LA ALQUIMIA COMO EJEMPLO

Un alquimista en Café Procope, en 1953. — Conver­sación acerca de Gurdjieff. — Un hombre que afirma saber que la piedra filosofal es una realidad. — Bergier me lleva a toda velocidad por un extraño atajo. -— Lo que veo me libera del estúpido desprecio del progreso. — Nuestra opinión sobre la alquimia: ni revelación, ni avance a tientas. — Breve meditación sobre la espiral y la esperanza.

En marzo de 1953 conocí por primera vez a un al­quimista. La cosa ocurrió en el Café Procope, que experimentó en aquella época una breve resurrección. Cuando yo estaba escribiendo mi libro sobre Gurdjieff, un gran poeta preparó aquella entrevista; después volví a ver a menudo a aquel nombre singular, sin penetrar, empero, sus secretos.

Yo tenía ideas primitivas, extraídas de las nociones populares, sobre la alquimia y los alquimistas, y estaba lejos de saber que éstos aún existían. El hombre que se sentaba frente a mí, en la mesa de Voltaire, era joven y

elegante. Tenía una sólida instrucción clásica, seguida de estudios de química. En aquel entonces, se ganaba la vida en el comercio y frecuentaba a muchos artistas, así como a algunas gentes de mundo.

No llevo ningún Diario íntimo, pero, en ciertas ocasiones importantes, suelo anotar mis observaciones o mis sentimientos. Aquella noche, al volver a casa, es­cribí lo que sigue:

«¿Qué edad puede tener? Él me ha dicho treinta y cinco años. No lo entiendo. Cabello blanco, rizoso, partido sobre el cráneo como una peluca. Numerosas y profundas arrugas bajo un cutis rosado y en un sem­blante lleno. Pocos ademanes; lentos, mesurados, hábi­les. Sonrisa tranquila y aguda. Ojos risueños, pero que ríen para sí. Todo revela una edad diferente. En su con­versación, ni un quiebro, ni una desviación, ni un fallo en la presencia del espíritu. Este semblante afable y fue­ra del tiempo tiene algo de esfinge. Incomprensible. Y no es sólo una impresión mía. A. B., que, desde hace semanas, le ve casi todos los días, me dice que jamás, ni un segundo, le ha sorprendido en una sola falta de "ob­jetividad superior".

»Lo que le hace condenar a Gurdjieff:

»1.° Quien siente la necesidad de enseñar no vive enteramente su doctrina y no ha llegado a la cima de la iniciación.

»2.° En la escuela de Gurdjieff no hay mediación material entre el alumno a quien se ha persuadido de su nada y la energía que debe llegar a poseer para pasar al ser real. Esta energía —esta "voluntad de la voluntad", dice Gurdjieff— debe encontrarla el alumno en sí mis­mo, y sólo en sí mismo. Ahora bien, este paso es par­cialmente falso y sólo puede conducir a la desespera­ción. Esta energía existe fuera del hombre, y se trata de captarla. El católico que comulga: captación espiritual de esta energía. Pero, ¿y los que no tienen fe? Si no se

tiene fe, hay que tener fuego: esto es toda la alquimia. Un verdadero fuego. Un fuego material. Todo comien­za, todo llega por el contacto de la materia.

»3.° Gurdjieff no vivía solo; siempre estaba rodea­do de otras personas como en un falansterio. "Hay un camino en la soledad, hay ríos en el desierto." No hay camino ni ríos en el hombre que se mezcla con los otros.

»Le hago preguntas sobre la alquimia que deben de parecerle tontas. Pero no lo demuestra y responde:

»Sólo materia, nada más que contacto con la mate­ria, trabajo con la materia, trabajo manual.

«Insiste mucho en esto:

»—¿Le gusta la jardinería? Es un buen comien­zo, porque la alquimia puede compararse a la jardinería.

»—¿Le gusta la pesca? La alquimia tiene algo de co­mún con la pesca.

»Trabajo de mujeres y juego de niños.

»No se puede enseñar alquimia. Todas las obras li­terarias que han pasado por los siglos contienen una parte de esta enseñanza. Son el hecho de hombres adul­tos —verdaderamente adultos— que hablaron a los ni­ños, respetando las leyes del conocimiento adulto. En una gran obra, jamás se nota la falta de "los principios". Pero el conocimiento de estos principios y el camino que lleva a estos principios deben permanecer ocultos. Sin embargo, existe un deber de ayuda mutua para los investigadores del primer grado.

»A eso de la medianoche, le interrogué sobre Fulcanelli,[17] y él me explicó que Fulcanelli no ha muerto.

»—Se puede vivir —me dice— infinitamente más de lo que imagina el hombre que no ha despertado. Y se puede cambiar totalmente de aspecto. Yo lo sé. Mis ojos saben. Sé también que la piedra filosofal es una realidad. Pero se trata de un estado de la materia distin­to del que conocemos. Este estado, como todos los otros estados, es susceptible de mediciones. Los me­dios de trabajo y de medición son sencillos y no requie­ren aparatos complicados: trabajo de mujeres y juego de niños...

»Y añade:

»—Paciencia, esperanza, trabajo. Y, sea cual fuere el trabajo, jamás se trabaja bastante.

»Esperanza: en alquimia, la esperanza se funda en la certeza de que existe un fin. Yo no habría empezado —dice— si no me hubiesen demostrado claramente que este fin existe y que es posible alcanzarlo en esta vida.»

Tal fue mi primer contacto con la alquimia. Si la hubiese abordado por medio de los libros mágicos, creo que mis investigaciones no habrían ido muy lejos: falta de tiempo, falta de afición a la erudición literaria. Y también falta de vocación: esta vocación que invade al alquimista, cuando éste aún no se tiene por tal, en el momento en que se abre por primera vez un antiguo tratado. Yo no tengo vocación de hacer sino de com­prender; no de realizar, sino de ver. Pienso, como dice mi viejo amigo André Billy, que «comprender es tan hermoso como cantar», aun en el caso de que la com­prensión sea fugaz.[18] Soy un hombre que tiene prisa, como la mayoría de mis contemporáneos. Tuve el con­tacto más moderno que cabe tener con la alquimia: una conversación en una tasca de Saint Germain des Prés. Después, mientras intentaba dar un sentido más com­pleto a lo que me había dicho aquel hombre joven, tro­pecé con Jacques Bergier, que no salía lleno de polvo de una buhardilla llena de libros viejos, sino de los lugares en que se concentra la vida del siglo: los laboratorios y las oficinas de información. Bergier buscaba también alguna cosa por las rutas de la alquimia. Y no era para hacer una peregrinación al pasado.

El extraordinario hombrecillo, atiborrado de secretos de la energía ató­mica, había tomado aquel camino como atajo. Volé, agarrado a sus faldones y a una velocidad supersónica, entre los textos venerables concebidos por sabios ena­morados de la lentitud, borrachos de paciencia. Bergier tenía la confianza de algunos de los hombres que, toda­vía hoy, se entregan a la alquimia. Tenía también el oído de los sabios modernos. A su lado, pronto adquirí la certeza de que existe una estrecha relación entre la al­quimia tradicional y la ciencia de vanguardia. Vi que la inteligencia tendía un puente entre dos mundos. Avan­cé por este puente, y vi que aguantaba. Sentí una dicha muy grande y un profundo apaciguamiento. Refugiado desde hacía tiempo en el pensamiento antiprogresista hindú, adepto de Gurdjieff, viendo el mundo de hoy como un principio del Apocalipsis, profundamente desesperanzado y sin esperar más que un triste fin de los tiempos, sin ser lo bastante orgulloso para consi­derarme hombre aparte, he aquí que veía de pronto cómo el porvenir y el pasado se daban la mano. La me­tafísica del alquimista, varias veces milenaria, ocultaba una técnica comprensible o casi comprensible, en el si­glo xx. Las técnicas horripilantes de hoy se abrían so­bre una metafísica casi siempre a la de los tiempos anti­guos. ¡Falsa poesía la de mi vacío! El alma inmortal de los hombres lanzaba la misma luz a ambos lados del puente.

Acabé por creer que los hombres, en un pasado muy remoto, habían descubierto los secretos de la energía y de la materia. Y no sólo por la meditación, sino también por la manipulación. No sólo espiritualmente, sino téc­nicamente. El espíritu moderno, por caminos diferen­tes, por las rutas, desde hacía tiempo repelentes a mis ojos, de la razón pura, de la irreligiosidad, con medios diferentes y que me habían parecido feos, se aprestaba a su vez a descubrir los mismos secretos. Se interrogaba, se entusiasmaba y se inquietaba a un tiempo. Tendía a lo esencial, igual que el espíritu de la alta tradición.

Vi entonces que la oposición entre la «sabiduría» milenaria y la «locura» contemporánea era una inven­ción de la inteligencia, demasiado débil y demasiado lenta, un producto de compensación para el intelectual incapaz de la fuerte aceleración que su época le exige.

Hay varias maneras de tener acceso al conocimien­to esencial. Nuestro tiempo tiene las suyas. Las anti­guas civilizaciones tuvieron las propias. Y no me refie­ro únicamente al conocimiento teórico.

Vi, en fin, que, siendo las técnicas de hoy aparente­mente más poderosas que las de ayer, este conocimien­to esencial que sin duda tenían los alquimistas (y otros sabios, antes que ellos) llegarían a nosotros aún con mayor fuerza, con mayor peso, con más peligros y con más exigencias. Alcanzamos el mismo punto que los antiguos, pero a diferente altura. Más que condenar al espíritu moderno en nombre de la sabiduría de ini­ciación de los antiguos, más que negar esta sabiduría declarando que el conocimiento real comienza con nuestra civilización, convendría admirar, convendría venerar la potencia del espíritu que bajo aspectos dife­rentes, vuelve a pasar por el mismo punto de luz, ele­vándose en espiral. Antes que condenar, repudiar, escoger, convendría amar. El amor lo es todo: reposo y movimiento a la vez.

Vamos a someterles los resultados de nuestras in­vestigaciones sobre la alquimia. No se trata, desde lue­go, más que de esbozos. Para aportar a este tema una contribución realmente positiva, necesitaríamos diez o veinte años sin hacer otra cosa, y, posiblemente, facul­tades que no tenemos. Sin embargo, lo que hemos hecho y la manera de hacerlo dan a este pequeño trabajo un as­pecto diferente al de las obras hasta ahora consagradas a la alquimia. Encontrarán en él pocas declaraciones so­bre la historia y la filosofía de esta ciencia tradicional, pero sí algunas luces sobre los lazos inesperados entre los sueños de los viejos «filósofos químicos» y las reali­dades de la física actual. Mejor será que declaremos en­seguida nuestro propósito:

La alquimia, a nuestro entender, podría ser uno de los más importantes residuos de una ciencia, de una técnica y de una filosofía pertenecientes a una civiliza­ción desaparecida. Lo que hemos descubierto en la al­quimia, a la luz del saber contemporáneo, no nos invita a pensar que una técnica tan sutil, complicada y precisa, puede ser producto de una «revelación divina» caída del cielo. Y no es que rechacemos toda idea de revela­ción. Pero jamás hemos visto, al estudiar los santos y los grandes místicos, que Dios hable a los hombres em­pleando el lenguaje de la técnica: «Coloca tu crisol bajo la luz polarizada, hijo mío. Limpia las escorias con agua tridestilada.»

