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VII. EL RECTO PODER
En la Nave espacial Tierra no hay pasajeros. Todos somos
tripulación. MARSHALL MCLUHAN
Voy a actuar como si lo que hago sirviera para algo.
WILLIAM JAMES
En el poema de C. P. Cavafy «Esperando a los bárbaros», el emperador
y el pueblo, reunidos en la plaza pública, esperan la llegada de los
bárbaros. Los legisladores han abandonado el Senado, porque los
bárbaros tendrán que legislar cuando lleguen. Los oradores no han
preparado ningún discurso, porque los bárbaros no aprecian la
fluidez ni la finura de expresión. Pero de repente la multitud se
queda seria y descorazonada; las calles se vacían rápidamente. Han
llegado noticias de la frontera: los bárbaros no vienen; se han
acabado los bárbaros.
«Y ahora, sin los bárbaros, ¿qué va a ser de
nosotros?». Pregunta el poeta. «Después de todo, habrían sido una
solución. »
Siempre hemos apelado como excusa de nuestra perenne apatía a esos
«otros» seres misteriosos y avasalladores, de quien todo depende.
Hemos dejado que los bárbaros, el establishment, la muerte, los
impuestos, los intereses, los formalismos, las máquinas, conformasen
nuestro destino. Pero algo le está pasando últimamente a la gente. Un
cambio de mente, que está quebrando por diferentes caminos, de un
modo a la vez sutil y dramático, los viejos axiomas políticos y de
gobierno. Está cambiando de sentido el flujo del poder entre las
personas: entre padres e hijos, hombres y mujeres, médicos y
pacientes, patrones y empleados, «expertos» y profanos.
Decía Tocqueville que «en un mundo nuevo es indispensable una nueva
ciencia política». La Conspiración de Acuario entiende que también
lo inverso es verdadero:
«No cabe hacer una política nueva sin
contar con un mundo nuevo, con una nueva perspectiva acerca de la
realidad».
«Un cambio de mente», lo llamaba Huxley. Para
Roszak, el
mismo sentido de la realidad necesitaba ser transformado. Se le han
dado diversos nombres:
Una metafísica nueva, «política de la conciencia», «política de la
nueva era», «política de transformación».
Este capítulo trata de política
en el más amplio sentido de la
palabra. Trata del surgimiento de una nueva especie de líderes, de
un nuevo concepto del poder, del poder dinámico que encierran las
redes, y de la extensión progresiva de una nueva conciencia política
entre el electorado, que es capaz de hacerlo variar todo.
Culturalmente, hemos revestido de ambivalencia la noción del poder.
Empleamos expresiones como subirse el poder a la cabeza, estar
hambriento o sediento de poder, traficar con el poder. Consideramos
a quienes ostentan el poder como seres despiadados, cerrados,
solitarios. Sin embargo, poder, que deriva del latín potere,
significa energía. Sin poder, no hay movimiento1. Así como la
transformación personal reviste de poder al individuo al poner de
manifiesto su propia autoridad interna, la transformación social es
el resultado de una reacción en cadena de cambios personales
operados en los individuos.
Ateniéndonos al espíritu del Sendero Óctuple de Buda, con sus
admoniciones relativas a la Recta Subsistencia, al Recto Discurso,
etc.2 podríamos también nosotros pensar en términos de
Recto Poder:
el poder usado no como ariete o para la glorificación del propio
ego, sino al servicio de la vida. El poder adecuado.
El poder es un tema central en la transformación personal y social.
Las fuentes del poder y el uso que de él hacemos fijan los propios
límites, conforman nuestras relaciones, e incluso determinan en qué
proporción nos permitimos liberar y expresar aspectos de nuestro
propio ser. Más que la adhesión a un partido, más que la filosofía o
la ideología que decimos profesar, lo que define la política es el
poder personal.
Según el ensayista político Melvin Gurtov,
«las nuevas personas crean la nueva
colectividad, y la nueva colectividad crea "la
nueva política". Todo paradigma político cambiante parte de la
imposibilidad de aislar al individuo de la sociedad, como tampoco se
puede separar la «política» de las gentes implicadas en ella. La
persona y la sociedad están indisolublemente unidas, como el cuerpo
y la mente.»
Discutir sobre cuál es más importante es como intentar
dilucidar qué es más importante en el agua, sí el hidrógeno o el
oxígeno. Y sin embargo, es algo que se ha debatido encarnizadamente
durante siglos. Tras rastrear la historia filosófica del tema
individuo versus sociedad, desde Platón a Kant, Hegel y Marx, Martin
Buber llegaba a la conclusión de que es imposible escoger. El
individuo y la sociedad son inseparables. Al final, todo aquel que
se interese por la transformación del individuo debe comprometerse
en una acción social.
«Si intentamos crecer en solitario, decía Gurtov, nos estamos haciendo candidatos ciertos a quedar encerrados
en la opresividad del sistema. Si crecemos juntos, el sistema tendrá
que cambiar. »
La crisis política y la transformación
El nuevo paradigma político está brotando de un creciente consenso,
que el sociólogo canadiense Ruben Nelson describe como «literatura
de crisis y transformación». Aunque esa literatura expresa la
situación con toda una serie de metáforas y diversidad de grados de
desesperación, su esencia se reduce a lo siguiente:
-
La crisis: nuestras instituciones, en especial nuestras estructuras
gubernamentales, son mecanicistas, rígidas, fragmentadas. El mundo
no funciona.
-
El remedio: necesitamos enfrentarnos al conflicto y al dolor.
Mientras sigamos negando los propios fallos y sigamos camuflando
nuestro malestar, mientras no confesemos nuestra desorientación y
nuestra alienación, no podremos dar los pasos adelante necesarios.
El sistema político está necesitado de transformación, no de
reformas. Necesitamos algo distinto, no meramente algo más.
El
economista Robert Theobald ha dicho:
«Si las ideas acerca de la
transformación son correctas, estamos implicados en un proceso sin
precedentes en la historia humana: el intento de cambiar el conjunto
de la cultura por medio de un proceso consciente».
En un informe
encargado por la Oficina de Asesoramiento Tecnológico, órgano
consultivo del Congreso, el propio Theobald decía:
«Es imposible
cambiar un solo elemento en una cultura sin alterar todos los demás»
Con mucha mayor rapidez de lo que podemos cómodamente sobrellevar,
se requiere de nosotros que diseñemos, descubramos y depuremos
alternativas nuevas. ¡Cuánto más fácil resulta comprobar las vueltas
que hemos dado innecesariamente, que salir a explorar otros caminos
más practicables!
Nuestra comprensión de las necesidades y las capacidades humanas ha
cambiado más rápidamente, ayudada por la ciencia, que las propias
estructuras sociales. Su tuviéramos que enfrentarnos de pronto a
seres extraterrestres, sin duda nos sentiríamos asustados, y nos
preguntaríamos cómo comunicarnos con ellos y qué intenciones podrían
traer respecto a nosotros. En este caso, la imagen de un nuevo ser
humano nos parece un extraterrestre. La mera sospecha de estructuras
y posibilidades hasta entonces insospechadas nos llena de inquietud.
Autarquía. Autogobierno
Si tuviéramos que reestructurar la sociedad sobre la base de las
tácticas antiguas (organización, propaganda, presiones políticas,
reeducación), la tarea nos parecería inmensa y desesperada, como
tratar de invertir el sentido de rotación de nuestro planeta. Pero
las revoluciones personales pueden cambiar las instituciones.
Después de todo, esas instituciones se componen de individuos. El
gobierno, la política, la medicina, la educación, no son realmente
cosas en sí, sino actividades humanas en proceso: hacer leyes, ser
elegido, votar, buscar contactos, investigar, aplicar tratamientos
médicos, elaborar programas, etc.
Autarquía significa gobernarse por sí mismo. La idea de que la
armonía social brota en último término de la naturaleza de los
individuos reaparece una y otra vez en la historia. Según Confucio,
el hombre sabio que desea gobernar bien, mira primero en su interior
y busca las palabras adecuadas para expresar sus más caras
aspiraciones, «los sonidos que brotan de su corazón». Tras haber
conseguido verbalizar la inteligencia de su propio corazón,
procedían a disciplinarse a sí mismos. El orden entrevisto en su
propio interior les llevaba a conseguir la armonía primeramente en
sus propios hogares, luego en el estado, y finalmente en el imperio.
Los descubrimientos que trae consigo la transformación alteran
inevitablemente nuestra forma de percibir el poder. El
descubrimiento de la libertad, por ejemplo, significa poco si no
tenemos el poder de actuar, si no podemos ser libres para algo y no
sólo libres de algo. A medida que dejamos atrás el miedo, sentimos
también menos miedo de su hermano gemelo, la responsabilidad. Nos
sentimos menos seguros de qué es lo bueno para los demás. Al
hacernos conscientes de una realidad múltiple, dejamos de apegarnos
dogmáticamente a un solo punto de vista.
La sensación nueva de estar
conectado con los demás fomenta el interés social. La visión más
benevolente del mundo hace que sintamos menos amenazadores a los
demás; los enemigos desaparecen. Los compromisos se vinculan a los
procesos más que a los programas. La forma de conseguir los
objetivos cobra gran importancia. En lo sucesivo resulta posible
convertir la intención en acción y la imaginación en realidad, sin
ningún tipo de intriga ni de manipulación.
El poder brota de un centro interior, de un misterioso santuario más
seguro que el dinero, la fama o el éxito. Al descubrir nuestra
autonomía, al principio andamos siempre de un lado para otro, como
un músico al que acaban de pagar y que, al querer recobrar los
instrumentos que había ido dejando en prenda por toda la ciudad, ni
siquiera puede recordar las direcciones de las casas de empeño. Nos
quedamos asombrados al comprobar con qué ligereza e incluso
inconsciencia habíamos abdicado de tantas cosas importantes, y con
cuánta frecuencia, por el contrario, habíamos invadido el campo de
autonomía de los demás. Aprendemos a considerar el poder sobre la
propia vida como un derecho que nos pertenece por nacimiento, no
como un lujo. Y nos preguntamos cómo es posible que alguna vez
hubiésemos pensado de otra forma.
