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por Charles W. Leadbeater
(Traducido por Angel Calvo Blasco,
tomado de "Herald of the Star",
de Abril a Julio 1916 y publicado en
España por "El Loto Blanco" de Marzo a Agosto 1918.)
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¿Qué se quiere
significar por una nueva Sub-Raza?
La teoría de la evolución está ahora generalmente aceptada; pero los
métodos en que se desarrolla no pueden comprenderse enteramente a
menos de que también se admita la gran verdad de la reencarnación,
pues hay en efecto una doble evolución: la del alma y la del cuerpo.
Se me figura que no fue debido a un mero accidente el que poco
después de exponer Darwin y Alfredo Russell Wallace la teoría de la
evolución (habiendo conseguido, con mucha dificultad y esfuerzo, que
fuera generalmente aceptada), la señora Blavatsky explicase la
evolución espiritual.
Me parece que formaba parte,
probablemente, de un gran plan para enseñanza del mundo el
esclarecimiento de la idea física en pugna contra toda clase de
oposición ortodoxa, para conquistar de un modo casual las mentes y
conseguir que este elemento complementario de información, con
respecto a la evolución espiritual, se mostrase al mundo para
quienes estuvieran en disposición de aceptarlo.
Mucha gente se ha conformado con lo
primero como parte de su bagaje mental, sin sentirse capaces todavía
de alcanzar lo segundo. Opino, no obstante, que si estudiáis
cuidadosamente el asunto veréis que, con respecto a la segunda
parte, es necesario también establecer una teoría coherente de la
vida y tener fija y clara idea del objeto del esquema total.
Uno de los hechos descubiertos por la
investigación teosófica es que la evolución humana procede por medio
de lo que nosotros llamamos razas y sub-razas. Cuando hablamos de
Razas-Raices queremos significar gigantescas divisiones de la
humanidad, tales como las razas lemuriana, atlante y aria. Cuando
hablamos de sub-razas nos referimos a subdivisiones de aquellas, y
también a grandes agrupaciones de hombres que a su vez están
esparcidas entre las naciones y que llamamos ramas raciales. La
razón particular de tratar de este asunto en el tiempo presente es
que lo que llamamos en Teosofía una nueva sub-raza tiene ahora su
oportunidad en el mundo; ha empezado ya a aparecer en los Estados
Unidos de América.
Cuando yo estuve allí hará unos doce
años, vi claramente que estaba ya formándose, e indudablemente esta
afirmación no representa sólo una idea teosófica, porque la Oficina
Americana de Etnología ha reconocido que esta nueva raza está
apareciendo allí; que está llegando a la existencia en aquel
poderoso país un tipo de hombres que en varios puntos difieren de
los de cualquiera raza existente en la actualidad.
Los puntos exactos de diferencia se
reconocen ampliamente en diversas medidas de la cabeza, en la
proporción de las distintas partes del cuerpo y en otras
características, por lo cual los etnólogos hallan particularidades
con respecto a las otras razas. Dichos etnólogos están reuniendo los
pormenores de esta nueva y distinta raza americana. Yo mismo vi,
hace ya doce años, un gran número de ejemplares de aquella nueva
raza en diferentes partes de los Estados Unidos.
Cuando desembarqué en Australia, por segunda vez, hace un año, me
impresionó mucho la evidencia de que la nueva raza también estaba
apareciendo aquí. No sé que esto haya acontecido simultáneamente en
otros países; más bien supongo que dicha nueva sub-raza empezó en
América y ha continuado extendiéndose gradualmente por el resto del
mundo, como otras razas y sub-razas hicieron antes.
Pero, al mismo tiempo, he visto que
entre vosotros, en Australia, existían niños y adolescentes de nuevo
tipo, y más especialmente en Queensland; que había niños que no se
parecían en modo alguno a los niños de las islas Británicas; eran
niños de un nuevo tipo sin duda alguna; no exactamente el nuevo tipo
americano, no idéntico a él, pero muy parecido; sin duda el mismo,
pero con una variación que puede provenir del clima y de las
influencias de que por lo general se hallan rodeados unos y otros.
Es evidente, al mismo tiempo, que esta gran ventura, el advenimiento
de una nueva sub-raza, no está limitada a América, sino que se
efectúa simultáneamente en otro nuevo país.
Para un teósofo que estudia razas y sub-razas existe un hecho
importante, que demuestra que aquellos entre quienes comienza la
nueva raza tienen ante sí una inmensa y espléndida oportunidad, pero
también, de una manera incontestable, una gran responsabilidad.
Es necesario, sin duda, que comprendamos exactamente lo que esto
significa y que podamos ayudar cada uno de nosotros a su completo
desarrollo. En América hay también muchas razas diferentes, cuyo
patriotismo -como hemos comprobado en los viejos países de Europa-
empieza a manifestarse resueltamente. En no remotos días era
patriotismo de Estado más bien que de país, pero gradualmente todo
el mundo parece reunirse en una poderosa raza, y el hecho de que un
nuevo tipo, un nuevo cuerpo está apareciendo para representar esta
nueva variedad de alma influirá más que cualquiera otra cosa en la
unificación del país, conforme gradualmente vayan naciendo los
ejemplares de esta nueva raza.
Lo mismo ocurrirá aquí tan pronto como
las gentes se hagan cargo de que una nueva y distinta raza
australiana empieza a aparecer entre ellas. Y quienes lleven el
sello de esta nueva raza pueden nacer en cualquier parte, en
cualquiera familia; así es que quizás en dos o tres generaciones
todo el país estará formado por este nuevo tipo. Tal vez no ocurra
esto en todo el país, pero sí en la aristocracia del mismo, como
decimos en Europa; es decir, que los mejores tipos, los que
caractericen mejor la nueva raza, aparecerán en estos nuevos
cuerpos. Podemos tener todavía el atrevimiento de manifestar en qué
consistirán las principales características, que serán con toda
certeza: mente poderosa, gran desarrollo intelectual y viva
sensibilidad.
Trataremos de explicaros exactamente lo que en Teosofía queremos
significar por diferencias entre las razas, pues solo así podremos
mostraros claramente lo que significa este principio de una raza
nueva. Os dije que existía una doble evolución. Recordad que
admitimos la doctrina de la reencarnación y que el alma toma
sucesivamente muchos cuerpos para aprender ciertas lecciones por
medio de cada uno de ellos.
Sabemos que el alma pasa de una raza a
otra que ha de ser más perfecta, en la que ha de hallarse rodeada de
mejores ocasiones de progreso y que muchas pueden tener un razonable
desenvolvimiento de todas las características necesarias, pero
adquiriéndolas una por una. Así es que puede muy bien acontecer que
un alma haya nacido en cierta raza para desarrollar el valor y
después en otra para cultivar la inteligencia. Estas cualidades y
muchas más debe reunir el hombre perfecto, y vemos que en muchos
casos no solamente una vida sino varias de ellas pueden ser
necesarias para infundir estas cualidades en la naturaleza de un
hombre. No es cuestión de adquirir brillo exterior; es asunto de
formar en la interna naturaleza humana cierto aspecto como, por
ejemplo, el poder del amor.
Es mucho que en una corta vida sea
posible cambiar por completo el carácter de un hombre para hacer,
por ejemplo, un hombre generoso de un miserable tacaño. Podéis
considerar, al mismo tiempo, cuántas cosas serían imposibles de
hacer en una sola vida, que a su vez serían fáciles teniendo el
individuo muchas vidas de larga duración ante él. El alma evoluciona
tomando diferentes tipos de cuerpos; toma un cuerpo y aprende cierta
lección en un sitio; desecha aquel cuerpo y marcha a alguna otra
parte del mundo para tomar allí un nuevo cuerpo y aprender así
nuevas lecciones.
Pero, además de esto, existe la evolución material, más generalmente
conocida. Tenemos ahora, en muchos aspectos, mejores cuerpos que los
que poseían los hombres de hace millares de años.
Si deseáis comprender perfectamente la historia pasada del hombre,
debéis identificaros con la existencia de la humanidad por muchos
millones de años. La enseñanza ortodoxa respecto a tales asuntos
admite que el hombre sólo ha vivido sobre la tierra unos cuantos
millares de años; pero ahora parece que dilatan dicho tiempo y se
hallan dispuestos a creer que existían grandes civilizaciones ocho
mil años antes de Cristo, y aun se inclinan a conceder que algo
precedió a dicho tiempo.
Nosotros, en Teosofía, sabemos que ha
existido un período mucho más largo de lo que los ortodoxos se
atreven a presumir. Aunque nos falta la historia de aquellos
primitivos tiempos, los geólogos admiten eras que sólo pueden
calificarse de enormes por el proceso de su desarrollo, y ahora y de
nuevo pierden el tino los hombres científicos con sus fechas.
Nosotros decimos que hay una evolución
de los cuerpos así como de las almas y que los cuerpos deben
perfeccionarse porque las almas progresan y necesitan mejores
vehículos. Hace millones de años había, sin duda alguna, muchos
salvajes en el mundo; había tal vez plenitud de ellos, como también
ahora los encontramos aun en la misma Europa, pero a pesar de esto
el mundo sigue evolucionando. Estamos, de muchas maneras, más
adelantados que las más antiguas de aquellas poderosas
civilizaciones, aunque no en todos sentidos, pues en aquellos
antiguos días se conocían algunas cosas cuyo conocimiento se ha
perdido y aún no hemos podido volver a descubrir; no tenemos de esto
la menor duda.
Pero en conjunto, el nivel general de la
humanidad es ahora más alto con respecto a aquellos remotos días,
más alto que éste lo estaba aún en las poderosas civilizaciones de
Grecia y Roma. La posibilidad de adelanto era todavía mayor; había
individualidades que moral y espiritualmente progresaron más que
cualquiera de las de ahora, pero el progreso general avanza no
obstante dichas excepciones.
Cada una de estas razas ha tenido sus propias características.
Las grandes
Razas-Raíces están relacionadas con el desenvolvimiento
de los diferentes cuerpos o vehículos del hombre. Relacionado con
cuanto leáis en los tratados de Etnología está el desarrollo de la
raza aria y de la gran raza atlante que la precedió, pero hubo antes
otra llamada lemuriana, la tercera Raza-Raíz relacionada con el
desenvolvimiento del cuerpo físico. La raza atlante que la sucedió
desarrolló principalmente el cuerpo astral.
La gran raza aria a que pertenecemos tiene por objeto desarrollar
con preferencia el cuerpo mental, al que vosotros llamáis mente.
Cada una de estas grandes razas dominan en el mundo durante millones
de años; pero se extienden de tal modo que una empieza antes de que
la anterior haya terminado; así es que, aunque la raza aria se
encuentra por todas partes, hay todavía muchas gentes que
notoriamente pertenecen a la raza atlante y algunas pocas toda vía a
la anterior. Existen grandes rasgos de sangre lemuriana entre los
salvajes más atrasados.