Tampoco creemos que la técnica alquimista haya podido desarrollarse a tientas, a base de ínfimos trucos de ignorantes o de fantasías de maníacos del crisol, has­ta llegar a lo que bien puede llamarse una desintegra­ción atómica. Más bien nos inclinamos a creer que en la alquimia existen restos de una ciencia desaparecida, di­fíciles de comprender y de utilizar, a falta de texto. Partiendo de estos residuos, forzosamente tuvo que haber tanteo, pero en una dirección determinada. Hubo tam­bién abundancia de interpretaciones técnicas, morales, religiosas. Hubo, en fin, para los detentadores de aque­llos restos; la imperiosa necesidad de guardar el secreto.

Pensamos que nuestra civilización, al alcanzar un saber que es tal vez el mismo de otra civilización prece­dente, pero en otras condiciones y con otro estado de es­píritu, debería tener el mayor interés en interrogar en se­rio a la antigüedad para acelerar su propia progresión.

Por último, pensamos esto: el alquimista, al final de su «trabajo» sobre la materia advierte, según la leyenda, que se opera en él mismo una especie de transmutación. Lo que ocurre en su crisol, ocurre también en su con­ciencia o en su alma. Hay un cambio de estado. Todos los textos tradicionales insisten en ello y evocan el mo­mento en que se cumple la «Gran Obra» y en que el al­quimista se convierte en «hombre despierto». Nos pa­rece que estos viejos textos describen de esta manera el término de todo conocimiento real de las leyes de la materia y de la energía, comprendido el conocimiento técnico. Nuestra civilización se precipita hacia la ob­tención de tal conocimiento. No nos parece absurdo pensar que los hombres están llamados, en un porvenir relativamente próximo, a «cambiar de estado», como el alquimista legendario, a sufrir alguna transmutación. A menos que nuestra civilización no perezca por entero antes de alcanzar el fin, como acaso han desaparecido otras civilizaciones. Pero aun así, en nuestro último se­gundo de lucidez, no debemos desesperar, sino pensar que, si la aventura del espíritu se repite, es cada vez en un grado más alto de la espiral. Lo único que haríamos sería dejar a otros milenios el trabajo de llevar esta aventura hasta su punto final, hasta el centro inmóvil, y desapareceríamos llenos de esperanza.

II

Cien mil libros que nadie consulta. — Interesa una expedición científica al país de la alquimia. — Los in­ventores. — La locura del mercurio. — Lenguaje cifra­do. — ¿Hubo otra civilización atómica? — Las pilas del museo de Bagdad. — Newton y los grandes inicia­dos. — Hehetius y Spinoza ante el oro filosofal. — Al­quimia y física moderna. — Una bomba de hidróge­no en un horno de cocina. — Materializar, humanizar, espiritualizar.

Se conocen más de cien mil libros o manuscritos de alquimia. Esta enorme literatura, a la que se han consa­grado espíritus de calidad, hombres importantes y honrados, esta enorme literatura que afirma solemne­mente su fidelidad a los hechos, a las realidades experi­mentales, no ha sido jamás explorada científicamente. El pensamiento dominante, católico antaño, racionalis­ta hoy, ha mantenido en torno de estos textos una conspiración de ignorancia y de desprecio. Cien mil li­bros y manuscritos contienen tal vez algunos de los se­cretos de la energía y de la materia. Si no es verdad, al menos lo proclaman. Los príncipes, los reyes y las re­públicas han fomentado innumerables expediciones a países lejanos y subvencionado investigaciones científi­cas de toda clase. Jamás se ha reunido un equipo de criptógrafos, de historiadores, de biólogos y de sabios, físicos, químicos, matemáticos y biólogos, en una bi­blioteca de alquimia completa, con la misión de ver lo que haya de verdadero y de utilizable en sus viejos tra­tados. Es algo inconcebible. Que sea posible y durade­ra tal cerrazón de espíritu, que sociedades humanas tan civilizadas y aparentemente desprovistas de prejuicios como la nuestra, puedan olvidar en un desván cien mil libros y manuscritos con el marbete: «Tesoro», debe ser bastante para convencer a los demás escépticos de que vivimos en el mundo de lo fantástico.

Las raras investigaciones que se hacen sobre la al­quimia se deben, o bien a los místicos que buscan en los textos una confirmación de sus actitudes espirituales, o bien a historiadores que no mantienen ningún contacto con la ciencia y la técnica.

Los alquimistas hablan de la necesidad de destilar mil y mil veces el agua que servirá para la preparación del Elixir. Nosotros hemos oído decir a un historiador especializado que tal operación era una locura. Ignora­ba todo lo referente al agua pesada y a los métodos em­pleados para enriquecer el agua simple y convertirla en pesada. Hemos oído afirmar a un erudito que el refina­miento y la purificación indefinidamente repetidas de un metal o de un metaloide no cambian en nada las propiedades de éste, por lo que sólo cabía ver en las re­comendaciones de la alquimia un místico aprendizaje de paciencia, un gesto ritual comparable al de desgranar un rosario. Sin embargo, gracias a tal refinamiento, por medio de una técnica descrita por los alquimistas y que hoy llamamos «fusión de la zona», se prepara el germanio y el silicio puros de los transistores. Ahora sabe­mos, gracias a estos trabajos sobre los transistores, que, al purificar a fondo un metal y al introducir seguida­mente en él algunas millonésimas de grano de impure­zas cuidadosamente elegidas, se da al metal tratado propiedades nuevas y revolucionarias. No queremos multiplicar los ejemplos, pero quisiéramos dar a enten­der hasta qué punto sería deseable un examen verdade­ramente metódico de la literatura alquimista. Sería un trabajo ímprobo, que exigiría decenas de años de labor y decenas de investigadores pertenecientes a todas las disciplinas. Ni Bergier ni yo hemos podido siquiera esbozarlo, pero si nuestro libraco mal pergeñado llegase a decidir un día a un mecenas a facilitar los medios de aquel trabajo, pensaríamos que no habíamos perdido nuestro tiempo.

Al estudiar un poco los textos de alquimia, hemos comprobado que éstos son generalmente modernos en relación con la época en que fueron escritos, mientras que las obras de ocultismo están atrasadas.

Por otra parte, la alquimia es la única práctica pararreligiosa que ha realmente enriquecido nuestro cono­cimiento de la realidad.

Éstos son algunos de los trabajos de alquimia que enriquecen a la Humanidad en el momento en que la química progresa.[19] A medida que se desarrollan otras ciencias, la alquimia parece seguir y a menudo precede al progreso. Le Bretón, en su Clefs de la Philosophie Spagyrique, en 1722, habla del magnetismo en términos más que inteligentes y frecuentemente anticipa descu­brimientos modernos. El padre Castel, en 1728, en el momento en que empiezan a difundirse las ideas sobre la gravitación, habla de ésta y de sus relaciones con la luz con palabras que, dos siglos más tarde, parecerán eco del pensamiento de Einstein:

«He dicho que si se suprimiese el peso del mundo, se suprimiría al mismo tiempo la luz. Por lo demás, la luz y el sonido, y todas las demás cualidades sensibles son una continuación y como un resultado de la mecá­nica y, en consecuencia, del peso de los cuerpos natura­les, que son más o menos luminosos o sonoros, según tengan más peso e impulso.»

En los tratados modernos de alquimia, se mencio­nan a menudo, y antes que en las obras universitarias, los últimos descubrimientos de la física nuclear, y es probable que los tratados de mañana mencionarán las teorías físicas y matemáticas más abstractas que existan.

Hay una distinción clara entre la alquimia y las fal­sas ciencias como la radiestesia, que introduce las ondas o los rayos en sus publicaciones cuando la ciencia ya los ha descubierto. Todo parece invitarnos a pensar que la alquimia es capaz de aportar una contribución im­portante a los conocimientos y a las técnicas del porve­nir fundados en la estructura de la materia.

Hemos comprobado también, en la literatura alqui­mista, la existencia de un número impresionante de tex­tos que son pura locura. A veces se ha querido explicar este delirio por medio del psicoanálisis (Jung, Psicología y alquimia, o Herbert Silberer, Problemas del misticis­mo). Más a menudo, y toda vez que la alquimia contiene una doctrina metafísica y presupone una actitud mística, los historiadores, los curiosos y sobre todo los ocultistas se han encarnizado interpretando aquellas actitudes de­mentes en el sentido de la revelación sobrenatural, del vaticinio inspirado. Nos ha parecido razonable tener, al lado de los textos técnicos y sabios, a los textos demen­tes por textos dementes. Nos ha parecido también que esta demencia del adepto experimentador podía tener una explicación material, sencilla y satisfactoria. Los al­quimistas utilizaban con frecuencia el mercurio. Su va­por es tóxico; y el envenenamiento crónico provoca el delirio. Teóricamente, los recipientes empleados se ce­rraban herméticamente, pero es posible que no todos los adeptos poseyeran el secreto de aquel cierre y que la lo­cura atacase a más de un «filósofo químico».

En fin, nos ha chocado el aspecto de criptograma de la literatura alquimista. Blaise Vigenére al cual he­mos citado hace un momento, inventó los códigos per­feccionados y los métodos de cifra más ingeniosos. Sus inventos en esta materia se utilizan todavía en la actua­lidad. Ahora bien, es probable que Blaise Vigenére aprendiera esta ciencia al tratar de interpretar los textos de alquimia. Convendría, pues, añadir a los equipos de investigadores que quisiéramos ver reunidos, a algunos especialistas de criptografía.

«Con el fin de dar un ejemplo más claro —escribe René Alleau—,[20] tomaremos el juego del ajedrez, del que todo el mundo conoce la relativa sencillez de sus reglas y sus elementos, así como la infinita variedad de sus combinaciones. Si suponemos que el conjunto de tratados acromáticos de la alquimia se nos presenta como otras tantas partidas anotadas en un lenguaje convencional, tendremos que admitir ante todo, honra­damente, que ignoramos por igual las reglas del juego y la clave utilizada. En otro caso afirmamos que la indi­cación criptográfica se compone de signos directamen­te comprensibles para cualquier individuo, lo cual es precisamente la ilusión inmediata que debe producir un criptograma bien compuesto. Así, la prudencia nos aconseja no dejarnos seducir por la tentación de un sentido claro, y estudiar estos textos como si estuvieran escritos en lengua desconocida.