La política del miedo y el rechazo
«Había conseguido la victoria sobre sí mismo», dice la última línea
de la ominosa novela de George Orwell,
1984. «Amaba al Gran Hermano.
»
Así como los rehenes a veces cogen afecto a sus secuestradores,
también nosotros nos sentimos apegados a cuanto nos aprisiona:
hábitos, costumbres, expectativas de los demás, normas, programas,
Estado. ¿Por qué entregamos nuestro poder, o jamás lo reclamamos en
modo alguno? Tal vez como un medio de evadir decisiones y
responsabilidades. La idea de evitarnos dolores y conflictos nos
seduce.
En la novela de ciencia-ficción de Colin Wilson Los parásitos de la
mente, el protagonista y sus compañeros descubren que la conciencia
humana ha sido esclavizada, sometida e intimidada por un extraño
parásito que se ha estado alimentando de ella y le ha estado
chupando su energía durante siglos. Quienes llegan a darse cuenta de
la existencia de estos parásitos mentales pueden liberarse de ellos;
empresa peligrosa y dolorosa, pero posible. Libres de los parásitos
mentales, se convierten en los primeros seres humanos verdaderamente
libres, y se sienten entusiastas y llenos de una enorme energía.
De
modo semejante, nuestra energía natural ha venido siendo chupada por
parásitos seculares: el miedo, la superstición, una estrecha visión
de la realidad que reduce a maquinaria rechinante las maravillas de
la vida. Si dejamos de alimentarlas, todas esas creencias
parasitarias acabarán por morir. Pero nos empeñamos en racionalizar
el cansancio y la inercia que sentimos; nos seguimos negando a
admitir que nos sentim6s acosados.
Algunas veces la sensación de impotencia de un individuo está
justificada; ciertamente hay círculos viciosos de privaciones y
falta de oportunidades que ponen difícil a algunos la posibilidad de
liberarse. Pero la mayoría de nosotros somos pasivos a causa del
estrangulamiento que sufre nuestra conciencia. La energía de nuestra
conciencia de «pasajero» sufre un continuo drenaje que trata de
distraernos de todo lo que nos asustaría tener que manejar
conscientemente. De modo que consentimos, negamos, y nos
conformamos.
Ruben Nelson, en Ilusiones del hombre urbano, publicado por el
gobierno canadiense, dice:
«Podemos elegir entre el proceso doloroso
pero autoconfirmante de llegar a saber quienes somos y dónde
estamos..., y la alternativa inmensamente atractiva, pero finalmente
vacía, de dejarnos ir a la deriva, actuando como si supiéramos lo
que estamos haciendo, aunque allá en el fondo sabemos y sentimos que
no es así...
Tanto en política como en otros tipos de relaciones,
podemos engañarnos a nosotros mismos y podemos construir en torno
nuestro la realidad, de forma que el interés primordial quede
centrado en el propio confort más que en la verdad... ».
La existencia del gobierno supone en sí misma una estrategia
impresionante de evitar dolores y conflictos. A cambio de un precio
considerable, nos releva de responsabilidades, haciéndose cargo de
actividades que a la mayoría nos resultarían repugnantes. Como
representante nuestro, el gobierno tiene el derecho de cobrar
impuestos y de fabricar bombas. Como representante nuestro, asume
responsabilidades que en otro tiempo correspondían a la comunidad:
el cuidado de los jóvenes, de los heridos de guerra, de los
ancianos, de los disminuidos. Hace llegar a los necesitados del
mundo entero nuestros gestos impersonales de beneficencia, liberando
a nuestra conciencia colectiva de toda molesta implicación directa.
Asume nuestro poder, nuestra responsabilidad, nuestra conciencia
Warren Bennis, antiguo presidente de la universidad de Cinncinati
contaba que un día, al llegar al trabajo, encontró su despachó
atestado de estudiantes que protestaban indignados. Dos hermosos
árboles habían sido abatidos para ensanchar una de las avenidas del
campus. Trató de bazar al culpable, y se encontró con lo siguiente:
el hombre que había cortado los árboles trabajaba para un
contratista de la localidad, cuyos servicios había contratado el
arquitecto urbanista a fin de ejecutar el proyecto diseñado por él
mismo; el arquitecto trabajaba a las órdenes del director de
planificación, que dependía a su vez del jefe del departamento de
instalaciones; el supervisor de éste era el vicepresidente de
administración y financiación, quien respondía frente al Comité de
edificaciones de la universidad, el cual a su vez transmitía sus
informes al vicepresidente ejecutivo.
«Los hice venir a todos
juntos, eran más de veinte, y todos se confesaron inocentes. Todos
lo éramos. La burocracia es un bonito sistema de evadir
responsabilidades y culpas. »
Bennis caracterizaba a este proceder de «pornografía cotidiana». Así
como la pornografía es un sustituto mecánico, a distancia, del amor
y del sexo, de igual modo la forma sincopada de tomar decisiones los
burócratas es algo alejado de la realidad. Nuestros líderes «dan la
impresión de estar hablando siempre a través de planchas de
cristal».
Ante el fracaso de otras instituciones sociales, amontonamos aún más
responsabilidades sobre el gobierno, la institución más inerte e
incontrolable de todas. Hemos ido haciendo un creciente dejar de
nuestra autonomía en manos del Estado, forzando al gobierno a asumir
funciones en otro tiempo desempeñadas por las comunidades, las
familias, la iglesia, es decir por el pueblo. Muchas tareas sociales
han revertido al gobierno por incomparecencia de sus respectivos
responsables, y el resultado final ha sido una parálisis creciente,
una falta de realidad.
Tocqueville consideraba como un peligro de la democracia el abandono
de la responsabilidad.
«La excesiva centralización del gobierno
acaba por enervar a la sociedad, en último término», dijo hace más
de siglo y medio.
Los mismos beneficios que supone la democracia,
las libertades, pueden conducir a una especie de privatización de
los intereses. Los habitantes de una democracia llevan una vida tan
apasionante y tan atareada,
«tienen tanto trabajo y tantos deseos de
cumplir, que apenas le queda energía al individuo para dedicarse a
la vida pública».
Esta peligrosa tendencia no sólo les lleva a
evitar participar en el gobierno, sino también a temer cualquier
perturbación de la paz. «El amor de la tranquilidad pública es con
frecuencia la única pasión que conservan esas naciones... » Los
gobiernos democráticos aumentarán su poder por el simple hecho de
permanecer en él, predecía Tocqueville.
«El tiempo está de su parte.
Cualquier incidente les favorece... Cuanto más antigua es una
comunidad democrática, tanto más centralizado llegará a ser su
gobierno. »
Estas burocracias llegarían a crear su propia
suave
tiranía, advertía; una tiranía como ninguna otra que haya existido
en el mundo. «La misma cosa es en sí nueva. Como no puedo darle un
nombre, debo intentar definirla. » Cuando una gran multitud se
dedica en gran medida a perseguir el placer, actúan como si sus
propios hijos y sus amigos fuesen toda la humanidad. Acaban
considerando extraños a sus conciudadanos. Aunque físicamente puedan
estar muy cercanos, no verán ni tocarán a todos los que se
encuentran fuera de su círculo inmediato. Cada ciudadano acaba así
por existir en y para sí mismo y para los más íntimamente
emparentados con él, exclusivamente; y acaba así perdiendo su país.
Por encima de los ciudadanos hay un inmenso poder, suave y paternal,
que les mantiene en una infancia perpetua. Cien años antes que
Orwell, Tocqueville ya había previsto al Gran Hermano:
"Es la única instancia que garantiza la felicidad; él provee a su
seguridad, prevé y cubre sus necesidades, les facilita placeres, se
ocupa de sus principales intereses, dirige su industria, reglamenta
el reparto de sus propiedades, divide sus herencias... ¿Qué queda,
sino ahorrarles todo el trabajo de pensar y la preocupación por
vivir?
De esa forma, el ejercicio de la libre voluntad se vuelve cada día
más inútil... La voluntad queda circunscrita a un marco cada vez más
estrecho.
Extiende por toda la superficie de la sociedad un complicado
entramado de pequeñas normas, minuciosas y uniformes, al que no
pueden escapar ni siquiera las mentes más intactas ni los más
fuertes caracteres. No es que se reduzca a pedazos la voluntad del
ser humano, pero ésta queda ablandada, doblegada y guiada.
Un poder semejante no llega a tiranizar, pero comprime, enerva,
apaga y deja paralizadas a las personas. La nación, en el mejor de
los casos, queda reducida a un rebaño de animales tímidos y
trabajadores, del que el gobierno es el pastor.
Tocqueville anticipo el papel paternal que habrían de ejercer el
gobierno y las otras grandes instituciones jerárquicas
(corporaciones, iglesias, hospitales, escuelas, sindicatos). Por su
misma estructura, tales instituciones alimentan la fragmentación, el
conformismo, la ausencia de moralidad. Extienden sin cesar sus
poderes, perdiendo de vista su cometido original. Como un enorme
hemisferio cerebral lineal, amputado de todo sentimiento, son
incapaces de ver la totalidad. Y acaban chupando, como una
sanguijuela, al cuerpo político entero, privándolo de toda vida y
significado.
Ya se apoye en razonamientos capitalistas, socialistas o marxistas,
la concentración de un gran poder central en una sociedad es algo
antinatural, ni lo suficientemente flexible ni lo suficientemente
dinámico como para poder responder a las necesidades cambiantes del
pueblo, especialmente a la necesidad de participación creativa.
