2 - LOS ÍNDIGO ESPIRITUALES

Un ángel llamado Robert
Captar los sentimientos auténticos
Los niños índigo
De una educadora sudafricana
Índigos del otro lado
El reconocimiento de una familia
«¡No están muertos!»
La historia de Katie
Zachary y Tyler
«Mamá, ella no va a morir»
«No se va a morir hoy, ¿Verdad, Oma?»
«¿Alguno de vosotros ve colores alrededor de los cuerpos»
«Abuela, ¿tú ves ángeles?»
«Mamá, Jesús nos salvará»
«Me siento como Jesús»
Recordando a Sai Baba
«¿No te acuerdas»
Subir a un nivel superior
Los consejos espirituales de una niña de tres años
«La mejor mamá que podía haber elegido»
¿Mantequilla en el té?
Mi viaje a través de la maternidad, criar a un sanador índigo
Te llevo a casa
Impresiones rabínicas


Hemos dicho en el primer libro sobre los niños índigo que muestran mucho interés por Dios; y no sólo eso, sino que dijimos también que eran muy sensibles a la energía, que veían y sentían cosas insólitas y que tenían opiniones sobre lo que podía ser Dios y también sobre quiénes podían ser ellos (los niños). En este capítulo vamos a combinar las dos cosas, junto con algo de misterio y de miedo.


¿Es posible que hayamos tenido una vida anterior? Puede que sólo esté en nuestra imaginación. Justo antes del cambio de milenio, las revistas de difusión nacional publicaron muchos artículos sobre religión. Como parecía que estaban a punto de cumplirse las profecías del Apocalipsis, aparecieron un montón de informes analíticos e informativos sobre la opinión que tenían acerca de la tierra las religiones principales.

 

Se afirmó que el,

“85 por 100 de la población mundial cree en la otra vida» (hay que tener en cuenta los millones de personas que practican el islamismo, el hinduismo y el budismo).

Sin embargo, nuestras propias observaciones nos demuestran que, si bien puede que esto sea cierto, la mayoría no cree en una vida anterior, en particular los que proceden de culturas occidentales.


Para nosotros, como maestros metafísicos, eso no tiene demasiado sentido espiritual. Se supone que, de alguna manera, mediante el nacimiento biológico, uno consigue un alma inmortal. Antes uno no existía y, de repente, vive «para siempre». Si realmente estábamos vivos antes, dudamos de que alguna vez podamos probarlo, como tampoco nadie puede demostrar lo contrario.

 

Demostrar conceptos como el cielo y el infierno pertenece a la misma categoría, y hasta el Papa se metió en el asunto el año pasado y los definió diciendo que no eran reales (wvvw.vatican.va).

 

Como no somos evangélicos, no le pedimos al lector que lo crea, sino que sigue siendo un misterio espiritual que sólo Dios conoce... ¿o puede que los índigo también? En otras palabras, nunca nadie nos lo va a dar resuelto, pero podemos pensar en ello y decidir por nosotros mismos. El poder de decisión espiritual es el máximo privilegio de todo ser humano. Hace falta mucha pureza de intenciones para preguntarle a Dios lo que es adecuado y lo que no lo es, algo que es muy personal y que se conoce con el corazón.


Lo interesante que está ocurriendo ahora es que los niños índigo de todo el mundo hablan con sus padres de quiénes eran antes. Es un hecho tan difundido que se ha convertido en tema habitual de análisis en los seminarios y conferencias a los que asistimos. Ocurre mucho antes de que se haya podido exponer a los niños a cualquier tipo de dogma sobre una vida anterior, y por lo general justo después de que aprendan a hablar. Como ya hemos dicho, a muchos padres los intimidan ese tipo de conversaciones y llevan a sus hijos a los sacerdotes o a otras personas de su iglesia para que les ayuden a sacarles «el demonio» de dentro.


Si el sistema de creencias del lector realmente no está en armonía con esta cuestión de las vidas pasadas, le recomendamos lo siguiente: que no tema ni por sus hijos ni por sí mismo. No están poseídos. Tiene que aceptarlos con paciencia, aunque no crea lo que dicen. Los padres cuentan que los niños suelen dejar de mantener conversaciones de esta índole cuando tienen entre ocho y diez años. No hay que menospreciarlos ni decirles que están equivocados, porque lo único que se consigue es alejarse de ellos.

 

Conviene llevarlos a la iglesia que uno elija y observar cómo disfrutan con la experiencia. Estos niños son muy maduros espiritualmente y a muchos les apetecerá mucho ir a la iglesia. Sentirán el amor en la congregación y se sentirán cómodos con la sensación de formar parte de algo espiritualmente profundo para todos, algo que para ellos se parece mucho a estar en «casa».


Algunos padres que no van a la iglesia (ni a la sinagoga ni a ningún otro lugar de culto) nos han dicho que sus hijos quieren hacerlo, de modo que los han llevado a recorrer las iglesias de su barrio, cuando alcanzaron cierta edad. Todos los domingos (o los sábados, según los casos), visitan un lugar de culto diferente. Los niños permanecen sentados durante el oficio religioso y observan y «sienten». Al cabo de unas cuantas semanas, los padres les piden a los hijos que decidan adónde quieren ir.


Nos parece que esta es la situación de mayor consideración que conocemos en relación con los índigo, porque respeta su capacidad de discernimiento y les brinda libertad de elección. No los introduce por la fuerza dentro del molde religioso al que pertenecen sus padres (o tal vez los padres de sus padres), sino que es un ejemplo magnífico de cómo deben ser los padres de los índigo.

 

Y ya puede creernos el lector, que los niños responden de manera muy positiva. Claro que lo que no hemos dicho aquí es que los adultos también acuden a la iglesia con los niños, hasta que estos tienen edad suficiente para dejarlos allí solos y pasarlos a recoger. No obstante, a la mayoría de los adultos la experiencia les ha resultado muy satisfactoria y los ha vinculado más con sus hijos. Además, suelen nacer muy buenas amistades en esos encuentros.


Los niños espirituales son grandes fanáticos de Dios, lo cual no es una afirmación negativa sino un hecho. Se sienten próximos a la energía divina y suelen hablar de ella. Si les dejan, incluso son capaces de crear su propia iglesia, si la de sus padres no les satisface. Les molestan las creencias espirituales ilógicas y las personas que dicen una cosa y hacen otra.

 

Captan la energía del engaño y se dan cuenta cuándo una persona está desequilibrada. Esperan que los adultos sean íntegros y reaccionan cuando no lo son. Incluso en Oriente Medio, donde los niños viven en campamentos donde les enseñan a «combatir en nombre de Dios», reaccionan ante la falta de integridad de los adultos. No hay ninguna norma que diga que los índigo van a pensar de una manera o de otra. Por el contrario, notamos que responden a la «palabra de Dios» con más profundidad que ninguno de nosotros a su edad.

 

Nancy Tappe, la primera mujer que habló de los niños índigo, nos cuenta algo más sobre la psicología de este fenómeno en otro capítulo.


Desde que nacen hasta los ocho años, aproximadamente, de la boca de los índigo salen comentarios muy profundos sobre Dios y la humanidad. A veces ven ángeles o amigos mágicos (a propósito, por lo que nos cuentan los padres, dicen los niños que lo mismo ocurre con algunos de sus animales domésticos), lo cual difiere de nuestras propias fantasías como niños, como demuestran numerosos psicólogos infantiles. En nuestra época, veíamos lo que nos sugerían la televisión y el cine. Nuestros amigos eran Peter Pan o el hada Campanilla, en cambio estos niños no tienen ningún modelo para lo que nos cuentan. No es algo de este mundo ni está (todavía) en el cine ni en la televisión.


En una época en la que los físicos informan que el centro de toda la materia tiene por lo menos once dimensiones (de las cuales sólo “vemos” cuatro, según la llamada teoría de cuerdas), ¿no es concebible que haya un mayor universo invisible «allí fuera» y que nos acompañen algunos trozos de divinidad interdimensional?

 

De pronto, la ciencia admite que no podemos verlo todo y que puede haber muchas más cosas que ver.

  • ¿Existen los ángeles?

  • ¿Es posible que los niños puedan ver de forma interdimensional durante los primeros años de su vida, tal vez simplemente porque estuvieron «allí» hace pocos años?

  • ¿Qué pasa con sus experiencias previas al nacimiento?

No es este un foro en el cual vayamos a responder a esas preguntas. Por el contrario, hablaremos aquí de lo que los niños han dicho o experimentado. Después, el lector podrá reflexionar por sí mismo sobre esas cuestiones universales. ¿No es interesante que los niños puedan ser la clave para mostrarnos la verdad divina? «Por boca de los niños...» empieza a ser una frase más profunda que nunca.