Cada una de estas Razas-Raíces tiene siete sub-razas como partes
completamente distintas de su Raza-Raíz, para realizar la obra de
esta Raza y matizarla con su propia característica especial. Tomad
nuestra presente raza aria que está destinada al desarrollo de la
mentalidad. La cuarta sub-raza de esta quinta raza aria se
relacionaba con el desenvolvimiento de la mente porque era parte de
la gran raza quinta; pero se relacionaba con aquella mentalidad como
si estuviera limitada por el cuerpo astral, es decir por pasiones y
emociones; y por dicha razón algunos de los más maravillosos poetas
y artistas del mundo florecieron en dicha sub-raza.
Todos nosotros pertenecemos a la quinta sub-raza de la quinta Raza-Raíz, y por ello estamos completando la
evolución de la mentalidad. De aquí el portentoso progreso de la
moderna ciencia en los últimos cien años y las tremendas
revoluciones científicas que han transformado el mundo. Algunos de
vosotros tenéis edad bastante para recordar que la condición del
mundo en que hoy vivimos es completamente distinta de lo que era
antes. En los últimos cien años han ocurrido los mayores adelantos
científicos. Tal es el resultado de la obra de esta quinta Raza-Raíz
dedicada especialmente a cultivar el intelecto, obra que se ha
intensificado por encontrarnos en la quinta sub-raza.
La próxima sub-raza que está empezando es también una sub-raza de la
gran raza aria, y por esto desenvolverá todavía la mentalidad; pero
desde el punto de vista y con ayuda de la próxima facultad, la
intuición. Así es que de esta nueva sub-raza podemos esperar un
maravilloso desarrollo mental en diversos sentidos.
Nos hemos dedicado con asombroso éxito al análisis. La mayor parte
de los descubrimientos de esta época se deben al análisis de
inconcebibles menudencias. Los descubrimientos del porvenir,
provendrán quizás de la síntesis y conseguiremos aspectos amplios y
completos que reúnan gran número de cualidades, hasta ahora
hipotéticas, para ser después completamente deslindadas.
Empezaremos a ver la razón de las cosas como un gran todo. De esta
suerte cabe suponer que habrá descubrimientos maravillosos que
enlacen estas diferentes modalidades de investigación y todo ello
podrá ser obra especial de la sexta sub-raza a cuyo despertar
asistimos. Que podamos hacer algo más que imaginarlo simplemente;
que podamos ayudar con todas nuestras fuerzas al referido desarrollo
es el objeto de este corto curso de cuatro conferencias.
Debo explicar un poco más al pormenor la cuestión de las razas que
antes existieron, para que comprendáis la grandeza e importancia del
asunto. Las tres grandes Razas-Raíces que he mencionado: la
lemuriana, la atlante y la aria son las únicas de las que ahora
podemos realmente conocer algo práctico. La investigación oculta ha
revelado buena parte de lo referente a las razas más próximas a
nosotros; pero aún no se habían definido del todo en su aspecto
físico, por lo que el estudio de las mismas es más bien propio de
los psicólogos que de los etnólogos.
Otro punto digno de consideración es que a largos intervalos ocurren
grandes catástrofes que alteran notablemente el aspecto de la
tierra. Si nos retrollevamos al período en que florecía la raza
lemuriana, encontraremos que el mapa del mundo era tan diferente del
actual, que no podríamos reconocer ninguno de los continentes que
entonces existían.
Es un lugar común entre los geólogos que
toda tierra ha estado en un tiempo o en otro bajo el agua y que toda
tierra que está ahora bajo el agua (llevando la investigación tan
lejos como quepa) presenta rasgos de haber estado en otro tiempo
sobre ella. La tierra y el agua cambian de lugar en el curso de la
historia del mundo; así es que si nosotros pensamos en una época de
hace millones de años, no podemos sorprendernos al considerar que el
mapa del mundo no sería hoy reconocible.
En el período lemuriano tenemos una
curiosa disposición: el Polo Norte de la tierra estaba entonces seco
y había allí un gran continente de configuración muy parecida a la
de una estrella con vastas penínsulas que del Polo Norte arrancaban
en varias direcciones. Groenlandia, una de las que todavía quedan,
es una de las puntas de la estrella. Ninguno de los continentes de
aquel tiempo tenía la configuración de los actuales. Había una gran
faja de tierra que se extendía a través del Ecuador hasta una gran
distancia al sur. Esta faja comprendía la tierra sobre la cual
estamos ahora, la Nueva Zelanda y gran número de islas del Pacífico.
De esta manera había al sur del mundo un vasto continente de
configuración semicircular para compensar la estrella existente en
el norte.
La raza lemuriana era en conjunto completamente negra; todas las
razas negras de ahora tienen sangre lemuriana en sus venas. Los
restos más puros de aquella raza son actualmente los isleños de Andaman y los
pigmeos del centro de Africa. Los aborígenes de
Australia descienden de los lemurianos, pero con mezcla de otras
razas más modernas. Los primitivos lemurianos no eran hermosos; no
podían poner completamente rectos sus brazos y piernas por no
articular bien los codos y rodillas; estaban físicamente poco
evolucionados.
Eran también de pequeño cerebro, con la
cabeza en forma de huevo en casi todos ellos, la parte inferior
grande y las mandíbulas prominentes. Muchos, en vez de frente tenían
a manera de un rollo de hueso y carne de forma semejante a un
salchichón; no eran de color oscuro-moreno sino de matiz
negro-azulado. Realmente una de las primeras sub-razas tuvo color
azulado.
Les sucedió muy paulatinamente la próxima gran Raza-Raíz, la
atlante. Entre tanto ocurrieron profundos cambios terrestres; los
inmensos océanos quedaron secos y extensas áreas de tierra se
convirtieron en mares. La mayor parte del continente lemuriano
estaba situado en lo que ahora llamamos el océano Pacífico; el gran
continente atlante ocupaba lo que en su honor se llama en la
actualidad océano Atlántico.
Encontrareis extensos datos de los
atlantes en el Timaeus y Kritias de Platón. Esta es la principal
fuente de información respecto a ellos, aunque desde entonces se han
hecho muchas investigaciones que han facilitado medios de trazar el
contorno exacto del continente. Si consultáis en cualquiera
biblioteca las series de sondeos profundos hechos en el mar
Atlántico por el Challenger, podréis precisar el sitio en que se
encontraba la isla a que Platón se refiere.
La raza atlante era completamente distinta de la lemuriana. Tenía
color amarillo-rojo. Las primeras sub-razas eran todavía oscuras y
no estaban bien desenvueltas, pero alguna de las últimas sub-razas
poseía magníficos ejemplares de la humanidad. La tercera sub-raza,
por ejemplo, llegó a gran altura de poderío y gloria. Fué una raza
tan grande, que Egipto, aquel maravilloso imperio de los antiguos
tiempos,
constituyó en su origen una de sus colonias.
La capital de la Atlántida en aquellos
remotos días fue conocida con el poético nombre de «La ciudad de las
Puertas de Oro», porque su principal templo tenía una puerta de oro
de renombre mundial. El Emperador ostentaba el título de «Gobernador
Divino de la Puerta de Oro». Todavía aparece este nombre en los
libros religiosos de China y de otros países. Aquella gente había
progresado hasta muy alto grado de bienestar material.
La ciudad de las Puertas de Oro hubiera podido compararse
ventajosamente con cualquiera de las ciudades que existen
actualmente. El recinto intramuros contenía unos dos millones de
habitantes, y contando los suburbios del exterior era tan vasta como
Londres en el día.
Existen aun multitud de vestigios que nos muestran cómo eran los
hombres de la raza atlante, aunque tal vez la deducción no sea
rigurosamente exacta, porque todas las razas degeneran físicamente
pasado el tiempo de su apogeo. Entre vosotros no quedan ahora restos
de los ejemplares más hermosos de dicha raza; pero los chinos, los
malayos, los tártaros y los indios rojos descienden todos, sin duda
alguna, de los atlantes y dan idea de las más prominentes
características de aquella Raza-Raíz. Los maorís de Nueva Zelanda
son principalmente atlantes aunque tengan considerable mezcla de
otra sangre.
Para cada una de estas razas había siempre un gran guía llamado el
Manu, que dirigía a su pueblo y le enseñaba en igual forma que la
fábula cuenta de Moisés. El método de desarrollar una nueva raza
consiste en tomar algunos de los mejores cuerpos físicos que existan
(los que pertenecen, naturalmente, a la antigua raza) y proceder en
cierto modo por una especie de selección, haciéndoles vivir en
comunidad aparte y moldearlos para formar una nueva raza.
El Manu de una Raza-Raíz combina sus
vidas materiales tan cuidadosamente como un químico sus drogas y
después inculca en su gente la idea de que constituyen una raza
elegida y no deben, de ningún modo, contraer alianzas matrimoniales
con otras razas. El Manu de nuestra raza aria tomó unos cuantos
individuos de las mejores familias de la isla Atlántida hace unos
setenta mil años; los estableció primeramente en la meseta central
de la Arabia, pero no tuvo éxito; fue preciso hacer una nueva
selección de los descendientes de la primera y al poco tiempo los
condujo al Asia Central.
Lentamente, a través de muchas
centurias, esta raza creció hasta adquirir soberbio poderío,
gobernando toda el Asia Central, desde el Tibet hasta las costas
orientales, desde la Manchuria hasta Siam. Aquellos fueron los
límites del Estado en sí mismo, pero también ejerció soberanía sobre
las islas comprendidas entre el Japón y la Australia, de suerte que
el indeleble sello ario quedó estampado en razas tan primitivas como
son nuestros propios aborígenes y los velludos ainos del Japón.
Exactamente del mismo modo que los lemurianos eran de un negro
azulado y los atlantes amarillo-rojos, la raza aria era, casi en
conjunto, de color blanco-moreno. Sus descendientes se
entremezclaron con los atlantes en lo que ahora es India británica.
Habréis oído hablar de las cuatro castas de la India, las que
eternamente han estado divididas entre sí. Fueron en su origen
instituidas por el gran guía, el Manu, quien llevó a sus arios en
medio de la población lemuro-atlante en la península de la India.
Temía que su puñado de hombres pudiera mezclarse matrimonialmente
con sus habitantes, y que de este modo perdieran sus características
distintivas, con tanto esfuerzo logradas, ya fin de que la sangre
aria no se perdiera irremediablemente, instituyó las castas
prohibiendo el casamiento entre ellas. Damos por sentado, que los
brahamanes serían arios puros, aunque pudieran haber tenido
ciertamente alguna ligera mezcla antes de que el edicto se
promulgase.
Estos hombres, venidos de los Himalayas,
eran blancos, y por esto la casta brahamánica tiene aun hoy color
algo más claro que las otras.
Después de ellos, la gran casta inmediata, los kshattriyas, fueron
aquellos arios que habían contraído matrimonio con las gentes que
gobernaban en la India antes de que los arios llegasen a ella; y
como los que componían dicha casta eran los más desarrollados
atlantes de la tercera sub-raza, llamada tolteca, su color era rojo.
La tercera casta, los vaisyas,
principalmente mercaderes, fueron aquellos arios que se habían unido
al elemento turanio, y su color era amarillo. Se supone hoy que
estos colores son los signos o marcas de estas castas. La más
inferior de todas, los sudras, fueron los habitantes que no tenían
origen ario, ya sus descendientes se les considera todavía separados
de las otras tres castas compuestas de individuos dos veces nacidos,
siendo considerada la casta sudra muy inferior a todas las demás.