»Al parecer, estos mensajes van dirigidos única­mente a otros jugadores, a otros alquimistas de los que debemos suponer que ya poseen, por algún medio dis­tinto de la tradición escrita, la clave necesaria para la comprensión del lenguaje.»

Por mucho que nos remontemos en el pasado, en­contramos manuscritos de alquimia. Nicolás de Valois, en el siglo xv, deducía de ello que las transmutaciones, que los secretos y la técnica de la liberación de la ener­gía eran conocidos por los hombres antes que la misma escritura. La arquitectura precedió a la escritura. Quizá fue incluso una forma de escritura. Vemos también a la alquimia íntimamente ligada a la arquitectura. Uno de los textos de alquimia más significativos, cuyo autor es el sieur Esprit Gobineau de Montluisant, se titula: Ex­plicaciones muy curiosas de los enigmas y figuras jero­glíficas que se encuentran en la fachada principal de NotreDame de París. Las obras de Fulcanelli están consagradas al «Misterio de las catedrales» y a la mi­nuciosa descripción de las «Moradas filosofales». Cier­tas construcciones medievales dan testimonio de la costumbre inmemorial de transmitir por medio de la arquitectura el mensaje de la alquimia que se re­montaría a edades infinitamente remotas en la Huma­nidad.

Newton creía en la existencia de una cadena de ini­ciados que se extendía en el tiempo hasta una remota antigüedad, y que conocían los secretos de las transmu­taciones y de la desintegración de la materia. El sabio atomista inglés Da Costa Andrade, en un discurso pro­nunciado en Cambridge ante sus colegas con ocasión del tricentenario de Newton, en 1946, no vaciló en de­cir que el descubridor de la gravitación pertenecía tal vez a aquella cadena y no había revelado al mundo más que una pequeña parte de su saber:

«No puedo —dijo—' tener la esperanza de conven­cer a los escépticos de que Newton poseía dones profe­tices o de clarividencia especial que le habrían revelado la energía atómica, pero diré sencillamente que las fra­ses que voy a citar rebasan con mucho, en la mente de Newton al hablar de la transmutación alquimista, la in­quietud de una conmoción en el comercio mundial a consecuencia de la síntesis del oro. Vean lo que escribió Newton:

»"Esta manera de impregnar el mercurio fue man­tenida en secreto por los que sabían y constituye pro­bablemente la puerta de algo más noble (que la fabrica­ción del oro) que no puede ser comunicado sin que el mundo corra un inmenso peligro, si no mienten los es­critos de Hermes."

»Y, más adelante añade Newton: "Existen otros grandes misterios además de la transmutación de los metales, si los grandes maestros dicen la verdad. Sólo ellos conocen estos secretos."

»Al reflexionar en el sentido profundo de este pasa­je, recordad que Newton habla con la misma reticencia y con la misma prudencia al anunciar sus propios des­cubrimientos en el campo de la óptica.»

¿A qué pasado pertenecerán estos grandes maes­tros invocados por Newton, y de qué pasado habrían ellos mismos extraído su ciencia?

«Si he subido tan alto —dice Newton— es porque iba en hombros de gigantes.»

Atterbury, contemporáneo de Newton, escribió:

«La modestia nos enseña a hablar con respeto de los antiguos, sobre todo cuando no conocemos a la perfec­ción sus obras. Newton, que se las sabía casi de memo­ria, tenía para ellos el mayor respeto y los consideraba hombres de profundo genio y de espíritu superior, que habían llevado sus descubrimientos en todos los campos mucho más lejos de lo que hoy nos parece, por lo que resta de sus escritos. Hay más obras antiguas perdidas que conservadas, y tal vez las de nuestros nuevos descu­bridores no valen lo que las antiguas perdidas.»

Para Fulcanelli, la alquimia sería el lazo con civili­zaciones desaparecidas hace milenios e ignoradas por los arqueólogos. Naturalmente, ningún arqueólogo te­nido por serio y ningún historiador que goce de igual reputación admitirán la existencia en el pasado de civi­lizaciones poseedoras de una ciencia y de una técnica superiores a las nuestras. Pero una ciencia y una técni­ca avanzadas simplifican hasta el extremo los aparatos, y acaso tengamos ante los ojos sus vestigios y no sepa­mos verlos como tales. Ningún arqueólogo y ningún historiador serio podrán realizar excavaciones capaces de aportar alguna luz al respecto, sin una previa e inten­sa formación científica. Quizá la especialización de las disciplinas, consecuencia necesaria del fabuloso pro­greso contemporáneo, nos oculte algo fabuloso del pasado.

Sabido es que un ingeniero alemán, encargado de construir las alcantarillas de Bagdad, descubrió entre el revoltillo del museo local, y bajo el vago rótulo de «ob­jetos de culto», pilas eléctricas fabricadas diez siglos antes de Volta, bajo la dinastía de los sasánidas.

Mientras la arqueología sea sólo practicada por los arqueólogos, no sabremos si la «noche de los tiempos» era oscura o luminosa.

«Jean Frédéric Schweitzer, llamado Helvetius, vio­lento adversario de la alquimia, explica que, en la ma­drugada del 27 de diciembre de 1666, se presentó en su casa un desconocido.[21] Era un hombre de aspecto hon­rado y grave, de rostro autoritario, y que vestía una simple capa, como los mennonitas. Habiendo pregun­tado a Helvetius si creía en la piedra filosofal (a lo cual el famoso doctor respondió negativamente), el desco­nocido abrió una cajita de marfil que contenía tres pe­dazos de una sustancia parecida al vidrio o al ópalo. Su propietario declaró que era la famosa piedra y que con una cantidad tan ínfima podía producir veinte tonela­das de oro. Helvetius sostuvo en la mano uno de los fragmentos y, después de dar las gracias al visitante por su amabilidad, le rogó que le diera un poco. El alqui­mista se negó, en tono brusco, añadiendo con más cor­tesía que ni por toda la hacienda de Helvetius se separa­ría de la menor partícula de aquel mineral, por una razón que no le estaba permitido divulgar. Al rogarle que diese alguna prueba de lo que decía, realizando una transmutación, el extranjero respondió que volvería tres semanas más tarde y mostraría a Helvetius una cosa que le dejaría asombrado. Se presentó puntual­mente el día prometido, pero se negó a actuar, afirman­do que le estaba prohibido revelar el secreto. Accedió, empero, a darle a Helvetius un pequeño fragmento de la piedra, "no mayor que un grano de mostaza". Y como el doctor expresara sus dudas de que una cantidad tan pequeña pudiese producir el menor efecto, el alquimis­ta rompió el corpúsculo en dos, arrojó una mitad y le tendió la otra, diciendo: "Con esto le basta."

«Nuestro sabio tuvo entonces que confesar que, durante la primera visita del extranjero, había logrado apropiarse de algunas partículas de la piedra y que con ellas había transformado el plomo, no en oro, sino en vidrio. "Habríais tenido que envolver vuestro botín en cera amarilla —respondió el alquimista—; esto habría ayudado a penetrar el plomo y a transformarlo en oro." El hombre prometió volver al día siguiente, a las nueve de la mañana, y realizar el milagro; pero no acudió, y tampoco al siguiente día. Viendo lo cual, la mujer de Helvetius le persuadió de que intentara él mismo la transmutación.

»Helvetius procedió de acuerdo con las instruc­ciones del extranjero. Derritió tres dracmas de plomo, envolvió la piedra con cera y la dejó caer en el metal lí­quido. ¡Éste se transformó en oro! "Lo llevamos inme­diatamente al orfebre, el cual declaró que era el oro más fino que jamás hubiera visto, y ofreció por él cincuenta florines por onza." Helvetius, al terminar su explica­ción, nos dice que sigue teniendo en su poder el lingo­te de oro, prueba tangible de la transmutación. "Ojalá los Santos Ángeles de Dios velen por él (el alquimista anónimo) como sobre una fuente de bendiciones para la cristiandad. Tal es nuestro ruego constante, por él y por nosotros."

»La noticia corrió como reguero de pólvora. Spinoza, al que no podemos contar entre los ingenuos, quiso llegar hasta el final de la historia. Visitó al orfebre que había dictaminado sobre el oro. Su informe fue más que favorable: al fundir aquél, la plata incorporada a la mezcla se había transformado igualmente en oro.

El orfebre, Brechtel, era monedero del duque de Orange. Conocía ciertamente su oficio. Es difícil creer que fuera víctima de un engaño o que hubiese querido bur­larse de Spinoza. Spinoza se dirigió entonces a la casa de Helvetius, el cual le mostró el oro y el crisol que ha­bía servido para la operación. Algunos restos del pre­cioso metal permanecían aún adheridos al interior del recipiente; como los otros, Spinoza quedó convencido de que se había producido realmente la transmutación.»

La transmutación, para el alquimista, es un fenómeno secundario, realizado simplemente a título de demos­tración. Es difícil formarse una opinión sobre la realidad de estas transmutaciones aunque diversas observacio­nes, como la de Helvetius o la de Van Helmont, por ejemplo, parecen de gran peso. Se puede alegar que el arte del prestidigitador no tiene límites, pero, ¿se ha­brían consagrado cuatro mil años de búsqueda y cien mil volúmenes o manuscritos a una simple patraña? Nosotros sostenemos otra cosa, según veremos ense­guida. Lo sostenemos tímidamente, porque el peso de la opinión científica adquirida es muy temible. Intentare­mos describir el trabajo del alquimista, que conduce a la fabricación de la «piedra» o «polvo de proyección», y ve­remos cómo la interpretación de ciertas operaciones cho­ca con nuestro saber actual sobre la estructura de la mate­ria. Pero no es evidente que nuestros conocimientos de los fenómenos nucleares sea perfecto, definitivo. La catá­lisis, en particular, puede intervenir en estos fenómenos de una manera no esperada por nosotros.[22]

No es imposible que ciertas mezclas naturales pro­duzcan, bajo el efecto de los rayos cósmicos, reacciones nucleocatalíticas en gran escala, conducentes a una transmutación masiva de elementos. En ello podría verse una de las claves de la alquimia y la razón por la cual el alquimista repite indefinidamente sus manipula­ciones, hasta el momento en que se dan las condiciones cósmicas adecuadas.

