III. LA TRANSFORMACIÓN: CEREBROS EN CAMBIO, MENTES EN CAMBIO

Es necesario, por lo tanto, es posible.
O. A. BORGHESE

En El País del Plano, cuento popular de la época victoriana, los personajes son formas geométricas diversas que viven en un mundo exclusivamente bidimensional. Al comienzo de la historia, el narrador, un Cuadrado de mediana edad, tiene un sueño inquietante en el cual visita un reino unidimensional, el País de la Línea, cuyos habitantes sólo pueden moverse de un punto a otro. Con creciente frustración intenta explicar quién es él, una línea de líneas, proveniente de un país en el que se puede uno mover, no sólo de punto en punto, sino también de lado a lado. Los habitantes del País de la Línea, enfadados, están a punto de atacarle cuando se despierta.


Un poco más tarde, aquel mismo día, intenta ayudar a su nieto, un pequeño Hexágono, en sus estudios. El nieto sugiere la posibilidad de una tercera dimensión, un reino en el que habría arriba y abajo además de un lado y otro. El Cuadrado tacha esta idea de estúpida e inimaginable.


Aquella misma noche el Cuadrado tiene un encuentro extraordinario, decisivo para su vida: recibe la visita de un habitante del País del Espacio, el reino de las tres dimensiones. Al principio, el Cuadrado se siente simplemente confundido por su visitante, un extraño círculo que parece cambiar de tamaño, e incluso desaparecer. El visitante se presenta a sí mismo como una Esfera. Parecía cambiar de tamaño y desaparecer, tan sólo porque estaba acercándose al Cuadrado en el espacio y descendiendo al mismo tiempo. Dándose cuenta de que sólo con argumentos no podría llegar a convencer al Cuadrado de la existencia de la tercera dimensión, la Esfera, exasperada, le introduce en una experiencia de profundidad. El Cuadrado queda fuertemente conmocionado:

Tenía una sensación confusa y mareante en la visión, era algo distinto que ver; veía una línea que no era una línea, y un espacio que no era espacio. Yo era y no era yo mismo al mismo tiempo. Cuando pude recobrar la voz, lancé un grito de agonía:

«Esto es la locura o el infierno».
«No es ninguna de las dos cosas», replicó serenamente la voz de la Esfera.

«Es conocimiento; son las tres dimensiones. Abre tus ojos una vez más, y trata de mirar con tranquilidad. »

Tras haber tenido esa experiencia intuitiva de la tercera dimensión, el Cuadrado se convierte en su apóstol, intentando convencer a sus conciudadanos del País del Plano de que el Espacio es algo más que una noción propia sólo de los matemáticos. A causa de su insistencia, es finalmente encarcelado en beneficio público. Cada año, en lo sucesivo, el sumo sacerdote del País del Plano, el Círculo Jefe, acude a tantearle para comprobar si ha recobrado su sano juicio, pero el Cuadrado continúa insistiendo testarudamente en que hay una tercera dimensión. No puede olvidarlo, aunque no es capaz de explicarlo.


Constituye un saber común el hecho de que los momentos trascendentales sólo pueden ser experimentados, no comunicados. «El Tao que puede describirse no es el Tao... » Después de todo, la comunicación se apoya necesariamente en un terreno común. Se puede describir el color violeta a alguien que conoce el rojo y el azul, pero no se puede describir el color rojo a quien nunca lo ha visto. El rojo es elemental e irreductible. Como tampoco se podría describir, en el mismo supuesto, lo salado, lo arenoso, la luz.


En las experiencias que a veces se describen vagamente como trascendentes, transpersonales, espirituales, alteradas, no ordinarias, o como experiencias cumbre, hay aspectos sensoriales irreductibles. Esas sensaciones de luminosidad, de conexión, de amor, de atemporalidad, de pérdida de límites se ven complicadas en paradojas que vuelven aún más confuso todo intento de descripción lógica. Como decía el infortunado Cuadrado, al tratar de describir la tercera dimensión, «veía una línea que no era una línea».


Por inútiles que resulten sus esfuerzos, quienes se han visto conmovidos por experiencias extraordinarias semejantes, se ven forzados a intentar describirlas en un lenguaje espacio-temporal. Y así, pueden decir que sintieron algo que era elevado o profundo, que era como un borde o como un abismo, un país lejano, una frontera, una tierra de nadie. El tiempo puede parecerles transcurrir más deprisa o más despacio. Sus descubrimientos no obstante, como recordados; extraños y, sin embargo, familiares. Su perspectiva puede cambiar bruscamente, aunque sea por un momento, superando antiguas contradicciones y toda confusión.


Como vimos en el capítulo 2, unas cuantas personas eminentemente cuerdas y destacadas creen que la mente humana puede haber alcanzado un nuevo nivel en su evolución, una liberación de potencial comparable al surgimiento del lenguaje. Esta impresionante posibilidad, ¿constituye un sueño utópico... o es una frágil realidad?


Hasta hace unos pocos años, las declaraciones sobre la posibilidad de expandir y transformar la conciencia descansaban en evidencias puramente subjetivas. De repente, a través, primero, de un puñado de experimentos en unos cuantos laboratorios de unos pocos investigadores pioneros, y de miles de experiencias realizadas luego en todo el mundo, comenzó a convertirse en una evidencia innegable. Después de todo, las experiencias de despertar, de fluir, de libertad, de unidad, o de síntesis no suceden «sólo en la mente». También están en el cerebro. El funcionamiento consciente puede cambiar profundamente, de algún modo. Se han establecido correlaciones entre lo que cuentan los sujetos y la evidencia concreta de cambios físicos operados en ellos: niveles más elevados de integración en el mismo cerebro, un funcionamiento más eficaz de éste, la presencia de diferentes «armónicos» en los ritmos eléctricos cerebrales, cambios en la capacidad de percepción...


Muchos investigadores afirman haberse sentido sacudidos por sus propios descubrimientos en torno a cambios del funcionamiento de la conciencia, a causa de su repercusión en un amplio cambio sociológico. No son especulaciones baratas, son realidades firmes que es preciso encarar.