La segunda sub-raza de la raza aria era la arábiga. Yo sé que los
árabes son comúnmente considerados como semitas y no arios. En
realidad hay dos clases de árabes que difieren grandemente. Todavía
se encuentran vestigios de estas dos clases entre los hamyaritic
del sur y los mostareb del norte. Esta segunda sub-raza
conquistó toda el África (excepto Egipto), y, considerable parte del
Asia, así como Persia y Mesopotamia, aunque no las poseyeron mucho
tiempo.
La tercera sub-raza fue la irania, cuyo
pueblo habitó la antigua Persia dominando el Asia occidental desde
el Mediterráneo a los Pamires y desde el mar de Araal al golfo
Pérsico. Los principales representantes de ellos hoy día son tan
sólo la pequeña Comunidad de los Parsis, distintos completamente de
las otras razas que los rodean. Los actuales habitantes de Persia
tienen mucha sangre irania, aunque mezclada con la de sus
conquistadores árabes; mezcla parecida nos ha dado los kurdos, los
afghanos y los beluchos.
Considerando a la humanidad algo más posteriormente, llegamos a la
cuarta sub-raza de la gran raza aria, que resulta ser sumamente
interesante. Esta subdivisión estaba relacionada con la
manifestación del intelecto, influido por las pasiones y emociones;
por esto encontramos en ella un maravilloso desenvolvimiento
artístico. Esta cuarta sub-raza se extendió por el Asia Central
hasta el Cáucaso y se estableció allí por largo tiempo, gobernando
la Georgia, Minglelia, Armenia, Kurdistán y Frigia. Más
recientemente, después de estacionar en aquella parte como poderosa
nación por millares de años, empezó a emigrar por tribus a Europa.
En dicho período, lo que es ahora la parte central de Europa acababa
de surgir del agua. Durante muchos siglos toda aquella planicie
central europea no fue otra cosa que un inmenso pantano, y sólo
gradualmente les fue posible a los hombres penetrar en aquellos
parajes. La primera oleada de esta sub-raza fueron los pelasgos, en
quienes se comprenden los griegos más antiguos. La segunda fue la de
los albanos; la tercera comprendía las razas italianas; la cuarta
fue la que llamamos comúnmente celta o gala, raza maravillosa y
artista que ocupó Francia, Bélgica, las islas Británicas y la parte
occidental de Suiba.
La quinta oleada se perdió en el norte
de Africa, dejando algunos vestigios de ella entre las tribus de
Berbería llamadas kábilas, y el elemento milesio, tipo de ásperas
facciones, cabeza cónica y pelo rojo contribuyó a la repoblación de
Irlanda. La sexta oleada fue la más noble de todas; llegó a Irlanda
por la Escandinavia mucho tiempo antes que los milesios y contribuyó
a su extremadamente mezclada población el espléndido elemento tuata
de Danan, de cara ovalada, ojos pardos o azules y cabello castaño
casi todos.
Gran parte quedaron en Grecia explotando o subyugando a los pelasgos
y formando después aquella gloriosa raza griega que ha hecho más que
todas las otras al dar artistas al mundo. La quinta sub-raza de la
raza aria también empezó en el Cáucaso, pero se estableció
principalmente en Daghestán y en las costas del mar Caspio,
trasladándose después hacia el norte, cerca de donde hoy está
Cracovia, en Polonia, y allí parece que permaneció largo tiempo
extendiéndose desde aquel punto poco a poco, conforme su número
aumentaba y las tierras pantanosas llegaban a ser habitables. Es muy
curioso notar cómo se subdividió aquella sub-raza.
La primera emigración desde Cracovia
formó los eslavos y éstos marcharon en dos direcciones, norte y sur;
los que fueron al norte constituyeron los rusos, y de los otros
provienen los servios y bosnios. La segunda emigración formó los leticios, una raza que nunca se separó mucho de su centro, los letos,
lituanos y prusianos. Hubo después una tercera emigración que
produjo los germanos, que nos dieron por una parte las gentes de
Alemania del sur y por otro lado los escandinavos y los godos.
Los escandinavos ocuparon Normandia, y más tarde, como los
normandos, hicieron correrías por el norte de Inglaterra y por
Sicilia, al sur. Desde entonces sus descendientes se han extendido
por el norte de América, Australasia y Africa del sur; tan grande
era la energía de aquella gran raza escandinava cuyo fin todavía no
ha llegado. Los godos conquistaron todo el sur de Europa y su sangre
corre por las venas de todas las familias aristócratas de Francia,
Italia y España. Después de salidas del Asia Central la cuarta y
quinta sub-razas, la Raza-Raiz en conjunto emigró a la India, como
se ha mencionado antes, y una tribu de ella fundó el remotísimo
imperio persa.
Lo que antecede es solamente un tosco esbozo de lo que hicieron cada
una de estas grandes sub-razas; y al deciros esto me anima la idea
de que comprendáis la importancia del lugar y obra de una sub-raza.
La que ahora está empezando es la sexta; cuando llegue su tiempo
tendrá tanta importancia en el mundo como han tenido las otras,
probablemente más todavía. Ahora, en la cuna de esta sub-raza pueden
imprimirse en ella ciertas características. Los que intenten
desplegarlas pueden quizás intensificarlas o ser ayudados en el
transcurso del tiempo para su desenvolvimiento. Por esto debemos
comprender la importancia del lugar en que dicha sub-raza aparece y
la obra que ha de realizar.
Esta evolución es la voluntad de Dios con respecto al hombre, y si
nosotros podemos hacer algo para activarla y ayudar al plan divino,
seremos literalmente colaboradores de Dios, que es seguramente el
honor más grande y el mayor privilegio de que puede gozar un ser
humano.
La civilización actual comprendida entre dos oleadas de vida.
El último domingo os hablé del plan general de la evolución, que se
vale de las razas y sub-razas, explicándoos que ahora precisamente
nos encontramos en el punto más interesante o sea en el principio de
una nueva sub-raza. Os indiqué algo de lo que serán sus
características, y esta noche deseo mostraros la naturaleza de estas
características particulares y la manera por la cual esperamos que
puedan obrar en el mundo exterior.
El principio que comprende todo progreso parece ser el del
movimiento cíclico. Cada cosa es impulsada, se mueve hacia adelante,
actúa durante cierto tiempo, retrocede de nuevo y después sigue un
impulso progresivo por segunda vez. La vida del hombre mismo es el
ejemplo más inmediato de esto; el hombre, como alma, desciende a la
encarnación; toma cuerpo por cuyo medio aprende ciertas lecciones,
desarrolla ciertas cualidades y después entra en sí mismo otra vez
para digerir el resultado de sus esfuerzos, para asimilarse aquellas
cualidades y fortalecer aquellas potencias. Después vuelve de nuevo
y una vez más se manifiesta por medio de la materia para que pueda
aparecer otro conjunto de cualidades.
Lo que es verdad en la vida del hombre lo es igualmente en la vida
de una nación; exactamente lo mismo que el hombre tiene su juventud,
su periodo de madurez y éxito, y después su decadencia, del mismo
modo una nación tiene su periodo de juventud, el tiempo en que
florece, cuando todas sus grandes obras aparecen en el mundo, y
después un período decadente cuando la nación va agonizando al
perder su categoría de gran potencia. La historia nos enseña lo que
ha ocurrido con las grandes civilizaciones. Si seguís la historia de
cada una de ellas -el gran gobierno persa, el gran sistema griego o
el imperio romano (en muchos aspectos el más potente de todos)-
veréis cuán verdad es lo dicho.
Lo que les ocurrió a aquellas civilizaciones en su vejez debe
ocurrir con nuestra propia civilización conforme a la naturaleza de
las cosas. Esto es verdad, igualmente para todas las civilizaciones,
inclinándose uno a pensar algunas veces que lo que así ocurre se
debe a una extremada misericordia.
Me acuerdo que hace años me impresionó profundamente lo relativo a
una civilización de la cual muchos de vosotros apenas habéis oído
hablar: la civilización del antiguo Perú. Si leéis los libros que
tratan de ella, podréis estudiar el sistema que los españoles
encontraron vigente al conquistar aquel país y os sorprenderá su
adaptabilidad, la buena fortuna que parecía deparárseles, la
excelente manera en que producían todas las cosas. Lástima parece
que los españoles fueran allí para destruir todo aquello, para
destruir una nación tan espléndida y pacíficamente floreciente,
puesto que tan hermosa labor hacían para su pueblo en el camino de
su desarrollo.
Podemos ver una razón de todo lo
ocurrido cuando pensamos en ello detenidamente, pero habréis de
meditar mucho antes de comprender el por qué de la crueldad de los
españoles y de la carnicería que su llegada produjo y que pudo ser,
en cualquiera forma, un elemento de progreso respecto a lo que antes
existía. Del mismo modo, el magnífico imperio romano cayó ante los
ataques de los godos y los vándalos, gentes que, indiscutiblemente,
llegaron a sobrepujar a los romanos en civilización y en casi todas
las cosas que a nosotros nos hacen la vida amable; porque
precisamente lo poco que ellos poseían y de lo cual carecía la
civilización romana, fueron las semillas de una futura grandeza que
alcanzó un nivel no sospechado por Roma.
Así es que la historia nos enseña que, aunque una tras otra pasen
las poderosas y espléndidas civilizaciones, su desaparición se
efectúa para el mayor bien del mundo en conjunto. No expongo ante
vosotros, en este momento, la idea del progreso de la humanidad
desde el punto de vista de que individualmente debemos sacrificarlo
todo al bien de una posteridad que al fin y al cabo no puede hacer
nada por nosotros; pero admitiendo, como yo admito, la doctrina de
la reencarnación, os digo que volvemos a venir al mundo, que las
mismas almas vuelven para encontrar mejores posibilidades y
circunstancias, siendo ésta la razón fundamental de todos estos
movimientos cíclicos de progreso.
El alma crece y al propio tiempo y en
igual grado mejora con ella su vehículo, el cuerpo. Podéis cambiar
un cuerpo hasta cierto punto, pero no más allá de este límite, y si
un hombre progresa rápidamente, alcanza inmediatamente un estado en
que le será mejor tomar un cuerpo también más evolucionado. Este es
el motivo de la reencarnación, teniendo en cuenta que cada cuerpo
sirve para la enseñanza de ciertas lecciones y el desarrollo de
ciertas cualidades.
La misma idea debe aplicarse al crecimiento, madurez y decadencia de
las naciones.
¿Qué es, después de todo, una nación? Si no admitís la idea de la
reencarnación, si creéis que sólo habéis nacido una vez, diréis:
«Esta es mi nación; yo pertenezco a ella y no es posible que pueda
pertenecer a cualquiera otra»; pero si comprendéis que vosotros, que
vuestra alma toma muchos cuerpos sucesivos, pensareis:
«Esta es mi nación ahora por el
momento; formo parte de ella; debo batirme por ella; trabajar
para ella; pero en el pasado he pertenecido a otras naciones y
perteneceré a otras más en el futuro. Estoy aquí con cierto
propósito definido; dejadme descubrir cual sea este propósito y
trataré de desarrollar el plan evolutivo, porque conozco que
este plan será el mejor bien para el hombre y para el provecho
de la humanidad en general.»