Algunas veces, decía George Cabot Lodge nos embarcamos en una
especie de pensamiento nostálgico, y pretendemos vivir de nuestros
antiguos mitos perdidos: de la competitividad, de nuestro Destino
Manifiesto, del individualismo a ultranza, del Producto Nacional
Bruto. Pero a otro nivel, sentimos y sabemos que hay algo que no
concuerda. Sabemos perfectamente bien que todas las naciones son
interdependientes, que la autosuficiencia es una amenaza sin
contenido. Sabemos también que las grandes compañías se han
convertido en pequeños poderosos estados, medio dotados de
reglamentación propia, que apenas guardan parecido con la «libre
empresa» que decimos defender.
Políticos, directivos y empleados luchan, por un lado, con las
realidades económicas, pero, por otro, las ignoran descaradamente,
como pacientes cogidos entre dos mundos a causa de la división
practicada en su cerebro en el laboratorio.
Los cambios de paradigma en política
Según Lodge, la transformación que amenaza hacernos pasar del
paradigma socio político surgido en el siglo diecisiete a un nuevo
marco representa un verdadero terremoto para nuestras instituciones,
que se ven privadas de su legitimidad al estar herida de muerte la
ideología que les sirve de base. Considerar la crisis de nuestras
instituciones como un anuncio del cambio de paradigma socio político
inminente puede aportarnos seguridad, e incluso resultar iluminador,
pues viene a situar nuestras actuales tensiones y conflictos en una
perspectiva de transformación histórica.
Una comunidad de individuos, una sociedad, administra sus asuntos
según un sistema convenido: un gobierno. Así como el paradigma
científico establecido cubre el campo de la «ciencia normal», así
también el gobierno y las costumbres admitidas en una sociedad
abarcan el campo de las relaciones normales que tienen lugar en
ella. La política representa el ejercicio del poder dentro de este
consenso.
Igual que los científicos inevitablemente se tropiezan con hechos
que contradicen al paradigma existente, también los individuos
pertenecientes a una sociedad comienzan a experimentar anomalías y
conflictos: desigual distribución del poder, limitaciones a las
libertades, leyes o prácticas injustas. Al igual que la comunidad de
científicos establecida, la sociedad al principio ignora o niega la
existencia de esas contradicciones. A medida que la tensión crece,
trata de reconciliarlas dentro del sistema existente, elaborando
toda suerte de racionalizaciones. Si el conflicto es demasiado
intenso o está demasiado focalizado para poder suprimirlo, surge
finalmente una revolución en forma de un movimiento social.
El viejo
consenso se rompe y las libertades se amplían. Donde mejor se
aprecia esto en la historia norteamericana es en la expansión del
paradigma del sufragio universal. En un primer momento, la facultad
de votar se extiende a todos los propietarios de raza blanca de sexo
masculino, luego a todos los ciudadanos de raza blanca de sexo
masculino, más tarde a todos los ciudadanos de sexo masculino de
cualquier raza, finalmente a todos los ciudadanos de ambos sexos
mayores de veintiún años, y por último a todos los ciudadanos
mayores de dieciocho años.
Se puede decir que un cambio de paradigma político tiene lugar
cuando los nuevos valores han sido asimilados por la sociedad
dominante. Esos valores se convierten entonces en dogma y social
para los miembros de la nueva generación, que se maravillan de que
alguna vez alguien hubiera podido pensar de otra forma. Con todo, no
tardarán en surgir nuevos conflictos e ideas en su seno, que serán
negadas, ignoradas e incluso reprimidas a su vez, y así
sucesivamente.
Las pautas de irracionalidad en el comportamiento humano se repiten
una y otra vez, en el ámbito individual y colectivo.
Los viejos
moldes son fieramente defendidos, incluso cuando ya han empezado a
fallar estrepitosamente y no sirven en absoluto para manejar los
problemas cotidianos; y quienes los desafían tienen que sufrir el
que se les considere ridículos. Generación tras generación, la
humanidad ha luchado por preservar el statu quo, sosteniendo que
«más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer», muestra de
escepticismo popular que considera siempre peligroso a lo
desconocido.
En expresión de Virginia Satir, usamos las «tácticas
del enemigo» en contra del cambio, sin darnos cuenta que todo
crecimiento depende de la capacidad de transformarse. En medio de un
mundo fluyente por naturaleza, nos aferramos a lo que nos resulta
familiar y nos resistimos a toda transformación.
«En la alternativa
de tener que cambiar nuestras ideas o probar que no es necesario
llegar a eso, la mayoría de nosotros nos apresuramos a acumular
argumentos», dice John Kenneth Galbraith.
Si hemos de acabar alguna vez con esa pauta de comportamiento, si
hemos de liberarnos de nuestra historia personal y colectiva,
tenemos que aprender a identificarla: aprender a discernir nuevos
caminos de descubrimiento e innovación, a superar nuestra sensación
de incomodidad y resistencia frente a lo nuevo, y a reconocer las
ventajas de cooperar al cambio.
Thomas Kuhn no ha sido en modo alguno el primero en descubrir esa
forma de actuar. John Stuart Mill, el famoso tratadista y filósofo
político inglés, ya trató específicamente este tema con un siglo de
antelación. Cada época, decía, ha sostenido opiniones que las
siguientes generaciones encontraban no solamente falsas sino
absurdas.
Y advertía a sus contemporáneos del siglo diecinueve que
muchas ideas admitidas entonces de forma general serían rechazadas
en épocas futuras. Por lo cual deberían aceptar con los brazos
abiertos el cuestionamiento de todas las ideas, incluso de aquéllas
que parecían ser más obviamente verdaderas, ¡cómo la filosofía de
Newton! La mejor forma de salvaguardar las ideas era, según Mil,
«invitar continuamente a todo el mundo a que probase que eran
infundadas» Si toda la humanidad menos uno sostenía una opinión,
decía Mill, y ese uno pensaba de otra manera, los demás no tendrían
mayor derecho a reducirle al silencio, que él a imponer silencio a
la mayoría. Mill subrayaba que su argumentación no era moral, sino
práctica. Una sociedad que suprime de su seno las nuevas ideas, se
roba a sí misma.
«No deberíamos descuidar nada que pueda dar a la
verdad la oportunidad de llegar hasta nosotros. »
Mantuvo polémicas
con quienes sostenían que no había ningún mal en perseguir las ideas
porque si eran verdad nada podría oscurecerlas. Mill señalaba que en
múltiples ocasiones habían surgido ideas importantes, y sus
partidarios habían sido perseguidos antes del redescubrimiento
posterior de sus mismas ideas en una época más tolerante.
Aunque
históricamente Europa sólo había conseguido avanzar después de
romper el yugo de las viejas ideas, la mayoría de la gente
continuaba pensando que «las nuevas verdades pueden haber resultado
deseables en otro tiempo, pero ahora estamos hartos de ellas». Esas
nuevas verdades, herejías, ardían como rescoldo de unos pocos, decía
Mill, más que como llama de la cultura entera. El miedo a la herejía
es más peligroso que la herejía misma, porque priva al pueblo de «la
especulación libre y audaz, que fortalece y ensancha las mentes».
Numerosos filósofos políticos han meditado sobre este fenómeno de la
resistencia popular frente a las ideas nuevas y extrañas. Lo han
llamado «la tiranía de la mayoría», la tendencia de las sociedades,
incluso de las más liberales, a suprimir el libre pensamiento. Esta
es la paradoja de la libertad: todo el que llega a apreciar la
autonomía personal necesita garantizársela a los demás, y el único
medio de llegar a la autodeterminación colectiva es ajustarse a las
reglas de la mayoría, lo que puede poner en peligro a la misma
libertad.
Los pensadores revolucionarios no creen en revoluciones aisladas.
Ven el cambio corno un modo de vida. Jefferson, Mill, Tocqueville y
muchos otros procuraban crear un entorno favorable al cambio en el
seno de un sistema político relativamente estable. Deseaban un tipo
de gobierno en el que la renovación continua viniera propiciada por
un sano ambiente de inquietud, y en donde las libertades se
ensancharan y extendieran continuamente.
Thoreau, por ejemplo,
buscaba una forma de gobierno ultrademocrático, en donde la
conciencia individual sería respetada por el Estado como «un poder
diferente y más elevado», como el contexto de toda autoridad. La
sociedad mete entre rejas a sus espíritus más libres, decía, cuando
lo que debería hacer es «cuidar especialmente a esa más sabia
minoría». Pero hay una vía de salida: todo aquel que descubre una
verdad se convierte en una mayoría compuesta por uno, fuerza
cualitativamente diferente de la mayoría no comprometida. Thoreau
decía de los habitantes de su ciudad: «son una raza distinta de mí»,
a causa de su resistencia a poner por obra las virtudes que
predicaban.
Encarcelado por negarse a pagar impuestos a causa de su
oposición a la guerra contra México, Thoreau proclamaba que incluso
tras los barrotes él era más libre que quienes le hablan
encarcelado.
«No he nacido para ser forzado. Yo quiero respirar a mi
modo. Los únicos que me pueden obligar son aquellos que obedezcan a
una ley superior a mí mismo».
Si todos los que rechazan la
esclavitud o la guerra se negasen a pagar sus impuestos, decía en su
famoso ensayo sobre la desobediencia civil, el Estado, con las
prisiones llenas y cada vez con menos fondos, se vería obligado a
desistir. Así se crearía una revolución pacífica.
«Deja caer tu voto
en toda su integridad, no es un mero pedazo de papel, es toda tu
influencia. La minoría carece de poder cuando se deja equiparar a la
mayoría..., pero es irresistible cuando deja colgar todo su peso...
Convierte tu vida en un movimiento contrario de fricción hasta que
se pare la máquina. »
Gandhi introdujo en el siglo veinte la idea de
lo poderosa que puede ser una minoría comprometida, después de haber
conseguido en primer lugar el reconocimiento de los derechos de los
indios que vivían en Sudáfrica, y tras haber alcanzado después la
independencia de la India respecto del dominio británico.
«Es
supersticioso y antidivino creer que la actuación de la mayoría
vincula a la minoría», decía. «No son los números lo que cuenta,
sino la cualidad... Yo no considero necesaria la fuerza de los
números en una causa justa».
El principio revolucionario introducido
por Gandhi resuelve la paradoja de la libertad.