¿Qué conseguimos cuando le preguntamos a los niños acerca de Dios? Cuando Kathryn Hutson le preguntó a su hijo de cuatro años (en una grabación) «¿Qué es Dios?», esta fue su respuesta:

«Una inmensa bola luminosa de la que salen pinchos; lo toca todo y te hace sentir bien». (Todavía conserva la cinta.)

Brian Coleman iba caminando un día por la playa con su hijo Davis y se fijaron en cómo el sol atravesaba las nubes y resplandecía sobre el agua.


Davis le preguntó a su papá:

  • ¿Sabes cómo llamo a esos puntos que hay en el agua?

  • ¿Cómo? -preguntó Brian.

  • Los llamo «puntos de Dios».

  • Vaya. ¿Y para qué sirven esos puntos de Dios?

  • Cuando la gente muere, esos rayos de luz son como ascensores que vuelven a llevar el alma al cielo.

Observe el lector que el niño dijo «vuelven a llevar... al cielo», como si la vida en la Tierra fuera una interrupción de la vida celestial.
 




¿Y qué me dice el lector de un niño que realmente trata de averiguar lo que ocurrió antes de que él llegara? Joanne Wisor nos habla de Greg, que tiene cuatro años.

 


UN ÁNGEL LLAMADO ROBERT
Joanne Wisor


Tenemos un índigo que ahora tiene nueve años. Greg siempre ha hablado de que veía ángeles. Los ha descrito de distintos colores y ha dicho que incluso se convierten en animales y en aves, como halcones y águilas, cuando él se encuentra solo en su habitación.

 

Cuando vamos en el coche, a veces dice cosas como:

«Mamá, viene un ángel marrón en el coche con nosotros».

Cuando Greg tenía cuatro años, se bajó de la cama una noche (el típico truco para retrasar la hora de ir a la cama) y me contó una historia sobre un ángel que lo cuidaba antes de que naciera. Hasta me dijo su nombre. Pero cuando más tarde se lo conté a mi esposo, no pude recordarlo.


Unos seis meses después, nos contó a los dos exactamente la misma historia, otra vez. En cuanto dijo el nombre, lo recordé. Dijo que un ángel llamado Robert Stoben lo había cuidado antes de nacer. Dijo que Robert le había contado que él (Robert) había muerto en un accidente automovilístico cuando iba a visitar a sus abuelos. Nos dijo que Robert lo había acompañado hasta que llegó el momento en que tenía que venir, de modo que se metió en mi sangre y se quedó en mi barriga hasta que el doctor me cortó y lo sacó. (Me hicieron una cesárea, pero no creo que él lo supiera, ni qué era.)


Cada vez habla menos de esas cosas, a medida que se hace mayor, pero de vez en cuando se abre y nos cuenta más acerca de lo que ve. Nunca lo presiono, porque quiero que lo que tenga que decir sea puro. Trato de mantener la puerta abierta, se puede decir, y trato de responder al centenar de preguntas que hace por día (¡qué le vamos a hacer!) lo mejor que puedo. ¡Algunas son de lo más extraordinarias!


Una vez me preguntó:

«Mamá, hace mucho tiempo, cuando la gente tenía coches como los de los Picapiedras, ¿hablaban en inglés?»

Como el lector se puede imaginar, no tengo oportunidad de aburrirme en esta casa.

 




Como ya hemos dicho, los niños índigo a menudo «ven» perfectamente nuestro interior. Muchos padres han escrito al respecto. Aquí tenemos a una madre que compara lo que ha ocurrido con su hijo de dos años y medio con una experiencia espiritual. A veces, los niños nos hacen eso.

 


CAPTAR LOS SENTIMIENTOS AUTÉNTICOS
Monique LeBlanc


Rémi tenía alrededor de dos años y medio cuando me preguntó un día:

  • Mamá, ¿estás enfadada?

  • No, no estoy enfadada -le respondí con calma.

Repitió la misma pregunta dos veces y cada vez insistí en que no lo estaba.


Unos días después volvió a preguntarme si estaba enfadada y volví a decirle que no lo estaba. La segunda vez que repitió la pregunta, pensé para mis adentros:

«¿Por qué me lo pregunta tantas veces? ¿Acaso ve o siente algo que yo no veo?»

Me parecía extraño que se repitiera la misma situación. Como me esfuerzo en educar a mi hijo con la máxima honestidad de la que soy capaz, sabía que tenía que dar buen ejemplo, de modo que busqué en mi interior para averiguar qué sen tía. Mi corazón estaba inquieto.


Sentía como si se estuviera librando en mi interior una batalla o una tormenta, y la agitación me aporreaba las paredes del corazón.

 

Racionalicé:

«Es imposible que sienta lo que ocurre dentro de mí, porque hacia fuera mantengo el control. Tengo la voz tranquila y no manifiesto ninguna impaciencia.»

Como soy extravertida, había aprendido, hasta ese momento, a reprimir algunas de mis manifestaciones externas de ira. Era capaz de controlar el tono de mi voz y también de prestar atención a mis palabras, lo cual me parecía una verdadera hazaña. Pero entonces el interrogatorio de mi hijo me dejó perpleja. Todo eso me pasó por la mente en los segundos que siguieron después de que mi hijo me preguntara por segunda vez si estaba enfadada. Me di cuenta de que lo había negado tres veces, la primera vez que me había interrogado, hacía pocos días, y me sentí como el apóstol Pedro, cuando había negado tres veces a su maestro, Jesucristo. No quise hacer lo mismo.

 

Confrontando el deseo de ser honesta conmigo misma, me agaché, lo miré a los ojos y reconocí:

«Rémi, tienes razón. El corazón de mamá está inquieto y estoy enfadada por dentro, pero no contigo, mi amor. Te quiero.»

Entonces lo abracé y mi corazón se llenó de amor.


Me asombró la perspicacia de ese crío de treinta meses que podía ver en mi interior y detectar mis sentimientos ocultos. Me di cuenta de que me había guiado para mirar dentro de mí y ponerme en contacto con mis sentimientos. Di gracias a Dios por haber hecho que ese niño entrara en mi vida. Supe en mi interior que ese niño, a pesar de no ser de mi propia sangre, porque lo adoptamos cuando tenía once días, estaba hecho para estar con nosotros y que nos habían «contratado para ello. Comprendí verdaderamente que ser padres es tanto una experiencia de aprendizaje como una relación de enseñanza.

 

Mi corazón quedó muy agradecido por esa experiencia, que me conmovió hasta las lágrimas, y disfruté del momento.
 




Seguro que algún lector piensa:

«No me lo creo... en realidad, esas son cosas para los que creen en fenómenos paranormales... para chalados y esotéricos. Nadie en su sano juicio puede creer una cosa así.»

En ese caso, en todo el mundo los educadores y los padres están perdiendo el juicio. La experiencia con los índigo, por misteriosa que parezca, se está dando con la misma frecuencia en los círculos profesionales que en los más esotéricos, porque es un fenómeno universal.
 



Queremos que el lector conozca a Constance Snow, una abogada de Florida que está escribiendo un libro titulado How to Bring a Lawsuit with Love (algo así como Cómo demandar con amor). ¿A que al lector jamás se le ocurrió que vería un profundo cambio de conciencia en el derecho? Es un buen comienzo. Constante conoce personalmente a algunos niños índigo y ha entrevistado a familiares de índigos para reunir información sobre casos reales.


Da charlas y dirige talleres, y utiliza elementos tanto jurídicos como espirituales en sus presentaciones. Pensamos que al lector le interesaría conocer a alguien que tiene una profesión que exige un pensamiento claro, lógico y conciso... que no tiene nada de chalada.


LOS NIÑOS ÍNDIGO
Constance Snow


Para los padres de los índigo, criarlos suele ser una tarea difícil. El motivo de esa dificultad es que ellos, los índigo, no se ajustan a las normas habituales según las cuales fueron adoctrinados sus padres. Además, no resulta fácil controlarlos mediante la vergüenza, la culpa, los límites físicos o el castigo. Por consiguiente, se diría que confrontan su «voluntad» con la de sus padres y otras formas de autoridad. Ya sabemos que no pretenden ser «testarudos» como una forma de imponer su propio ego; simplemente hacen valer lo que saben que es su propia verdad como seres vivos.


Como son niños, hay que guiarlos. Conviene reparar en que la misión de los padres en tal caso consiste en guiar, más que en controlar. Cuando se los reconoce, se los apoya y se los nutre, estos niños pueden brindar la máxima felicidad a sus familias. De lo contrario, son capaces de hacer reafirmaciones sin precedentes y poner a prueba constantemente la autoridad de sus padres.