De este modo comprenderéis por qué las
naciones tienen una historia semejante a la del hombre individual.
Una nación determinada existe para desenvolver ciertas cualidades
entre las gentes que la constituyen; pero solamente un cierto número
de egos o almas son aptas para ocupar aquellos cuerpos y adquirir
dichas cualidades. Al fin llega, tiempo en que todos cuantos están
dispuestos a aprender determinada lección se la asimilan, y no
habiendo más almas que necesiten esta enseñanza, empieza a
desaparecer la raza.
Podéis ver lo que aún ahora está
ocurriendo en algunos países del mundo. Sabéis que ciertas regiones
aumentan en población y que otras, con exactamente las mismas
posibilidades, no aumentan del mismo modo. Hay varias en que la
población disminuye en vez de aumentar, y esto significa que ya no
necesitan en aquella forma las cualidades particulares que se les
ofrecieron para desenvolverlas, y así es que la raza muere.
Una raza no existe para su propia utilidad, sino en beneficio de las
almas que pasan por ella; y si fijáis esta idea en vuestra mente, si
comprendéis que las almas pasan sucesivamente por los diferentes
tipos de razas, no sentiréis la desaparición del maravilloso arte
griego ni la de la regularidad y orden del imperio romano, porque
después de todo, nosotros somos las mismas gentes que formaron
aquellas poderosas civilizaciones. Los nacidos ahora en estas razas
para desarrollar otras cualidades, pasamos ya por todas aquellas, y
como aprendimos nuestras lecciones, no las necesitamos más, por lo
que se extinguen las razas.
No debeis lamentar la caída de ninguna civilización por esplendente
que sea, porque las almas que lograron aquella esplendidez volverán
de nuevo a la tierra y formarán otra todavía más brillante. Todo
consiste en el progreso. Tomad el caso del antiguo Perú. La vida de
aquella nación resaltaba maravillosamente. Allí no se conocían la
pobreza ni la criminalidad; sólo se castigaba con arreglo a la ley,
y el único castigo era la expulsión de la comunidad. Por
maravillosas que fueran aquellas costumbres no llegaban a estimular
las iniciativas del hombre.
Si queréis hacer hombres útiles y
potentes debéis darles ocasión de ejercitar libremente su
pensamiento; podrán emplearlo torcidamente durante algún tiempo,
pero aun así es preciso que obren con libertad. En el momento en que
dierais a los hombres tal facultad sería imposible un Estado
semejante al del antiguo Perú. No podréis conducir a los hombres por
mucho tiempo a vuestro gusto, porque les comunicáis vuestra propia
voluntad y es preciso que aprendan a usar de la suya.
Yo creo que la Deidad reconoce que al
emplear nuestra libre voluntad podremos usarla torcida mente en
muchas ocasiones. En el Perú las gentes iban guiadas por el recto
camino como simples corderos, y esto no contribuye a desenvolver
grandes facultades espirituales, pues aunque pueda formar hombres
dóciles y buenos, no despertará poderes capaces de gobernar imperios
en el porvenir, lo cual es el objeto de la evolución.
Por lo tanto, cada nación tiene su nacimiento, juventud, madurez y
decadencia, y lo mismo ocurre en las grandes Razas-Raíces. Nosotros,
que somos de la raza aria, aún no hemos alcanzado nuestra
supremacía; aún somos en muchos aspectos un pueblo joven. Incluyo a
la raza aria en conjunto, pues aunque ya cuenta sesenta mil años de
existencia, no ha llegado aún a su apogeo; pero la raza precedente,
la atlante, pasó de un modo bien claro del punto de su completo
desarrollo, y todo lo que nos ha quedado de su civilización
demuestra los signos de la decadencia.
Lo existente en Java y en los Estados malayos, son reliquias del
gran sistema atlante; pero veréis que estas comarcas están en las
congojas de la consunción. Pasó el tiempo de su verdadera utilidad,
esto es, que sus más evolucionados egos no encarnan ya en dicha
raza, sino en la nueva raza, la aria, y están entre nosotros.
Yo no deseo, por supuesto, ni quiero que admitáis cuanto digo. El
interés del asunto estriba en que aprovechemos cuidadosamente
nuestras posibilidades, que veamos con la mayor claridad lo que nos
conviene y lo hagamos; porque ya veis que vivimos aquí bajo un
poderoso sistema de ley, sobre cuyo origen no tenemos poder alguno.
Por dicha razón seremos sabios si tratamos de comprender el sistema
y adaptarnos a él en tanto como nos sea posible.
La esencia del pensamiento teosófico
consiste en comprender el plan del universo y seguirlo, no porque
podamos evitarnos muchas aflicciones, sino porque siguiéndolo
aceleraremos su glorioso fin cuando toda la humanidad haya alcanzado
el grado de perfección ofrecido por Dios.
Estamos actualmente en un punto de transición, y si observáis el
mundo que os rodea podréis ver muchas manifestaciones de este hecho.
Hallaréis que en muchos aspectos nos parece haber llegado al fin de
las cosas y que somos incapaces de ulteriores progresos en la
dirección en que hemos estado actuando; y al mismo tiempo no puede
faltarnos la promesa de que puedan abrírsenos nuevas puertas o estén
próximas a abrirse, y nos conduzcan seguramente por nuevas líneas de
desenvolvimiento. Observad los diferentes órdenes de la vida y
veréis cuánta verdad hay en lo que digo.
Tomad, por ejemplo, uno de tos más
importantes aspectos de la vida, el de la religión: mirad a vuestro
alrededor aquí, en vuestro país, y vereis como la religión que
pretendemos profesar está realmente actuando en nuestro favor.
Lo primero que llamaría vuestra atención es que la religión, como
tal, influye poco en nuestra conducta diaria. Habéis nacido en
ciertas condiciones y por eso quizás no lo habéis observado; pero id
a otros países en donde prevalecen otras creencias, por ejemplo, la
India británica, y observad la conducta de los trescientos millones
de individuos que la habitan; id a las comarcas mahometana o budista
y veréis algo completamente diferente.
El turista vulgar que visita tales
países cree que en ellos la gente es idólatra; pero tened presente
que si hubierais nacido allí, vuestra conducta, vuestra religión y
la cristiandad entera no os hubiera parecido lo que os parece ahora.
Por lo mismo aseguro que si vais a alguno de estos países y tratáis
de comprender el pensamiento de las gentes, lo primero que
advertiréis será probablemente el que en dichos países la religión
es una realidad que influye en la conducta diaria de las gentes, y
esto os parecerá muy extraño porque no estáis acostumbrados a ello.
Hay muchos hombres perversos en la
India, así como también muchos hombres buenos; pero al fin notareis
que la religión influye poderosamente en todos los momentos de su
vida. El indo ha sido guiado desde su niñez por la enseñanza
religiosa. En toda sencilla acción ejecutada durante el día se ha
asimilado cierto matiz religioso definido, lo cual os extraña a
vosotros, educados de otra manera. Hay quien dice que todo ello es
superstición; por el contrario, yo sostengo que si allí hay religión
en todo, como ocurre ahora, así debe ser .
¿Por qué nuestra religión no nos afecta del mismo modo en todo
tiempo? Os ruego recordéis que antes ocurría así, que durante la
Edad Media, la religión de las gentes de Europa formaba parte de sus
vidas con mayor intensidad que ahora. No conozco bien a Rusia, pero
creo que allí hay muchas gentes religiosas y que los aldeanos de
ciertas regiones dan a su conducta diaria un vehemente aspecto en
este sentido.
Pero considerando en conjunto nuestra
propia raza anglo-sajona, en el actual momento, cabe asegurar que no
somos una raza en que la religión intervenga en la conducta diaria.
¿Por qué así? Porque jamás renacerá la firme fe medieval, que
admitió como verdades exactas las cosas inciertas. La crítica
superior demuestra que muchos de los libros de vuestras sagradas
Escrituras no fueron escritos como se suponía, que en muchos de
ellos había toda clase de errores, que no representaban con
exactitud la historia de los tiempos, etc, etc.
Habeis tenido disputas respecto a los fundamentos de la religión.
Aquí en Australia, no hace mucho tiempo, un obispo afirmó que el
Antiguo Testamento no era conveniente para la educación de los
jóvenes por sus enseñanzas inmorales. Opino que estaba justificado
cuanto dijo. He leído en el periódico «Hibbert» una discusión
respecto a que las palabras y acciones del Cristo referidas en el
Nuevo Testamento pueden dar margen a considerarle como omnipresente
u omnisciente o sólo como buena persona. Esta cuestión la suscitó un
clérigo con toda franqueza. El que asuntos de esta índole se
estudien y discutan así, nos enseña que no pueden volver las
antiguas y ciegas creencias de la Edad Media.
Nosotros tomamos ahora el asunto desde diferente punto de vista. No
podremos nunca constituir una raza religiosa al modo de nuestros
antepasados, que eran profundamente religiosos hace trescientos o
cuatrocientos años.
Se podría pensar que desde el punto de vista religioso esta
imposibilidad sería una pérdida, porque, al menos en aquellos
tiempos, las gentes tenían verdadera religiosidad, aunque eran muy
ignorantes, y ahora son francamente irreligiosas. Pero ésto es el
intermedio entre dos oleadas. Podemos estar seguros de que en el
futuro seremos profundamente religiosos, pero de otra manera;
seremos religiosos con la razón armonizada con la fé; nuestra
religión será tal que pueda examinársela con microscopio. Ya no
consistirá en cierto número de dogmas que no comprendamos.
Seremos científicos en nuestros pensamientos religiosos lo mismo que
en los demás pensamientos, pues uniremos ambas modalidades en una.
Tendremos otra vez nuestras creencias, pero en más alto nivel y por
diferente vía.
La religión, tal como hoy se halla establecida, ha perdido su
influencia en la mayoría de las gentes. Comparad la concurrencia al
lugar destinado al culto con la población de vuestra ciudad, y vereis el resultado. Creo que la proporción en Inglaterra es de uno
a quince. Cabe la seguridad, sin prueba en contrario, de que la
religión del día no es la de la nación en conjunto; aquí la religión
no tiene influencia en los individuos como otras religiones la
tienen entre sus fieles. Esta no es una afirmación basada en
argumentos; es una cuestión de hechos. Por esto la religión, según
hoy es, ha dejado de influir en las mentes. Si la religión ha de ser
un poderoso factor de la conducta humana, necesitaremos algo nuevo;
habremos de seguir otros derroteros porque los antiguos parecen
insuficientes.
¿Cuál será la posibilidad del porvenir? Os indiqué la semana pasada,
hablando de las características de la nueva sub-raza, que las gentes
de entonces serán excepcionalmente sensitivas, y tendrán ciertas
posibilidades psíquicas. Vosotros habreis estudiado o no el asunto
de las cualidades psíquicas; pero si por el momento admitís que
existen, se nos abrirá otra modalidad de pensamiento religioso.
Sabemos que la facultad psíquica va en aumento y que sus destellos
aparecen en la mayor parte de las gentes.