Él la llamaba satyagraha, «fuerza del alma» o «fuerza de la verdad». La
satyagraha
ha sido fundamentalmente mal comprendida en Occidente, al
describírsela como «resistencia pasiva», término que Gandhi juzgaba
desaconsejable por su connotación de debilidad; o como «no
violencia», lo que no es sino uno de sus aspectos. Como decía el
educador Timothy Flinders, llamar a la satyagraha resistencia pasiva
es como llamar no-oscuridad a la luz; no describe la energía
positiva encerrada en el principio.
La satyagraha deriva su poder de dos atributos aparentemente
opuestos: autonomía feroz y compasión total. En efecto, dice:
«No te
quiero coaccionar. Ni quiero ser coaccionado por ti. Si te comportas
de forma injusta, no me opondrá a ti violentamente (por la fuerza
física), sino por la fuerza de la verdad, por la integridad de mis
convicciones. Mi integridad se hace evidente en mi disposición a
sufrir, a ponerme en peligro, a ir a la cárcel; incluso a morir si
es necesario. "Pero yo no quiero cooperar con la injusticia".
Al ver
mi intención, al sentir mi compasión y mi apertura a tus
necesidades, tú reaccionarás de una forma que nunca podría yo haber
alcanzado por amenazas, componendas, pleitos o por la fuerza física.
Juntos podemos resolver el problema. Este es nuestro adversario, y
no cada uno de nosotros para el otro».
La satyagraha es la
estrategia de quienes rechazan toda solución que comprometa la
libertad o la integridad de cualquiera de las partes en conflicto.
Gandhi siempre decía que es el arma de los fuertes, porque requiere
un control heroico y valor para perdonar. Gandhi cambió de arriba a
abajo toda la idea de poder. Al visitar un escondrijo de militantes
indios en las montañas, y al ver sus fusiles, les dijo: «Debéis de
tener mucho miedo».
La satyagraha, démosle el nombre que le demos, es una actitud que
desplaza a la política de su antiguo terreno de confrontación,
negociación, seducción y juego, para introducirla en un nuevo campo
en el que impera la franqueza, la humanidad compartida y la búsqueda
de comprensión. Transforma los conflictos en su fuente, en los
corazones de los participantes. Supone crear un entorno de
aceptación, en que la gente puede cambiar sin sentirse derrotada.
Quienes la practiquen deben mantenerse vigilantes y flexibles,
poniéndose incluso en el lugar del contrario para tratar de
encontrar la verdad3.
Erik Erikson decía de Gandhi que,
«era capaz de
ayudar a los otros a renunciar a costosas defensas y rechazos... La
comprensión y la disciplina pueden desarmar o dar un poder más
fuerte que las armas».
La satyagraha trabaja de forma silenciosa y aparentemente lenta,
decía Gandhi, «pero en realidad no hay en el mundo fuerza más
directa ni más rápida». Es una vieja idea tan vieja como las
montañas, decía, y él y sus amigos se habían limitado a experimentar
con ella.
«Quienes crean en las verdades sencillas que he expuesto,
pueden propagarlas solamente viviéndolas. »
Empezad en donde estáis,
decía a sus seguidores. Thoreau habla dicho lo mismo: «No importa
cuán pequeño pueda parecer el comienzo».
Liderazgo y transformación
James MacGregor Burns, tratadista político e historiador, ganador
del premio Pulitzer, consideraba a Gandhi como un ejemplo de
«liderazgo transformador», liderazgo concebido como un proceso de
cambio y crecimiento continuos. El verdadero líder, tal como lo
concibe Burns, no es un mero «detentador del poder», ansioso de
conseguir objetivos personales. El verdadero líder percibe y
transforma las necesidades de sus seguidores.
"Tengan presente que yo tengo una idea de los seguidores que difiere
de la que tiene la mayoría. Yo no veo a los seguidores simplemente
como personas que mantienen una serie de opiniones estáticas. Yo veo
que tienen diferentes niveles de necesidades... El líder auténtico
moviliza en sus seguidores nuevos y más elevados niveles de
necesidades.
Los lideres realmente grandes y creativos hacen aún más: hacen
surgir en sus seguidores nuevas tendencias más activas. Despiertan
en ellos esperanzas, aspiraciones y expectativas... En último
término despiertan en ellos exigencias, que se pueden fácilmente
politizar y volverse en contra de los mismos lideres que las
suscitaron".
Al comprometerse de esa forma con sus seguidores, los mismos líderes
resultan también transformados. Y pueden invertirse los papeles en
relación con sus seguidores, como les sucede a los profesores, que
aprenden también de sus discípulos. Según la definición de Burns,
los dictadores no pueden ser auténticos lideres, porque al suprimir
toda posibilidad de evaluación por parte de sus seguidores, la
dinámica de la relación queda interrumpida.
Al dejar de ser
transformados por las necesidades cambiantes del pueblo, los
dictadores no pueden ya seguir fomentando su crecimiento. Las
relaciones líder-seguidores son un modelo que es extensible a las
relaciones padres-hijos, entrenador-atleta, profesor-alumno, etc.
Muchos padres, entrenadores y maestros no son auténticos líderes,
pues no hacen más que ejercer el poder. El liderazgo transformador
no es una vía de dirección única.
La historia muestra que algunas veces ha habido líderes que han
inspirado en sus electores reacciones sorprendentemente elevadas.
Burns cita como ejemplo las convenciones estatales de los años 1780
que ratificaron la Constitución de los Estados Unidos. A pesar del
escaso nivel de educación de la población y de la pobreza de
comunicaciones, las convenciones se centraron en temas tales como la
necesidad de una declaración de derechos, o de un sistema de
representación y de distribución del poder.
«Es un ejemplo soberbio
de la capacidad de líderes y seguidores para elevarse por encima de
niveles rastreros hasta alturas mentales e incluso espirituales»,
decía Burns.
Para este historiador, numerosas revoluciones han
tenido éxito a pesar del escaso apoyo popular con que contaban en un
principio,
«gracias a que los líderes supieron motivar a sus
seguidores tan intensamente, que transformaban su actitud y
despertaban su conciencia».
El verdadero liderazgo no ayuda a
satisfacer solamente las necesidades actuales... Nos despierta a
hambres e insatisfacciones más profundas. Por definición, no se
puede «despertar la conciencia» más que a propósito de algo
verdadero. Por el contrario, la propaganda puede ser mentira. La
diferencia entre un líder auténtico, que nos hace conscientes de
necesidades y conflictos hasta entonces no expresados, y un jefe que
se limita a ejercer el poder, es semejante a la que existe entre un
guía y un vendedor agresivo.
El auténtico líder fomenta el cambio de paradigma en quienes están
preparados para ello. Y sabe muy bien que no se puede «enseñar» o
«ayudar» a otro a tener un mayor grado de conciencia, como se le
podría enseñar a rellenar los formularios para la declaración de sus
impuestos. Se puede convencer a la gente para que hagan la
experiencia por sí mismos, puede uno convertirse en ejemplo viviente
de libertad y de energía, pero no se puede convencer a nadie para
que cambie.
Ni tampoco tienen derecho los líderes más eficaces a atribuirse
mérito alguno por los cambios que hayan contribuido a producir. Como
decía Lao Tse, el mejor de los liderazgos es cuando la gente dice:
«Lo hemos hecho nosotros mismos».
En cuanto el poder queda
localizado, en cuanto la atención se centra en un solo individuo,
disminuyen la coherencia y la energía del movimiento. Sentir cuándo
es necesario asumir el liderazgo y cuándo es necesario retirarse, no
es fácil.
Requiere un constante reajuste del equilibrio y darse
algunos batacazos, como montar en bicicleta. Pero los individuos
pueden auto-organizarse en pequeños grupos y obtener excelentes
resultados. Y están de hecho buscando la forma de gobernarse a sí
mismos sin necesidad de nombrar a nadie jefe ni de establecer un
programa definido. Tales grupos auto-organizados son la fábrica de
la Conspiración de Acuario. Incluso personas habituadas a trabajar
en grandes instituciones se adaptan fácilmente al nuevo esquema.
Por ejemplo, a principios de diciembre de 1978, tuvo lugar en un
Estado del sur una especie de retiro campestre que debía reunir a
varias personas: los asistentes, compuestos por catorce hombres y
seis mujeres, incluían un congresista, varios directores de
fundaciones de Washington, Nueva York y California, un antiguo
miembro del gabinete presidencial, el decano de una de las
universidades tradicionales del Este, un decano retirado de una
escuela médica, un especialista canadiense en planificación, el
presidente de un equipo de baloncesto de primera división, el
director y el director adjunto de un famoso equipo consultivo, un
artista, un editor, y tres especialistas federales en planificación.
La mayor parte no se conocían entre sí.
Habían sido invitados por medio de una carta que explicaba que, no
obstante sus diversas procedencias, todos tenían algo en común:
"Todos estamos mas o menos convencidos de que esta nación, y la
sociedad industrializada en general, están experimentando una
profunda transformación. Sentimos que la próxima década puede
resultar peligrosa si no llegamos a comprender la naturaleza e
importancia trascendental de la transformación.
Estamos de acuerdo en que en el corazón mismo de esa transformación
hay un cambio en el paradigma básico social, extensivo a
convicciones y valores fundamentales subyacentes a la forma actual
de la economía industrial. Desde nuestros puestos en el gobierno, en
los negocios, en la educación, o en la vida profesional, sentirnos
que la sociedad tiene una profunda necesidad de encontrar sus raíces
espirituales, el sentido de su destino, de la dirección correcta.
Estamos buscando el apoyo y la camaradería de quienes piensan de
igual forma, en la esperanza de que cuando los espíritus se juntan
en una búsqueda y un objetivo común, la eficacia es mayor.
Reconocemos que nuestro país, en las primeras décadas de su
andadura, estuvo guiado por esa especie de unión de los espíritus en
un mismo propósito.