Sería preciso añadir otro libro, más bien una biblioteca, si pretendiera cubrir de forma completa el tema que tratan éste y el próximo capítulo: la evidencia del cambio que se está operando; los detonadores, los instrumentos y los hallazgos de la transformación personal; y las experiencias de la gente que, aquí y ahora, están pasando por ese proceso. En cualquier supuesto, la transformación de la conciencia no es tanto algo que deba ser estudiado, cuanto experimentado. Conviene tener presente que estos dos capítulos ofrecen una panorámica, una sinopsis de un dominio vasto y profundo.

 

Servirán a su propósito en la medida en que consigan aportar una vislumbre de los sentimientos y las percepciones intuitivas que conlleva el proceso transformativo, en la medida en que consigan conectar aquí o allá con algo de la vida del lector. Nos detendremos a examinar los cambios operados en la mente, en el cerebro, en el cuerpo, o en la orientación vital.
 

Antes de todo, necesitamos contar con una definición operativa de la transformación a que nos referimos, si queremos captar su poder sobre las vidas de los individuos y el modo como origina un profundo cambio social. La Conspiración de Acuario es al mismo tiempo causa y efecto de tal transformación.
 


La transformación: una definición
El término transformación posee significados interesantemente paralelos aplicados a las matemáticas, a las ciencias físicas y al cambio humano. Literalmente, transformación significa cambio de forma, reestructuración. Las transformaciones matemáticas, por ejemplo, reformulan un problema en términos nuevos, de modo que pueda ser resuelto. Como veremos más tarde, el cerebro mismo opera sobre la base de complejas transformaciones matemáticas. En las ciencias físicas, una sustancia, al transformarse, adopta una naturaleza o unas características diferentes, como cuando el agua se convierte en hielo o en vapor.


Y, por supuesto, hablamos de transformación, aplicada a la gente; en concreto, hablamos de transformación de la conciencia. En este contexto no se entiende por conciencia el simple hecho de estar despierto y alerta. Se refiere aquí al estado de ser consciente de la propia conciencia. Uno se da cuenta, con nitidez, de que se está dando cuenta. Efectivamente es una nueva perspectiva que permite ver otras perspectivas: es un cambio de paradigma. El poeta E. E. Cummings se alegraba en cierta ocasión de haber encontrado «el ojo de mi ojo..., el oído de mi oído». Viendo cómo ves, decía el título de un libro. Ese darse cuenta del darse cuenta constituye otra dimensión.


Las antiguas tradiciones describen la transformación, de modo significativo, como un nuevo ver. Emplean metáforas de luz y claridad. Hablan de intuición1, de visión. Teilhard decía que la evolución tiende a conseguir «unos ojos cada vez más perfectos en un mundo en el que hay siempre más que ver».


La mayoría de nosotros pasamos las horas de vigilia dándonos apenas cuenta de los procesos del propio pensamiento: cómo se mueve la mente, qué teme, a qué presta atención, cómo se habla a sí misma, qué es lo que barre a un lado; cómo son nuestras sospechas, nuestros altibajos, nuestras falsas percepciones. En la inmensa mayoría de los casos, comemos, trabajamos, conversamos, nos preocupamos, esperamos, planeamos, hacemos el amor o vamos de compras, todo ello pensando mínimamente en cómo pensamos.


El comienzo de la transformación personal es absurdamente fácil. Lo único que tenemos que hacer es prestar atención al propio flujo de la atención. Con ello, hemos añadido, inmediatamente, una nueva perspectiva. La mente puede ahora observar sus muchos estados, sus tensiones corporales, el flujo de la atención, sus alternativas y patrones, sus dolencias y deseos, y la actividad de los diversos sentidos.


En la tradición mística se da el nombre de Testigo a esa mente oculta tras las bambalinas, la instancia que observa al observador. Este centro de atención, al identificarse con una dimensión más amplia que la conciencia fragmentada ordinaria, es más libre y está mejor informada que ésta. Como hemos de ver, esta más amplia perspectiva tiene acceso a universos de información procesados por el cerebro a un nivel inconsciente, reinos en los cuales de ordinario no podemos penetrar a causa del carácter estático o del control ejercido por la mente superficial, a la que Edward Carpenter llamaba «el pequeño yo local».


La mente no consciente de sí misma, la conciencia ordinaria, es como un pasajero de un aeroplano, atado a su asiento, con un antifaz sobre los ojos, que ignorase la naturaleza del transporte, las dimensiones del aparato, su alcance, el plan de vuelo y la proximidad de otros pasajeros. La mente consciente de sí misma es el piloto. Este, realmente, es sensible a las reglas de navegación aérea, se siente afectado por el tiempo reinante, y sabe que depende de toda una serie de ayudas a la navegación, pero, aun así, es mucho más libre que la mente «pasajera».


Todo cuanto puede introducirnos en un estado reflexivo y vigilante tiene el poder de transformarnos, y cualquiera que tenga una inteligencia normal puede emprender ese proceso. De hecho, la mente, que está de suyo preparada para deslizarse a nuevas dimensiones sólo conque no se lo impidamos, es el vehículo de su propia transformación. Los conflictos, las contradicciones, los sentimientos encontrados, todo ese huidizo material que de ordinario revolotea en torno a los bordes de la conciencia, puede ser reordenado en niveles cada vez más elevados.

 

Cada nueva integración facilita la siguiente. Algunas veces, a esa conciencia de la conciencia, a ese nivel de Testigo, se le designa como una «dimensión más alta», expresión que con frecuencia ha sido mal entendida. El psiquiatra Viktor Frankl señalaba que este nivel no implica juicio moral alguno:

"Una dimensión más alta es simplemente una dimensión que abarca más. Si tomamos, por ejemplo, un cuadrado bidimensional y lo extendemos en sentido vertical hasta convertirlo en un cubo tridimensional, podemos entonces decir que el cuadrado está incluido en el cubo... Entre los distintos niveles de la verdad no puede haber una mutua exclusión, ni una verdadera contradicción, ya que lo más alto incluye lo más bajo".