Puesto que los índigo poseen una sabiduría a menudo superior a la de sus padres, puede que se comuniquen con mayor facilidad con los miembros de más edad de la familia, como los abuelos. Es posible que los padres se den cuenta de cómo tratar con eficacia a estos niños extraordinarios cuando encajan los consejos de sus propios padres. A través de los índigo, los abuelos comenzarán a ser mucho más reverenciados como sabios asesores dentro de la familia y la sociedad.


Cuando los padres y los abuelos se dan cuenta de que han engendrado un índigo, lo mejor que pueden hacer es honrar al niño con gran amor y respeto, como si fuera un Niño Jesús, y después encomendarse al apoyo y el cultivo de la verdad del Ser que hay dentro del cuerpo del niño. Han de convertirse en el inteligente administrador de ese niño índigo poderoso y querido. Aceptar al índigo por lo que es, en particular cuando se enfrenta a turbulencias dentro del proceso educativo, exige convicción por parte del adulto. El padre o la madre deben estar convencidos, en cuerpo y alma, de que guiar al niño índigo tiene la máxima importancia y que es una responsabilidad que ha de asumir con alegría.


Aportar sencillez y relajación al proceso proporcionará una atmósfera más sencilla, en la cual disfrutar de las actividades cotidianas de la vida familiar. Conviene prestar poca o ninguna atención a las circunstancias desagradables y concentrarse en la verdad de lo que uno reconoce, que es la alegría de contribuir al proceso evolutivo de la raza humana, criando a un ser humano espléndido y poderoso con amor, compasión y paz.


Los niños índigo son sumamente sensibles a la energía y son capaces de percibir vibraciones desde muy lejos. Si los factores de la sociedad dominante pretenden diagnosticar y etiquetar a nuestro hijo de una manera poco aceptable (por ejemplo, diciendo que tiene problemas de falta de atención o de hiperactividad), conviene estar muy versados en el tema, buscar la clave para el método de aprendizaje y la creatividad del niño y tratar de que lo revisen según consideraciones de salud alternativas, sobre todo el tratamiento de hipersensibilidad (alergia) a sustancias alimenticias y medioambientales comunes.

 

Hay que recordar también que nuestras emociones y nuestro estrés crean vibraciones que pueden desencadenar reacciones de hipersensibilidad en nuestro hijo.
 




Presentamos otra anécdota, esta vez de una educadora sudafricana. Pues sí, la experiencia de los índigo tiene alcance mundial. Gabby van Heerden es una de esas personas que cree ser índigo, a pesar de haber nacido en 1970. Nos ha contado detalles de su vida y no cabe duda de que lo parece. En este libro vamos a incluir un capítulo sobre los «índigo mayores», que demuestra que Gabby no es la única que se siente así. Le apasiona comprender a los índigo actuales y ocuparse de ellos lo mejor que puede.


Gabby comparte la clase con esos niños, a menudo muchas horas al día. Escuchemos lo que tiene que decirnos esta educadora sobre las decisiones, la manera de tratar a los índigo y, pues sí, incluso sobre los ángeles y la energía.
 

 

DE UNA EDUCADORA SUDAFRICANA
Gabby van Heerden


Acabo de concluir la lectura de su libro y, como siempre, doy gracias al Universo por enviarme la información correcta en el momento adecuado. ¡Tantas cosas han encajado en su sitio!


El motivo por el cual les cuento la historia de mi vida es que los acontecimientos me han conducido hasta convertirme en educadora. Me opuse con energía, porque aborrecía la escuela. Pasé tres años en el instituto, detestándolo tanto como a la escuela, pero al cuarto decidí especializarme en la enseñanza de las artes plásticas. Fue como si todo cobrara sentido.


En nuestro rígido sistema educativo, yo no tenía cabida, ni tampoco los niños con los que trabajaría. La enseñanza de las artes plásticas me abrió toda una serie nueva de posibilidades y pude comprender en qué podía consistir realmente la educación. Comprendí por qué estaba haciendo lo que hacía y valoré la libertad que me proporcionaba, a mí y a mis alumnos.


Aquí es, en realidad, donde comienza mi historia. Tengo la suerte de dar clases de arte en Ciudad del Cabo, en un lugar llamado el Centro de Arte y Diseño Frank Joubert. Enseñamos artes plásticas desde preescolar hasta el final del bachillerato y también damos cursos para maestros y para otros adultos.
 

Al leer su libro, me di cuenta de la cantidad de niños índigo que han pasado por mi vida y de la suerte que he tenido de conocerlos. Como maestra, soy una «rompe-sistemas» y nunca he encajado dentro del modelo de enseñanza establecido. Por consiguiente, creo que he atraído a esos niños que también son «rompe-sistemas» por derecho propio, que son los niños que necesitan que se los trate como adultos. Cometí el error de llamar «mis bebés», una vez, a mi clase de niños.

 

Un niñito me miró y dijo:

«Hace mucho que he dejado de ser un bebé».

Había vidas enteras en sus ojos y, me disculpé enseguida.


También tuve la suerte de que me enviaran a una índigo llamada Patricia, que ahora tiene seis años y, durante los cuatro primeros años de su vida, asistió a una escuela para niños autistas. Ahora se ha incorporado al sistema dominante y lleva algo más de un año en mi clase de arte. Patricia posee la sabiduría de años y sólo hace algo cuando le encuentra sentido. A menudo prefiere estar sola, pero con frecuencia se coloca cerca de un niño que necesita algún tipo de apoyo.

 

Por consiguiente, no suele estar dos veces en el mismo lugar y es raro que se siente con el mismo grupo de niños. A menudo la veo comunicarse con los ángeles en un mundo propio. Valoro y respeto su independencia y su inquebrantable convicción de estar exactamente donde tiene que estar. La compadezco muchísimo cuando pienso que tiene que pasar por un sistema escolar tan rígido como el nuestro (aunque está cambiando), pero sé que está enseñando muchas cosas a los maestros y también a los demás niños.


Mis índigo hablan con frecuencia acerca de sus ángeles o de otros seres con toda naturalidad. A menudo los dejo pintar o dibujar a sus ángeles o sus amigos, y me suelo quedar perpleja ante la belleza y la minuciosidad de esos dibujos.


La clase de artes plásticas es un lugar ideal para los índigo. Hay que elegir. Dentro de un marco básico, los niños tienen que decidir cómo dibujar y qué colores emplear. Las cosas no están bien o mal y la clase determina lo que iremos haciendo, de una semana a otra, la velocidad con que lo haremos y cuál será el proceso.


A medida que surgen, se habla de cuestiones espirituales y vi tales, como si fueran acontecimientos de todos los días. A menudo descubro que esos niños comprenden las cuestiones espirituales mucho mejor que sus padres. A medida que he ido avanzando en mi propio camino espiritual, lo he comprendido mejor. Me resulta increíble la claridad con la cual comprenden esos niños los conceptos espirituales.


Trabajo con otros dos índigo, Mark y Bobbie. A los dos les han diagnosticado hiperactividad. A los padres de Bobbie les recomendaron que lo trataran con Ritalina, pero decidieron que no sería bueno para su hijo. Bobbie suele tener problemas con sus compañeros, porque tiene la capacidad de captar lo esencial en cualquier situación, lo cual suele resultar incómodo para los niños y los adultos que lo rodean, que preferirían no conocer la verdad. Parece muy cómodo con el hecho de ir siguiendo su propio camino, pero en ocasiones también parece arrastrar consigo mucha frustración, porque no encaja.


A Mark lo trataron con Ritalina, pero sus padres, sabiamente, han interrumpido el tratamiento y lo han cambiado a una escuela que trata mejor a los niños. También es un «rompe-sistemas» y con frecuencia aprendo mucho con él.


Siempre pongo música en mi clase, quemo aceites de aromaterapia y suelo tener piedras y cristales. No los uso de manera activa, pero dejo que los niños «jueguen con ellos. Cuando lo recuerdo, me doy cuenta de que muchos de los índigo se han sentido atraídos hacia las piedras y los cristales, o han pedido a los demás que guardaran silencio para poder escuchar la música. También son ellos los que se acercan para decirme que la música es espantosa y para pedirme que la cambie enseguida.


Suelo llevar colgado un cristal en torno al cuello, y alguno de mis alumnos ha venido a pedirme que se lo deje, si siente que necesita apoyo o si ha tenido un día difícil en la escuela. Mi cristal suele ser lo primero que observan los índigo cuando entran en mi clase. Me parece que tener cerca piedras o cristales (que ellos mismos han elegido) ayuda a equilibrar y a centrar a un niño índigo.
 

Ojalá mis padres hubieran tenido este libro cuando yo era niña, si bien también ellos tuvieron la sabiduría de dejarme seguir mi propio camino, aunque no lo entendieran.

 

Se lo he dejado a algunos colegas, para que podamos alcanzar una comprensión más amplia de nuestros niños.
 