Aumenta evidentemente el número de
quienes poseen alguna facultad psíquica. Si tomamos una docena de
individuos a la ventura entre esta reunión y los hipnotizamos,
resultará que más de la mitad son más o menos clarividentes, lo cual
prueba que la clarividencia está próxima a aparecer en la
superficie. Es necesario que en la mayor parte de las gentes los
vehículos de los sentidos queden embotados antes de que se muestre
dicha facultad; pero en cuanto estos sentidos se entorpecen, aparece
la vista interior.
En más de la mitad, en el setenta y
cinco por ciento, quizás, de los sujetos hipnotizados, encontrareis
más o menos desarrollada la clarividencia. Indudablemente, la
ciencia ya lo admite, aunque da otro nombre a este fenómeno, sin por
ello alterar el hecho.
Por lo tanto, hay una posibilidad muy manifiesta. Si los poderes
psíquicos están tan cerca de la superficie, aun entre las gentes del
día; y si en la sexta sub-raza todavía estarán más próximos a
aparecer, tendreis otra serie de pruebas religiosas. En lugar de
atenerse a las aserciones del pastor, en vez de confiar ciegamente
en lo que se ha escrito en libros antiguos, sereis capaces de
aprender las cosas por vuestra cuenta.
Yo mismo creo que esta posibilidad puede
ser de por sí el real y permanente fundamento de cualquiera
religión: el que el hombre encuentre a Dios dentro de sí; porque
Dios está en cada uno de vosotros, en cada ser humano, y el objeto
de la religión consiste en educir el Dios que está en nosotros,
cuando el hombre pueda comprender al Dios interno y comunicarse con
El. Ya no dudareis por más tiempo de la existencia de Dios, porque
lo conoceréis y lo sentiréis, y este será el único medio seguro de
que todo hombre le conozca.
Ahora disputamos mucho respecto a los
estados después de la muerte; pero si la clarividencia llega a ser
general, no cabrá discusión porque gran número de individuos verán a
los que nosotros llamamos «muertos» , y serán capaces de hablar con
ellos y saber todo lo que se relaciona con su vida en los mundos
superiores. Este es sólo un aspecto de las consecuencias del
referido desarrollo. Gran número de personas, que aumenta
constantemente, obtienen ya dicha prueba por sí mismos.
Si dicho número ha de aumentar todavía
más en el porvenir, la religión y sus enseñanzas tendrán para
siempre distinta base, porque la gente no sólo verá las cosas que
les digáis sino que también verán por sí mismos el efecto de los
buenos y de los malos pensamientos. Si van a una iglesia verán el
poder del Sacramento y el significado exacto de todas las
ceremonias. De este modo puede la religión recibir completo estimulo
desde un inesperado punto.
Consideremos la ciencia. Creo que comprenderéis que también aquí
habremos de llegar al fin de las cosas en cierto sentido. Nosotros
vivimos en tiempos del mayor desarrollo científico. Si miráis un
siglo atrás, veréis cuánto ha cambiado. ¡Cuán diferente eran las
cosas en la época de la gran batalla de Waterloo! Ni telégrafos, ni
ferrocarriles, ni teléfonos, ni aeroplanos, ni electricidad. Las
condiciones eran tan diferentes que parecía aquella la vida de otro
mundo. ¡Qué tremendo cambio se ha operado en una centuria!
Hemos hecho los más maravillosos descubrimientos en todas las
modalidades del pensamiento científico; pero al propio tiempo parece
que los científicos están agotando sus viejos métodos. Sabeis que
los científicos han construido maravillosos instrumentos de
minuciosa exactitud. Pueden pesar la inapreciable milésima de una
casi inapreciable partícula; y con toda la exactitud de sus
instrumentos, con todo el maravilloso desenvolvimiento de finura y
delicadeza, se encuentran próximos al fin de sus investigaciones en
muchos sentidos.
Toda la base de nuestra ciencia estriba en la observación; pero os
advertiré (y os lo confirmará la lectura de las últimas obras
científicas), que sólo manejan fórmulas matemáticas; se deducen
ciertas conclusiones por medio de toda clase de cálculos
matemáticos. Esto es un maravilloso adelanto. Los científicos
discuten el método de observación en que la ciencia ha estado basada
hasta ahora; se acercan a una región desconocida, y están apurando
la perfecta exactitud; así es que hay gran parte de conjeturas
alrededor de todo ello. Esto es inevitable.
También necesitan algo nuevo; necesitan
un nuevo punto de partida. Esta facultad de clarividencia, tan útil
con respecto a la religión, es inestimable en la ciencia, porque
cabe perfeccionar al observador en vez de perfeccionar los
instrumentos. Tiene el hombre facultades latentes con las que puede
apreciar directamente lo infinitamente pequeño, siéndole posible en
la actualidad ver el átomo sin ayuda del microscopio.
Dicho poder ha sido desenvuelto y
utilizado; puede adquirirse, aunque su adquisición requiera penosos
esfuerzos de abnegación y modificaciones en varios sentidos, todo lo
cual amedrentará a muchas gentes. Consideremos la psicología. Los
investigadores psicólogos no pueden lograr grandes resultados
siguiendo sus propias posibilidades; pueden lograr la evidencia,
pero para conseguirla deben ponerse en contacto con las gentes que
desprecian, con los espiritistas y mesmeristas, y aprender de ellos
algo respecto a los extraños y anormales estados de conciencia.
Observareis que, por ejemplo la medicina, tiene cada vez menos fe en
los medicamentos de farmacopea, mientras que cada día se da mayor
importancia al aspecto mental del caso patológico.
Médicos hay convencidos de que si consiguiesen poner de acuerdo el
pensamiento del paciente con el suyo tendrían ganada la mitad de la
batalla; si pudieran avivar las esperanzas del paciente adelantarían
mucho en la curación. No hay nada nuevo en esta idea, y claramente
parecen confirmarla los modernos procedimientos.
Muchos médicos franceses emplean habitualmente la clarividencia para
diagnosticar casos difíciles. Con el desarrollo de mayores
facultades será capaz el hombre de observar por sí mismo sin ayuda
de instrumentos físicos.
La misma mudanza se echa de ver en el arte, que ya es completamente
distinto. En otro tiempo nos satisfacía admirar a antiguos maestros
ya quienes seguían sus huellas lo mejor que podían; pero ahora
aparecen los futuristas y los cubistas, cuyas producciones son en
extremo mágicas sin nada semejante en el cielo ni en la tierra, pero
creo que lo tendrán; creo que estas extrañas cosas vistas fuera de
lo natural, son esfuerzos para expresar algo no expresado todavía.
Lo mismo hallareis en la música que difiere notablemente de la
antigua, pues creo que las disonancias que hieren extrañamente los
oídos acostumbrados a la antigua música son verdaderos esfuerzos
para expresar algo más elevado.
Creo que es una etapa en el camino para
la música del porvenir. No son todavía afortunadas sus expresiones,
pero lo serán; y como la sugestión que originan es más intensa que
la de la música actual, producen cierta fascinación en algunas
gentes; nos hacen ver más de lo que la ordinaria vista física puede
ver; han intentado sugerir el concepto de las cosas pertenecientes a
un mundo superior. Hoy progresaremos por esta etapa, y el lugar de
ineficaces intentos para conocer estas cosas, hallaremos el modo de
poder conocerlas.
Si os hablo de las condiciones sociales, veréis que nuestros
antiguos proyectos fracasan ante nuestra vista. No direis que los
problemas sociológicos hayan sido resueltos satisfactoriamente en
parte alguna. Aquí, en Australia, habeis hecho grandes experimentos,
logrando en cierto modo un éxito con ellos, a causa de lo dilatado
del territorio y lo exiguo de la población; pero todavía estamos
lejos de una satisfactoria y conveniente solución.
Las condiciones son muy semejantes a las existentes hacia el fin del
gran imperio romano. Realmente no hemos resuelto este asunto
todavía. Sabemos que en América se han hecho toda clase de nuevos
experimentos; ha habido disturbios en todas partes; trastornos y
conflictos sociales de toda clase; sindicatos y combinaciones que
una y otra vez han defraudado al público apoderándose con propósitos
egoístas de los bienes de la nación.
Creo que tanto aquí como allí nos encontramos entre dos oleadas, que
estamos actuando a nuestro modo haciendo ensayos que de alguna
suerte son mejores y más elevados que antes. La idea de fraternidad,
de cooperación, en lugar de la de competencia, se extiende por el
mundo. La gente habla de ello y reconoce que sería verdaderamente
apetecible que pudiera realizarse; pero nadie ha indicado todavía la
manera de poderla efectuar en grande escala.
Pequeñas comunidades han aparecido en varios sitios, actuando
provechosamente durante algún tiempo, pero pronto o tarde el egoísmo
apareció y la sociedad fue disuelta. Ciertamente estos intentos
pueden tener una finalidad práctica, puesto que en el porvenir la
fraternidad gobernará al mundo y la cooperación aparecerá de uno u
otro modo en substitución de la competencia; pero todo ello ha de
ocurrir gracias al común sentido de las gentes. A menos de reconocer
el verdadero principio de la fraternidad, temo que en el asunto que
nos ocupa no podamos hacer más de lo que hicieron nuestros
antepasados.
Tened en cuenta que la idea de fraternidad implica la de diferencia
de edades, puesto que hay que reconocer que existen almas jóvenes y
viejas. La idea de que todos los hombres han nacido iguales no está
de acuerdo con los hechos de la naturaleza, porque no es verdad.
Algunas almas son viejas, otras jóvenes; algunas tienen cualidades
de que otras carecen. No es verdad que todos los hombres hayan
nacido iguales, ni tampoco lo es la teoría americana según la cual
todos los hombres han nacido libres.
La idea de que el hombre ha nacido libre
es muy extraña, porque el hombre ha nacido para ser siempre niño y
si se le dejase libre no sobreviviría muchos días. Necesita atención
cuidadosa y de no tenerla no podría subsistir. Los hechos hablan. El
alma joven es incapaz de aprender mucho; tiene, en el conjunto de
sus aptitudes, poco desarrollo moral. Es egoísta y la arrastran los
impulsos del momento, sin cuidarse de los resultados de sus
acciones. Es vulgar y mezquina. El alma vieja es de sereno juicio,
tiene gran capacidad, es previsora; y sobre todo desinteresada.
Estas son las diferencias que distinguen
a las almas jóvenes y viejas. Un régimen que pusiera el gobierno en
manos de las almas más jóvenes no podría proceder nunca de una
manera perfectamente satisfactoria; debéis implantar un régimen
mediante el cual los hombres justos ocupen los lugares en que sea
precisa la justicia.
Existe en la India el antiguo régimen de castas, que tal vez haya
sido útil en tiempos pasados, pero ahora no lo es en modo alguno.
Existe el régimen del derecho divino de los reyes: una hermosa idea
si los reyes fuesen siempre justos y benévolos, pero frecuentemente
no sucede así. La idea predominante en la actualidad es confiar el
poder en manos de la multitud; pero la mayoría es siempre ignorante
y no puede tener vehículos definidamente especializados.