En El País del Plano, el Cuadrado intentaba explicar su realidad a los habitantes del País de la Línea como una «línea de líneas». Más tarde la Esfera se describía a sí misma como un «círculo de círculos». El proceso transformativo, como veremos, una vez que comienza es geométrico. En este sentido, la cuarta dimensión consiste justamente en eso: en ver las otras tres con ojos nuevos.
 


La evolución consciente
La idea de que el hombre tiene a su disposición un amplio abanico de alternativas de conciencia es apenas nueva. En el amanecer del Renacimiento, Pico della Mirandola escribía:

"En cuanto hacedor y moldeados de ti mismo, puedes revestirte a ti mismo, con todo honor y libertad de elección, de cualquier forma que puedas desear. Tendrás el poder de encarnarte en las formas de vida más inferiores, como son las de los brutos. Y tendrás el poder, en virtud del discernimiento de tu propio espíritu, de renacer en las formas más elevadas..."

Entonces, como ahora, los filósofos discutían acerca de sí la naturaleza humana es buena o mala. Hoy día la ciencia, en todas las disciplinas, nos ofrece una alternativa distinta: el cerebro y el comportamiento humano son de una plasticidad casi increíble. Es cierto que estamos acondicionados para sentirnos miedosos y hostiles y para ponernos a la defensiva. Pero tenemos también capacidad de trascendencia en circunstancias extraordinarias.


Quienes creen en la posibilidad de un cambio social inminente, no son optimistas con respecto a la naturaleza humana; confían más bien en el proceso transformativo en cuanto tal. Habiendo experimentado algún cambio positivo en sus propias vidas, más libertad, sentimientos de afinidad y de unidad, mayor creatividad, mayor capacidad para controlar el estrés, sensibilidad para captar el sentido de las cosas, admiten que otros pueden cambiar también. Y creen que si un número suficiente de individuos llega a descubrir nuevas posibilidades en sí mismos, acabarán formando de manera natural una conspiración para crear un mundo propicio a la imaginación, el crecimiento y la cooperación humanas.


Esta probada plasticidad del cerebro y de la conciencia humanos brinda la posibilidad de que la evolución individual pueda conducir a la evolución colectiva. Cuando un individuo ha desarrollado una capacidad nueva, la existencia de ésta se hace de pronto evidente a los demás, quienes pueden así intentar a su vez desarrollarla. Ciertas culturas, por ejemplo, desarrollan un consumado dominio de determinadas habilidades, artes o deportes. Incluso nuestras habilidades «naturales» tienen necesidad de ser fortalecidas. Los seres humanos no aprenden a andar o a hablar de forma espontánea.

 

Los niños a los que se mantiene todo el día en su cuna en las instituciones, sin otra cosa que hacer que mirar al techo, aprenden a andar y a hablar muy tarde, si es que alguna vez llegan a hacerlo. Estas capacidades, para desarrollarse correctamente, necesitan ser liberadas a través de una interacción con otros seres humanos y con el entorno.


Sólo podemos saber lo que el cerebro es capaz de hacer si se lo demandamos. El repertorio genético de cualquier especie incluye un número casi infinito de potencialidades, mayor de lo que puede permitir cualquier único entorno o la duración de una única vida. Tal como explicaba un especialista en genética, es como si todos tuviéramos un gran piano en nuestro interior, pero solamente unos pocos aprenden a tocarlo. Así como algunos individuos aprenden a desafiar la gravedad al ejecutar determinados ejercicios gimnásticos, o aprenden a distinguir entre varios cientos de variedades de café, de igual forma podemos nosotros ejercitar gimnásticamente la atención y adquirir una sensibilidad interior sutilmente diferenciada.
 

Hace milenios la humanidad descubrió que podía jugar con el cerebro para inducir en él cambios profundos de conciencia. La mente puede aprender a mirarse a sí misma y a examinar sus propias realidades de maneras que rara vez ocurren espontáneamente. Esos sistemas, instrumentos de una seria exploración interior, son los que han hecho posible la evolución consciente de la conciencia. El creciente reconocimiento universal de semejante posibilidad y de las formas como puede ser actualizada, constituye el mayor logro tecnológico de nuestro tiempo.


William James, en un pasaje famoso, invitaba a sus contemporáneos a prestar atención a tales cambios:

"La conciencia vigil normal, la conciencia racional, como la llamamos, no es sino un tipo especial de conciencia, mientras que en tomo a ella, separadas de ella tan sólo por una finísima pantalla, yacen formas potenciales de conciencia enteramente diferentes. Podemos ir por la vida sin siquiera sospechar su existencia, pero basta aplicar los estímulos necesarios, para que al primer toque aparezcan ahí en toda su integridad.


Ninguna descripción del universo que deje a un lado, sin considerarlas, estas otras formas de conciencia, puede considerarse concluyente".
 

Nuestras maneras de cambiar
Pueden distinguirse cuatro maneras principales de cambiar nuestras mentes cuando reciben una información nueva y conflictiva.

  • La más fácil, y también la más limitada, es la que podríamos llamar cambio por excepción. El antiguo sistema de creencias permanece intacto, pero nos autoriza a admitir un puñado de anomalías, lo mismo que un antiguo paradigma tolera la presencia de un cierto número de fenómenos extraños en sus zonas fronterizas, antes de que estalle su marco dando paso a un nuevo paradigma más amplio y satisfactorio. Un individuo que se encuentra en esta situación de cambio por excepción puede sentir disgusto por todos los miembros de un determinado grupo, con la excepción de uno o dos.

     

    Puede considerar que los fenómenos psíquicos son una estupidez, y seguir creyendo sin embargo que los sueños de su tía abuela siempre resultaban verdaderos. Esos casos son descartados como «la excepción que confirma la regla», en vez de considerarlos como excepciones que desautorizan la norma.

     

  • El cambio paulatino sucede poco a poco, sin que el individuo se dé cuenta de haber cambiado.

     

  • Está también el cambio pendular, el abandono de un sistema cerrado, considerado como cierto, sustituyéndolo por otro al que se aferra con la misma fuerza. El halcón se convierte en paloma, el religioso acendrado se vuelve ateo, la persona descuidada se hace meticulosa, y viceversa, a su vez. El cambio pendular peca al no integrar lo bueno de lo viejo, y al no discriminar el valor de lo nuevo con respecto a sus afirmaciones excesivas. El cambio pendular rechaza la propia experiencia anterior, pasando de un medio saber a otro.


