuaciones obtenidas en los tests. Realmente, las escuelas de medicina estaban cerrando sus puertas al hemisferio derecho del cerebro. No había cupo alguno para la creatividad.


En abril de 1977, cerca de treinta mil aspirantes fueron sometidos a un MCAT radicalmente distinto, que debía discriminar las solicitudes de entrada en las escuelas de medicina para el curso 1978-79. Por su misma naturaleza, el nuevo test venía a suavizar la aguda tendencia competitiva que hasta entonces había resultado favorable a los mejor capacitados en el campo de las ciencias. El nuevo test hacía posible también el acceso a los mejor dotados en campos no científicos. Más aún, tomaba en cuenta características nunca antes exigidas, como la capacidad de síntesis, la habilidad para descubrir pautas, para hacer extrapolaciones, y para dejar de lado los datos irrelevantes. Pocas eran las preguntas a las que podía responderse de forma precisa y escueta.


El nuevo MCAT era el primer test de admisión a las facultades de medicina realmente nuevo desde 1946. La Asociación Americana de Facultades de Medicina, que había invertido un millón de dólares en el encargo del nuevo test, ha empezado a tomar activamente en consideración diferentes estrategias para evaluar las diversas especies de rasgos humanos susceptibles de integrar la figura de un buen médico.

«Todo el mundo está de acuerdo en lo importante que son los rasgos no considerados por las pruebas cognitivas: de una importancia tal vez más crucial que los conocimientos de medicina del candidato. »

Las facultades médicas están asimismo evaluando el impacto del curriculum como tal en la personalidad del estudiante. Un antiguo decano de la escuela médica de Harvard señalaba que,

«hay menos libertad intelectual en la carrera médica que en casi cualquier otra forma de educación para el ejercicio profesional en este país».

Howard Hiatt, decano de la Escuela de Salud Pública de Harvard, urgía la necesidad de ampliar la educación médica, que se había mantenido durante demasiado tiempo «aislada de la riqueza de la corriente general universitaria».


Al requerir conocimientos científicos equivalentes a solamente el primer año de carrera, se espera que el nuevo test suponga un estímulo a los estudiantes que desean cursar medicina para que opten por una formación humanística. De hecho, hay una tendencia pequeña pero significativa en las escuelas de medicina a fomentar las solicitudes de quienes sobresalen en el campo de las letras. En la universidad McMaster de Hamilton, Ontario, los estudiantes de medicina que comienzan están divididos en partes aproximadamente iguales en razón de su procedencia del campo de las ciencias o del de humanidades.


Los estudiantes de medicina están comenzando a exigir (e incluso a organizar) cursos sobre nutrición, medicina psicosomática, biofeedback, acupuntura, y otras alternativas no tradicionales.


En una conferencia pronunciada ante profesores y alumnos de la escuela médica de la universidad de California en San Francisco, un interno, Scott May, proclamó la necesidad de respetar y cultivar los aspectos femeninos. Ofreció toda una lista de ejemplos que testificaban una orientación exageradamente masculina: la presión ejercida por las escuelas médicas sobre los estudiantes hasta el punto de hacerles ignorar el estado de agotamiento de sus propios cuerpos, la «objetivación» del paciente que priva al doctor de la necesidad de comprender sus propios sentimientos, la falta de sentido compasivo, el número de suicidios, de crisis de abatimiento y de abuso de drogas registrado entre los doctores.

«Valoren, en vez de denigrarlos, a aquellos estudiantes que den muestras de una mayor sensibilidad y de estar más en contacto con sus propios sentimientos y con los de sus pacientes. Búsquenlos desde el comité de admisiones. »

Y a sus compañeros de clase, les decía: «No os olvidéis de vuestro corazón... ».

 

Un estudiante de medicina de Yale, Tom Ferguson, ha conseguido un gran éxito en el lanzamiento de una revista, Medical Self Care (El cuidado médico de sí mismo), que contiene artículos sobre nutrición, psicología, ejercicio, psico-técnicas, hierbas, drogas, y otras alternativas. Ferguson ha comenzado también a impartir un programa de educación de adultos, y afirma:

«Tal como está establecido hoy en día el curriculum de las escuelas de medicina, quienes se han interesado por la medicina por razones puramente humanísticas deben atravesar una serie de situaciones que les mantienen apartados de todo contacto con los pacientes durante dos, tres o incluso cuatro años».

Para conseguir un contacto humano, una serie de estudiantes de la escuela de medicina de la universidad de Louisville, que se sentían frustrados, decidieron abrir su propia clínica privada gratuita.


Los médicos más jóvenes se sienten solidarios de los profesionales de la salud, aunque no sean médicos. Muestra típica de ello, es esta carta dirigida al editor del American Medical News, en protesta por un artículo que había tachado de charlatanes a los quiroprácticos. El estudiante decía: «Trabajemos con los quiroprácticos». La vieja preocupación por el poder (quién es el experto, quién tiene la autoridad) está desapareciendo. En un buen número de programas médicos innovadores, los psicólogos tienen tanta importancia como los doctores en medicina.

 

En California se está impartiendo a título experimental un doctorado en salud mental, que consta de una mezcla de cursos de psiquiatría, psicología y asistencia social. Las antiguas distinciones jerárquicas también están cayendo: los psiquiatras piden consejos a los psicólogos, los ortopedas a los quiroprácticos, los oftalmólogos a los optómetras.

 

Enfermeras, comadronas, consultores familiares, consultores laicos, clérigos, curanderos, terapeutas corporales, físicos, ingenieros médicos..., todos tienen un lugar en la medicina holística. Como decía un anatomólogo de la escuela de medicina de California, «todos tenemos una parte de verdad. Nadie la tiene entera».

 

Hiatt, de la universidad de Harvard, afirmaba:

"Han pasado los días en que el médico era el único personaje central en el campo de la salud. Por hábiles que puedan ser los médicos. - - tenemos necesidad de los demás profesionales implicados en el sistema, porque la atención médica, por bien dispensada que esté, no es la única solución a la mayor parte de los problemas de salud con que nos tropezamos".

Según Hiatt, el tema está necesitado de una contribución desde el campo del Derecho y de la Economía, como también de las ciencias biológicas y matemáticas, de la administración pública, de la empresa, el periodismo, la ética y la educación7.