Ahora que ya hemos entrado en el tema de lo sobrenatural con una abogada y una educadora, ha llegado el momento de escuchar a algunos padres. Prepárese el lector para escuchar a otro de esos «esotéricos».

 


ÍNDIGOS DEL OTRO LADO
Renee Weddle


Mi marido y yo no nos decidimos a tener hijos hasta que estuve cerca de los treinta. Nuestro hijo Jesse nació en agosto de 1987 y nuestra hija Mattea, en julio de 1990.


Jesse era un encanto de bebé. No lloraba casi nunca, era muy tranquilo y no le gustaba que lo tuvieran en brazos demasiado tiempo, ni siquiera de recién nacido. Si lo cogíamos mucho, se ponía a llorar hasta que lo metíamos en su cuna y nos marchábamos de la habitación. Muchas personas nos comentaron que eso era muy insólito, pero como yo no estaba acostumbrada a tratar con bebés, no me preocupaba demasiado.


Cuando tenía cuatro o cinco años, mi hijo me dijo que había sido rey en otro planeta, que había habido un terremoto, que se había golpeado la cabeza contra una roca y que su espíritu había caído en mi vientre. Cuando me lo dijo, a mí no me interesaba demasiado la cuestión espiritual, pero mi esposo y yo siempre habíamos pensado que queríamos ser abiertos con nuestros hijos, de modo que lo aceptamos.


En otra ocasión, mi hijo me dijo que no le parecía que su nombre fuera Jesse y que en su vida anterior se llamaba Thomas. A partir de entonces me puse a leer sobre la reencarnación. Muchas de las cosas que Jesse ha compartido conmigo me han hecho cambiar mi manera de concebir la vida y mi idea de Dios. Jesse tenía cinco o seis años cuando empezó a decirme que la gente de su antiguo planeta intentaba ponerse en contacto con él.

 

Le pregunté si él podía hablar con ellos y me dijo que sí, y me enseñó cómo lo hacía. Simplemente cerraba los ojos y prestaba atención y después me decía lo que escuchaba. Doy por sentado que puede «leer» a las personas, pero, a medida que va entrando en la adolescencia, esa sensibilidad parece ir en aumento, a veces hasta el punto de producirle angustia.


Desde pequeño, a menudo Jesse podía leer nuestros pensamientos. Me da la impresión de que posee una sabiduría muy superior a su edad; a los cinco y seis años, trataba de resolver problemas mundiales, como el hambre y la vivienda para los que no tienen techo. Llegó un punto en que lo llevamos a un psicólogo infantil, porque se ponía demasiado serio y nos parecía que necesitaba entretenerse como los demás niños.

 

A menudo decía cosas como:

«Mamá, no te preocupes si no tenemos dinero, porque tenemos todo el oro del sol, que es lo único que nos hace falta».

Mattea nació empecinada y chillando. Incluso antes de nacer, cuando mi esposo, Ed, apoyaba la mano en mi vientre, se la pateaba. Era un bebé exigente y la situación no cambió a medida que fue creciendo. Cuando tenía dieciocho meses y le decíamos que tenía que recoger los juguetes, gritaba:

«¡No!» y los arrojaba al otro lado de la habitación.

Después de un Jesse tan tranquilo, con Mattea nos llevamos una gran sorpresa.


Cuando tenía tres o cuatro años, me preguntó si sabía por qué me había escogido como madre. Le dije que no (Jesse tenía seis o siete años por ese entonces, de modo que ya me estaba acostumbrando a no sorprenderme con nada de lo que dijeran).

 

Mattea dijo:

«He venido aquí para enseñarte a ser tonta y boba».

Y lo ha hecho, ¡aunque sospecho que todavía no ha acabado!


Estábamos seguros de que Mattea debió de haber sido miembro de la realeza en alguna otra vida; elegía la ropa por el tacto (prefería todo lo que fuera sedoso) y no entendía que no pudiéramos comprarle algo porque era demasiado caro. Al despertar, por las mañanas, solía gritar desde su habitación: «Ya estoy despierta. Puedes traerme el desayuno a la cama.» Aunque yo se lo llevaba una o dos veces al año, como algo especial, ella lo pedía todos los días y se enfadaba si no le hacía caso. Esperaba que le escogiera la ropa, la vistiera, la bañara, etc., bastante pasada la edad en que los niños suelen hacer esas cosas por sí mismos.
 

Por suerte, asistimos a la clase sobre cómo «Ser padres con amor y lógica», que ustedes recomendaban.

 

Fuimos dos veces y nos ha resultado muy útil. Manea es una índigo que piensa que debemos estar a su entera disposición y, aunque ha mejorado con los años, ahora que tiene nueve sigue teniendo los mismos «aires». En realidad, no puede comprender por qué no podemos tener una criada o un ama de llaves y por qué tiene que ayudar en las tareas de la casa, ordenar su propia habitación y cosas así.


Mattea es absolutamente cariñosa, confiada y testaruda, lo cual constituye una combinación interesante. Cuando se enfada, su ira es palpable, pero lo mismo ocurre con su cariño y su atención, que se extienden a todos los seres vivos (parece tener más instinto maternal que yo).
 

Le preocupan mucho la igualdad y la justicia (y no sólo para sí misma) y tiene mucho cuidado de no herir los sentimientos de los demás... salvo cuando está furiosa: entonces es brutal. Se ex presa muy bien y me ha hecho saber, en varias ocasiones, en un ataque de furia, que lamentaba no haber «elegido» a otra madre. Ve y se comunica con hadas y con gnomos, y les construye lugares para jugar, al aire libre, y lugares para dormir, en su dormitorio. Desde muy pequeña, Mattea ha sido capaz de percibir cuándo alguien sufre, ya sea física o emocionalmente.

 

En más de una ocasión, Ed o yo hemos sufrido algún tipo de dolor y nos hemos estado quietos, y ella se ha acercado y nos ha puesto la mano encima durante un rato y después ha preguntado si nos sentíamos mejor.


Podría seguir hablando horas y horas sobre mis hijos. Ejercen sobre mí una fascinación infinita. Cuando Ed y yo decidimos tener niños, no nos habíamos imaginado algo así. Esto es mucho más difícil y no se parece en nada a lo que yo me esperaba, pero no cambiaría a estos dos seres tan especiales por nada del mundo.


Muchas veces me ha parecido que ellos me enseñan más a mí que yo a ellos. He llegado a la conclusión de que lo máximo que puedo hacer es quererlos, orientarlos y respetarlos por lo que me enseñan. Ambos han manifestado su frustración cuando Ed y yo no podemos responder a sus preguntas espirituales, pero hacemos todo lo posible por ayudarlos a encontrar las respuestas.

 

Por supuesto, Maltea insiste en que nosotros las conocemos, pero se las ocultamos a propósito. Eso ocurrió cuando ella escuchaba voces en su habitación y veía destellos de luz. Me puse a leer libros que pensé podían darme las respuestas y lo consulté con amigos. Cuando insinué que la voz podía ser su espíritu guía, se mostró muy frustrada, porque le parecía que yo tenía que saberlo.
 

Muchas gracias por haber escrito Los niños índigo.
 



 


EL RECONOCIMIENTO DE UNA FAMILIA
Anne Saunders


Soy una mamá australiana y tengo tres índigos.


Jessica tenía entre veinte y veintidós meses cuando pasó junto a una fotografía de mi abuela, que había fallecido hacia más de diez años. Jessica señaló la foto y exclamó:

«¡Yo conozco a esa señora!»

Todavía no le habíamos hablado de «Nana» a Jess y nos quedamos boquiabiertos cuando ella dijo, en un tono que no dejaba ninguna duda de que pensaba que éramos unos estúpidos por no saberlo:

«Me venía a ver cuando yo estaba en la barriga de mamá».

No lo dudé y, curiosa, le hice numerosas preguntas. Jess hizo un mohín propio de los dos años y se cruzó de brazos, negándose, indignada, a responder a más preguntas tontas.


Tengo dos hijas, de siete y tres años, y un hijo de siete meses, que demuestra más fuerza de voluntad que las dos niñas juntas. De modo que otra vez espero con impaciencia su próximo libro.
 




«¡NO ESTÁN MUERTOS! »
Susan Saunders


Vivo con mi alma gemela, Wayne, que tiene una hija de seis años llamada Samantha. La primera vez que nos dio la impresión de que estaba conectada fue hace cosa de un año. Wayne había cogido un par de libros nuevos para leerle a la hora de irse a la cama. Sammy no lo sabía. Estaba saltando en su cama y Wayne le dijo que era hora de empezar a tranquilizarse.

 

Ella siguió dando botes, hasta de pronto se detuvo, miró a Wayne y dijo:

«¡Crystal [su primer ángel] me ha dicho que, si me tranquilizo y me meto en la cama, tienes unos cuentos nuevos para leerme!»