    El cambio por excepción, el cambio paulatino y el cambio pendular se paran a las puertas de la transformación. El cerebro no puede procesar una información conflictiva, a menos que sea capaz de integrarla. Un simple ejemplo: si el cerebro es incapaz de fundir en una sola imagen la doble visión, acabará por ignorar las señales provenientes de uno de los ojos. Las células visuales del cerebro correspondientes a ese ojo acabarán por atrofiarse, causando la ceguera del mismo. De igual forma, el cerebro, al elegir entre visiones conflictivas, reprime toda información que no encaje con sus creencias dominantes.

     

    A menos, por supuesto, que sea capaz de armonizar esas ideas en una síntesis poderosa.

     

  • Eso es el cambio de paradigma, la transformación. Esa es la cuarta dimensión que supone el cambio: la nueva perspectiva, la percepción intuitiva que permite integrar la información en una nueva forma o estructura. Los cambios de paradigma depuran e integran. Los cambios de paradigma intentan curar del engaño del o "bien o mal", o del "esto o lo otro". En muchos sentidos, se trata de un cambio de lo más provocativo, por lo que supone de renuncia a toda certeza: es capaz de tolerar diferentes interpretaciones desde perspectivas diferentes en diferentes ocasiones.


    El cambio por excepción afirma: «Yo tengo razón, salvo...». El cambio paulatino dice: «Yo casi tenía razón, pero ahora tengo razón». El cambio pendular sostiene: «Antes estaba equivocado, pero ahora tengo razón». El cambio de paradigma dice: «Antes tenía razón en parte, y ahora tengo razón en un parte algo mayor».

     

  • En el cambio de paradigma; nos damos cuenta de que nuestras anteriores concepciones eran sólo una parte del cuadro, y que lo que ahora sabemos es sólo una parte de lo que sabremos más adelante. El cambio ha dejado de ser amenazador. El cambio absorbe, ensancha, enriquece. Lo desconocido se convierte en territorio amistoso e interesante. Cada toma de conciencia ensancha el camino, facilitando la etapa siguiente del viaje, la siguiente abertura.


    También el cambio mismo cambia, exactamente como en la naturaleza la evolución evoluciona de los procesos simples a los complejos. Todo suceso nuevo altera la naturaleza de los que luego seguirán, como sucede en el interés compuesto. El cambio de paradigma no es un simple efecto lineal, como los diez pequeños indiecitos de la canción de cuna, que van desapareciendo uno a uno. Es un cambio de patrones repentino, una espiral, y a veces un cataclismo.

Si despertamos al flujo y a las alteraciones de la propia conciencia, aumentamos el cambio. La síntesis engendra la síntesis.
 


El estrés y la transformación
Supuestas las circunstancias adecuadas, el cerebro humano tiene ilimitadas posibilidades de cambiar de paradigma. Puede ordenarse y reordenarse a sí mismo, y es capaz de integrar y trascender antiguos conflictos. Todo lo que viene a dislocar el antiguo orden establecido en nuestra vida es un desencadenante potencial de transformación, de una puesta en movimiento hacia una mayor madurez, hacia una apertura y un poderío acrecentados.


A veces, el elemento perturbador es el estrés que sigue explicablemente a la pérdida de un trabajo, a un divorcio, una enfermedad grave, dificultades financieras, la muerte de un familiar, el encarcelamiento, e incluso a un éxito o una promoción repentinos. O puede ser un estrés intelectual más sutil: una relación estrecha con alguien cuyas opiniones difieren notoriamente de aquellas que siempre habíamos mantenido, o un nuevo entorno, un país extranjero, por ejemplo. El estrés personal, lo mismo que el estrés colectivo de nuestra época, el tan debatido shock del futuro, pueden convertirse en agentes transformadores, una vez que sabemos cómo integrarlos. Por ironía de esta época nuestra, nostálgica de otros tiempos más sencillos, puede ser la turbulencia de este siglo veinte la que nos esté llevando a la eclosión de cambio y de creatividad con que soñaban ya épocas pasadas.


La cultura entera está atravesando traumas y tensiones que están reclamando un nuevo orden. El psiquiatra Frederic Flach, al poner de relieve esta circunstancia histórica, citaba al novelista Samuel Butler, que en The way of all Flesch decía:

«En ciertas vidas tranquilas, en las que suceden pocas cosas, los cambios internos y externos son tan pequeños que los procesos de fusión y acomodación requieren poco o ningún esfuerzo. En otras vidas hay un gran esfuerzo, pero en ellas el poder de fusión y acomodación es también mayor».

Flach añade:

"Ese poder de fundirse y acomodarse al que se refería Butler es en realidad la creatividad. Eso era en 1885. Hoy día hay cada vez menos gente a quienes sus vidas les parecen tranquilas o que les suceden pocas cosas. Los cambios tienen lugar a un ritmo acelerado y afectan a todo el mundo de algún modo. En un mundo en el que las tensiones personales y culturales, son crecientemente complejas, no podemos permitirnos seguir usando nuestras habilidades creativas sólo para resolver aquí y ahora problemas específicos. Nuestra salud física y mental exige que aprendamos a llevar una vida genuinamente creativa".

Nos sentimos turbados por muchas cosas que no conseguimos hacer encajar, por las mil paradojas de la vida cotidiana. El trabajo debería, ante todo, tener algún sentido, y debería estar bien remunerado. Los niños deberían ser libres, y también deberían ser controlados. Nos sentimos desgarrados entre lo que los otros quieren de nosotros y lo que nosotros querríamos para nosotros mismos. Queremos ser compasivos, pero honestos. Queremos tener seguridad, pero queremos ser espontáneos.


El estrés, el dolor, las paradojas, los conflictos, las prioridades opuestas, todos llevan en sí mismos sus propios remedios, si sabemos prestarles toda la atención que requieren. Cuando tratamos nuestras tensiones de forma indirecta, cuando intentamos ahogarlas o vacilamos ante ellas, vivimos de forma indirecta. Nos escabullimos de la transformación.
 