Pero hay una objeción: si son posibles transmuta­ciones de esta naturaleza, ¿qué ocurre con la energía desprendida? Muchos alquimistas habrían hecho saltar la ciudad en que habitaban y algunos kilómetros cua­drados de su patria al mismo tiempo. Habrían tenido que producirse numerosas e inmensas catástrofes.

Los alquimistas replican: precisamente porque ocurrieron tales catástrofes en un remoto pasado, te­memos a la tremenda energía encerrada en la materia y guardamos secreta nuestra ciencia. Además, la «Gran Obra» se alcanza mediante fases progresivas, y el que al cabo de decenas y decenas de años de manipulaciones y de ascetismo, aprende a desencadenar las fuerzas nu­cleares, aprende al mismo tiempo las precauciones que tiene que tomar para evitar el peligro.

¿Es sólido este argumento? Tal vez sí. Los físicos actuales admiten que, en ciertas condiciones, la energía de una transmutación nuclear podría ser absorbida por partículas especiales, a las que llaman neutrinos o antineutrinos. Parecen existir algunas pruebas de la exis­tencia del neutrino. Acaso hay tipos de transmutación que liberan poca energía, o en los cuales la energía libe­rada se va en forma de neutrinos. Más adelante volvere­mos sobre ello.

M. Eugéne Canseliet, discípulo de Fulcanelli y uno de los mejores especialistas actuales de la alquimia, se quedó parado ante un pasaje de un estudio que Jacques Bergier había escrito como prólogo de una de las obras clásicas de la Biblioteca Mundial. Se trataba de una an­tología del siglo XVI. En dicho prólogo, aludía Bergier a los alquimistas y a su voluntad de secreto. Decía así: «En este particular, sería difícil no darles la razón. Si existe un procedimiento que permita fabricar bombas de hidrógeno en un horno de cocina, es sin duda prefe­rible que tal procedimiento no sea revelado.»

M. Eugéne Canseliet nos respondió entonces: «Im­porta sobre todo que no se tome esto por una chuscada. Su visión es exacta, y estoy en condiciones de afirmar que puede lograrse la fusión atómica partiendo de un mineral relativamente común y barato, y ello mediante un proce­so de operaciones que sólo requieren una buena chime­nea, un horno de fundición de carbón, unos cuantos me­cheros "Mecker" y cuatro botellas de gas butano.»

No se excluye, pues, la posibilidad de que, incluso en física nuclear, se obtengan resultados importantes por medios simples. Toda ciencia y toda técnica tien­den a lo mismo.

«Podemos más de lo que sabemos», decía Roger Bacon. Pero añadía esta frase, que bien podría ser un adagio de alquimia: «Aunque no todo esté permitido, todo es posible.»

No nos cansaremos de repetir que, para el alqui­mista, el poder sobre la materia y la energía no es más que una realidad accesoria. El verdadero fin de las ope­raciones de la alquimia, que acaso son residuos de una ciencia muy antigua perteneciente a una civilización desaparecida, es la transformación del propio alquimis­ta, su ascenso a un estado de conciencia superior. Los resultados materiales son sólo promesas de un resulta­do último, que es espiritual. Todo tiende a la transmu­tación del hombre mismo, a su divinización, a su fusión en la energía divina fija, de la cual irradian todas las energías de la materia. La alquimia es la ciencia «con conciencia» de que nos habla Rabelais. Es una ciencia que humaniza más que materializa, según se desprende de las frases del padre Teilhard de Chardin, que decía: «La verdadera física es la que logrará integrar al Hom­bre total en una representación coherente del mundo.» «Sabed —escribía un maestro alquimista—,[23] sabed todos los investigadores de este Arte, que el Espíritu lo es todo, y que si en este Espíritu no se encierra otro Es­píritu semejante, el todo no aprovecha para nada.»

III

Donde vemos a un pequeño judío que prefiere la miel al azúcar. — Donde un alquimista que podría ser el misterioso Fulcanelli habla del peligro atómico en 1937, des­cribe la pila atómica y evoca civilizaciones desapareci­das. — Donde Bergier abre una caja de caudales con soplete y se pasea con una botella, de uranio bajo el bra­zo. — Donde un comandante americano innominado busca a un Fulcanelli definitivamente desaparecido. — Donde Oppenheimer canta a dúo con un sabio chino de hace mil años.

Era en 1933. El pequeño estudiante judío tenía la nariz puntiaguda y usaba gafas redondas, detrás de las cua­les brillaban unos ojos vivos y fríos. En su cráneo redon­do raleaba ya una cabellera parecida a un plumero. Un horrible acento, agravado por el tartamudeo, daba a sus frases el tono cómico y confuso de un chapuzón de pa­tos en un estanque. Cuando se le conocía un poco mejor, daba la impresión de que una inteligencia ávida, tensa, sensible y extraordinariamente rápida bullía en el inte­rior de aquel hombrecillo desgarbado, lleno de astucia y de infantil torpeza en el vivir, como un enorme globo rojo sujeto por un hilo a la muñeca de un niño.

—Entonces, ¿quiere usted ser alquimista? —pre­gunta el venerable profesor al estudiante Jacques Ber­gier, que, con la cabeza baja, estaba sentado en el borde de un sillón, con una cartera atiborrada de papeles so­bre las rodillas.

El venerable era uno de los más grandes químicos franceses.

—No le comprendo, señor —dijo el estudiante, fastidiado.

Tenía una memoria prodigiosa, y recordó haber vis­to, cuando tenía seis años, un grabado alemán que repre­sentaba dos alquimistas trabajando, en medio de un de­sorden de retortas, tenazas, crisoles y sopletes. Uno de ellos, harapiento y boquiabierto, vigilaba el fuego, mientras el otro, de barba y cabellos alborotados, se ras­caba la cabeza, vacilante, en el fondo del zaquizamí.

El profesor consultó un legajo:

—Durante sus dos últimos años de labor, se ha in­teresado usted principalmente por el curso libre de físi­ca nuclear de M. Jean Thibaud. En este curso no se ob­tiene ningún diploma, ningún certificado. Sin embargo, expresa usted el deseo de seguir por este camino. En úl­timo término, habría comprendido su curiosidad en un físico. Pero usted se dedica a la química. ¿Pretende, acaso, aprender a fabricar oro?

—Señor —dijo el estudiante judío, alzando sus ma­nos gordezuelas y descuidadas—, creo en el porvenir de la física nuclear. Creo que en un futuro próximo se realizarán transmutaciones industriales.

—Me parece una locura.

—Pero, señor...

A veces se detenía al principio de una frase y se ponía a repetirlo, como un fonógrafo estropeado, no por descuido, sino porque su espíritu se iba a dar una vuel­ta inconfesable del brazo de la poesía. Sabía de memo­ria millares de versos y todos los poemas de Kipling:

Copiaron todo lo que podían seguir pero no podían alcanzar mi espíritu; por eso los dejé, jadeantes y pensativos, un año y medio atrás.

—Pero, señor, si no cree usted en las transmutacio­nes, debería al menos creer en la energía nuclear. Los enormes recursos potenciales del núcleo...

—Ta, ta, ta —dijo el profesor—. Esto es primitivo e infantil. Lo que los físicos llaman energía nuclear es una constante de integración en sus ecuaciones. Es una idea filosófica, ni más ni menos. La conciencia no hace marchar las locomotoras, ¿no cree? Soñar en una má­quina accionada por energía nuclear... No, hijo mío.

El muchacho tragó saliva.

—Baje de las nubes y piense en su porvenir. Lo que le impulsa, en este momento, ya que no parece salir us­ted de la infancia, es uno de los más viejos sueños de los hombres: el sueño de la alquimia. Lea de nuevo a Berthelot. Éste describió bien la quimera de la transmuta­ción de la materia. Usted no tiene unas notas muy, muy brillantes. Le daré un consejo: ingrese cuanto antes en la industria. Haga una campaña azucarera. Tres meses en una fábrica de azúcar le harán tocar de nuevo la rea­lidad. Y le hace falta. Le hablo como un padre.

El hijo ingrato, balbuciendo, le dio las gracias, y salió con la nariz muy alta, colgando la abultada cartera de su corto brazo. Era testarudo: se dijo que tenía que obtener provecho He aquella conversación, pero que la miel era mejor que el azúcar. Seguiría estudiando los problemas del núcleo atómico. Y se documentaría sobre la alquimia.

Y así fue como mi amigo Jacques Bergier decidió proseguir unos estudios tenidos por inútiles y comple­mentarlos con otros que eran juzgados como cosa de locura. Las necesidades de la vida, la guerra y los cam­pos de concentración le apartaron un poco de la ciencia nuclear. Sin embargo, aportó a ella alguna contribución apreciada por los especialistas. En el transcurso de sus investigaciones, los sueños de los alquimistas y las rea­lidades de la física matemática se encontraron una vez más. Pero, desde 1933, se produjeron grandes cambios en el terreno científico, y mi amigo tuvo cada vez me­nos la impresión de navegar contra la corriente.

Desde 1934 a 1940, Jacques Bergier fue colaborador de André Helbronner, uno de los hombres notables de nuestra época. Helbronner, asesinado por los nazis en Buchenwald, en marzo de 1944, había sido en Francia el primer catedrático de físico-química. De esta ciencia, fronteriza entre las dos disciplinas, nacieron después gran número de otras ciencias: la electrónica, la nuclear, la estereotrónica.[24] Helbronner debía recibir la gran medalla de oro del Instituto Franklin por sus descubrimientos so­bre los metales coloidales. Se había interesado igualmen­te por la licuefacción de los gases, por la aeronáutica y por los rayos ultravioleta.

En 1934, se consagraba a la física nuclear y había montado, con el concurso de grupos industriales, un laboratorio de investigación nuclear, donde se obtuvie­ron resultados de gran interés hasta 1940. Helbronner era además perito ante los Tribunales para todos los asuntos referentes a la transmutación de los elementos, y esto dio ocasión a Jacques Bergier de conocer a un cierto número de falsos alquimistas, timadores o ilumi­nados; y a un alquimista verdadero.

Mi amigo no supo jamás el verdadero nombre de este alquimista y, si lo hubiera sabido, se habría guarda­do muy bien de dar demasiados detalles. El hombre del que vamos a hablar desapareció hace ya mucho tiempo, sin dejar rastro visible. Ha entrado en la clandestinidad, después de haber cortado voluntariamente todos los puentes que le unían con el siglo. Bergier está conven­cido de que se trataba del hombre que, bajo el seudóni­mo de Fulcanelli, escribió allá, por el año 1920 dos li­bros extraños y admirables: Las moradas filosofales y El misterio de las catedrales. Estos libros fueron edita­dos gracias a las gestiones de M. Eugéne Canseliet, que jamás reveló la identidad del autor.[25] Figuran, cierta­mente, entre las obras más importantes sobre la alqui­mia. Manifiestan unos conocimientos y una sabiduría extraordinarios, y conocemos a más de un hombre de elevado espíritu que venera el nombre legendario de Fulcanelli.