Esta es la manera de prevenirse contra
ciertas clases de opresión, pero se deja libre la entrada a gran
parte de opresión que se manifiesta en otras formas, Se ha dicho con
justo motivo que la tiranía de una democracia puede ser la mayor
tiranía de todas. Una nación libre debe estar constituida solamente
por hombres libres, y ningún hombre es libre mientras sea esclavo
del vicio, de la bebida o de la vanidad. Los ciudadanos deben ser
hombres libres en dicho sentido antes de que puedan constituir una
nación libre.
En este gran país tenéis la oportunidad de contribuir al comienzo de
una nueva sub-raza. Seguramente comprenderéis la importancia de que
empiece con arreglo a rectos principios morales. Es necesaria una
profunda y radical mudanza; pero hoy no pueden hacerse grandes
experimentos a causa del enorme número de intereses creados que
desde hace tiempo existen. No pueden ensayarse en Inglaterra, porque
allí hay diferentes agrupaciones, cada una dispuesta a acumular
capitales independientemente de otras.
Siempre ha existido allí la dificultad
de modificar muchas cosas en sus distintos aspectos para realizar
una reforma verdaderamente demoledora. Hay posibilidad de que una
reforma de esta clase sea beneficiosa cuando acontece una desgracia
muy terrible, como por ejemplo la gran guerra actual, que según
sabemos está llena de horror, siendo al fin posible que permita una
muy gran mudanza y ensayemos, en el sentido expresado, generales
reformas que resultarán estupendas.
Notad como Rusia con motivo de la guerra
prohibió la fabricación del vodka. De algo semejante se trató en
Inglaterra, pero allí el intento produjo mayor perturbación. Y aún
todavía ¿quién sabe lo que podrá hacerse si nuestros gobernantes
tienen el valor necesario? Esta gran guerra puede tener por efecto
la posibilidad de ensayos reformadores en gigantesca escala, que
hubieran sido repudiados en otras circunstancias; y si esto puede
ser así, merece serlo aunque varíen las circunstancias, porque las
cosas bien ideadas no pueden ponerse en práctica bajo el régimen
existente de gobierno parlamentario. Puede ocurrir que este terrible
mal allegue al mundo enormes bienes.
Tenemos por lo menos el tremendo hecho de que vuestros compatriotas
que mueren en la guerra están destinados a nacer otra vez en la
nueva sub-raza. Todos estos jóvenes, caídos tan bruscamente en la
flor de su edad, no están perdidos para su nación, como podría
suponer un observador superficial. Por el contrario, volverán a su
madre patria tan pronto como sea posible. El sublime sacrificio de
sus vidas por un ideal, les confiere el derecho de nacer en la nueva
sub-raza, y para educarlos se ha organizado un departamento
apropósito en el mundo astral, adaptándolos a las nuevas
circunstancias, antes de su próximo nacimiento.
De este nuevo departamento se ha
encargado uno de vuestros propios oficiales, muerto en los primeros
días de la guerra, y su misión es preparar e instruir los jóvenes
héroes, a fin de que puedan comprender algo que justifique la razón
por la cual han sido escogidos, y que cuando vuelvan a la tierra
sepan lo que de ellos se espera, aunque todavía no puedan
impresionar ciertas tendencias en sus nuevos cuerpos físicos.
Este es un hecho estupendo, un hecho que debe dar gran consuelo a
los que han perdido en la guerra sus seres queridos; un hecho
también, del más vivo interés, porque nos enseña que este porvenir
no es mera especulación, sino un asunto práctico y definido, en el
que cada uno de nosotros puede tener el honor de cooperar, si quiere
hacerlo. La oportunidad se encuentra ante nosotros. ¿No la
aprovecharemos?
Recordad que esta oportunidad no se nos
da por simple acaso; recordad que la hemos ganado por algunas de
nuestras acciones en el remoto pasado; cada uno de vosotros ha
conquistado el derecho de haber nacido aquí en lugar de en
cualquiera otra parte, precisamente en donde y cuando esta sub-raza
empieza a aparecer. Vosotros sois el pueblo en cuyas manos la Deidad
del sistema ha puesto el poder de guiar y ayudar a los que están
creciendo en esa nueva raza.
Si perdemos esta oportunidad, pudieran
transcurrir muchos miles de años antes de que se nos ofreciese otra
en el camino. Si la perdemos, no por ello dejará de realizarse la
obra, pero no por nosotros; habremos desperdiciado la ocasión que
ahora se nos presenta. Lo que indudablemente más sentiríamos, a
través de muchos milenios futuros, sería el no habernos mostrado lo
bastante prudentes para aprovecharnos de la oportunidad que hoy nos
ofrece la Providencia.
Preparación
para el Nuevo Tipo
Os he hablado de la nueva sub-raza que ha empezado a formarse entre
vosotros, y claro está que debe hacerse con los materiales
existentes. No pueden encontrarse padres hechos de pronto para esta
nueva sub-raza, siendo natural que de padres de la vieja quinta sub-raza
nacerá el niño que ha de representar la nueva sub-raza. Ya indiqué
en otra conferencia el método adoptado por el Manu (nombre que se da
en la India al agente encargado de formar estas razas y sub-razas).
Generalmente selecciona Su pueblo; de
ordinario elige lo mejor que ha podido encontrar en la Raza-Raiz
existente, separando de algún modo unos de otros y formando con los
electos una especie de colonia, que gradualmente va diferenciándose
en sí misma de las otras gentes, por el matrimonio exclusivo entre
ellos y por la firme impresión aplicada desde los planos superiores
hasta que, muy paulatinamente, queda establecido un tipo enteramente
nuevo.
Esto requiere un largo proceso que se
dilata durante muchos siglos; y en algunos casos la raza fue
prácticamente eliminada y constituida después por dos o tres
familias que parecían más convenientes, haciéndose con ellas lo que
podría llamarse un segundo principio.
En el caso del comienzo de una sub raza no es necesario
ordinariamente un cuidado tan esmerado como el que se indica. Las
otras sub-razas que brotaron de la gran raza aria fueron
indudablemente formadas por selección, pero en grandes masas; tribus
completas fueron obligadas a emigrar, y así las diferentes tribus se
desenvolvieron en diferentes razas que, aunque muy distintas unas de
otras, (como por ejemplo ocurre entre los pueblos latinos y nuestro
propio tipo anglo-sajón), no era sin embargo la diferencia tan
grande como la que existe entre nosotros y las reliquias de la raza
atlante.
En el caso de esta nueva sub-raza, que ya empieza a aparecer entre
vosotros, ningún intento se ha hecho para seleccionar unos de otros
en tanto grado como fuera posible. En las familias ya existentes han
nacido y seguirán naciendo constantemente niños que muestren las
características de la nueva sub-raza, siendo evidente que en este
caso la transición será más gradual; mas para la producción de
cuerpos adecuados a la expresión de las características de la nueva
raza, es frecuentemente necesaria una mezcla.
Esta es la razón, con toda probabilidad,
de que las nuevas comarcas tales como Australia, Nueva Zelanda y los
Estados Unidos hayan sido elegidas por teatro de experimentación.
Aquí hay sin duda una mayoría de gente de descendencia inglesa, pero
una gran cantidad lo son de otras naciones y algunos hay que
pertenecen a la raza latina. En rigor representamos una comunidad
determinadamente mezclada, y como todos han contraído vínculos
matrimoniales con bastante libertad, la raza australiana no será
ninguna de las otras sino una mezcla de todas, y por ello puede muy
bien ser capaz de seleccionar por grados las buenas cualidades de
las demás.
Desde el punto de vista oculto, un tipo particular de cuerpo es
sencillamente un vehículo ajustado convenientemente para expresar
ciertas características; si tenéis tal cuerpo perteneciente a una de
las razas más emocionales, será probablemente capaz de
desenvolvimiento artístico y de emoción, que puede a veces ser
tempestuosa y que necesitará vigilante freno y enseñanza; pero
también en cierto sentido será capaz de remontarse a grandes
alturas, en los temperamentos fríos del Norte.
Por otra parte, los cuerpos de
temperamento septentrional serán más aptos para desarrollarse a lo
largo de ciertas líneas en que la misma cantidad de emoción no sea
muy necesaria; serán más capaces que los cuerpos más emocionales en
aquellos asuntos de mayor desarrollo.
Gentes de todas clases ha de formar la nueva raza porque ésta ha de
tener en sus vehículos la posibilidad de manifestarse en diferentes
aspectos. No daréis a cualquiera raza un sólo tipo de gente, sino
individuos de todos los tipos; y los cuerpos preparados para ellos
deben ser tales que expresen muy razonablemente con alguna extensión
todas las características probables, es decir, aquellas que se
procura desarrollar principalmente por medio de la nueva raza.
Una raza es en rigor una clase por la
cual pasan las almas; una clase en que se intenta enseñar ciertas
lecciones valiéndose de los vehículos que la componen; y el alma,
durante el tiempo que pertenece a aquella clase, debe tener un
cuerpo de cierta naturaleza que le permita aprender con relativa
facilidad dichas lecciones. Una característica especial de la sub-raza
romana o latina (celta la llamamos algunas veces) era la expansión
de la parte emocional del hombre, mientras que el trabajo especial
de la sub-raza anglo-sajona era la evolución de la parte
intelectual.
Observaréis que en estas razas se
manifiesta principalmente lo que podría llamarse entendimiento frío,
divorciado de la emoción. Todas estas razas septentrionales han
sentido mayor afinidad por la forma protestante del cristianismo,
mientras que las razas del Sur, más cálidas y emocionales, han
adoptado casi invariablemente las modalidades católica o griega,
porque eran más convenientes a sus necesidades. Esto es simplemente
asunto de selección natural.
La sexta sub-raza ha de combinar ambas cualidades y poseer la
cualidad de la intuición. En vez del análisis, que ha sido la
principal forma de manifestación de la quinta sub-raza, actuaremos
ahora por síntesis. Hemos estado exhibiendo durante mucho tiempo la
parte escogida del intelecto; hemos conocido las cosas por sus
diferencias y resultado de ello es ser un pueblo crítico, por lo
cual, con respecto al sujeto, siempre nos hemos fijado primeramente
en los puntos diferentes de lo que estamos acostumbrados a ver.
Así es que nuestra primera actitud hacia
cualquiera novedad tiene constantemente el aspecto de la
desconfianza que se expresa en esta idea:
"veo aquí cosas que no me son
familiares; aquel hombre tiene costumbres y pensamientos
distintos de los míos, por lo tanto he de rechazar algo, he de
dudar, he de ser suspicaz".
Solamente después, de un modo gradual,
vemos que hay gran parte de conformidad en el fondo, y tal vez los
puntos de diferencia sean menos importantes de lo que parecen.
Podemos ver esto diariamente en la crítica ordinaria de cualquier
libro; el crítico solamente considera los puntos con que no se halla
de acuerdo, a menos de que sea un escritor práctico que se ha
obligado a permanecer en actitud de crítica juiciosa. Cuando
desenvolvamos el poder de la síntesis, los primeros puntos que nos
esforzaremos en alcanzar serán los de unión.