La vía del escape
Al nivel de la conciencia ordinaria, negamos el dolor y la paradoja. Les administramos Valium, les atontamos con alcohol, o les distraemos con la televisión. Negar es una forma de vivir. Dicho de manera más precisa, es un modo de disminuir la vida, de hacerla parecer más soportable. La negación es la alternativa de la transformación. Negación personal, negación mutua, negación colectiva. Negación de hechos y de sentimientos. Negación de la propia experiencia, olvido voluntario de lo que vemos y oímos. Negación de la propia capacidad. Los políticos niegan los problemas, los padres niegan su vulnerabilidad, los maestros niegan sus proclividades, los niños niegan sus intenciones. Por encima de todo, negamos lo que sabemos está en nuestro corazón.


Estamos presos entre dos mecanismos evolutivos diferentes: la negación y la transformación. Hemos evolucionado, gracias a la capacidad de reprimir el dolor y de excluir por filtrado la información periférica. Ambas son estrategias muy útiles a corto plazo, que permitían a nuestros antepasados apartar a un lado estímulos que podían resultar excesivos en una situación de emergencia, en que, estimulados por el síndrome de lucha o huida, tenían que enfrentarse a un peligro físico.
La capacidad de negación es un ejemplo de la miopía de que puede a veces adolecer nuestro cuerpo. Algunas respuestas corporales automáticas son, a la larga, más fuente de daño que de ayuda.

 

La formación de tejido cicatrizado, por ejemplo, impide que puedan reconectarse los nervios en la médula después de un accidente. En muchas heridas, la hinchazón resulta más dañina que el trauma original. Y más que los virus en sí, nos pone enfermos la histérica reacción excesiva de nuestro cuerpo frente a ellos.


La capacidad que tenemos para bloquear la propia experiencia constituye una vía muerta evolutiva. En vez de experimentar y transformar el dolor, el conflicto y el miedo, solemos desviarlos o suavizarlos movidos por una especie de hipnosis involuntaria. A lo largo de la vida, se van acumulando dosis crecientes de estrés. Al no darle salida, la conciencia se estrecha. La claridad se estruja hasta quedar convertida en un delgado rayo de luz salido de un proyector. Perdemos la vívida percepción de los colores, la sensibilidad a los sonidos, la visión periférica, la sensibilidad hacia los otros y la intensidad emocional. El espectro de la conciencia se estrecha cada vez más.


La verdadera alienación de nuestro tiempo no es con respecto a la sociedad, sino con respecto al propio ser. ¿Quién puede saber dónde empieza? Tal vez en nuestros primeros años, cuando un adulto, con toda amabilidad, trató de distraernos con un chiste o con un dulce de la rozadura que acabábamos de hacernos en una rodilla. Ciertamente la cultura no favorece el hábito de experimentar a fondo las propias experiencias. Pero quizá la negación habría hecho su aparición en cualquier caso, dada la habilidad que tenemos para enmascarar todo aquello que nos duele, aun a costa de una disminución de la conciencia.


Escapar es una solución a corto plazo, como la aspirina. El escape se decanta en favor de una sorda molestia crónica, en vez de una breve y aguda confrontación. Su coste es la flexibilidad; toda la amplia gama de movimiento de la conciencia entra en espasmo, igual que un brazo o una pierna contraídos por efecto de un dolor crónico. La negación, aunque constituya una respuesta humana y natural, exige el pago de un precio terrible. Es como si nos hubiéramos instalado a vivir en la antesala de la propia vida. Y, al final, no funciona. Una parte del ser siente agudamente todo el dolor reprimido.
 

La mayoría de los psicólogos ha usado durante un siglo un modelo burocrático de la mente: la mente consciente, como capitán en la cima; el Subconsciente, como un lugarteniente poco fiable; y el Inconsciente mucho más abajo, como un pelotón indisciplinado de energías eróticas, arquetipos y curiosidades. Produce desconcierto entonces, enterarse de que una instancia co-consciente ha estado operando todo el tiempo a nuestro lado, una dimensión de conciencia a la que Ernest Hilgard, psicólogo de Stanford, ha dado el nombre de Observador Oculto. Experimentos de laboratorio realizados en Stanford han demostrado que el dolor y otros estímulos, que no pueden recordar los sujetos hipnotizados, pueden ser reconocidos por otra parte de su ser. Esta instancia consciente está siempre presente, está siempre sintiendo en plenitud.

 

Y se la puede solicitar muy fácilmente, según han demostrado los experimentos de Hilgard. Por ejemplo, una mujer hipnotizada, con una mano inmersa en agua helada, informaba en todo momento, en una escala de dolor de 0 a 10, que el dolor que sentía en esa mano era 0. Pero la otra mano, provista de lápiz y papel, iba informando del aumento de la sensación de dolor: «0..., 2..., 4..., 7...» Otros sujetos daban informes verbales contradictorios, dependiendo de a que «yo» se dirigía el hipnotizador.


Todas las experiencias y emociones negadas resuenan incesantemente, como discos rayados, en la otra mitad del ser. Para mantener toda esta información circulando fuera del ámbito de la conciencia ordinaria, se requiere dedicar una cantidad impresionante de energía. No es de extrañar si sentimos malestar, si nos sentimos fatigados, alienados.


Dos estrategias fundamentales están a nuestro alcance: la vía del escape y la vía de la atención.


En su diario, escrito en 1918, Hermann Hesse recordaba un sueño en el que oía dos voces distintas. La primera le invitaba a buscar fuerzas para superar el sufrimiento, para encontrar la calma. Sonaba como si fuese la voz de los padres, del colegio, de Kant o de los curas. Pero la segunda voz, que venía de más lejos, a modo de «causa primordial», decía que el sufrimiento solamente duele porque lo tememos, porque nos quejamos de él, porque lo huimos.

"Sabes muy bien, en el fondo de ti mismo, que no hay más magia, ni más poder, ni más salvación... que lo que llamarnos amor. Pues bien, entonces ama tu sufrimiento. No le opongas resistencia, no le huyas. Entrégate a él. Solamente te duele a causa de la aversión que le tienes, sólo por eso".