«¿Podría —escribe M. Eugéne Canseliet—, al lle­gar a la cima del conocimiento, negarse a obedecer las órdenes del Destino? Nadie es profeta en su tierra. Este antiguo adagio nos da, tal vez, la razón oculta del tras­torno que provocó, en la vida solitaria y estudiosa del filósofo, la chispa de la revelación. Bajo los efectos de esta divina llama, el hombre se consume por entero. Nombre, familia, patria, todas las ilusiones, todos los errores, todas las vanidades, caen hechos polvo. Y de estas cenizas, como el fénix de los poetas, renace una nueva personalidad. Así, al menos, lo quiere la tradi­ción filosófica.

»Mi maestro lo sabía. Desapareció cuando sonó la hora fatídica, cuando se cumplió la señal. ¿Quién se atrevería a sustraerse a la ley? Yo mismo, a pesar de la laceración de una separación dolorosa, pero inevitable, si me ocurriera hoy el feliz acontecimiento que obligó a mi maestro a huir de los homenajes del mundo, no me comportaría de otra manera.»

M. Eugéne Canseliet escribió estas líneas en 1925. El hombre que dejaba a su cuidado la edición de sus obras se disponía a cambiar de aspecto y de ambiente. Una tarde de junio de 1937, Jacques Bergier creyó te­ner excelentes razones para creer que se hallaba en pre­sencia de Fulcanelli.

A petición de André Helbronner, mi amigo se entrevistó con el misterioso personaje en el prosai­co escenario de un laboratorio de ensayos de la Socie­dad del Gas, de París. He aquí, íntegra, su conversación:

—M. André Helbronner, del que tengo entendido que es usted ayudante, anda buscando la energía nu­clear. M. Helbronner ha tenido la amabilidad de poner­me al corriente de alguno de los resultados obtenidos, especialmente de la aparición de la radiactividad co­rrespondiente al polonio, cuando un hilo de bismuto es volatilizado por una descarga eléctrica en el seno del deuterio a alta presión. Están ustedes muy cerca del éxito, al igual que algunos otros sabios contemporá­neos. ¿Me permite que le ponga en guardia? Los traba­jos a que se dedican ustedes y sus semejantes son terri­blemente peligrosos. Y no son sólo ustedes los que están en peligro, sino también la Humanidad entera. La liberación de la energía nuclear es más fácil de lo que piensa. Y la radiactividad superficial producida puede envenenar la atmósfera del planeta en algunos años.

Además, pueden fabricarse explosivos atómicos con al­gunos gramos de metal, y arrasar ciudades enteras. Se lo digo claramente: los alquimistas lo saben desde hace mucho tiempo.

Bergier se dispuso a interrumpirle, protestando. ¡Los alquimistas y la física moderna! Iba a prorrumpir en sarcasmos, cuando el otro le atajó:

—Ya sé lo que va a decirme: los alquimistas no co­nocían la estructura del núcleo, no conocían la electri­cidad, no tenían ningún medio de detección. No pudie­ron, pues, liberar jamás la energía nuclear. No intentaré demostrarle lo que voy a decirle ahora, pero le ruego que lo repita a M. Helbronner: bastan ciertas disposi­ciones geométricas, sin necesidad de utilizar la electri­cidad o la técnica del vacío. Y ahora me limitaré a leerle unas breves líneas.

El hombre tomó de encima de su escritorio la obra de Frédéric Soddy: L'interprétation du Radium, la abrió y leyó:

«Pienso que existieron en el pasado civilizaciones que conocieron la energía del átomo y que fueron to­talmente destruidas por el mal uso de esta energía.»

Después prosiguió:

—Le ruego que admita que algunas técnicas parcia­les han sobrevivido. Le pido también que reflexione so­bre el hecho de que los alquimistas mezclaban preocu­paciones morales y religiosas con sus experimentos, mientras que la física moderna nació en el siglo xvni de la diversión de algunos señores y de algunos ricos liber­tinos. Ciencia sin conciencia... He creído que hacía bien advirtiendo a algunos investigadores, aquí y allá, pero no tengo la menor esperanza de que mi adverten­cia fructifique. Por lo demás, .no necesito la esperanza.

Bergier se permitió hacer una pregunta:

—Si usted mismo es alquimista, señor, no puedo creer que emplee su tiempo en el intento de fabricar

oro, como Dunikovski o el doctor Miethe. Desde ha­ce un año, estoy tratando de documentarme sobre la alquimia y sólo he tropezado con charlatanes o con interpretaciones que me parecen fantásticas. ¿Podría usted, señor, decirme en qué consisten sus investiga­ciones?

—Me pide usted que resuma en cuatro minutos cuatro mil años de filosofía y los esfuerzos de toda mi vida. Me pide, además, que le traduzca en lenguaje cla­ro conceptos que no admiten el lenguaje claro. Puedo, no obstante, decirle esto: no ignora usted que, en la ciencia oficial hoy en progreso, el papel del observador es cada vez más importante. La relatividad, el principio de incertidumbre, muestran hasta qué punto interviene hoy el observador en los fenómenos. El secreto de la al­quimia es éste: existe un medio de manipular la materia y la energía de manera que se produzca lo que los cien­tíficos contemporáneos llamarían un campo de fuer­za. Este campo de fuerza actúa sobre el observador y le coloca en una situación privilegiada frente al Univer­so. Desde este punto privilegiado tiene acceso a realida­des que el espacio y el tiempo, la materia y la energía suelen ocultarnos. Es lo que nosotros llamamos la Gran Obra.

—Pero, ¿y la piedra filosofal? ¿Y la fabricación de oro?

—Esto no son más que aplicaciones, casos particu­lares. Lo esencial no es la transmutación de los metales, sino la del propio experimentador. Es un secreto anti­guo que varios hombres encontrarán todos los siglos.

—¿Y en qué se convierten entonces?

—Tal vez algún día lo sabré.

Mi amigo no debía volver a ver a aquel hombre, que dejó un rostro imborrable bajo el nombre de Fulcanelli. Todo lo que sabemos de él es que sobrevivió a la guerra y desapareció completamente después de la Liberación. Todas las gestiones para encontrarlo fracasaron.

Henos ahora en una mañana de julio de 1945. Todavía escuálido y descolorido, Jacques Bergier, vestido de ca­qui, está forzando una caja de caudales por medio de un soplete. Es una nueva metamorfosis. Durante los últi­mos años, ha sido sucesivamente agente secreto, terro­rista y deportado político. La caja fuerte se encuentra en una hermosa villa, a orillas del lago Constanza, que fue propiedad del director de un gran «trust» alemán. Una vez abierta, la caja fuerte nos entrega su secreto: una botella que contiene un polvo extraordinariamente pe­sado. Reza el marbete:

«Uranio, para aplicaciones atómicas.»

Es la primera prueba formal de la existencia en Alemania de un proyecto de bomba atómica suficiente­mente adelantado para exigir grandes cantidades de ura­nio puro. Goebbels no mentía del todo cuando, desde el bunker bombardeado, hacía circular por las calles en ruinas de Berlín el rumor de que el arma secreta estaba a punto de estallar en las narices de los «invasores». Ber­gier dio cuenta del descubrimiento a las autoridades aliadas. Los americanos se mostraron escépticos y de­clararon que toda investigación sobre la energía nuclear carecía de interés. Era un ardid. En realidad, su primera bomba había estallado ya secretamente en Alamogordo, y una misión americana, bajo la dirección del físico Goudsmidt, estaba en aquellos mismos momentos en Alemania, buscando la pila atómica que el profesor Heisenberg construyó antes del hundimiento del Reich.

1. «La opinión de los más instruidos y de los más expertos es que la persona que se ocultó, o se oculta aún en nuestros días, detrás del famoso seudónimo de Fulcanelli, es el más célebre y sin duda el único alquimista verdadero (tal vez el último) de este siglo en que el átomo es rey.» Caude d'Ygé, revista Initiation et Science, n.° 44, París.

En Francia no se sabía nada de cierto, pero había indicios. Y especialmente éste, para los avisados: los americanos compraban a precio de oro los manuscritos y documentos sobre alquimia.

Bergier dirigió un informe al Gobierno provisional sobre la realidad probable de investigaciones sobre ex­plosivos nucleares, tanto en Alemania como en los Es­tados Unidos. Sin duda, el informe fue a parar al cesto de los papeles, y mi amigo conservó la botella, que agi­taba ante las narices de la gente, declarando: «¿Ven us­tedes esto? ¡Bastaría con que un neutrón pasara al inte­rior para que volase todo París!» Al hombrecillo de cómico acento le gustaba, sin duda, bromear, y todo el mundo se maravillaba de que un deportado recién sali­do de Mauthausen hubiese conservado tanto humor. Pero la broma perdió bruscamente toda su gracia aque­lla mañana de Hiroshima. El teléfono empezó a sonar sin descanso en la habitación de Bergier. Diversas auto­ridades competentes pedían copias del informe. Los servicios de información americanos rogaban al posee­dor de la famosa botella que se pusiera urgentemente en contacto con cierto comandante que no quería dar su nombre. Otras autoridades exigían que se apartase inmediatamente la botella de la aglomeración parisien­se. Todo en vano. Bergier explicó que, con toda seguri­dad, la botella no contenía uranio 235 puro, y que, aun­que lo contuviese, el uranio estaba sin duda por debajc de la masa crítica. En otro caso, habría estallado muchc tiempo ha. Le confiscaron su juguete, y ya no volvió a saber de él. Para consolarle, le enviaron un informe de la Dirección General de Estudios e Investigaciones Era todo lo que este organismo, dependiente de los ser­vicios secretos franceses, sabía de la energía nuclear. El informe lucía tres sellos: «Secreto», «Confidencial» «Reservado». Contenía únicamente unos recortes de la revista Sdencie et Vie.

No le quedaba más remedio, para satisfacer su cu­riosidad, que ponerse en contacto con el famoso co­mandante anónimo, del cual el profesor Goudsmidt ha contado algunas aventuras en su libro Alsos. Este mis­terioso oficial, dotado de un humor negro, había dis­frazado sus servicios con la capa de una organización para la busca de las tumbas de los soldados americanos. Estaba muy agitado y parecía que lo espoleaban desde Washington. Quería saber ante todo lo que Bergier ha­bía logrado descubrir o adivinar sobre los proyectos nucleares alemanes. Pero, sobre todo, era indispensable para la salvación del mundo, para la causa aliada y para el ascenso del comandante, encontrar urgentemente a Eric Edward Dutt y al alquimista conocido por el nombre de Fulcanelli.