Comprobaremos la verdad y el poder y la
vida que subyacen en todas las formas, y lo divino en nosotros
reconocerá lo divino en los demás hombres, pues el poder de ver que
las cosas son realmente importantes en nosotros mismos nos llevará a
los puntos de vista realmente importantes en el hombre, el libro, el
sistema o lo que sea. Aprenderemos a considerar primero los puntos
en que haya conformidad, y después, de un modo gradual, haremos
resaltar las diferencias, dándoles solamente su debido valor en
lugar de aumentarlo (como ahora hacemos) hasta ocultar los puntos de
semejanza.
Mirad el mundo cristiano de hoy. Está dividido en más de trescientas
sectas; y encontraréis que todos estos grupos no difieren en
principios esenciales sino en los más insignificantes pormenores que
en ningún caso pueden constituir asunto de discusíón, pues están
conformes en cada punto de real importancia. Teneis claros ejemplos
en las cuestiones que dividen la Iglesia actual.
Los arios están en pugna con la ortodoxia teórica sobre la inserción
de una sencilla tilde o de un punto en cierta palabra griega, sea
que esta aparezca como homoousiott o como homoiousion.
Es un gran problema para ellos el saber si Cristo es de la misma
naturaleza del Padre o si es semejante a la naturaleza del Padre. La
cristiandad se divide en dos grandes grupos: (la Iglesia griega y la
romana) respecto a la procedencia del Espíritu Santo, sea que la
Tercera Persona de la Santísima Trinidad proceda sólo del Padre o
del Padre y del Hijo.
Observaréis que ambas tesis son
cuestiones acerca de las cuales ninguno puede tener información
segura, y además, que ninguna de ellas puede ser patrimonio en lo
más mínimo de cualquier ser humano. Estas son las cosas respecto de
las cuales han estado siempre disputando las sectas religiosas.
Todas estas diferentes sectas que os rodean tienen las mismas
creencias en asuntos esenciales, pero difieren en los que se
relacionan con el gobierno de la Iglesia, ya sea que los prelados se
llamen obispos o presbíteros, ya que podais bautizar a un niño
recién nacido o hayáis de esperar a que crezca; ya que un pastor
pueda o no llevar un traje peculiar y así sucesivamente. Podéis
imaginar al Cristo, que al venir otra vez y mirar a su Iglesia diga:
"¿Por qué estáis tan divididos en
vuestras creencias? Yo no os dije nada respecto a estas cosas.
Yo os dije que Me amarais como Yo os amaba. Os dije que dierais
de comer al hambriento y de beber al sediento y que visitaseis
al enfermo. Sobre todo os dije que os amaséis unos a otros; ¿por
qué Me habéis desobedecido?".
Creo que nadie podría negar que Cristo
tendrá perfecto derecho de decir esto o algo semejante a quienes se
llaman Sus discípulos. Esto es lo que resulta de llevar demasiado
lejos las diferencias. En la próxima sub-raza las gentes
considerarán los puntos de contacto en todos los asuntos y podemos
imaginar fácilmente el resultado de esta nueva manera de considerar
las cosas. De lo dicho se infiere que tenéis necesidad de combinar
con alguna extensión las mejores cualidades de las dos anteriores
sub-razas para facilitar a la nueva el necesario vehículo, aunque
este habrá de formarse de los ya existentes.
Vuestros propios hijos aquí ahora
presentes y los de vuestros conciudadanos en todo el país,
constituirán la nueva sub-raza, por lo cual es evidente que la forma
del vehículo ideal para esta raza se ha de consolidar gradualmente y
no de otra manera. De padres que pertenezcan a la quinta sub-raza
nacerá un niño capaz de expresar parte, por lo menos, de las
cualidades de la sexta sub-raza y allí residirá un alma de la sexta
sub-raza, que tendrá, con cierta amplitud, las cualidades
requeridas. Expresándolas por medio de aquel vehículo, conforme
crezca lentamente se esforzará cada vez más y también aumentará la
capacidad de su vehículo para expresarlas.
Sin duda esa alma será atraída por otra análoga con el mismo
desarrollo y su descendencia se encontrará a su vez con mayor
aptitud para expresar características especiales. De esta manera en
unas cuantas generaciones tendremos probablemente gran número de
individuos completamente capaces de mostrar las nuevas cualidades y
así quedará establecida la sexta sub-raza. En el transcurso del
tiempo, sin duda alguna, la mayoría de las gentes alcanzará dicho
desarrollo, aunque esto ha de ser obra de siglos.
La mezcla de razas diferentes es muchas veces necesaria para obtener
los mejores resultados; pero la unión de unos con otros no se
efectuará con los demasiado distantes. Podréis combinar útilmente
dos sub-razas inmediatas, pero no otra Raza-Raiz con ellas. Esta
puede ser la razón oculta de contraposición al prejuicio en favor de
una «Blanca Australia»: el deseo de los grandes Seres invisibles que
no pueden hacer una mezcla demasiado copiosa entre las multitudes.
Sé que aquella idea particular ha de
estar basada sobre cuestiones sociales y económicas y que dichas
razones son las únicas en favor de tal opinión; pero las Potestades
Ocultas pueden tener sus razones y emplear los principios existentes
para producir Sus propios resultados y mantener la nación justamente
según Su deseo, hasta que Su nueva sub-raza se encuentre
perfectamente establecida.
Ellos utilizan lo que parece perjuicio
en casos semejantes a éste. Los que gobiernan el mundo y que
permanecen ocultos son muy capaces de utilizar nuestras cualidades,
lo mismo la fragilidad que la fortaleza. Toman la humanidad tal como
es y hacen con ella lo mejor que pueden; no solamente nuestras
mayores virtudes sino también nuestras flaquezas pueden ser
utilizadas como parte de un poderoso plan.
En un país como éste o como América se mezclan lo que en Europa
llamamos clases y razas. Es prácticamente incomprensible en
Inglaterra que las gentes de clases sociales muy separadas puedan
llegar a juntarse, excepto en rarísimas circunstancias; pero no hay
aquí restricción de tal naturaleza y comprobaréis que las clases así
como las razas se han mezclado para constituir una nueva raza.
Esta es otra razón, probablemente, por
la cual nuevas comarcas semejantes a la que habitamos son las más
convenientes para esta obra. En vuestro país, como habitantes de él,
debéis conocer mejor que yo que estáis en un período de transición;
esto es, en un estado intermedio; el hecho de que constituís una
raza relativamente nueva os permitirá hacer experimentos que serían
difíciles en países más viejos donde hay tantos intereses creados.
En este país habéis tratado, sin duda alguna, de cosas realmente
delicadas. Habéis logrado un éxito parcial solamente por no haber
seguido el mejor camino para tratar debidamente las cosas que os
propusisteis. Sabéis cómo en Europa, durante muchos siglos, las
gentes han padecido bajo distintas clases de legislación, como las
leyes sobre el juego, análogas a las distintas incompatibilidades
que imponemos al pueblo con respecto a las ganancias de ciertos
oficios, y así sucesivamente. Aquí estáis libres de este aspecto de
las cosas. No estoy seguro de que no hayáis examinado otras clases
de legislación respecto al lado opuesto: la legislación en favor de
otras clases y contra las viejas castas de la aristocracia.
Las disposiciones que sólo afectan a
determinados individuos son evidentemente injustas tanto para una
parte de la escala social como para la otra. Es preciso que hagamos
lo posible para evitar estas desigualdades y consultemos los
intereses de la comunidad en conjunto; porque opino que todavía no
se ha hecho esto, aunque sé que la clase legislativa interviene
incuestionablemente aquí con entera libertad y en beneficio de todo
el pueblo.
Una clase particular que en cualquier
país desee y obtenga leyes exclusivamente en su propio beneficio,
olvida que es parte de la nación, y que si gana algo para sí en
perjuicio de los demás, también paga algo a su costa como parte de
aquella comunidad.
Ocurrirá en el porvenir que las leyes regirán para todos y seremos
perfectos estadistas capaces de tomar en consideración todos los
aspectos de las cosas en lugar de un sólo punto de vista sea el que
fuere.
Toda legislación especial para una clase de la sociedad no solamente
lesiona el interés público, sino también la libertad. Hay aquí, como
en los países viejos, cierta hostilidad entre quienes debieran
cooperar juntos. Entre la ciudad y el campo hay mucha desconfianza,
en lugar de la altruista e inteligente cooperación que aparecerá con
el tiempo para bien de todos. Este será uno de los puntos que
habremos de modificar algún tanto para establecer en las mejores
condiciones nuestra nueva sub-raza.
Todavía hay aquí muchas cosas algo imperfectas. Acaso muchos no
comprenden aún el deber y la necesidad de cultivar la belleza en los
edificios urbanos de toda índole y en todo cuanto nos rodea. Dije al
principio de estas conferencias que en Sydney gozabais de uno de los
más magníficos panoramas del mundo, y sin embargo no es la ciudad
digna todavía de su magnificencia topográfica. Muchas veces habéis
celebrado conciertos privados para conseguir la elevación de
espíritu que debe provenir de la belleza y esplendor de la ciudad.
Todo esto se hará gradualmente por sí mismo. Entonces, acaso vivamos
aún demasiado aprisa.
Sé que así ocurre en muchas ciudades de los Estados Unidos donde
falta tiempo para vivir aunque sobre para esclavizarse.
Está naciendo una nueva sub-raza. Claro es que se notarán bastantes
diferencias con lo actual, cualesquiera que sean las condiciones en
que comience dicha sub-raza; y de los australianos hoy existentes
depende lo que hayan de ser los australianos futuros; o más bien,
que el plan desarrollado por las grandes Potestades dependerá de
nosotros tan pronto como pueda realizarse completamente.
Según todos los indicios, los padres
serán elegidos por las almas que hayan de ser los zapadores de la
nueva raza. ¿Cómo serán los padres? Deben tener salud física porque
la nueva sub-raza ha de ser vigorosa en todos conceptos, pero
principalmente serán elegidos con la idea de que puedan suministrar
cierto tipo de vehículo que fácil y cumplidamente exprese las nuevas
cualidades que han de manifestarse. No sólo han de tenerse en cuenta
los padres sino también los antepasados. Así la elección de padre
estará subordinada a lo que ellos particularmente puedan hacer y
además a la herencia que puedan transmitir.
Sus antepasados quizás hayan sido gentes
de mucho poderío y distinción y sus cualidades pueden reaparecer en
los descendientes; y así, aunque los padres actuales sean gente
mediocre, es posible que se elijan para esta obra por el gran
poderío, inteligencia o devoción de alguno de sus antepasados.
Esto indica claramente que al pasar el poder a un vehículo de
ciertas cualidades, no hará dicho vehículo gran uso de aquel poder,
a menos de que haya cierto tipo de carácter en los padres.
¿Qué carácter? Recordad lo que ha de ser la futura raza. Ha de
revelar intuición y adoptar la actitud de fraternidad y cooperación;
por lo tanto, los padres han de ser notoriamente y sobre todo
desinteresados y henchidos de amor y ser intuitivos. Esta clase de
personas es la que se necesita. Deben ser gentes que no caigan en el
antiguo error egoísta de que el niño debe la vida a sus padres. Han
de comprender que un alma confía su vehículo al cuidado paternal; le
confía la tarea de prepararle el vestido físico en que ha de
manifestar su vida.