Pocas semanas después, estábamos atravesando la ciudad en el coche, cuando Sammy se puso a preguntar por su abuelo. Cuando Wayne le dijo que había muerto cuando ella tenía doce meses, hizo una pausa y continuó, en un tono algo severo:

«Papá, no está muerto, y tampoco la abuela [que había muerto un año antes]. Los dos hablan conmigo, y también contigo, aunque tú no los escuchas.»

También le encanta jugar con los animales del Cielo Animal. Dice que no siempre se regresa al cielo cuando uno muere. Dice que sabe por qué ha regresado:

«Para enviar amor a todos».

Ha dicho:

«Yo ya sabía que cometía un error regresando a la Tierra cuando estaba en la barriga de mamá. Le dije a Dios que había cambiado de idea y que quería volver a casa, pero Él dijo que era demasiado tarde.»

Es una gran frustración para Sammy no poder volar más que cuando está dormida. Me dijo que yo había sido su madre en el cielo, una vez. Una noche, a la hora de cenar, preguntó, sin darle importancia, dónde viven los canguros y también si había indios allí. Recordaba que había sido un niño y que se había enamorado de la hija del jefe indio, en un lugar donde había canguros. Mencionó muchos detalles relacionados con la historia.

 

Sammy explica que usa las alas para volar, pero también usa una burbuja para protegerse. Dijo que es muy fácil: basta con pensar en el lugar adonde quieres ir y ya estás allí. Hay un planeta donde sopla tanto viento que cuesta mucho entrar. Pero cuando entras, todo reluce como el oro. Le encanta volar a través de los hermosos anillos para llegar hasta Saturno. Anoche me dijo que la Madre Tierra es la esposa de Dios.

 

Dijo que la última vez que había ido a visitar a Dios, él le dijo que todos éramos hijos suyos y que nadie es mejor que ningún otro ser humano. Sostiene que todos los nombres comienzan por «Hijo en el cielo». Me dijo que pronto el cielo estará justo aquí, en la Madre Tierra. Dijo que también quería regresar para sentir cosas distintas y aprender de todo.


Una mañana, Sammy se despertó muy agitada. Le estaba sirviendo el desayuno y me pidió que le rascara la espalda. ¡Dijo que le picaban las alas! Se puso a explicarme que eran medio invisibles. Me dijo que veía las mías. Le pregunté de qué color eran las suyas; me dijo que una especie de lavanda y rosado. Continuó diciendo que yo podría verlas si cerraba los ojos y utilizaba mi tercer ojo. Me dijo que lo intentara. Lo hice y, como siempre, no pude ver nada.

 

Dijo:

«Concéntrate más».

Lo intenté, pero fue en vano.

 

Entonces dijo:

«Tienes que practicar más».

También comentó que viajaba toda la noche y que no dormía.

 

No seguí indagando sobre lo que veía ni adónde iba.
 




LA HISTORIA DE KATIE
Jennifer Walsh


Desde el instante en que nació, supe que Katie no era como los demás. Poseía una conciencia que nos impresionaba. Cuando abría los ojos, resplandecía en ellos la sabiduría de los siglos. Cuando mira a alguien, penetra en su alma.


Dormía muy poco. Reaccionaba ante los cantos indígenas, pero parecía tener dificultades para encajar dentro de su cuerpecillo. A menudo se sentía muy frustrada.


Como yo llevaba muchos años trabajando con la energía, me di cuenta de que Katie era muy sensible a los sonidos y a la energía de los demás. Era y sigue siendo particularmente sensible a la negatividad y la falsedad.


Desde que Katie empezó a hablar, me dijo que procedía de una estrella. Varias veces la encontré mirando el lucero vespertino y salmodiando para sí misma.
Tiene un increíble sentido del humor, imaginación y creatividad, además de un gran sentido de sí misma. A veces juega al juego de la «creación» conmigo. Me dice que ahueque las manos y entonces pone las suyas alrededor de las mías. Entonces lo único que tengo que hacer es crear lo que quiero.


Desde el principio, Katie siempre supo que era una reina y no ha aceptado nada menos que eso. Es un honor y un desafío, al mismo tiempo, criar a una niña tan interesante. La dejamos elegir en casi todo, porque ningún otro sistema va bien.


Esta niña inteligente pronto se dio cuenta de que buena parte del mundo exterior no era su mundo y, literalmente, ya no habla con nadie, excepto conmigo, mi esposo, nuestra hija adolescente y unos cuantos niños del barrio. Dicen que padece de «mutismo selectivo», que es un trastorno ansioso. Hace cuatro años que no abre la boca en la escuela. Cumplió ocho años en junio de 2001.


Katie detecta las energías de todo el mundo y dicen sus maestros que es capaz de captar lo que van a decir y hacer antes de que ocurra. Un maestro dijo que Katie podría hacerse cargo y dirigir la clase, si quisiera. Básicamente, puede hacer cualquier cosa que se proponga.


El verano pasado, cuando su abuela estaba a punto de morir, hablé con Katie. Francamente y con toda naturalidad, me dijo que le dijera a la abuela que no se preocupara, que estaría bien, y a continuación, con la misma tranquilidad, dijo que la abuela regresaría pronto, como un bebé recién nacido. Aparentemente, no sentía necesidad de lamentar su muerte; no era nada importante. Sin embargo, se disgustó cuando vio a la abuela en el tanatorio. Me preguntó por qué teníamos que hacer eso, cuando la abuela no estaba allí. Tuvo que comprender que otras personas tenían que despedirse a la manera de la vieja energía.


Ha sido doloroso observar cómo se retrae esta criatura tan bonita y tan capaz. No es tranquila por naturaleza, aunque a los demás les cueste creerlo.


Tiene algunos amiguitos fantásticos en la escuela, aunque no se comunica de forma oral con ninguno de ellos. Esas criaturas a menudo circulan a su alrededor, formando un círculo protector. Katie y su mejor amiga se comunican sin hablar y se lo pasan bien.


Cuando Katie comience a sentirse más segura para aflorar dentro de sí misma, irá avanzando lentamente. Cuando Katie y los demás florezcan, el mundo no podrá evitar convertirse en un lugar mejor.


Algunos consejos útiles para padres, de mi parte:

  1. Mantenerse en el presente con su hijo. Tomar los días uno por uno. No hay que mirar todo el tiempo toda la carretera.

  2. El amor, la aceptación, la paciencia y la tolerancia son importantísimos.

  3. Comprender que esto forma parte de un todo. No hay que forzar ni presionar, porque eso sólo sirve para que el niño se retraiga más.

  4. De ser posible, hay que procurar no medicarlos. (Eso estuvo a punto de destruir a nuestra hija.)

  5. Hemos de recordar que siguen siendo niños. Básicamente, sólo quieren llevar una vida bastante «normal», al menos de momento. Todavía nos necesitan.




ZACHARY Y TYLER
Robin Rowney


Soy madre soltera y tengo gemelos de cinco años. Los dos, evidentemente, son niños índigo, y los dos presentan muchos de los componentes del diagnóstico típico de falta de concentración e hiperactividad. Acabo de leer Los niños índigo en menos de dos días y les estoy infinitamente agradecida por escribir una obra de arte tan ilustrativa, cuyas palabras devoré lo más rápido que pude.


Quiero contarles dos historias sobre mis «ángeles». En su primer año de vida, compartimos los tres el mismo dormitorio, en casa de mis padres (gracias a Dios que estuvieron allí para ayudarnos). Cada niño tenía su propia cuna y yo tenía mi cama. No dormían nunca toda la noche, ese primer año, de modo que yo era una mamá deprimida, que no dormía lo suficiente.


Una noche, después de una de mis propias sesiones de llanto, estaba acostada en la cama, observando cómo dormían los niños. Comencé a escuchar a Zachary que reía a carcajadas. Reía tan alto que pensé que mis padres también se despertarían, sin duda. Miré la cuna y vi que se cernía sobre él una luz dorada muy brillante. Me quedé atónita. Se calmó, de modo que me acerqué para mirar más de cerca. La luz se esfumó y Zach estaba profundamente dormido, con una inmensa sonrisa en el rostro, la sonrisa de un alma que sabe todo lo que hay que saber: una sonrisa beatífica. Aunque parezca irónico, ese es el niño que rara vez se está quieto y que está siempre en movimiento.


En cuanto a Tyler, él es el «vidente». Recuerdo que una vez, cuando tenía alrededor de dieciocho meses, lo estaba sacando de su sillita en el aparcamiento de un centro comercial, cuando miró el coche que estaba aparcado junto al nuestro, señaló y dijo:

«Ángel».

Veía un ángel en el asiento posterior del otro coche. Ni siquiera sabía que conociera la palabra «ángel» y, mucho menos, ¡que supiera decirla!