Precisamente porque compartimos esta convicción, entendernos que
este encuentro no debe sujetarse a ninguna estructura. No va a haber
nadie que presida. No hay un programa concreto. No va a haber
discursos. Vengan sencillamente dispuestos a compartir sus
esperanzas y preocupaciones más profundas. No tenemos ninguna
expectativa específica sobre los resultados de este encuentro".
La primera noche, después de cenar, se invitó a los asistentes a que
se presentasen uno a uno. Lo que empezó como una simple formalidad,
llenó el programa de esa noche y parte de la mañana siguiente; el
propio proceso se encargó de ir construyendo el programa. Casi como
narradores de historias en una tribu en torno al fuego, cada uno fue
contando sus propios relatos de poder y transformación de una forma
intensamente personal y emotiva.
Con toda sinceridad y naturalidad,
cada uno habló de sus miedos y sus éxitos, su desencanto y su
desesperación, cómo golpes sufridos en su vida se habían tornado en
bendiciones, al obligarles a seguir nuevos caminos más
gratificantes. Pasando inmediatamente del desconocimiento mutuo a la
mutua confianza, enumeraban los diversos caminos por los que habían
llegado a resultarles insuficientes las recompensas más preciadas de
la sociedad.
En algún punto, todos habían experimentado un cambio
profundo en su percepción de las cosas, a menudo en una etapa
personalmente traumática. Todos se habían sentido sobrepasados por
otras necesidades más intensas, más profundas. La vida se había
convertido para ellos en una búsqueda espiritual, una búsqueda
gozosa y misteriosa de sentido, marcada en la mayoría de los casos
por una creciente sucesión de coincidencias, de acontecimientos que
resultaban significativos por el momento en que se producían, de sincronicidades, en una palabra.
Todos se habían llegado a sentir extrañamente como instrumentos de
la evolución, siguiendo un camino que se iba iluminando tan Sólo
paso a paso; se sentían avanzar en dirección a esta nueva realidad,
fiados de su propio giroscopio interior. De una forma clara, todas
estas odiseas se ajustaban a un mismo esquema, con unas mismas
señales indicadoras aquí y allá. Y los participantes habían llegado
a la conclusión, cada uno por su parte, que necesitaban juntarse con
otros para tratar de construir un mundo en el que esos viajes
resultasen menos solitarios. Necesitaban conspirar.
Durante los tres días siguientes, hablaron de cooperar con una meta
u objetivo especifico, pero una y otra vez huyeron de todo lo que
pudiera sonar a hacer «un plan general de actuación».
Sabían que
podían producir cambios en la sociedad, la acción era su fuerte,
pero les preocupaba el poder estar intentando imponer una
determinada visión, tenían miedo de jugar a «hacer de Dios» a pesar
de sus mejores intenciones. Se planteaban el conflicto con toda
honradez, indagaban en su propio interior, tomaban resoluciones Se
reunían en grupos de dos o de tres para mantener largas
conversaciones y dar grandes paseos. Gastaron muchas horas tratando
de agotar al máximo las posibilidades del punto más difícil de
cuantos están relacionados con el poder: la intimidad de las
relaciones personales.
En ocasiones, todos unían sus manos durante diez o quince minutos, y
«escuchaban» en silencio. A veces, cuando después de un debate o una
discusión acalorada surgía un silencio, algunos lloraban tras haber
experimentado un alivio de la tensión o haberse sentido sacudidos
por alguna percepción interior o por los puntos de vista de algún
otro.
Ahora y luego, sin ajustarse a ningún plan, iban coincidiendo en los
objetivos a seguir. Se crearon lazos: amistades, planes de
encontrarse nuevamente, proyectos conjuntos, presentaciones de
amigos mutuos.
Cuatro de los participantes se reunieron más tarde en
las costas Este y Oeste para crear una nueva fundación en favor de
la paz. También enseguida, otros impartieron una serie de pequeños
seminarios sobre la nueva conciencia a generales del U. S. Army War
College y en las oficinas de la International Communications Agency.
En ese mismo mes, varias personas del grupo intercedieron con éxito
en favor de la libertad académica del decano, cuya investigación
habla sido juzgada demasiado problemática por el presidente de su
universidad.
Quienes vivían cerca unos de otros (en Washington,
Nueva York, o en la zona de la Bahía) compartieron contactos
personales y ensancharon sus propias redes de conexión. El
congresista recibió el apoyo de los participantes en su esfuerzo por
ofrecer testimonios y recaudar fondos en pro de la investigación
sobre los estados alterados de conciencia.
«La gente es el principio organizador», señalaba una vez
Robert
Theobald.
Experiencias de transformación social
A primera vista, emprender una transformación social parece una
ambición temeraria e incluso peligrosa para cualquier tipo de grupo.
Es preciso que antes se dé una cadena crítica de acontecimientos. En
primer lugar, se requiere un cambio profundo en quienes desean
hondamente el cambio social. Necesitan saberse encontrar mutuamente
y familiarizarse con la psicología del cambio, conscientes del miedo
universal frente a lo desconocido. A continuación deben diseñar
tácticas que fomenten el cambio de paradigma en otras personas:
deben remover y despertar las conciencias, y reclutar seguidores.
Esta minoría mentalizada, conscientes de que lo que mueve a la gente
no son los argumentos racionales por si solos, si no van unidos a
los afectivos, deben encontrar el modo de relacionarse con los demás
al nivel humano más cercano.
A fin de no caer en antiguas trampas, (juegos de poder, concesiones,
interés personal), deben vivir de acuerdo con sus principios.
Sabiendo que no solamente los fines, sino también los medios, deben
ser honestos, deben acudir al campo de batalla de la política
desnudados de todo tipo de armas convencionales. Necesitan aplicar
estrategias nuevas y descubrir nuevos manantiales de poder.
Y esta minoría alistada, convencida, avanzada, comprometida y
creativa, debe ser también irresistible. Debe originar en torno a sí
oleadas lo suficientemente amplias como para que sean capaces de
reordenar todo el sistema; fluctuaciones las llamaríamos, en el
lenguaje de la teoría de las estructuras disipativas. ¿Difícil?
¿Imposible? Visto desde otro ángulo, como el proceso es el mismo
objetivo, no puede fracasar.
Por eso, la nueva colectividad es la nueva política. Tan pronto como
comenzamos a trabajar por crear un mundo diferente, el mundo empieza
a resultarnos diferente. Las redes de la Conspiración de Acuario,
formas auto-organizativas que dejan espacio a la vez para la
autonomía y para la interrelación humana, son al mismo tiempo
instrumentos de cambio social y modelos de la nueva sociedad. Toda
lucha colectiva en favor de la transformación social se convierte en
una experiencia de transformación social.
El objetivo pasa a segundo plano; cambie o no el conjunto de la
sociedad, y por largo que sea el proceso que ello suponga, los
individuos logran el objetivo a través de su mutuo esfuerzo, pues
encuentran en ello alegría y unidad. Se hallan comprometidos en una
obra que tiene pleno sentido, que es por sí misma venturosa. Saben
que los escépticos necesitan tener su mundo siniestro, también. Como
decía Thoreau, la minoría no necesita esperar hasta haber persuadido
a la mayoría. Y esta concepción, como veremos, tiende a extenderse
por sí sola.
El efecto transformador de los movimientos sociales, tanto en sus
participantes como en la sociedad en general, puede apreciarse al
examinar los efectos de la protesta y la contracultura de los años
sesenta. Una contracultura es una teoría que vive y que respira, es
una especulación sobre la fase siguiente de la sociedad. Vista por
su lado malo, puede parecer una experiencia extraña y ajena a toda
ley, que fracasa en su intento de unir lo viejo y lo nuevo. Vista
por el lado bueno, aporta una dirección transformadora, que
profundiza la conciencia de la cultura dominante. Los primeros
colonos norteamericanos que rechazaron el dominio británico eran una
contracultura; y eso mismo fueron los transcendentalistas.
Como un juego dentro de otro juego, la transformación que preconizan
los movimientos de contracultura y de protesta, resulta instructiva;
ilustra la manera cómo un movimiento pendular se convierte en un
cambio de paradigma. Al igual que otras generaciones anteriores de
reformadores y activistas, los miembros integrantes de la
contracultura al principio tratan de cambiar las instituciones
políticas. Sólo después de haber luchado entre ellos mismos y de
haber sufrido la frustración consiguiente al enfrentamiento al
establishment, descubren donde se encuentra la auténtica vanguardia
de la revolución: descubren el «frente» situado en su propio
interior.
Jerry Rubin, uno de los ocho de Chicago4, que ocupó con frecuencia
la primera plana de los periódicos como activista social radical en
los años sesenta, decía más tarde:
"El movimiento espiritual es el
verdaderamente revolucionario. Si no hay auto-conciencia, el
activismo político se convierte en un perpetuo ciclo de
irritación... Yo no podía cambiar a nadie sin haberme cambiado a
mí mismo,"
Laurel Robertson recordaba sus años de estudiante en
Berkeley:
"Yo quería realmente ayudar a la gente, quería mejorar las cosas. Un
verano me vi metido en un proyecto muy constructivo de educación en
la no-violencia a propósito de la guerra de Vietnam. Todos cuantos
trabajaban en él lo hacían por motivos desinteresados, pero al final
del verano todo se vino abajo, porque no éramos capaces de
entendernos entre nosotros. Tuve que afrontar el hecho de que es
imposible pretender hacer un mundo amoroso y no violento, a menos
que uno mismo haya conseguido previamente ser amoroso y no
violento".
Visto retrospectivamente, el giro al interior de esta revolución era
casi inevitable. Un antiguo militante del movimiento de protesta,
profesor hoy en día en una facultad médica estatal, decía:
«A pesar
de su violencia, la protesta de los años sesenta reflejaba
esencialmente motivos humanos de preocupación, paz, derechos de las
minorías, repercusiones en la educación, más que temas políticos
tradicionales».
Desde el punto de vista filosófico, si no siempre en la práctica,
los movimientos de los años sesenta centraron su atención en una
nueva especie de poder, más bien personal que colectivo.