El dolor es la aversión; la magia curativa es la atención.


Si le prestamos suficiente atención, el dolor puede dar respuesta a nuestras más cruciales preguntas, incluso sin haber llegado a formulárnoslas. La única forma de salir del sufrimiento es pasando a través de él. Como dice un antiguo texto sánscrito:

«No intentes esquivar el dolor, pretendiendo que no es real. Si buscas la serenidad en la unidad, el dolor se desvanecerá por sí mismo».

Conflicto, dolor, tensiones, miedos, paradojas... son otras tantas transformaciones que intentan salir a la luz. El proceso transformativo comienza desde el momento que decidimos afrontarlos. Quienes descubren este fenómeno, sea por azar o como resultado de una búsqueda personal, poco a poco llegan a darse cuenta que la recompensa bien merece el miedo a una vida no anestesiada. La resolución del conflicto o del dolor, la sensación de liberación que ello produce, facilita el afrontamiento de crisis y paradojas sucesivas.
 


La vía de la atención
Tenemos capacidad biológica para negar el estrés, o bien para transformarlo prestándole atención. Descubrimientos recientes sobre el cerebro nos ayudan a comprender los aspectos tanto psicológicos como fisiológicos de ambas opciones, y como es que la vía de la atención supone una elección deliberada.


Los hemisferios derecho e izquierdo del cerebro están en continua interacción, pero cada uno de ellos tiene también ciertas funciones que le son propias. Estas funciones especializadas de los hemisferios fueron observadas por primera vez al estudiar los efectos de traumatismos que afectaban solamente a uno u otro lado del cerebro. Más tarde, se elaboraron técnicas más sofisticadas para detectar las diferencias.

 

Por ejemplo, se proyectaban simultáneamente imágenes diferentes sobre los campos visuales izquierdo y derecho, o se hacía escuchar tonos diferentes al mismo tiempo en la oreja derecha y en la izquierda. También el examen postmortem del cerebro mostró sutiles diferencias entre ambos lados. Asimismo la investigación ha encontrado que determinadas células cerebrales que producen ciertas sustancias químicas están más concentradas en un lado del cerebro que en el otro.


Los hemisferios pueden operar de forma independiente, como dos centros separados de conciencia. Durante los años sesenta y setenta, esto pudo comprobarse dramáticamente en los veinticinco pacientes que en todo el mundo sufrieron una intervención quirúrgica de «división cerebral» como medio de tratamiento de la epilepsia severa. La operación consistía en seccionar las conexiones entre ambos hemisferios, con la esperanza de confinar los ataques a un único lado.

 

Tras recobrarse de la operación, los sujetos con el cerebro dividido, que parecían estar bastante normales, eran sometidos a una serie de tests para determinar si había o no en ellos una dualidad de experiencias conscientes, y para observar las distintas funciones de cada hemisferio. ¿Qué tareas podía realizar cada una de estas mitades del ser? ¿Qué tipo de experiencias serían capaces de describir?

 

De hecho, los pacientes con el cerebro seccionado dieron pruebas de poseer dos mentes, capaces de funcionar con independencia mutua. A veces, la mano izquierda no sabía, literalmente, lo que hacía la mano derecha. Por ejemplo, un paciente al que se ha dividido el cerebro es incapaz de decir al experimentador el nombre de un objeto que sólo es conocido por el hemisferio derecho, que es mudo 2.

 

El sujeto afirma no saber de qué objeto se trata, aunque su mano izquierda (controlada por el lado derecho del cerebro) puede localizarlo entre un montón de objetos situados fuera del alcance visual. Si un paciente con el cerebro dividido intenta copiar formas simples con su mano derecha (controlada por el lado izquierdo del cerebro, incapaz de comprender relaciones espaciales), la mano izquierda puede echarle una mano para finalizar la tarea.


Tenemos tendencia a identificar el «yo» con el cerebro verbal izquierdo y con sus operaciones, es decir con la parte de nosotros mismos que es capaz de hablar de sus experiencias y analizarlas. El control del discurso hablado corresponde esencialmente al hemisferio izquierdo. También le corresponde sumar, restar, relacionar, medir, compartimentalizar, organizar, nombrar, clasificar, y consultar el reloj. El hemisferio derecho, aunque tiene escaso control sobre los mecanismos del lenguaje, es capaz de entenderlo de algún modo, y es además el encargado de investirlo de inflexiones emocionales. Cuando resulta dañada una cierta porción del hemisferio derecho, el lenguaje se vuelve monocorde y descolorido. El hemisferio derecho es más musical y sexual que el izquierdo. Piensa en imágenes, ve conjuntos, detecta pautas y patrones. Acusa el dolor con más intensidad que el izquierdo.


Usando la expresión de McLuhan, el cerebro derecho «sintoniza» la información, y el izquierdo la "encaja". El izquierdo se ocupa del pasado, comparando la experiencia de cada momento con experiencias anteriores, tratando de categorizarla; el hemisferio derecho se responsabiliza de lo nuevo, de lo desconocido. El izquierdo opera sacando fotos; el derecho contempla películas. El cerebro derecho es capaz de completar imágenes visuales incompletas, es decir puede identificar una forma sugerida apenas por unas pocas líneas. Mentalmente conecta los puntos, desvelando el patrón oculto. Como dirían los psicólogos, el cerebro derecho completa la gestalt. Es globalizador, holístico.


Detectar tendencias y patrones es una habilidad fundamental. Cuanto más capaces seamos de obtener una imagen precisa a partir de una información mínima, tanto mejor equipados estaremos para sobrevivir. Usamos esa habilidad de detectar patrones visuales en muchas situaciones de la vida corriente, como cuando leemos un mensaje escrito a mano en que las letras están parcialmente deformadas. La habilidad de entresacar patrones o pautas a partir de una información limitada explica el éxito de algunos políticos y comerciantes, especialmente dotados para detectar tendencias que se esbozan; también faculta al médico para diagnosticar una enfermedad, o permite al terapeuta apreciar una pauta insana en una persona o en una familia.