 

Durante el año siguiente, o algo así, con frecuencia señalaba a los ángeles, sobre todo en vehículos. Hasta el día de hoy, sueña a menudo con ángeles, que los ve y que es uno de ellos. ¡Qué don!


Sin duda, considero que son una bendición estos dos seres hermosos e inestimables. Son mis ángeles.


Gracias nuevamente. Les estaré eternamente agradecida por su libro.
 




Ya hemos dicho que hemos recibido muchas cartas. Esta siempre estuvo en lo alto de la pila y estábamos absolutamente seguros de que queríamos compartirla con el lector. Es una historia que cuesta dejar de lado; trata de la lucha de un niño por su vida y la experiencia de una madre durante esa lucha.

  • ¿Existen los milagros?

  • ¿Los índigo pueden captar lo que ocurre?

  • ¿Es posible cambiar la realidad, pasando de aquello a lo que está habituada la profesión médica a lo que crean los índigo?

Esta es una historia que hará que el lector rinda homenaje a los niños índigo y a los padres que los acompañan.

 


«MAMÁ, ELLA NO VA A MORIR»
Sally Donovan


El dieciocho de marzo de 1992, me convertí en la orgullosa y algo desconcertada madre de una niña índigo. Claro que entonces no lo sabía. Tendrían que pasar seis años y medio antes de oír hablar del fenómeno índigo, pero si miro hacia atrás me doy cuenta de que todos los indicios estaban presentes.


Pocos minutos después de nacer, mi hija me comunicó el nombre que quería que le pusiera. Yo había elegido tres y, cuando el personal del hospital me la puso sobre el estómago, le pedí que me indicara cuál de ellos quería, cerrando sus grandes ojillos de recién nacida, una vez para indicar que sí, dos para no.

«¿Molly?» Cerró los ojos dos veces. «¿Taylor?» Cerró los ojos dos veces. «¿Murphy?» Cerró los ojos una vez.

De modo que le puse Murphy. Comenzó a hablar bastante tarde, a los dos años y medio. Bueno, a hablar inglés, en todo caso, porque de bebé balbuceaba mucho. Cuando tenía entre doce y dieciocho meses, solía soltar una retahíla de algo que nos parecía un galimatías, aunque ella ponía mucha intención en lo que decía, con la cadencia adecuada y todo. Me daba cuenta por sus ojos de que trataba de decirnos algo y que no comprendía por qué no la entendíamos.
 

Una vez, cuando íbamos por la autopista, Murphy señaló a un coche que pasaba y dijo:

«Ese hombre es malo».

Como ya sabía que era un alma vieja, le pedí que me contara más cosas. Entonces me contó una larga historia sobre lo que había hecho y lo triste que estaba. Me daba cuenta de que se sentía frustrada por tener un vocabulario tan limitado para contarme su historia.

 

Murphy lo ha hecho muchas veces desde entonces, es decir, eso de decirme cómo se siente «esa persona que está allá». Algunas veces trato de sacarle más información, pero ella se rehúsa. Ya no tiene más interés por esa persona y quiere dedicarse a otras cosas.


A los tres o cuatro años, cuando trataba de explicarle algo, Murphy enseguida me interrumpía con firmeza y me decía: «¡Ya lo sé!» Entonces le preguntaba cómo lo sabía y ella me decía:

«Porque, mamá, ¡yo lo sé todo!», con total naturalidad.

A mí no me cabía ninguna duda, incluso entonces, de que lo sabía, efectivamente. Ahora, cuando me dice «Ya sé» o «Ya lo sabía», en una situación, me detengo y le digo: «Claro, sí, me olvidaba de que tú lo sabes todo». Ella así lo cree y yo también.


Cuando Murphy tenía casi dos años, llegó a la familia otra pequeña índigo. Hayley nació el seis de enero de 1994. Era un bebé tranquilo, no tan inquieta como su hermana, pero con los mismos horarios imprevisibles para dormir, y pasé más de una noche con las dos en el sofá.


A los nueve meses, Hayley enfermó: tenía vómitos frecuentes y diarrea. Durante los seis meses siguientes le hicieron miles de pruebas. A los catorce meses todavía no andaba, como si estuviera demasiado débil para ponerse en pie. No pudieron encontrar nada malo, hasta que alguien sugirió que tal vez fuera alérgica al gluten. Suprimimos totalmente el trigo de su alimentación y su salud mejoró enseguida. Dos semanas después empezó a caminar. La mantuvimos a una dieta rigurosa y estaba bien.


Por Navidad, justo antes de cumplir los dos años, Hayley volvió a ponerse mala. Comencé otra ronda de médicos y pruebas. Nadie le encontraba ningún problema, salvo una infección de oído. Dos semanas después de su segundo cumpleaños, me di cuenta de que se estaba apagando. La noche antes de ir a ver a otro médico más, me eché a llorar, segura de que la estaba perdiendo. Murphy, que tenía casi cuatro años entonces, se me acercó y me dijo: «Mamá, no va a morir». Eso me animó. Seguro que Murphy sabía la verdad.


A la mañana siguiente, Hayley sufrió un ataque en la consulta del médico y casi no llego a tiempo al hospital. Después me dijeron, en la sala de urgencias, que estaba adoptando la postura que adopta el cuerpo cuando está a punto de sobrevenirle la muerte cerebral. Al final, los médicos nos dijeron que tenía un tumor en el cerebro, del tamaño de un pomelo, y que la estaban preparando para operarla de emergencia, a fin de extirpárselo. El cirujano dijo que el tumor parecía maligno en la resonancia magnética y que después de la operación habría que seguir un tratamiento con quimioterapia o radioterapia.


Cuando Hayley se estabilizó, nos dejaron entrar a verla. Me quedé al pie de su cama y, casi como si fuera una visión que se representaba en mi mente, vi un rostro sonriente justo encima de su forma inerte. Era su rostro, que reía y me decía: «No te preocupes, mamá, que me voy a poner buena, de verdad». Lo escuché una y otra vez.


Me situé al lado de Hayley y le cogí los deditos con la mano derecha. Le puse la mano izquierda sobre la cabeza. Con los ojos cerrados, invoqué en silencio al Universo. Pedí que todas las plegarias que se decían por Hayley se unieran. Sentí su poder, mientras acudían desde lugares tan lejanos como Londres y Nueva Zelanda. Todas al mismo tiempo y con gran velocidad, formaron una franja de una luz blanca cegadora, que vino directamente hacia nosotras, como un cometa con una cola resplandeciente.


Aunque mantenía los ojos cerrados, la «vi» entrar como un bólido por la ventana del hospital. Sentí cómo me penetraba en el cuerpo por la derecha, pasaba a través de mí y me bajaba por el brazo izquierdo, me salía por la mano y penetraba en la cabeza de Hayley. Cuando la franja de luz chocó contra el tumor, estalló en una lluvia de chispas, como si fueran fuegos artificiales. Fue como si el tumor se desintegrara, quedara destruido. Fue lo más bonito que he visto en mi vida. Me envolvió una paz como no había conocido nunca. No me cabía ninguna duda de que Hayley se iba a recuperar por completo.


Después de la operación, apareció el médico, sacudiendo la cabeza. Dijo que el tumor no parecía tan maligno como había pensado, pero que no se atrevía a decir que fuera benigno.

«Eso sería un milagro», dijo.

Pues bien, después de enviar la muestra de tejido a tres laboratorios distintos, e incluso a la Clínica Mayo, en Rochester, Minnesota, seguían sin poder identificarlo. Finalmente, tuvieron que clasificarlo como benigno, para lo cual el único tratamiento era reseccionar. No me sorprendió en absoluto, porque realmente Hayley es una niña milagrosa.


Hayley es ahora una niña sana y feliz de seis años. Su alergia al gluten desapareció después de la operación y no tiene que seguir ninguna dieta. En la última resonancia magnética que le hicieron, vimos que el hemisferio izquierdo de su cerebro se ha regenerado casi por completo, para sorpresa de todos nosotros (bueno, de los médicos, sobre todo). Le diagnosticaron un trastorno del procesamiento auditivo central y hace dos años que sigue una terapia para hablar. Le va de maravilla en el parvulario y avanza según lo previsto.


Ya sé que los ángeles la protegen. A los dieciocho meses se le quedó atrapado un dedo al final de la cinta transportadora del aeropuerto. En cuestión de segundos, había un señor a nuestro lado, ocupándose de su dedo, que estaba bastante destrozado. Mientras esperábamos a los médicos, estuvo allí y la atendió. En el hospital, los médicos se quedaron asombrados al ver lo bien que se había atendido la herida.

 

Miré la tarjeta que me había dado ese hombre y vi que ponía:

«Dr. Angelchik».

Fue realmente un ángel para nosotras.