Dutt, sobre el cual Helbronner había sido llamado un día a declarar, era un hindú que pretendía tener ac­ceso a unos manuscritos antiquísimos. Afirmaba haber extraído de ellos ciertos métodos de transmutaciones de los metales, y, por medio de una descarga condensada a través de un conductor de boruro de tungsteno, obtenía señales de oro en los productos recogidos. Re­sultados análogos serían obtenidos mucho más tarde por los rusos, aunque utilizando potentes aceleradores de partículas.

Bergier no pudo ser de gran utilidad al mundo li­bre, a la causa aliada y al ascenso del comandante. Eric Edward Dutt, colaboracionista, había sido fusilado por el contraespionaje francés en África del Norte. En cuanto a Fulcanelli, se había esfumado para siempre.

Sin embargo, el comandante, en prueba de agrade­cimiento, hizo llevar a Bergier, antes de su aparición, las pruebas de imprenta de la memoria: Sobre la utiliza­ción militar de la energía atómica, por el profesor H. D. Smyth. Era el primer documento verdadero sobre la cuestión. Ahora bien, este texto contenía curiosas confirmaciones de las palabras formuladas por el alquimis­ta en junio de 1937.

La pila atómica, útil esencial para la fabricación de la bomba, era, efectivamente, «una disposición geométrica de sustancias extremadamente puras». En un principio, este útil, tal como había dicho Fulcanelli, no requería la electricidad ni la técnica del vacío. La memoria de Smyth aludía igualmente a radiaciones venenosas, a ga­ses, a polvos radiactivos de extremada toxicidad y que podían prepararse en grandes cantidades con relativa fa­cilidad. El alquimista había hablado de un posible enve­nenamiento de todo el planeta.

¿Cómo un investigador oscuro, aislado, místico, había podido prever o conocer esto? «¿De dónde te viene esto, alma del hombre, de dónde te viene esto?»

Hojeando las pruebas de la memoria, mi amigo re­cordaba también este pasaje de De Alchimia, de Alber­to el Magno:

«Si tienes la desgracia de introducirte cerca de los príncipes y de los reyes, no cesarán de preguntarte: "Y bien, maestro, ¿cómo va la Obra? ¿Cuándo veremos por fin algo hueno?" Y, en su impaciencia, te llamarán pillo y tramposo y te producirán toda suerte de moles­tias. Y si no llegas a buen fin, sentirás todo el peso de su cólera. Si, por el contrario, tienes éxito, te guardarán con ellos en perpetuo cautiverio, con la intención de hacerte trabajar en su provecho.»

¿Había sido por esto por lo que Fulcanelli había desaparecido y los alquimistas de todos los tiempos ha­bían guardado celosamente su secreto?

El primer y último consejo dado por el papiro Harris era:

«¡Cerrad las bocas! ¡Cerrad las bocas!»

Años después en Hiroshima, el 17 de enero de 1955, Oppenheimer declararía:

«En un sentido profundo que ninguna ridiculez barata podría borrar, nosotros, los sa­bios, hemos conocido el pecado.»

Y, mil años antes, un alquimista chino había escrito:

«Sería un terrible pecado revelar a los soldados el secreto de tu arte. ¡Atención! ¡Que no haya siquiera un insecto en el cuarto en que trabajas!»

IV

El alquimista moderno y el espíritu de investigación. — Descripción de lo que hace un alquimista en su la­boratorio. — La repetición indefinida del experimento. —¿Qué espera? — La preparación de las tinieblas. —El gas electrónico. — El agua disolvente. — La pie­dra filosofal, ¿es energía en suspensión? — La transmu­tación del propio alquimista. — La verdadera metafísi­ca empieza más allá.

El alquimista moderno es un hombre que lee los tratados de física nuclear. Tiene por cierto que las transmutaciones y otros fenómenos todavía más ex­traordinarios pueden lograrse por medio de manipula­ciones y con un material relativamente simple. En los alquimistas contemporáneos volvemos a encontrar el es­píritu del investigador aislado. La conservación de un espíritu tal es preciosa en nuestra época. En efecto, he­mos acabado por creer que el proceso de los aconteci­mientos ya no es posible sin un equipo numeroso, sin aparatos enormes y sin un considerable empleo de di­nero. Sin embargo, los descubrimientos fundamentales, como, por ejemplo, la radiactividad o la mecánica on­dulatoria, han sido realizados por hombres aislados. América, que es el país de los grandes equipos y de los enormes medios, envía hoy sus agentes por el mundo en busca de espíritus originales.

El director de la inves­tigación científica americana, el doctor James Killian, declaró en 1958 que era perjudicial prestar únicamente confianza al trabajo colectivo y que había que llamar a los hombres solitarios, portadores de ideas originales. Rutherford efectuó trabajos capitales sobre la estructu­ra de la materia valiéndose de latas de conserva y de ca­bos de cordel. Jean Perrin y Madame Curie, antes de la guerra, enviaban a sus colaboradores al Marché aux Puces, los domingos, a buscar un poco de material. Na­turalmente, los laboratorios provistos de grandes má­quinas son necesarios, pero sería importante organizar una cooperación entre éstos y los equipos de solitarios originales. Sin embargo, los alquimistas eluden la invi­tación. Su norma es el secreto. Su ambición es de orden espiritual. «Está fuera de duda —escribe René Alleau— que las manipulaciones de la alquimia sirven de soporte a un ascetismo interior.» Si la alquimia contiene una ciencia, esta ciencia no es más que un medio de tener acceso a la conciencia. Importa, pues, que no trascienda al exterior, donde se convertiría en un fin.

¿Cuál es el material del alquimista? El mismo del inves­tigador de química mineral a altas temperaturas: hor­nos, crisoles, balanzas e instrumentos de medición, a los que han venido a juntarse los aparatos modernos capaces de detectar radiaciones nucleares: contador Geiger, escintilómetro, etc.

Este material puede parecer irrisorio. Un físico or­todoxo no admitirá nunca que es posible fabricar un cá­todo emitiendo neutrones con medios sencillos y poco costosos. Si nuestros informes no mienten, los alquimis­tas logran hacerlo. En tiempos en que el electrón era considerado como el cuarto estado de la materia, se in­ventaron dispositivos extraordinariamente onerosos y complicados para producir corrientes electrónicas. Después de lo cual, Elster y Gaitel, en 1910, demostra­ron que bastaba con calentar en el vacío cal al rojo. No­sotros no conocemos todas las leyes de la materia. Si la alquimia es un conocimiento más avanzado que el nues­tro, empleará medios más sencillos que los nuestros.

Conocemos varios alquimistas en Francia y en los Estados Unidos. También los hay en Inglaterra, en Alemania y en Italia. E. J. Holmyard dice haber encon­trado uno en Marruecos. Tres de ellos nos han escrito desde Praga. La Prensa soviética científica parece pres­tar actualmente gran atención a la alquimia y ha em­prendido investigaciones históricas sobre ella.

Vamos a intentar ahora, por primera vez, según cree­mos, describir con precisión lo que hace un alquimista en su laboratorio. No pretendemos revelar la totalidad del método alquimista, pero creemos tener sobre el mismo algunas nociones de cierto interés. No olvida­mos que el fin último de la alquimia es la transmutación del propio alquimista y que las manipulaciones no son más que un lento avance hacia la «liberación del espíri­tu». Intentaremos aportar alguna información nueva sobre aquellas manipulaciones.

Ante todo, y durante años enteros, el alquimista se dedica a descifrar los viejos textos, en los «cuales debe entrar el lector desprovisto del hilo de Ariadna, encon­trándose sumido en un laberinto en el que todo ha sido preparado consciente y sistemáticamente para producir en el profano una inextricable confusión mental». La paciencia, la humildad y la fe le llevan a un cierto nivel de comprensión de aquellos textos, alcanzado el cual podrá comenzar el experimento alquimista. Vamos a describir este experimento, aunque nos falta un ele­mento. Sabemos lo que pasa en el laboratorio del alquimista. Ignoramos lo que pasa en el alquimista mismo, en su alma. Es posible que todo esté relacionado. Es posible que la energía espiritual desempeñe un papel en las manipulaciones físicas y químicas de la alquimia. Es posible que, para el éxito del «trabajo» alquímico, sea indispensable un cierto modo de adquirir, de concen­trar y de orientar la energía espiritual. Esto no es segu­ro, pero, en tema tan delicado, hemos de atenernos a la frase del Dante: «Veo que crees estas cosas porque yo te las digo, pero no sabes el porqué; de modo que no por ser creídas permanecen menos ocultas.»

Nuestra alquimia empieza por preparar, en un mortero de ágata, una mezcla compuesta de tres mate­rias constitutivas. La primera, que entra en proporción de un 95 por ciento, es un mineral: una pirita arseniosa, por ejemplo, un mineral de hierro que contenga como principales impurezas arsénico y antimonio. La segun­da es un metal: hierro, plomo, plata o mercurio. La ter­cera es un ácido de origen orgánico: ácido tartárico o cítrico. Después, muele a mano y mezcla estos elemen­tos durante cinco o seis meses. A continuación, calienta la mezcla en un crisol. Aumenta progresivamente la temperatura y esta operación se prolonga unos diez días. Debe tomar precauciones, pues se desprenden ga­ses tóxicos: el vapor de mercurio y, sobre todo, el hi­drógeno arsenioso.

Por fin, disuelve el contenido del crisol sirviéndose de un ácido. Buscando este disolvente, los alquimistas pretéritos descubrieron el ácido acético, el ácido nítrico y el ácido sulfúrico. Esta disolución debe realizarse bajo una luz polarizada: ya sea una débil luz solar refle­jada en un espejo, ya la luz de la Luna. Hoy se sabe que la luz polarizada vibra en una sola dirección, mientras que la luz normal vibra en todas las direcciones alrede­dor de un eje.

Después evapora el líquido y calcina el sólido. Esta operación se repite millares de veces durante muchos años. ¿Por qué? No lo sabemos. Tal vez en espera del momento en que se produzcan las mejores condicio­nes: rayos cósmicos, magnetismo terrestre, etc. Tal vez con el fin de obtener una «fatiga» de la materia en sus estructuras profundas que todavía ignoramos. El alqui­mista habla de «paciencia sagrada», de lenta condensa­ción del «espíritu universal».