El hemisferio derecho está profusamente conectado con el antiguo cerebro límbico, conocido como cerebro emocional. Las misteriosas estructuras límbicas tienen que ver con los procesos de memoria, y cuando se les estimula eléctricamente, se producen muchos fenómenos de alteración de los estados de conciencia. En el sentido clásico de «mente y corazón», puede decirse que este compuesto hemisferio derecho-circuito límbico es el cerebro-corazón. Si decimos, por ejemplo, «el corazón tiene sus razones», nos estamos refiriendo a la respuesta, en términos de sentimientos profundos que ha sido procesada por «el otro lado del cerebro».


Por razones tanto culturales como biológicas, en la mayoría de nosotros la conciencia parece estar dominada por el cerebro izquierdo. Los investigadores informan que, en algunos casos, el cerebro izquierdo puede incluso asumir tareas que de suyo son propias del hemisferio derecho. Limitamos de hecho buena parte nuestro potencial consciente a la simple función cerebral consistente en reducir las cosas a sus elementos componentes. Y saboteamos con ello la pura estrategia de detección de sentido que poseemos, porque el cerebro izquierdo, habituado como está a cortar todo conflicto que pueda provenir del derecho, se priva también con ello de la habilidad de éste para detectar pautas y patrones y ver el conjunto.

 

Sin necesidad de bisturí, nos hacemos a nosotros mismos una operación de división del cerebro. Aislamos uno de otro la mente y el corazón. Cortado de la fantasía, los sueños, las intuiciones y los procesos holísticos del cerebro derecho, el izquierdo se vuelve estéril. Y el cerebro derecho, al no integrarse con las facultades organizadoras de su compañero, se ve condenado a reciclar inútilmente una y otra vez su propia carga emocional.

 

Los sentimientos, dañados, pueden degenerar, en perjuicio del individuo, en fatiga, enfermedad, neurosis, una difusa sensación de que algo anda mal, de que algo falta, una especie de nostalgia cósmica, en una palabra. Esa fragmentación hace que se resienta nuestra salud y nuestra capacidad de intimidad. Como veremos en el capítulo 9, también hace que se resienta nuestra capacidad de aprendizaje, de creación, de innovación.
 


Conocer y nombrar
La materia prima de la transformación humana está en torno y dentro de nosotros, omnipresente e invisible como el oxígeno. Nadamos en un mar de conocimientos que no reconocemos, al venir mediatizados por el campo del cerebro que es incapaz de dar nombre a lo que sabe.


Existen técnicas capaces de ayudarnos a poner nombre a todos nuestros sueños y pesadillas. Están diseñadas especialmente para volver a abrir al tráfico el puente que separa la derecha de la izquierda, y para aumentar en el cerebro izquierdo la conciencia respecto de su correlato. La meditación, el canto y técnicas similares aumentan la coherencia y armonía de las frecuencias cerebrales; introducen una mayor sincronía entre los hemisferios, lo que sugiere un orden más elevado de funcionamiento.

 

En ocasiones, el nuevo orden parece reclutar un número creciente de células nerviosas, hasta que todas las regiones del cerebro parecen latir al unísono, como por efecto de una coreografía o una orquestación. Las frecuencias cerebrales de uno y otro lado, generalmente asincrónicas, comienzan a marchar de la mano y al mismo paso. Incluso la actividad eléctrica cerebral de las estructuras más antiguas del cerebro pueden mostrar también una inesperada sincronía con el neocórtex.


Un ejemplo de estas técnicas, desarrollado por Eugene Gendlin, psicólogo de la Universidad de Chicago, consiste en enfocar la atención. La gente que usa esta técnica aprende a sentarse tranquilamente, dejando que brote el sentimiento o el «aura» anejo a un tema particular. De hecho, le piden que se manifieste y se identifique. Normalmente, después de medio minuto o cosa así, acude a la mente una palabra o una frase. Si es lo que corresponde, el cuerpo responde infaliblemente.

 

Gendlin lo describe así:

"Según afluyen esas palabras extrañas, uno percibe una sensación aguda, como de alivio, o de cambio, antes de poder decir, por lo general, en qué consiste ese cambio. A veces, esas palabras no son en sí mismas especialmente impresionantes o nuevas, pero son justamente esas palabras, y no otras, las que producen el efecto experimental".3

La investigación demuestra que esas «sensaciones de cambio» van acompañadas de un cambio pronunciado de los armónicos de las ondas cerebrales. Una pauta específica y compleja parece correlacionarse con esa experiencia intuitiva. La actividad del cerebro se integra a un nivel superior. Y cuando alguien anuncia que se siente «atascado», puede detectarse el colapso de esos mismos armónicos en el EEG.


Todo aquello que alza las barreras, permitiendo emerger material no reconocido, es transformador. El reconocimiento, literalmente, «volver a conocer», tiene lugar cuando el cerebro analítico, con su poder de nombrar y clasificar, admite con plena conciencia la sabiduría de su otra mitad.


La parte organizativa del cerebro sólo puede comprender lo que encaja en su marco anterior de conocimientos. El lenguaje trae a la luz de la plena conciencia lo extraño, lo desconocido, y decimos «por supuesto... ». En la filosofía griega, el logos (la «palabra») era el principio divino de ordenación, capaz de encajar lo nuevo o extraño en el esquema general de las cosas. Siempre que damos un nombre a las cosas, estructuramos la conciencia. Mirando a la gran transformación social que se aproxima, podemos observar una y otra vez que nuevos nombres despiertan nuevas perspectivas: nacimiento sin violencia, simplicidad voluntaria, tecnología apropiada, cambio de paradigma.


El lenguaje rescata del limbo lo desconocido, expresándolo de tal modo que todo el cerebro pueda entenderlo. Los cantos, los mantras, la poesía y las palabras sagradas secretas son otros tantos puentes tendidos entre ambos cerebros. El artista se enfrenta a una forma, decía una vez Martín Buber:

«Si acierta a conferir la palabra primordial, sacada de su interior, a la forma que aparece, entonces la corriente de poder fluye eficazmente y la obra surge».

Dada la complejidad del cerebro, pueden transcurrir generaciones antes de que la ciencia llegue a comprender los procesos que nos permiten saber sin saber que sabemos. Pero no importa; lo que cuenta es que hay algo dentro de nosotros que es más sabio y está mejor informado que nuestra conciencia ordinaria. Y si tenemos un aliado semejante en nuestro propio interior, ¿por qué empeñarnos en caminar en solitario?
 