Cada vez que nos quedamos tranquilas o meditamos juntas, Hayley señala y dice:

«Allí está Dios» y «Allí están los ángeles».

Los ve por todas partes y hasta me cuenta lo que ellos dicen, lo cual me produce mucho respeto. Ojalá pudiera ver lo que ella ve.

 

Una vez estábamos en un avión, volando a través de las nubes, y ella señaló y me dijo que Dios y un puñado de ángeles la saludaban y decían:

«¡Bienvenida, Hayley! Nos alegramos de que estés aquí.»

Muchas veces, en situaciones difíciles, mis hijas me dan los consejos más maravillosamente sencillos. Cuando estoy triste, me brindan las palabras de consuelo más dulces. Las ideas y la sabiduría que salen de su boca son realmente maravillosas. Hacen que me detenga y me ayudan a darme cuenta de hasta qué punto he perdido contacto con lo que tiene importancia de verdad.


Hace un año y medio, una médium me dijo que mis dos hijas eran «hijas del rayo azul». Busqué toda la información que pude sobre el tema, pero no encontré gran cosa, hasta que un amigo me habló de su libro y supe que había dado con la respuesta. Lo leí de un tirón hasta que me dio dolor de cabeza y después leí un poco más.


Ahora estoy en plena cruzada para cambiar la manera en que funcionan las escuelas. Hablo con los profesores, los padres y con todos los que quieran escucharme. Descubro que tienen mucho interés y que tienen historias similares para contarme sobre sus hijos... ¡Pero no están dispuestos a hacer el esfuerzo! Me encantaría crear mi propia escuela para proporcionar a los índigo un ambiente en el que puedan aprender.


Muchas, muchísimas gracias por publicar este libro. Ahora tengo algo que puedo tomar como referencia y decir:

«Aquí está. Estos niños son unos regalos especiales que hemos recibido y tenemos que hacer algo al respecto, ahora. Necesitan nuestra ayuda para cambiar el sistema, para poder desarrollar su potencial.»




Sally indicó que Murphy fue capaz de «ver» el hecho de que Hayley no iba a morir.

  • ¿Era una expresión de deseo?

  • ¿O esta índigo realmente vio una fuerza vital o una parte interdimensional del ser humano?

En realidad, ¿los índigo pueden ver el aura? La siguiente historia es algo más que similar: ¡en realidad es casi idéntica!

 


«NO SE VA A MORIR HOY, ¿VERDAD, OMA?»
Bev Wells


Quiero contarles una historia sobre un niño índigo. Mi yerno, Lloyd, se puso muy malo el último Día del Trabajo, y estuvimos a punto de perderlo por una infección en la columna. Habían tenido que operarle esa parte del cuerpo y se le había producido una infección. Tiene tres hijos y mi hija (su esposa) estaba destrozada, por decir algo.


Hubo que hacerle una operación muy delicada; le tenían que poner un bloqueador en el corazón para poder inyectarle los antibióticos directamente. No pudieron hacer un cultivo de la bacteria y, como era una cepa nueva, no sabían cómo tratarla, de modo que la trataron con «todo lo que tenían».


Llevé a mis tres nietos a ver a su padre antes de la operación, porque dijo que quería que sus rostros fueran lo último que viera en la Tierra. Pude ver su aura, que tenía un aspecto muy tenue y casi no se veía. Temí que no sobreviviera a la operación. Estaba tratando de consolar a mi hija lo mejor que podía, cuando trajeron a Lloyd de la sala de recuperación. ¡El hecho de que estuviera vivo ya era todo un milagro! Mi nieta de tres años, Samantha, quiso ir a ver a su padre. Los otros dos niños estaban en la escuela, de modo que la llevé a verlo.


Trepó a una silla que había junto a la cama y acercó la cara a unos quince centímetros del rostro de su padre y no se movió. Lloyd abría los ojos de vez en cuando y decía: «Hola, Sam»; después hablaba con su esposa o conmigo y volvía a dormirse.


Finalmente, mi hija dijo con suavidad:

«Sam, ¿qué haces?» Samantha se volvió en la silla, miró a su madre a los ojos y dijo: «Lo estoy mirando y escuchando para poder recordarlo cuando muera».

Por supuesto, mi hija casi se desmaya.

 

Pero entonces Sam me miró a mí y dijo:

«Pero no se va a morir hoy, ¿verdad, Oma?»

Vi que su aura era mucho más fuerte que el día anterior y respondí con suavidad:

«No, Sam, no se va a morir hoy».

Samantha había visto el aura el primer día y después había podido ver la diferencia con el segundo día, pero no sabía describirla. Con toda tranquilidad, bajó de la silla y dijo:

«Ya me parecía que no».

Entonces preguntó si podía ir a la tienda de regalos a comprar algo para su papá, cuando despertara. Dejé a mi hija para que recobrara la compostura y llevé a Samantha a la tienda de regalos, donde compramos un osito de peluche para su papá.


Mis tres nietos son niños índigo, pero las dos niñas (Samantha, que ahora tiene cuatro años, y Victoria, de seis) son las que más hablan y cuestionan. Mi nieto, que tiene ocho años, es más reservado, aunque se interesa mucho por lo que preguntan sus hermanas.

 

Victoria me preguntó si yo había tenido una vida anterior y si iba a tener otra. También quería saber si ella había tenido una vida anterior y si iba a volver a vivir. Por supuesto, le contesté con toda sinceridad pero, como va a un colegio privado religioso, le insinué que tal vez convenía que ese tipo de preguntas se las hiciera a sus padres o a mí, pero no a los maestros de la escuela.

 

Me miró como sólo puede hacerlo una criatura de seis años y dijo:

«¡Por el amor de Dios, abuela! No pensarás que iba a hablar de estas cosas en la escuela, ¿verdad?»

Fue una estupidez por mi parte dudarlo.
 


 

  • ¿Auras?

  • ¿Colores alrededor de las personas?

  • ¿Energía?

  • ¿Es posible que los niños realmente vean esas cosas?

A continuación, lo que nos cuenta una educadora que les pidió a sus alumnos que «se abrieran y se lo hicieran saber.

 


«¿ALGUNO DE VOSOTROS VE COLORES ALREDEDOR DE LOS CUERPOS?»
Katherine


Me llamo Katherine y me ha ocurrido algo muy extraño. En diciembre pasado, trabajaba como maestra sustituta en una pequeña escuela de distrito en El Monte, California. Me dieron la clase de primero. Había unos veinte niños en la clase y se portaban muy bien.


Era el final de la jornada y yo había llevado algunos de mis «dibujos de energía», simplemente porque se me ocurrió. (Podía dibujar y pintar esas «imágenes de energía» con los ojos cerrados.) Las pegué en la pizarra, al frente de la clase, mientras los niños estaban sentados en la alfombra, delante de mí. Yo estaba sentada en una silla.

 

Algo en mi interior me indujo a preguntar:

«¿Alguno de vosotros ve colores alrededor de los cuerpos?»

Todos los alumnos me miraron y después se miraron entre sí. Entonces, tímidamente, unos cinco niños levantaron la mano. En ese momento, el aire cambió. Sentí que aumentaba la energía, como si se abriera una puerta entre esos niños y yo. Fue increíble y hermosísimo.


Un niño que se comportaba de un modo algo inmaduro creció allí mismo, ante mis ojos. Su manera de hablar mejoró y me dijo que veía una niebla de color encima de las personas, todo el tiempo; a continuación describió la mía correctamente. (Hace algún tiempo, varias personas me dijeron que mi aura era dorada.) Después describió otras: sonrosada, azul lavanda y rosa y entonces señaló el aura de un índigo.


Ese niño índigo, llamado Erick, simplemente me miró y yo lo miré. Entonces le pregunté;

«¿Sabes de qué estamos hablando?»

Movió la cabeza hacia arriba y hacia abajo, muy despacio.


Entonces añadí:

«Te saludo y me alegro de conocerte».

Sentí un cosquilleo en todo el cuerpo. Le pregunté:

«¿Sabes por qué estás aquí?»

Asintió muy despacio. Dije entonces:

«Eres lo que hemos estado esperando.»

Asintió. Yo sabía, en lo más profundo de mi corazón, que era cierto.


Entonces, otros niños me dijeron lo que veían. Todos sabían sobre auras y ángeles. No recuerdo el nombre del primer niño, pero me dijo que invoca a los espíritus.

«Acuden en forma de mariposas hechas de luz. Nadie más las ve», dijo.

Viaja a otros planetas con ellas y es consciente, cuando eso ocurre.


Otros me dijeron que ven un borde de color en torno a los cuerpos y que esa habilidad es algo que activan o desactivan a voluntad. Otros niños ven ángeles los viernes y algunos los ven en enero. Ese día ocurrieron más cosas increíbles, pero tendría que escribir un libro para abarcarlas a todas. Sin embargo, nunca lo olvidaré.
 