Dorothy
Healy, presidente entonces del partido comunista del sur de
California, decía años más tarde:
«Una generación se había puesto en
marcha, y estaba avanzando, y el partido no formaba parte de ella,
no la comprendía. Lo que estaba sucediendo no se ajustaba al
marxismo clásico, tal como lo comprendíamos. La clase trabajadora no
estaba en la vanguardia, y los temas fundamentales no eran
económicos».
Con ciertos fallos y algunos éxitos parciales a su espalda, muchos
de los líderes activistas marchaban en una dirección que hacía
sentirse turbados a muchos de quienes les apoyaban desde la
izquierda convencional. Se encontraron metidos en un proceso de
propia transformación personal. Este giro de los acontecimientos
provocaba la confusión en los medios informativos y muchos
sociólogos llegaron a pensar que la revolución se habla esfumado.
Lou Krupnik decía:
"Resistimos en las calles a pesar de los gases lacrimógenos y las
porras de los policías, y no volvimos a casa más que cuando
escuchamos a gente piadosa susurrarnos mantras sánscritos en
nuestros oídos ansiosos. Nos metimos adentro durante varios años,
tratando de elaborar alternativas a la locura...
Ahora estamos entrando en un nuevo período. Estamos comenzando a
llegar a la síntesis de los impulsos creativos y organizadores que
forman parte de nuestro patrimonio".
En «Notas sobre el Tao de la organización política»,
Michael Rossman
señalaba:
«Cuando miro ahora a través del cristal de la política, me
doy cuenta que todo lo que hago es aplicar a la política, en
esencia, un test de santidad».
La democracia, como decía uno de los
radicales, no es un estado político, sino una condición espiritual:
«Somos parte de un todo».
El intento de detectar y fomentar la globalidad, el deseo de
contribuir a sanar la sociedad, ha dado nueva vida a las viejas
preocupaciones. Antiguos militantes han buscado empleo en organismos
públicos por todo el país, y han tenido éxito, y han llegado a
ocupar incluso cargos políticos relevantes.
Por ejemplo, Sam Brown,
organizador del movimiento War Moratorium de protesta contra el
conflicto de Vietnam, ha introducido con éxito reformas en la
práctica bancaria como tesorero del estado de Colorado, y fue más
tarde nombrado por Carter director del instituto encargado de la
administración de VISTA y del Peace Corps
5.
Brown decía:
«El cambio
social no va a llegar tan rápido como desearía cualquiera de
nosotros. Construir una comunidad es un proceso más sutil y delicado
y a largo plazo.»
En los años sesenta, la mayor parte de los activistas sociales
serios no estaban de acuerdo con el sesgo tan fácil que estaba
cogiendo la contracultura, con su interés por los psicodélicos, la
camaradería y un estilo de vida espontáneo.
En un artículo aparecido
en la revista radical Focus/Midwest, Harold Baron decía:
"Con una actitud mental diferente, podríamos reaccionar de forma
diferente. Podríamos sentir compañerismo, percibir nuevas
posibilidades... Tal vez la esperanza de un futuro humano urbanizado
no resida en los tecnócratas, sino en los creadores de comunidades.
Si eso es verdad, debiéramos inclinarnos por última vez ante los
seguidores de la contracultura; ellos, al menos, planteaban las
preguntas correctas. Todos vamos a tener que planteárnoslas de
nuevo".
Al principio, los activistas de los años sesenta, como las
generaciones de reformadores políticos que les habían precedido,
intentaron recurrir a la tuerza y a la persuasión; se dedicaron a
escribir, a organizar manifestaciones, a predicar, a regañar, a
buscar apoyos y prosélitos, a discutir. Pero pronto empezaron a
comprender la verdad que encerraban las admoniciones de Thoreau:
vive de acuerdo con tus convicciones y harás que el mundo gire en
torno a ti.
El énfasis puesto en el sentido comunitario y en la actuación por
medio de grupos pequeños representa el cambio principal en el
pensamiento político radical. Otro antiguo activista social, Noel Mclnnis, decía hace poco:
«Estoy convencido de que sólo los
acontecimientos, no las instituciones, van a poder cambiar la
sociedad. Los cambios significativos pueden operarse solamente en el
ámbito personal, de vecindad, o de grupos pequeños. En una reciente
reunión del SDS (Estudiantes en pro de una sociedad democrática), la
mayoría de los asistentes habían llegado a la misma conclusión y
habían remodelado consecuentemente sus actividades».
James McGregor Burns decía que «cuando las circunstancias locales
son creativas», hay más probabilidades de que surjan grandes
líderes. Así como el pueblo norteamericano, que tanto luchó contra
ellos en los años 1770 y 1780, acabó respondiendo al reto de sus
líderes elevándose a niveles de grandeza en las convenciones
estatales que aprobaron la Constitución, también nosotros podemos
superar la crisis actual. Burns predijo que probablemente los
líderes del futuro surgirían de entre quienes estuvieron complicados
en los conflictos de los años 1960:
«Un cuerpo de líderes en el
exilio, gente que anda ahora por los treinta o los cuarenta años, y
que podrían irrumpir en el escenario nacional».
Como los líderes del futuro están surgiendo de organizaciones de
base popular, decía Burns, los críticos sociales que se apoyen
solamente en los medios generales de información van a perderse la
génesis de la revolución. Los signos de fermentación resultan más
evidentes en los cientos de miles de pequeñas publicaciones y
proclamas realizadas por diversos grupos.
Tom Hayden co-defensor de Rubinen en el proceso de Chicago, más
tarde candidato demócrata por California al Senado de los Estados
Unidos, decía de sí mismo y de otros compañeros suyos activistas
como él:
«Se acerca nuestra hora, pero no tan rápidamente, ni por el
mismo camino necesariamente, que en otro tiempo deseábamos».
Más que
abandonar las barricadas habían trasladado el escenario de su lucha
a la prestación de servicios en un campo concreto: político,
ecológico, consumista, espiritual. Hayden escribía en 1979:
"A medida que el aumento en espiral de los costes energéticos
ensombrece el panorama económico, cada vez mas norteamericanos
tendrán que competir por cada vez menos en el "país de la
oportunidad". La llama de la esperanza fuerza que motiva a la gente
para luchar en la vida puede arder muy baja, o incluso apagarse del
todo, especialmente entre los jóvenes.
Yo sólo puedo ver una alternativa a largo plazo, y aún la veo lejos.
Lo que comenzó en los años sesenta, la exigencia creciente de hacer
oír la propia voz en las decisiones que afectan a la propia vida se
extenderá a todas las esferas...
Los activistas políticos de los
años sesenta, después de haber perdido completamente sus uñas y
dientes, volverán una y otra vez con la misma filosofía, pero
expresada desde papeles diferentes. Si los años sesenta trajeron
nuestro nacimiento y desarrollo, los años ochenta y los noventa
serán nuestros anos de madurez y máxima influencia.
Mi punto de vista es simple: los años sesenta crearon lo que podemos
llamar el liderazgo del futuro..., una nueva generación de gente
comprometida y politizada. En la época de nuestros padres, la
democracia estaba amenazada desde fuera, nuestras propias
instituciones eran fundamentalmente sólidas, la abundancia parecía
estar garantizada, Estados Unidos era el número uno.
Nosotros hemos recibido en nuestra época una concepción del mundo
distinta. La democracia se ha visto amenazada por los «fontaneros»
que operaban desde la misma Casa Blanca, nuestras instituciones se
encuentran perturbadas, la abundancia apenas está garantizada, y el
hecho de ser el número uno en cuanto a bombas no ha hecho de
nosotros el número uno en cuanto a calidad de vida.
La reaparición de los activistas de los sesenta en los años
venideros será mal interpretada por muchos. Algunos no nos
reconocerán, y otros creerán que nos hemos «establecido» demasiado.
No seremos un movimiento marginal de protesta, porque los márgenes
de ayer son la corriente central de mañana. No protestaremos, sino
que propondremos soluciones: un programa energético basado en los
recursos renovables..., una reestructuración democrática de las
grandes compañías..., una tecnología al servicio de la
descentralización de los centros de información y toma de
decisiones...
Quienes llenaban las calles en los años sesenta pueden aún llegar a
llenar los salones gubernamentales en los años ochenta, y si
llegamos a ello, no creo que nos olvidemos de nuestras raíces.
Cuando fui sentenciado por el juez Julius Hoffman al término del
proceso de Chicago, el propio juez me miró con aire de connivencia y
me dijo:
«Un tipo como usted podría haber llegado lejos dentro de nuestro
sistema».
¿Quién sabe, señoría? Tal vez lo haga...".
El nuevo paradigma respecto del poder y la política
Evidentemente, el paradigma que está surgiendo está plagado de
herejías. Niega que nuestros líderes sean los mejores, afirma que
hay muchos problemas que no pueden resolverse con dinero ni con
intentar hacer más o mejor, niega que la lealtad deba primar sobre
la autoridad interior. El nuevo paradigma evita la confrontación
frontal y las polaridades políticas. Tiende a reconciliar, a
innovar, a descentralizar, y no presume de tener respuestas para
todo.
Si tuviéramos que resumir ambos paradigmas, encontraríamos los
siguientes contrastes:
Las redes, instrumentos de transformación.
Una revolución significa, por supuesto, que el poder cambia de
manos, pero no supone necesariamente que haya lucha abierta, golpe
de estado, ni vencedores ni vencidos. El poder puede quedar
distribuido por todo el tejido social.
Mientras la mayoría de nuestras instituciones se están tambaleando,
una versión siglo veinte de la antigua tribu o parentela ha hecho su
aparición: la red, instrumento del paso siguiente en la evolución
humana. Amplificada por las comunicaciones electrónicas, y liberada
de antiguas restricciones familiares y culturales, la red es el
antídoto de la alienación. Genera la suficiente energía como para
remodelar la sociedad. Ofrece al individuo apoyo emocional,
intelectual, espiritual y económico. Es un hogar invisible, un medio
poderoso de alterar el curso de las instituciones, especialmente el
del gobierno.