Este modo de operar, repitiendo indefinidamente la misma manipulación, puede parecer cosa de demen­cia al químico moderno. A éste le han enseñado que sólo existe un método experimental eficaz: el de Claude Bernard. Este método se basa en las variaciones con­comitantes. Se repite miles de veces el mismo expe­rimento, pero variando cada vez uno de los factores: proporción de uno de los constituyentes, temperatu­ra, presión, catalizador, etc. Se anotan los resultados obtenidos y de ellos se desprenden algunas de las leyes que gobiernan el fenómeno. Es un método que ha dado pruebas de eficacia, pero no es el único. El alquimista repite su manipulación sin variar nada, hasta que se produzca algo extraordinario.

En el fondo, cree en una ley natural bastante comparable al «principio de exclu­sión» formulado por el físico Pauli, amigo de Jung. Se­gún Pauli, en un sistema dado (el átomo y sus molé­culas) no puede haber dos partículas (electrones, pro­tones, mesones) en el mismo estado. Todo es único en la Naturaleza: «No hay un alma idéntica a la tuya...» Por esto se pasa bruscamente, sin ningún intermedia­rio, del hidrógeno al helio, del helio al litio, y así sucesi­vamente, según indica al físico nuclear la Tabla, Perió­dica de los Elementos. Cuando se añade una partícula a un sistema, aquella partícula no puede tomar ninguno de los estados existentes en el interior del sistema. Toma un estado nuevo, y la combinación con las par­tículas ya existentes crea un sistema nuevo y único.

Para el alquimista, de la misma manera que no hay dos almas iguales, dos seres iguales, dos plantas iguales (Pauli diría: dos electrones iguales), tampoco hay dos experimentos iguales. Si se repite millares de veces un experimento, acabará por producirse algo extraor­dinario. No nos consideramos autorizados para darle o negarle la razón. Nos limitamos a observar que una ciencia moderna, la ciencia de los rayos cósmicos, ha adoptado un método comparable al del alquimista. Esta ciencia estudia los fenómenos producidos por la llegada, a un aparato detector o a una placa, de partícu­las de una formidable energía procedente de las estre­llas. Estos fenómenos no pueden obtenerse a voluntad. Hay que esperar. De vez en cuando, se registra un fe­nómeno extraordinario. Así fue como, en el verano de 1957, en el curso de investigaciones realizadas en Es­tados Unidos por el profesor Bruno Rossi, una partícu­la animada de una energía extraordinaria, como jamás se había registrado y procedente tal vez de una galaxia distinta de nuestra Vía Láctea, impresionó 1.500 con­tadores a un tiempo, en un radio de ocho kilómetros cuadrados, creando a su paso un enorme haz de restos atómicos. No se concibe ninguna máquina capaz de producir tal energía. Jamás recuerdan los sabios un fe­nómeno semejante, y se ignora si volverá a producirse.

Es un acontecimiento excepcional, de origen terrestre o cósmico, como el que el alquimista parece esperar que afecte a su crisol. Tal vez podría abreviar su espera uti­lizando medios más activos que el fuego, por ejemplo, calentando su crisol en un horno a inducción por el método de levitación,[26] o tal vez añadiendo isótopos ra­diactivos a su mezcla. Entonces podría hacer y rehacer su manipulación, no ya muchas veces por semana, sino varios miles de millares de veces por segundo, multiplicando así las probabilidades de captar «el acon­tecimiento» necesario para el éxito del experimento. Pero el alquimista de hoy, como el de ayer, trabaja en secreto, pobremente, y tiene la espera por virtud.

Sigamos nuestra descripción: después de varios años de un trabajo que es siempre el mismo, repetido noche y día, nuestro alquimista acaba por considerar que ha terminado la primera fase. Entonces añade a su mezcla un oxidante: nitrato de potasa, por ejemplo. En su crisol hay azufre procedente de la pirita y carbón procedente del ácido orgánico. Azufre, carbón y nitra­to: en el curso de esta manipulación descubrieron la pólvora los antiguos alquimistas.

Entonces empezará de nuevo a disolver y a calcinar sin descanso, durante meses y años, esperando una se­ñal. Las obras de alquimia difieren sobre la naturaleza de esta señal, pero ello puede deberse a que existan va­rios fenómenos posibles. La señal se produce en el mo­mento de una disolución. Para ciertos alquimistas, con­siste en la formación de cristales en forma de estrellas en la superficie de baño. Según otros, aparece en aque­lla superficie una capa de óxido que después se desga­rra, descubriendo el metal luminoso en el que parece reflejarse, en imagen reducida, ora la Vía Láctea, ora las constelaciones.[27]

Recibida esta señal, el alquimista retira su mezcla del crisol y la «deja madurar», preservada del aire y de la humedad, hasta el primer día de la primavera próxi­ma. Al reanudar sus operaciones, éstas tienden a lo que se llama, según los viejos textos, «la preparación de las tinieblas». Algunas investigaciones recientes sobre la historia de la química han demostrado que el monje alemán Bertoldo el Negro (Berthold Schwarz), al que se atribuye comúnmente el invento de la pólvora, jamás existió. Es una figura simbólica de esta «preparación de las tinieblas».

La mezcla se coloca en un recipiente transparente, de cristal de roca, cerrado de una manera especial. No se sabe gran cosa de esta forma de cierre, llamado de Hermes, o hermético. El trabajo sucesivo consiste en calentar el recipiente, dosificando, con infinito cui­dado, las temperaturas. La mezcla, en el recipiente ce­rrado, contiene siempre azufre, carbón y nitrato. Se trata de que esta mezcla alcance cierto grado de incan­descencia, evitando la explosión. Son numerosos los casos de alquimistas muertos o gravemente heridos por aquélla. Las explosiones que se producían son de una violencia peculiar y producen temperaturas que, lógi­camente, no cabria esperar.

El fin perseguido es la obtención, en el recipiente, de una «esencia», de un «fluido», que los alquimistas llaman a veces el «ala de cuervo».

Vamos a explicarnos. Esta operación no tiene equi­valente en la física y la química modernas. Sin embargo, existen analogías. Cuando se disuelve el gas amoníaco líquido en un metal como el cobre, se obtiene una colo­ración azul oscura que llega al negro en las grandes concentraciones. El mismo fenómeno se produce si se disuelve, en gas amoníaco líquido, hidrógeno a presión o aminas orgánicas, de modo que se obtenga el com­puesto inestable NH4, que tiene todas las propiedades de un metal alcalino y que, por esta razón, ha sido lla­mado «amonio». Cabe suponer que esta coloración azul-negra, que recuerda el «ala de cuervo», del fluido obtenido por los alquimistas, es el mismo color del gas electrónico. ¿Qué es el «gas electrónico»? Para los sa­bios modernos, es el conjunto de electrones libres que constituyen un metal y lo dotan de sus propiedades mecánicas, eléctricas y térmicas. Corresponde, en la terminología actual, a lo que el alquimista llama «el alma» o también «la esencia» de los metales. Este alma o esta «esencia» se desprende en el recipiente cerrado y calentado por el alquimista.

Éste calienta, deja enfriar, calienta de nuevo y así sucesivamente durante meses o años, observando a tra­vés del cristal de roca la formación de lo que se llama «el huevo alquímico»: la mezcla transformada en un fluido azul-negro. Por fin, abre su recipiente en la os­curidad, a la única luz de esta especie de líquido fluo­rescente. En contacto con el aire, el líquido fluorescen­te se solidifica y se separa.

Así obtendría sustancias completamente nuevas, desconocidas en la Naturaleza y dotadas de todas las propiedades de los elementos químicos puros, es decir, inseparables por medios químicos.

Los alquimistas modernos pretenden haber obteni­do así elementos químicos nuevos, y ello en cantidades ponderables.

Fulcanelli dijo haber extraído de un kilo de hierro, veinte gramos de un cuerpo absolutamente nuevo y cu­yas propiedades químicas y físicas no correspondían a ningún elemento químico conocido. La misma opera­ción sería aplicable a todos los elementos, la mayoría de los cuales nos darían dos elementos nuevos por cada elemento tratado.

Semejante formación tiene que chocar por fuerza al hombre de laboratorio. Actualmente, la teoría no per­mite prever otras separaciones de un elemento químico que las siguientes:

— La molécula de un elemento puede tomar vanos estados: ortohidrógeno y parahidrógeno, por ejemplo.

— El núcleo de un elemento puede tomar cierto nú­mero de estados isotópicos caracterizados por un número de neutrones diferentes. En el litio 6, el núcleo contiene tres neutrones, y en el litio 7, el núcleo contie­ne cuatro.

Nuestra técnica requiere la puesta en marcha de un enorme material para separar los estados alotrópi­cos de la molécula y los diversos estados isotrópicos del núcleo.

Los medios del alquimista son, en comparación, irrisorios, y, sin embargo, habría logrado con ellos, no ya un cambio de estado de la materia, sino la creación de una materia nueva, o, al menos, una descomposición y recomposición diferente de la materia. Todo nuestro conocimiento del átomo y del núcleo se basa en el mo­delo «saturnino» de Nagaoka y Rutherford: el núcleo y su anillo de electrones. No es imposible que, en el por­venir, otra teoría nos conduzca a realizar cambios de estado y separaciones de elementos químicos inconce­bibles en este momento.

Así, pues, nuestro alquimista ha abierto su reci­piente de cristal de roca y obtenido, por enfriamiento del líquido fluorescente en contacto con el aire, uno o varios elementos nuevos. Queda la escoria, que lavará durante meses, con agua tridestilada. Después conser­vará esta agua resguardada de la luz y de los cambios de temperatura.

A dicha agua se atribuyen cualidades químicas y medicinales extraordinarias. Es el disolvente univer­sal y el elixir de larga vida de la tradición, el elixir de Fausto.[28]

Aquí la tradición alquimista parece armonizarse con la ciencia de vanguardia. En efecto, para la ciencia moderna, el agua es una mezcla extraordinariamente completa y reactiva. Los investigadores dedicados a la cuestión de los oligoelementos, y especialmente el doc­tor Jacques Ménétrier, han comprobado que, práctica­mente, todos los metales son solubles en el agua en pre­sencia de ciertos catalizadores, como la glucosa, y bajo ciertas variaciones de temperatura. El agua formaría, además, verdaderos compuestos químicos, hidratos, con gases inertes tales como el helio y el argón. Si se su­piera cuál es el constituyente del agua al cual se debe la formación de los hidratos en contacto con un gas iner­te, sería posible estimular el poder disolvente del agua y obtener un verdadero disolvente universal. La seria re­vista rusa Saber y Fuerza escribía en su número 11 de 1957 que tal vez un día se llegaría a este resultado bom­bardeando el agua con radiaciones nucleares y que el disolvente universal de los alquimistas sería una reali­dad antes del fin de siglo. Esta revista preveía cierto nú­mero de aplicaciones e imaginaba la perforación de tú­neles por medio de un chorro de agua activada.