Descubrir el centro
La unión de las dos mentes crea algo nuevo. Conocer con todo el cerebro va mucho más allá que la suma de sus partes, y es algo diferente de una y otra. Según John Middleton Murry, crítico literario británico, la reconciliación de mente y corazón es «el misterio central de toda religión elevada». En los años cuarenta, Murry escribía que un número creciente de hombres y mujeres, a través de la fusión del intelecto y la emoción, se estaban convirtiendo en una «nueva especie de ser humano».

 

La mayoría de la gente, decía, huye del conflicto interior, y se refugia en la fe, en la actividad o en la negación.

"Pero siempre había algunos en quienes estos opiáceos se negaban a funcionar... Su mente y su corazón insistían cada uno por su lado en sus derechos, sin poder llegar a reconciliarse. En el centro de su ser se instalaba un punto muerto, que los llevaba paulatinamente a un estado de aislamiento, abandono y desesperación. Su división interior era completa.


Surgía entonces, de esa división extremada y absoluta, una repentina unidad, que creaba en ellos una nueva especie de conciencia. La mente y el corazón, hasta entonces enemigos irreconciliables, quedaban unidas en el alma, que podía amar cuanto conocía. La división interior quedaba curada."

Murry llamaba alma a este nuevo saber.4 A través de los siglos, los relatos de experiencias trascendentes lo describen a menudo como un «centro» misterioso, como penetrar en un reino central y desconocido.5 Este centro trascendente se encuentra en el acervo de todas las culturas, representado en mandalas, en la alquimia, en la cámara real de las pirámides («un fuego en el medio»), en el sancta sanctorum (el santo de los santos).

«Nosotros nos sentamos en un círculo y suponemos, escribía Robert Frost, pero el Secreto se sienta en el medio y sabe.»

Escapar de la prisión de las dos mentes, tarea específica de la transformación, es el gran tema que atraviesa las novelas de Hesse: El lobo estepario, Narciso y Goldmundo, El juego de abalorios, Demian y Siddharta. En 1921 confesaba su esperanza de que la ola de espiritualidad proveniente de la India pudiera aportar a la cultura occidental «un correctivo refrescante emanado del polo opuesto». Los europeos, desdichados en medio de un clima intelectual super especializado, no se estaban volviendo tanto a Buda o a Lao Tse, decía, cuanto hacia la meditación,

«técnica cuyo más alto resultado es la pura armonía, en una cooperación igual y simultánea del pensamiento lógico y el intuitivo».

Mientras Oriente contempla el bosque, Occidente se dedica a contar los árboles. No obstante, la aspiración a la plenitud resurge como tema mítico en todas las culturas. Todas aspiran al todo, y muchas de ellas trascienden la división.


El poder del verdadero centro es con toda probabilidad el instrumento de sabiduría humana más frecuentemente relegado. Es como un mismo mensaje que arriba a la playa una y otra vez, sin que nadie rompa la botella y, menos aún, descifre la clave. Ciertamente, como decía Hesse, muchos profesores alemanes temían nerviosos que la intelectualidad occidental pudiera ahogarse en medio de un diluvio budista. «Pero Occidente, comentaba secamente, no se va a ahogar.» De hecho, a todos los efectos, Occidente no ha hecho sino comenzar a percatarse, hace bien poco tiempo, de las botellas que siguen meciéndose en la orilla y de las mareas que las han arrastrado hasta aquí.


Al enumerar la diversidad de caminos espirituales, Aldous Huxley recomendaba «la puerta central», por encima de los caminos puramente intelectuales o puramente prácticos. «El mejor de ambos mundos... el mejor de todos los mundos». No se trata tanto de sustituir, señalaba recientemente un pensador oriental, cuanto de equilibrar.


El atractivo de la nueva perspectiva no puede mantenerse por un período indefinido. Inevitablemente, y con frecuencia, el individuo recae en sus antiguas posiciones, en sus viejas polaridades, en sus viejas maneras. En Mount Analog, René Daumal describía así el salto atrás:

"No puedes permanecer en la cima para siempre; tienes que descender de nuevo. De modo que, primeramente, ¿Para qué preocuparse? Sólo esto: lo que está arriba conoce a lo que está debajo, pero lo que está debajo no conoce lo que está arriba.


Uno trepa, uno ve, uno desciende; uno ya no ve, pero uno ha visto".

Existe el arte de orientarse en las regiones bajas con el recuerdo de lo que uno vio allá arriba:

«Cuando uno ya no puede ver, puede uno al menos todavía saber».

Como veremos en el próximo capítulo, vivimos de lo que hemos visto.
 


1. Intuere, en latín, significa mirar, ver. En inglés, insight; sight significa vista. (N. del T.)

2. Estas funciones están invertidas en mucha gente, particularmente en muchos zurdos. Es decir, el lenguaje reside en el hemisferio derecho más que en el izquierdo, la comprensión espacial en el izquierdo con más frecuencia que en el derecho, etcétera.

3. Un ejemplo de sensación de cambio: sales de viaje con esa sensación molesta y conocida de que estás olvidando algo. Sentado en el avión, te pones a repasar las posibilidades. Puede que te acuerdes de algo que realmente has olvidado, pero no se produce la sensación de alivio; tú sabes que no es eso. Cuando lo que es acude a la mente, hay un súbito reconocimiento, un cambio tangible, la certeza de que era eso lo que te estaba inquietando.

4. Nikos Kazantzakis hablaba de armonizar y modular «las dos fuerzas opuestas del cerebro». Desde una cumbre trascendente, decía, puede contemplarse la batalla del cerebro; necesitamos situar cada una de las células del cerebro, porque ahí es donde Dios está encarcelado, «tratando, intentando, martilleando para abrir una puerta en la fortaleza de la materia».

5. Charles Lindberg, al describir una experiencia mística extraordinaria que tuvo durante su famoso vuelo, decía que se sentía «cogido en el campo gravitacional formado por dos planetas».


Volver al Índice