Cualquiera que se percate de la rápida proliferación de las redes y
perciba su fuera, puede comprender el impulso que suponen para la
transformación mundial. La red es la institución de nuestro tiempo:
un sistema abierto, una estructura disipativa tan rica y coherente,
que se encuentra continuamente en estado de flujo, en un equilibrio
susceptible de reordenación continua, abierta indefinidamente a la
transformación.
Esta forma orgánica de organización social es más adaptativa desde el punto de vista biológico, es más eficaz y más
«consciente» que las estructuras jerárquicas de la civilización
moderna. La red es plástica, flexible. Realmente, cada miembro es el
centro de la red. Las redes cooperan, no compiten. Tienen auténtico
arraigo popular: se autogeneran, se autoorganizan, y a veces incluso
se autodestruyen. Su existencia supone un proceso, se parece a un
viaje, no a una estructura congelada.
Como dice Theodor Roszak, los antiguos movimientos de masas
revolucionarios no ofrecían a las personas mayor refugio que el que
ofrecían las sociedades capitalistas.
«Necesitamos una clase más
pequeña que el proletariado... La nueva política hablará en favor de
millones... uno a uno. »
Curiosamente, H. O. Wells había predicho en 1928, en su programa
para una sociedad nueva, que en la Conspiración Abierta no habría
seguidores «ordinarios»: no habría gente de a pie, ni carne de
cañón. La conspiración no revestiría la forma de una organización
centralizada, sino que estaría formada más bien por grupos de amigos
o coaliciones entre los mismos. Se trata de una idea radical. Pese a
todas sus proclamaciones de apoyarse en iniciativas de acción
popular, la política tradicional se ha aplicado siempre de arriba a
abajo; políticos influyentes, economistas y una serie de mandatarios
gubernamentales son quienes deciden las diferentes cuestiones, y
pasan luego las consignas a todo el cuerpo de votantes.
A medida que iban resultando evidentes los beneficios inherentes a
la conexión y cooperación, comenzaron a proliferar redes para tratar
de conseguir toda suerte de objetivos imaginables. Unas se centran
en el desarrollo personal, en la búsqueda espiritual, o en la
reinserción de sus miembros; otras se ocupan principalmente de temas
sociales. (Algunas persiguen con fuerza intereses específicos de
determinados grupos, y ejercen presiones políticas por medios
bastante convencionales; son las más vulnerables a la tentación de
convertirse en organizaciones jerárquicas convencionales.)
Sea cual sea su objetivo manifiesto, la función de la mayoría de
estas redes es ofrecer apoyo y enriquecimiento mutuo, robustecer al
individuo y cooperar en la transformación. La mayoría aspiran a un
mundo más humano y hospitalario. Por la riqueza de oportunidades de
mutua ayuda y apoyo, la red presenta reminiscencias de su antecesor,
el sistema parental. No obstante, la «familia» en este caso se basa
en valores y convicciones profundamente compartidos, que resultan
ser lazos más fuertes que la sangre.
La red es una matriz de exploración personal y de acción grupal, de
autonomía y de interrelación. Paradójicamente, la red es a la vez
íntima y expansiva. A diferencia de las organizaciones verticales,
puede mantener su cualidad personal o local, aunque siga creciendo.
No es preciso plantearse la elección entre un compromiso con la
comunidad o un compromiso a escala global; ambos son posibles a un
tiempo.
Las redes son la estrategia de los grupos pequeños para transformar
la sociedad. Gandhi usó de este tipo de coaliciones para conducir a
la India a su independencia. Él las llamaba «unidades en grupo», y
las consideraba esenciales para el éxito.
«El círculo de unidades
así agrupadas de forma conveniente va a ir creciendo en
circunferencias hasta que al final llegue a abarcar al mundo entero.
»
A comienzos de este siglo, Edward Carpenter había profetizado ese
entrelazamiento y solapamiento de redes llamadas a crear «la
sociedad acabada y libre».
De manera informal, pero también valiéndose de ficheros y
computadoras, las redes están poniendo en mutua conexión a quienes
poseen talentos, intereses y objetivos complementarios. Las redes
promueven los enlaces y contactos de sus miembros con otras gentes,
con otras redes.
El historiador de arte
José Argüelles compara estas redes con la
fuerza biológica de la sintropía: esa tendencia de la energía vital
hacia formas de asociación, de comunicación, de cooperación y de
conciencia siempre mayores. La red es como un cuerpo-mente
colectivo, como los hemisferios derecho e izquierdo del cerebro,
como intelecto e intuición, sugiere.
«Las redes son tremendamente
liberadoras. El individuo es su centro... »
Comparar las redes con el sistema nervioso humano es algo más que
una metáfora socorrida. En un sentido muy real, el cerebro y el
entramado de redes operan de forma similar. La estructura del
cerebro es más afín a la idea de asociación que a la de jerarquía.
Lo que hace nacer los significados en el cerebro son patrones
dinámicos, conexiones entre grupos de neuronas e interacciones entre
estos grupos. La energía del cerebro está descentralizada. En los
estados de conciencia caracterizados por una mayor expansión y
coherencia es también, como hemos visto, donde la energía está más
amplia y ordenadamente disponible.
El cerebro está entonces
plenamente despierto. De igual forma, las redes son una forma alerta
y reactiva de organización social. La información se mueve en ella
de una forma no lineal, simultánea y significativa. De un modo
semejante a como las personas creativas establecen nuevas conexiones
a base de yuxtaponer elementos dispares a fin de inventar algo
nuevo, así también las redes ponen en recíproca conexión a personas
e intereses por caminos sorprendentes. Esas combinaciones fomentan
la creatividad y la inventiva.
Una red creada para asegurar un entorno psicológicamente sano a los
bebés puede cooperar con una organización de orientación humanística
para gente mayor. Los viejos, que de otra forma se sentirían
inútiles y solitarios, ayudan en las tareas de cuidado y
alimentación de bebés y niños pequeños en un centro de atención
diurna.
También se da en ellas el efecto de sinergia, ese plus de energía,
resultado de la cooperación que tiene lugar en el seno de los
sistemas naturales. Según vamos descubriendo ese efecto en las
relaciones con los demás, en nuestro grupo pequeño, su efecto
benéfico potencial para la sociedad resulta cada vez más evidente.
Como dice el físico John Platt:
"Siempre que las personas, aunque no sean más que dos, comienzan a
darse entre sí, o a trabajar los unos para los otros, inmediatamente
aparecen esos resultados: ese mayor beneficio mutuo, ese mayor
bienestar, y ese mayor desarrollo individual al mismo tiempo.
Aparecen, tan pronto como una pareja, o una familia, un vecindario o
una nación comienzan a trabajar juntos. Esos efectos se dan en los
grandes equipos creativos de científicos norteamericanos. Y se dan
también en el Mercado Común Europeo.
A través de la donación recíproca entre nosotros y quienes nos
rodean, comenzamos a construir una especie de utopía local cuyos
beneficios resultan a todas luces evidentes".
Una vez hemos comprobado la energía que genera la estrecha
cooperación humana, resulta imposible seguir pensando en el futuro
en términos antiguos. La explosión de redes ocurrida en los últimos
cinco años ha sido como un incendio en una fábrica de fuegos
artificiales. Este crecimiento en espiral de todo tipo de
entrelazamientos de individuos con individuos, de grupos con grupos
es como un gran movimiento de resistencia subterránea en un país
ocupado en vísperas de su liberación.
El poder está cambiando de manos, está pasando de unas jerarquías
moribundas a manos de unas redes llenas de vida.
Alfred Katz, de la Escuela de Salud Pública de la universidad de
California, Los Angeles, organizador de una conferencia
internacional en Dubrovnik, Yugoslavia, para tratar de las redes de
mutua ayuda, dijo de éstas que eran «una fuerza social dinámica en
la última mitad del siglo veinte».
Constituyen una respuesta
saludable a la lejanía de las instituciones modernas, decía Katz.
Las redes suponen,
«un impulso enérgico y refrescante para los planes
de acción social... Representan una resistencia social espontánea
frente a la maciza pesadez de los procedimientos burocráticos».
Katz
sugería que una de las razones por las cuales las redes habían
pasado casi desapercibidas, es porque nadie podía imaginar cómo
gastar grandes cantidades de dinero en algo tan simple y efectivo.
«Las redes de mutua ayuda reflejan un cambio tanto en la conciencia
como en las formas de acción de un gran número de personas. Sus
consecuencias no deberían ser subestimadas. »
Para el gobernador de California Jerry Brown, la autoconfianza y la
ayuda mutua constituyen la primera idea nueva que ha surgido en
política en los últimos veinte años. La idea de que gente, que es
vecina una de otra, esté colaborando en la construcción de una
sociedad abierta y más justa es algo «a la vez humano y alucinante».
Los antropólogos Luther Gerlach y Virginia Hine, que desde los años
sesenta han venido estudiando los movimientos de protesta social,
han bautizado a las actuales redes con el nombre de SPINs (Segmented
Polycentric Integrated Networks: Redes integradas policéntricas
segmentadas). Todo SPIN obtiene su energía de la asociación, a base
de combinar y volver a combinar habilidades, instrumentos,
estrategias, elementos, contactos. Son las «unidades en grupo» de
Gandhi. Al igual que el cerebro, el SPIN puede disponer de múltiples
conexiones simultáneas en muchos puntos. Los segmentos de un SPIN
son los grupos pequeños, que cooperan entre sí de forma fluida,
sobre la base de los valores compartidos. En ocasiones, como por
efecto de una amistosa fisión, el SPIN produce además efectos
secundarios6. La multiplicidad de grupos robustece al movimiento.
Mientras que un esquema organizativo convencional muestra los
diversos recuadros nítidamente enlazados entre sí, el esquema de
organización de un SPIN se parecería más bien a «una red de pescar
mal anudada, con multitud de nudos de tamaños diversos, todos
enlazados entre sí directa o indirectamente». En el movimiento de
protesta social, esas células o nudos son grupos locales formados
por un puñado de miembros o hasta por cientos de personas. Muchos se
forman para cumplir una única tarea específica, y hoy están y mañana
no aparecen.