Nuestro alquimista se encuentra, pues, ahora, en posesión de cierto número de cuerpos simples desco­nocidos en la Naturaleza y de unos cuantos frascos de un agua capaz de prolongar considerablemente su vida por el rejuvenecimiento de los tejidos.

Ahora intentará combinar de nuevo los elementos simples que ha obtenido. Los mezcla en su mortero y los funde a bajas temperaturas en presencia de cataliza­dores sobre los cuales los textos se muestran muy vagos. Cuanto más se avanza en el estudio de las mani­pulaciones alquimistas tanto más difíciles son de desci­frar los textos. Este trabajo le ocupará unos cuantos años más.

Así obtendría, según se asegura, sustancias absolu­tamente parecidas a los metales conocidos, y en par­ticular a los metales buenos conductores del calor y de la electricidad. Éstos serían el cobre alquímico, la plata alquímica, el oro alquímico. Las pruebas clásicas y la espectroscopia no permitirían descubrir la novedad de esas sustancias, y, sin embargo, tendrían propiedades nuevas, diferentes de las de los metales conocidos, y sorprendentes.

Si nuestras informaciones son exactas, el cobre al­químico, aparentemente semejante al cobre conocido y, no obstante, muy diferente, tendría una resistencia eléctrica infinitamente débil, comparable a la de los su­perconductores que el físico obtiene en las cercanías del cero absoluto. Un cobre tal, si pudiera utilizarse, transformaría la electroquímica.

Otras sustancias, nacidas de la manipulación alqui­mista, serían todavía más sorprendentes. Una de ellas sería soluble en el vidrio, a baja temperatura y antes del momento de fusión de éste. Esta sustancia, al tocar el vidrio ligeramente reblandecido, se dispersaría en su interior, dándole una coloración roja de rubí, con fluo­rescencia malva en la oscuridad. Los textos de alquimia llaman «polvo de proyección» o «piedra filosofal» al polvo obtenido al machacar este vidrio modificado en el mortero de ágata.

«Con lo cual —escribe Bernard, conde de la Marca Trevisana, en su tratado filosófico— queda lograda esta preciosa piedra que supera a toda piedra preciosa, la cual es un tesoro infinito para la glo­ria de Dios que vive y reina eternamente.»

Se conocen leyendas maravillosas relativas a esta piedra o «polvo de proyección», capaz de provocar transmutaciones de metales en cantidades ponderables. Principalmente, transformaría ciertos metales viles en oro, plata o platino, pero éste no sería más que uno de los aspectos de su poder. Sería una especie de depósi­to de energía nuclear en suspensión, manejable a vo­luntad.

Enseguida volveremos a las cuestiones que plan­tean al hombre moderno ilustrado las manipulaciones del alquimista, pero detengámonos ahora en el lugar donde se detienen los propios textos de alquimia. «La gran obra» se ha realizado. Entonces se produce en el propio alquimista una transformación que evoca los textos, pero que somos incapaces de describir, pues sólo tenemos de ellos ligeros atisbos analógicos. Esta transformación sería como la promesa, a través de un ser privilegiado, de lo que espera a la Humanidad ente­ra al término de su contacto inteligente con la Tierra y sus elementos: su fusión en Espíritu, su concentración en un punto espiritual fijo y su enlace con otros hoga­res de conciencia a través de los espacios cósmicos.

Progresivamente, o en un súbito relámpago, el al­quimista, según la tradición, descubre el sentido de su largo trabajo. Le son revelados los secretos de la ener­gía y de la materia, y al propio tiempo se le hacen visi­bles las infinitas perspectivas de la vida. Posee la llave de la mecánica del Universo. Él mismo establece nue­vas relaciones entre su propio espíritu, en adelante animado, y el espíritu universal en eterno progreso de concentración. ¿Son ciertas radiaciones del polvo de proyección la causa de la transmutación del ser psí­quico?

La manipulación del fuego y de ciertas sustancias permite, pues, no sólo transmutar los elementos, sino también transformar al propio experimentador. Éste, bajo la influencia de fuerzas emitidas por el crisol (es decir, radiaciones emitidas por núcleos que sufren cambios de estructura), entra en otro estado. Se operan mutaciones en él. Su vida se prolonga, su inteligencia y sus percepciones alcanzan un nivel superior.

La existencia de tales «mutandos» es uno de los fundamentos de la tradición de la Rosacruz. El alqui­mista pasa a otro estado del ser. Se encuentra izado a otro estado de conciencia. Sólo él se siente despierto, y tiene la impresión de que todos los demás hombres si­guen durmiendo. Escapa a lo humano ordinario, como Mallory en la cima del Everest, y desaparece, después de haber tenido su minuto de verdad.

«La piedra filosofal representa, así, el primer pelda­ño que puede ayudar al hombre a elevarse hacia el Ab­soluto.»[29]

Más allá, comienza el misterio. Más acá, no hay misterio, no hay esoterismo, no hay más sombras que las que proyectan nuestros deseos y, sobre todo, nuestro orgullo. Pero como es más fácil contentarse con ideas y palabras que hacer algo con las manos, con dolor y con fatiga, en el silencio y en la soledad, tam­bién es más cómodo buscar un refugio en el pensa­miento llamado «puro» que luchar cuerpo a cuerpo contra el peso y las tinieblas de la materia. La alquimia prohíbe a sus discípulos toda evasión de este género. Los deja frente a frente con el gran enigma... Nos asegura solamente que, si luchamos hasta el fin para des­prendernos de la ignorancia, la misma verdad luchará por nosotros y vencerá finalmente a todas las cosas. Entonces comenzará tal vez la verdadera metafísica.

Hay tiempo para todo. — Incluso hay tiempo para que los tiempos se junten.

Los viejos textos de alquimia afirman que en Satur­no se encuentran las llaves de la materia. Por singular coincidencia, todo lo que se sabe hoy de física nuclear se apoya en la definición del átomo «saturnino». El átomo sería, según la definición de Nagaoka y Rutherford,

«una masa central que ejerce una atracción, ro­deada de anillos, de electrones que giran».

Esta concepción «saturnina» del átomo es admitida por todos los sabios del mundo, no como verdad abso­luta, sino como la más eficaz hipótesis de trabajo. Es posible que los físicos del porvenir la consideren una ingenuidad. La teoría de los quanta y la mecánica on­dulatoria son aplicables al comportamiento de los elec­trones. Ninguna teoría y ninguna mecánica explican con exactitud las leyes que rigen el núcleo. Se cree que éste está compuesto de protones y neutrones y esto es todo. No se sabe nada preciso sobre las fuerzas nuclea­res. No son eléctricas, ni magnéticas, ni de naturaleza gravitatoria. La última y prudente hipótesis hace de­pender estas fuerzas de partículas intermedias entre el neutrón y el protón, llamadas mesones. Esto sólo sirve mientras se espera otra cosa. Dentro de dos o de diez años, las hipótesis habrán tomado sin duda otros rum­bos. Sin embargo, hay que tener en cuenta que estamos en una época en que los sabios carecen absolutamente de tiempo y carecen absolutamente de derecho a hacer física" nuclear. Todos los esfuerzos y todo el material disponible se concentran en la fabricación de explosi­vos y en la producción de energía. La investigación fundamental ha sido relegada a segundo término. Lo urgente es sacar el máximo de lo que ya sabemos. El poder importa más que el saber. Parece que los alqui­mistas tuvieron siempre buen cuidado en esquivar este apetito de poder.

¿Adonde hemos llegado? El contacto con los neu­trones vuelve radiactivos a todos los elementos. Las explosiones nucleares experimentales envenenan la at­mósfera del planeta. Este envenenamiento, que progre­sa en proporción geométrica, aumentará extraordi­nariamente el número de niños nacidos muertos, de cánceres y de leucemias, estropeará las plantas, trastor­nará los climas, producirá monstruos, nos romperá los nervios y nos ahogará. Los Gobiernos, sean totalitarios o demócratas, no renunciarán. Y no renunciarán, por dos razones. La primera es que la opinión pública no ha alcanzado el nivel de conciencia planetaria que se necesita para reaccionar. La segunda es que no hay Go­biernos, sino sociedades anónimas del capital humano, encargadas, no de hacer Historia, sino de expresar as­pectos diversos de la fatalidad histórica.

Ahora bien, si creemos en la fatalidad histórica, también creemos que ésta no es más que una de las for­mas del destino espiritual de la Humanidad, y que este destino es bello. No pensamos, pues, que la Humani­dad perezca, aun cuando tenga que sufrir mil muertes, sino que, a través de sus dolores inmensos y espanto­sos, nacerá —o renacerá— la alegría de sentirse «en marcha».

La física nuclear, orientada hacia el poder,

«¿derrochará —como dice M. Jean Rostand— el capital genéti­co de la Humanidad?»

Sí, es posible que así sea, duran­te algunos años. Pero no podemos imaginarnos a la ciencia incapaz de deshacer el nudo gordiano que ella misma acaba de hacer.

Los métodos de transmutación conocidos actualmente no permiten ahogar la energía y la radiactividad. Son transmutaciones estrechamente limitadas, cuyos efectos nocivos son ilimitados. Si los alquimistas están en lo cierto, existen medios sencillos, económicos e in­nocuos de producir transmutaciones masivas. Tales medios deben pasar por una «disolución» de la materia y su reconstrucción en un estado diferente del inicial. Ninguna conquista de la física actual permite creer en ello. Sin embargo, los alquimistas lo afirman desde hace milenios. Ahora bien, nuestra ignorancia de la natu­raleza de las fuerzas nucleares y de la estructura del núcleo nos obliga a abstenernos de hablar de las impo­sibilidades radicales. Si la transmutación alquímica existe, es que el núcleo tiene propiedades que no cono­cemos. Lo que se halla en juego es demasiado impor­tante para no intentar un estudio realmente serio de la literatura alquimista. Si este estudio no conduce a ob­servaciones de hechos irrefutables, al menos habrá al­guna probabilidad de que sugiera ideas nuevas. Y lo que faltan son ideas en el estado presente de la física nuclear, sometida al afán de poder y abrumada bajo la enormidad del material.

Se empiezan a entrever estructuras infinitamente complicadas en el interior del protón y del neutrón, y a comprender que las leyes llamadas «fundamentales», como, por ejemplo, el principio de una paridad, no son aplicables al núcleo. Se empieza a hablar de una «anti­materia», de la posible coexistencia de varios universos en el seno de nuestro Universo visible, de suerte que todo es posible en el porvenir y, especialmente, el des­quite de la alquimia. Sería estupendo y conforme a la no­ble postura del lenguaje alquimista, que nuestra salva­ción se produjera por la interpretación de la filosofía.

Hay tiempo para todo, e incluso hay tiempo para que los tiempos se junten.

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