«ABUELA, ¿TÚ VES ÁNGELES?»
Doctora Barbra Dillenger


Al es un índigo «interdimensional». Es un niño grande, de nueve años, pero que podría pasar por un joven adolescente. Siempre ha sido fornido, de huesos grandes y bien desarrollado. Su abuela, que es muy amiga mía, lo llama «el gigante dulce». Tiene una actitud bastante filosófica, sobre todo en relación con las demandas de su hermanita «conceptual» (los «conceptuales» son un tipo de índigo que mencionamos en el primer libro). Al cede ante ella con facilidad y, aparentemente, sin ningún resentimiento. Hace varios años que asiste a una escuela primaria católica. Su abuela se ocupa a menudo de él y de su hermana para que sus padres puedan pasar algún tiempo a solas.


La familia sabe que a la abuela le interesan los ángeles. Una noche en que se hizo cargo de los niños, los padres le dejaron un regalo: un libro sobre los ángeles. Los niños se sentaron con ella para mirarlo, pero Al no dijo nada.


Más tarde, cuando llegó la hora de hacer los deberes, la abuela, la niña y Al se sentaron a la mesa para acabar lo que tenían que hacer. Al cabo de un rato, de improviso, Al preguntó:

«Abuela, ¿tú ves alguna vez a algún ángel, a alguno de tus ángeles especiales?»

La abuela pensó por un momento, eligiendo las palabras con sumo cuidado.

«No, cariño, en realidad, nunca veo a mis ángeles. Los siento y siempre sé cuándo están presentes. Algunas veces me hacen sentir tan llena de amor y alegría que me pongo a llorar».

Al sonrió con entusiasmo y susurró:

«Ya lo sé, abuela. Sé perfectamente lo que quieres decir».

Cuando acabaron los deberes, Al se dirigió al sofá y cogió el libro nuevo de la abuela, y ella lo escuchó decir:

«Yo también los siento».




«MAMÁ, JESÚS NOS SALVARÁ»
Nikki Dolan


Quisiera aportar algo acerca de mi hija, Jessica. En realidad, me cuesta escoger un ejemplo, puesto que su sabiduría me ha dejado helada muchas veces. Les daré unos cuantos ejemplos breves, para que extraigan sus propias conclusiones.


Siempre me han aterrado las tormentas eléctricas. Como vivo en la zona que llaman la «avenida de los tornados», me suelo poner bastante nerviosa en primavera y a principios del verano. Me han visto esconderme en el sótano en cuanto escucho el primer trueno.


En junio de 1998, había ido de compras al centro comercial con mi marido, mi madre, mi hija Emily, que era un bebé, y mi hija Jessica, que tenía dos años. Regresábamos a casa en el coche y se nos acercaba a toda velocidad una super célula muy peligrosa, famosa por producir tornados. El cielo se había puesto de ese verde de mal agüero, del cual uno oye hablar y que espera no ver jamás. Evidentemente, me entró pánico.


Cuando lo pienso ahora, veo que me comporté como una perfecta idiota delante de mis hijas pequeñas. Es increíble que mi miedo no las haya marcado de por vida. Presa del pánico, estuve gritándole a mi marido durante diez minutos que condujera más aprisa. Mi hija no dijo una palabra hasta que me puse a llorar de miedo. (Ya lo sé: soy una imbécil.)

 

De pronto, del asiento trasero, una vocecita de dos años manifestó con toda calma:

«Mamá, Jesús nos salvará».

Lo dijo con la fe más total y absoluta que escuché en mi vida. De repente me di cuenta de que, con mi paranoia, había olvidado por completo mi fe en Dios. Me sentí como una tonta, pero también sentí como una iluminación, al mismo tiempo. Poco después, la tormenta cambió de sentido y se alejó de nosotros. Durante toda esa terrible experiencia, Jessica mantuvo la calma, como hace siempre.


Jessica tiene una memoria increíble. Ahora tiene casi cinco años y a menudo me cuenta cosas de su vida, incluso de antes de cumplir los dos. Mi abuelo murió cuando ella tenía dos años y medio y todavía recuerda que fuimos a verlo antes de su muerte. Sólo permaneció dos o tres minutos en la habitación, pero lo captó todo y lo ha venido analizando desde entonces.


Habla a menudo de la cama de hospital en la que estaba y del ruido que hacía el aparato de oxígeno que había cerca. Murió en casa y, poco después, retiraron de la habitación la cama de hospital. La siguiente vez que Jessica fue a su casa, hacía unos cuantos meses que la cama ya no estaba allí. Hace poco, Jessica me preguntó por su «lecho de muerte» y si había ido al cielo con él. No me parece increíble la frase en sí, pero encuentro bastante sorprendente el hecho de que siga procesando una información que su cerebro recibió hace casi dos años y medio y extrayendo conclusiones lógicas e inteligentes.


La frase favorita de Jessica es «quiero a todo el mundo», y creo firmemente que así es. Trata con amor y respeto a todas las personas que encuentra y se impresiona y se siente profundamente herida cuando los demás no la tratan de la misma manera. Es una criatura adorable.

 

Hace poco, estábamos las dos acurrucadas, como solemos hacer, en mi mecedora y le pregunté:

«Jessica, tienes mucho amor en tu interior, ¿verdad?»

Me respondió:

«Por supuesto, mamá. Nací del amor.»

Nunca lo había pensado de esa manera, pero claro que tiene razón. Se me llenaron los ojos de lágrimas con su frase, lágrimas de orgullo y alegría. Me enseñó tanto, sólo con una frase tan sencilla como esa.


Mi primer hijo murió en el parto. Se llamaba Douglas y nació a término. Jessica nació trece meses después de su muerte. Siempre le hemos dicho la verdad a Jessica sobre Douglas. Sabe que murió y que vive en el cielo. A menudo me dice que ha hablado con él y me da mensajes suyos. Me ha hablado de su «ángel», que se llama Sabrina. Jamás le diría que tiene una imaginación hiperactiva (como me decían a mí mis padres).

 

Francamente, creo que sus experiencias con el mundo de los espíritus son tan válidas, si no más, que las que tenemos en este plano de la realidad.
 



¿Recuerda el lector que hemos dicho que estos niños a veces reaccionan ante las cosas espirituales profundas que los rodean? Prestemos atención a la historia de David, un niño de ocho años. La compasión que sienten estos niños a una edad muy temprana es una de las características que los distingue de los niños del pasado.

 

No sólo se relacionan con compasión y sabiduría con los que los rodean, sino que también se conectan, a veces, con la energía del pasado.
 

 

«ME SIENTO COMO JESÚS»
Felicitas Baguley


Nací en Berlín, Alemania, y quisiera hablarles de mi hijo de ocho años, David. Hoy le pregunté si le gustaría que contara algunas de sus historias a los autores de un nuevo libro sobre los índigo.


Me dijo que sí y que le gustaría participar. Sin embargo, sólo se le ocurrió una cosa. Le pregunté qué era y me dijo:

«Bueno, no es gran cosa, sólo que soy el seguidor [sucesor] de Jesús.»

Cuando David tenía cinco años, un día me dijo eso. A los cuatro o cinco años, lloró amargamente la muerte de Jesús. Emocionalmente, lo alteró mucho saber que Jesús fue clavado en la cruz. (Hablamos de eso en Pascua.) Lloraba como si Jesús fuera un pariente cercano que hubiera sido asesinado.

 

Dijo:

«Soy el seguidor de Jesús. Me siento como Jesús

También hay otra historia de cuando tenía unos tres o cuatro años: lo llevé conmigo a mi trabajo, en un parvulario. Resulta que un niño comenzó a provocarlo. David simplemente le sonrió con mucho afecto y se dio la vuelta.


Cuando di a luz a David también fue muy especial. En un momento determinado, tuve la sensación de que no podía continuar, de que ya no me quedaba más energía para seguir pariéndolo. Me sentí como si me estuviera muriendo.

 

Dije:

«David, por favor, ayúdame».

De inmediato salió fácilmente de mi cuerpo. También vi que habían estado presentes dos médicos y dos enfermeras mientras daba a luz a David, cuando habitualmente sólo están la partera y una enfermera. Tuvimos, David y yo, algunas dificultades con el parto, de modo que necesitamos y nos prestaron ayuda.


Después del nacimiento, el personal del hospital se olvidó de nosotros durante el tiempo suficiente para darnos la oportunidad de estar juntos sin que nadie nos molestara. David me observó con gran intensidad durante varios minutos. (Lo habitual es que los recién nacidos cierren los ojos enseguida después del parto.)

 

Él me miraba constantemente a mí, dentro de mí. Nos mirábamos los dos a los ojos con mucha fuerza. Al volver a casa, evidentemente, tuvimos todo