Cada segmento de un SPIN es autosuficiente. No se puede destruir una
red a base de destruir a uno solo de sus líderes u órganos vitales.
El centro, el corazón, de la red está en todas partes. La debilidad
de una burocracia se mide por su punto más débil. En una red hay
muchas personas que pueden asumir las funciones de los demás. Esta
característica recuerda también la plasticidad del cerebro, que
permite un solapamiento en sus funciones, de manera que las células
dañadas puedan ser sustituidas por otras regiones cerebrales.
Si una burocracia representa menos que la suma de sus partes, una
red equivale a muchas veces la suma de sus partes. Las redes
constituyen una fuente de energía que la historia no había
aprovechado hasta ahora: esos múltiples movimientos sociales
autosuficientes, ligados entre sí para conseguir una serie de
objetivos, cuyo cumplimiento traería aparejada la transformación de
todos los aspectos de la vida contemporánea7.
Según Gerlach, estas redes producen valiosos cambios en el ámbito
local. Las noticias sobre experiencias que han tenido éxito en algún
lugar recorren rápidamente todos los puntos de enlace del
movimiento, y pueden ser así adoptadas de forma muy general.
En un primer momento, los antropólogos que se ocuparon de observar
las redes, pensaban que éstas carecían de líderes. En realidad, dice
Gerlach, «no hay una escasez de líderes, sino una profusión de
ellos». La dirección pasa de una persona a otra según las
necesidades del momento.
Para Hine, los SPINs son hasta tal punto cualitativamente diferentes
de las burocracias en cuanto a organización e influjo, que la mayor
parte de la gente no se percata de su existencia, o creen que son
conspiraciones. A menudo las redes emprenden acciones similares sin
ponerse previamente de acuerdo, simplemente a causa de las muchas
convicciones que comparten. Podría también decirse que por el hecho
de compartir esas convicciones están en connivencia.
Realmente, la Conspiración de Acuario es un SPIN de SPINs, una red
formada por muchas redes que pretenden transformar la sociedad. La
Conspiración de Acuario, efectivamente, posee esas características
de soltura, segmentación, evolución y redundancia. Su centro está en
todas partes. Aunque forman parte de ella muchos movimientos
sociales y grupos de mutua ayuda, su vida no gira en torno a ninguno
de ellos. Tampoco puede ser desmontada, porque es manifestación de
los cambios operados en la gente.
¿Qué pretenden las redes? Muchas cosas diferentes, por supuesto. No
sólo no hay dos redes que sean iguales; cada una de por sí cambia
con el transcurso del tiempo, porque es un reflejo de las
necesidades e intereses fluctuantes de sus miembros. Pero su
objetivo esencial es redistribuir el poder.
Los grupos ecologistas, por ejemplo, pretenden que la humanidad
«viva de forma ligera sobre la tierra», como servidores de la
naturaleza, más que como explotadores o dominadores. Las redes de
orientación espiritual y psicológica buscan la energía que brota de
la integración interior, y proclaman la autonomía de las porciones
liberadas del propio ser. Las redes educativas intentan enriquecer a
los alumnos, enseñándoles a localizar los recursos que necesitan.
Las redes que buscan la salud como objetivo pretenden alterar el
antiguo equilibrio de poder entre la medicina institucionalizada y
la responsabilidad personal. Otros grupos intentan canalizar de otra
forma el poder económico, por medio del boicoteo, el trueque, el
cooperativismo, o la práctica del comercio y los negocios.
Desde las redes más simples, que tienen por base la vecindad o el
lugar de trabajo (cooperativas de alimentación, utilización conjunta
de vehículos, cuidado en común de los niños), la gente tiende a
compartir intereses más sutiles o abstractos, como la formación o
información sobre determinados temas. Las redes de autoayuda y de
mutua ayuda tienen un carácter más íntimo, y por eso mismo su poder
transformativo es mayor.
Según la oficina central del Servicio
Nacional de Autoayuda, alrededor de quince millones de
norteamericanos pertenecen hoy en día a redes en las que la gente se
ayuda entre sí a enfrentar problemas tan diversos como la viudez, el
exceso de peso, el divorcio, niños maltratados, abuso de drogas,
juego, desórdenes emocionales, disminuciones de todo tipo, acción
política, ecologismo, muerte de un hijo. Tales grupos se guardan
cuidadosamente de llegar a «profesionalizarse» demasiado, por miedo
a dar lugar al desarrollo de una jerarquía de autoridad que podría
dar al traste con sus propósitos. Pues lo esencial es ese carácter
de reciprocidad. La forma de ayudarse uno a sí mismo es ayudar a los
demás.
La BBC hizo una serie de televisión con el título: «Consigna:
ayudarse a sí mismo», a fin de ayudar a la gente a encontrar la red
apropiada. Hay oficinas estatales y federales que informan sobre
redes de autoayuda y asociaciones de grupos de autoayuda;
recientemente se ha celebrado en Boston una feria dedicada a la
autoayuda. En un número de la revista Self-Help Reporter se
mencionaban, entre otros grupos de autoayuda, redes de personas sin
empleo mayores de cuarenta años, padres de niños prematuros, mujeres
operadas de mastectomía, familiares y amigos de personas
desaparecidas, y supervivientes de intentos de suicidio.
La formación de estos grupos, ha dicho el antropólogo Leonard
Borman, director del Instituto de Auto-Ayuda de Evanston, Illinois,
«representa en parte el deseo de gente que tienen problemas
semejantes, de asumir la responsabilidad de sus propios cuerpos y
mentes y de su propia conducta, ayudando a otros a hacer lo mismo».
Según una estimación, las redes de autoayuda se sostienen por sí
mismas más que de aportaciones del público en general; no tienen
líderes profesionales, son abiertas (es decir, no hay unos
requisitos estrictos para formar parte de ellas), locales,
innovadoras, desprovistas de ideología, y persiguen un mayor grado
de autoconciencia y una vida emocional más plena y más libre. Este
tipo de organizaciones demuestra el potencial oculto incluso entre
los miembros más vulnerables de la sociedad; puede citarse como
ejemplo el éxito notable de un grupo de ex drogadictos de la calle
Delancy de San Francisco, en la tarea de ayudar a otros drogadictos
a rehabilitarse a sí mismos.
La red «Linkage» (Enlace), iniciada por Robert Theobald, es
internacional, está informatizada, y funciona principalmente por
correspondencia. Para participar en ella, basta enviar una opinión o
comentario sobre el propio trabajo o los propios intereses. Un
servicio editorial creado por Theobald, Participation Publishers,
reproduce esas opiniones, que son distribuidas por correo desde
Wickenburg, Arizona, a cambio de una pequeña tasa anual.
«Operamos
fundados en el convencimiento de encontrarnos justo ahora en medio
de un período de tensiones derivadas del hundimiento cada vez más
rápido de la era industrial. Estamos tratando de encontrar los
medios que puedan ayudar a hacer esa transformación necesaria. Hay
mucha gente que desearía experimentar esa transformación...
Intentamos encontrar el modo de ayudar a la gente a que realice ese
cambio. »
Las opiniones personales que recogía uno solo de los números dan
idea de la diversidad de procedencias de sus redactores. Entre ellos
se encontraban un militar, dos políticos, una enfermera, dos
médicos, un historiador, un clérigo presbiteriano, un educador, un
físico nuclear y un ingeniero. Su abanico de intereses se extendía a
los cambios de paradigma, a la transformación radical de la
sociedad, experiencias místicas personales, tecnología apropiada,
descentralización, unión entre Oriente y Occidente, comunidades,
simplicidad voluntaria, modelos organizativos fundados en la
confianza y la comunicación, «modos creativos de ayudarnos unos a
otros», «tecnología consciente», poder y libertad en las relaciones,
cómo actuar «de forma significativa».
Un participante decía haber encontrado aliados en su propia
comunidad: «Viendo que íbamos en solitario, estamos formando una red
con nuevas ideas sobre esta ciudad». Para otro, la posibilidad de
enlace era como «un anda, capaz de moderar los efectos de otras
fuerzas».
Un clérigo enviaba una lista de publicaciones y de organizaciones en
Inglaterra, para el caso de que algún miembro de la red fuese allí
de visita y quisiese encontrar «gente de mentalidad semejante».
Otros dos describían sus conexiones con otras redes. Un especialista
en educación decía:
«En medio de este mundo frenético, yo y mi
familia y otros que también andan buscando, deseamos poder escuchar
susurros de nuevo».
Desde Nebraska, uno decía:
"Estamos entrando en una nueva era, que requiere un modo enteramente
diferente de ver las cosas... La edad moderna ha quedado atrás. Pero
la civilización necesita unas nuevas líneas de demarcación. ¿Podemos
encontrar los nuevos moldes con la suficiente rapidez?
«Enlace» ofrece un punto de partida. Por primera vez en la historia,
gentes que nunca se han conocido pueden convertirse en un «nosotros»
si así lo desean".
Un profesor de ciencias empresariales escribía:
«Me ronda la cabeza
una cuestión más amplia: la de cómo usar la riqueza y los resortes
de los negocios para apoyar la transformación, en vez de luchar
contra ella».
En el verano de l979, la distribución de «Enlace» creció de forma
espectacular. Muchos miembros venían expresando una creciente
necesidad de comunicar sus ideas sobre la transformación más allá de
los límites de la red. Theobald comunicó a los miembros su sensación
de «estarnos acercando a un momento en que podemos servir de
catalizadores para un mayor número de actividades». Curiosamente,
muchos miembros venían preguntando sobre la posibilidad de
«sub-enlaces», nombres de otras personas dentro de su zona
geográfica con quienes pudieran colaborar en proyectos específicos.
Esta necesidad de acción en pequeños grupos es característica de la
Conspiración de Acuario.
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