Si reflexionáis en ello encontrareis una idea de las más
conmovedoras. Llega un alma, una centella del propio fuego de Dios y
se pone en vuestras manos para que la ayudéis. Desea un vehículo
capaz de aumentar en sí las cualidades que especialmente necesita, y
espera de vosotros los necesarios auxilios para facilitar el
desarrollo de dichas cualidades, y que le sea posible conseguirlo
con relativa facilidad es cuanto espera de vosotros. Llega a vuestro
lado y pretende adquirir las cualidades de amor y de intuición.
¿Qué debéis hacer entonces? Tener grandísimo y especial cuidado con
los pensamientos y acciones que puedan serle útiles en punto al amor
ya la intuición, a fin de facilitarle el desarrollo de estas
cualidades. Aquí tenéis un nuevo conjunto de vehículos; porque el
alma no sólo toma un nuevo cuerpo físico, sino nuevo cuerpo astral
para la expresión de sus emociones y nuevo cuerpo mental para la de
sus pensamientos. Llega del mismo Dios y se confía en vuestras
manos. No podéis ser desleales ante tal confianza; no tenéis más
remedio que ayudarla con toda la fuerza y vigor de vuestra
naturaleza, si es que sabéis ver y comprender. Así afirmo que los
padres elegidos serán quienes comprendan y sepan.
Las influencias exteriores de los padres afectarán vivamente el
carácter del niño. Recordad que tiene éste su peculiar naturaleza
procedente en sentido progresivo de una existencia anterior.
No es que los padres le infundan al hijo buenas o malas cualidades,
pues ya las lleva en sí; pero en vuestra mano está darle ocasión de
desenvolver primero las buenas que las malas o a la inversa. Para
comprender hasta qué punto ocurre así, debéis comprobar que los
vehículos astral y mental tienen alguna analogía con el físico.
Verdad que no digieren ni respiran ni tienen funciones orgánicas,
pero sí las mismas características esenciales. Sus partículas están
cambiando constantemente. Sabéis que vuestro cuerpo físico absorbe
parte del aire ambiente y de aquí el contagio de las enfermedades
infecciosas. Constantemente estáis inspirando aire y aspirando el
que otros inspiran.
Con los vehículos superiores ocurre
exactamente lo mismo. Si las emanaciones de un individuo son sucias
y repugnantes, denota que la materia de su cuerpo físico no es de la
mejor calidad. Asimismo las emanaciones astrales de baja estofa
denotan un cuerpo astral de materia nociva, que el individuo se
asimiló como una tentación para él porque estaba a tono para
expresar bajas y groseras vibraciones que de otro modo no fuera
posible expresar.
Cuando nace un niño en el seno de cierta familia, es lógico que
venga de otra vida en que, con toda probabilidad, no fue un gran
santo, sino hombre muy parecido a nosotros con cierta suma de buenas
cualidades y otra de cualidades malas. Consideremos su probable
cuerpo astral. La materia que atrae a su alrededor al descender a la
encarnación es exactamente de la misma índole que la que tenía al
fin de su última vida astral.
Por esto puede reconstruir por sí un
cuerpo astral exactamente parecido al de su última vida, pero no hay
razón para que así lo haga, pues aunque el material está allí no
necesita emplearlo todo. Las partículas que expresan las buenas
cualidades y las que expresan las no tan buenas están todas ante él
como ladrillos de edificación, pero no le es preciso emplear todos
los ladrillos para levantar el edificio.
Hay una enorme diferencia en que de estas cualidades se desenvuelvan
primeramente las buenas o las malas. El cuerpo astral del niño es
una masa casi siempre incolora, sumamente blanca y transparente;
antes de nacer formará el cuerpo astral del ego una masa de colores
brillantes. Los colores no son al fin y al cabo más que modalidades
de vibración que afectan al cuerpo astral del hombre y determinan la
bondad o malicia de sus características.
Las posibilidades de ambos aspectos
están allí. Hay grandísima diferencia en que despierte uno u otro
primeramente, y esto no depende del niño, sino del ambiente
preparado para él, porque la materia astral que el niño atrae a su
alrededor está bajo la influencia de la emoción, que buena o mala
envía una vibración que excita la materia correspondiente,
impulsándola a la actividad y latiendo al unísono.
Si las primeras emociones del niño son malas, se despertarán en él
las posibilidades perjudiciales y arraigarán fácilmente los hábitos
viciosos. Si la madre de un niño recién nacido, constantemente
pierde la calma y da pasto a su irascibilidad, esta emoción será la
primera que en él se despierte y lo hará colérico y enojadizo. Esta
impertinencia atrae mayor cantidad de materia de la menos
conveniente y de este modo se forma una especie de círculo vicioso.
El mal aparece en el cuerpo astral, puesto que al principio no tenía
ningún elemento que pudiera impedirlo.
El alma posee sus propias cualidades que
empieza a mostrar, pero no toma desde luego posesión de sus
vehículos, sino que espera a que la ayudéis para expresarse por
medio de ellos, y si vosotros no le señaláis más que su aspecto
siniestro, será su único medio de expresión. Puede suceder que él no
tenga ningún aspecto siniestro y sin embargo carezca de ciertas
buenas cualidades cuya falta permita el desenvolvimiento del mal en
los vehículos inferiores.
Si como queda dicho, consentís en que llegue a ser irascible, se
despertarán en él todas las partículas susceptibles de responder a
la irascibilidad y excitareis la tendencia a la oposición, que (si
no hay nada en el cuerpo que desde un principio pueda evitarlo) se
arraigará muy pronto como vigoroso hábito en su cuerpo astral o
mental. Sin duda, en el transcurso de la vida, tratareis de
despertar en él las buenas cualidades, pero le será esto muy penoso
porque imprimisteis tempranamente en su naturaleza el hábito vicioso
que, constantemente manifestado, adquirió poderosa fuerza.
Así es que sus esfuerzos para
desarrollar el bien serán tardíos o inútiles; le parecerá que todas
sus primitivas sensaciones e instintos son los mejores y que a ellos
debe ceder. Si anteriormente, antes de que le exhorteis, cuidais de
presentarle buenos ejemplos, no tendreis motivo de inquietud, pues
será la señal que poneis en él antes de que pueda manifestar la
lucha empeñada en su interior.
Si, por el contrario, teneis bastante talento para desarrollar desde
luego en vuestro hijo las buenas cualidades, habreis cumplido con
toda exactitud la condición opuesta. Inculcáis dichas cualidades de
modo que despunten antes de que las malas formen un hábito en los
cuerpos astral y mental. Después, cuando aparezcan las malas
cualidades, como sucederá seguramente algún día, tropezarán con una
resistencia instintiva.
Por un momento quedará el individuo
empujado en dirección opuesta, sin persistir en ella, pues gracias a
los buenos hábitos contraídos toda la naturaleza del niño se
rebelará contra el mal. Habeis puesto todas sus fuerzas naturales al
lado del bien, en lugar de tenerlas al lado del mal, y no podéis
formaros idea de la enorme diferencia que de esto resulta.
Hay millares y millares de padres que aman a sus hijos tiernamente,
que desean para ellos lo más elevado y lo mejor, pero logran lo
contrario por permitir que de continuo invadan sus mentes
pensamientos coléricos e impriman en el niño nocivas cualidades de
que tal vez no pueda desprenderse durante su actual encarnación; o
si lo consigue será con penoso esfuerzo.
No saben lo que hacen esos padres; no
obedecen a la necesidad del perfecto conocimiento de sí mismos ni
comprenden la importancia de la obra que ha de hacerse con el niño.
Indudablemente sería un mal hombre quien se encolerizara y se
olvidase de sí mismo ante un niño; pero los hombres no comprenden
el hecho trascendental de que lo mismo que deben refrenar sus
palabras o acciones, deben reprimir también sus pensamientos, porque
la mente del niño queda influida por los pensamientos ajenos. Mucho
tiempo antes de que el niño se dé cuenta de cuanto le rodea, es
susceptible de impresionarse por cuanto hacemos, pensamos y decimos.
Debe estudiarse la psicología de los planos mental y astral para
comprender cómo se ha de obrar y advertir exactamente cuál es el
deber de los padres. Además de los hábitos que inconscientemente
habéis arraigado en el niño, está asimilando a sus vehículos las
partículas que elimináis de los vuestros. Esto nos representa con
toda claridad una nueva idea respecto a la actitud de los padres.
Deben observarse a sí mismos con el mayor cuidado, para evitar que
ni el más ligero pensamiento emocional que no deseen reproducir en
el niño, aparezca en sus mentes.
Todo lo dicho es una gran parte de lo
que debe hacerse. Se necesita una disciplina interna profusamente
desarrollada, disciplina que la mayor parte de las gentes aun no han
alcanzado; pero es sumamente útil que el padre se someta a dicha
disciplina, de suerte que ningún pensamiento, a excepción de los de
amor y extremada benevolencia, influyan en el niño.
No sólo hemos de procurar no hablarle
con aspereza, sino que nunca debe oír ásperas palabras dirigidas a
otros. Si es un ego de excepcional poder y fuerza afrontará
dignamente todas las dificultades y se sostendrá con facilidad; pero
aun entonces la aspereza le endurecería el camino.
La mayor parte de los egos no son todavía bastante fuertes para
ello, y en el niño vulgar observaréis el aspecto que muestre
primeramente para conocer qué oportunidades habeis de darle. Hay
quienes han traído de una vida pasada gran parte de bondad y otros
que trajeron ciertas malas cualidades; y en estos casos las
cualidades buenas o malas se mostrarán por sí mismas aun a pesar
vuestro; pero vosotros gradualmente vigorizaréis el bien y
refrenaréis el mal, si es que tenéis con vosotros mismos la
cuidadosa vigilancia a que antes me referí.
Hablo principalmente a los padres, pero a todos conviene por igual.
Aunque no tengáis hijos, las vibraciones que enviáis desde vuestros
cuerpos astral y mental no quedan detenidas por las paredes de la
casa, sino que llegan a la vecindad, y el hombre destemplado es un
centro de irascibilidad para las familias que viven a su alrededor.
Del mismo modo, un hombre benigno, amante y benévolo es un centro
beneficente en su muy extenso radio de influencia. Así que no sólo
los padres han de hacer el indicado esfuerzo, sino que todo hombre
debe formar una atmósfera favorable al desenvolvimiento de las
buenas cualidades.
Si después de lo dicho preguntáis cómo hemos de prepararnos para la
llegada de la sexta sub-raza, responderé que lo primero que debe
hacerse es empezar por vosotros mismos; vigorizar vuestro carácter y
vivir prudentemente. No quiero decir que os llameis miserables
pecadores o renunciéis a toda distracción inocente, pues de este
modo seriáis necios y antipáticos, pero debeis creer en vuestro
interior que la vida es asunto serio y que no debeis destinar tiempo
y energía a frívolas diversiones.
Quienquiera que seais y doquiera esteis
habeis de tener conciencia del deber que os liga a vuestros
semejantes ya vuestra patria; y vuestro deber con la patria es
ciertamente, entre otras cosas, todo cuanto contribuya a su
mejoramiento y bienestar. Debeis discernir entre lo importante y lo
baladí para conoce |