1 - LOS NIÑOS SABIOS

Consejos sobre el amor
Qué es el amor
Una tarjeta especial
Zachary
De un niño de tres años
Los niños opinan sobre el matrimonio
El amor propio
El sobre
Impregnar el corazón
Sabiduría en el asiento trasero
La silla
Antes de llevarlo al médico
Dice que he hecho bien
Entrenando a Jombi
Un arreglo rápido en la cocina
Proverbios de los índigo
Lo que una madre ha aprendido de sus hijos
Refranes
Párvulo erudito
Mi amigo Johnny Joe
El niño automático
Niños que «simplemente saben cómo hacer las cosas»
Con energía solar, activado con la voz
¿Quién es este niño, después de todo?
No son como nosotros
21 futuros preciosos


«¿En qué se diferencia un niño índigo de Bart Simpson [de la conocida serie de televisión Los Simpson]?» le preguntaron a Jan en una entrevista, el año pasado, poco después de que se publicara el primer libro sobre los índigo. ¿Cuál es la respuesta? Que los dos pretenden algo, pero sus objetivos son muy diferentes. Los bravucones (como Bart Simpson) quieren llamar la atención e insisten, una y otra vez, para conseguirla y, cuando consiguen lo que quieren, insisten un poco más, para averiguar dónde está el límite.


Lo que pretenden los niños índigo es insistir hasta que los comprenden o, por lo menos, hasta que los tienen en cuenta; después se detienen.


Resulta increíble observar la sabiduría de los índigo. Tienen perfectamente resueltas algunas cuestiones vitales muy profundas y están dispuestos a compartirlas con quien quiera escucharlos. Hasta los que no hacen las cosas demasiado bien demuestran unos procesos mentales muy inteligentes.

 

Quisiéramos comenzar este homenaje con algunas frases sobre el amor y las relaciones (unos temas que nos interesan a muchos), dichas por niños:

CONSEJOS SOBRE EL AMOR
Autor anónimo. (Fuente: Internet)


¿Cuándo está bien besar a alguien?
«No beses a una chica a menos que tengas suficiente dinero para comprarle un anillo grande y su propio aparato de vídeo, porque seguro que querrá grabar la boda en vídeo.»

(Jim, 10 años)

 


¿Por qué se enamoran dos personas determinadas?
«Nadie sabe con certeza por qué ocurre, pero he oído que tiene algo que ver con la manera en que uno huele. Por eso se venden tantos perfumes y desodorantes.»

(Jan, 9 años)

 


¿Cómo es enamorarse?
«Es como un alud: tienes que correr para salvar la vida.»

(Roger, 9 años)


«Si enamorarse se parece en algo a aprender ortografía, no quiero hacerlo. Da mucho trabajo.»

(Leo, 7 años)

 


¿Para qué sirve la belleza en el amor?
«Si quieres que te quiera alguien que no pertenece a tu familia, ser guapa no hace ningún daño.»

(Jeanne, 8 años)
 

«No siempre tiene que ver con tu aspecto. Por ejemplo, yo soy guapo y todavía nadie quiere casarse conmigo.»

(Gary, 7 años)


«La belleza es superficial. En cambio, la riqueza puede durar mucho tiempo.»

(Christine, 9 años)

 


¿Por qué los que se quieren suelen ir cogidos de la mano?
«Para estar seguros de que no se les caen los anillos, que les han costado mucho dinero.»

(Dave, 8 años)

 


¿Qué opinas sobre el amor?
«Estoy a favor del amor, siempre y cuando no se presente cuando ponen Los Simpson en la tele.»

(Anita, 6 años)


«El amor te encontrará, por más que trates de esconderte de él. He tratado de esconderme desde los cinco años, pero las chicas siempre me encuentran.»

(Bobby, 8 años)


«No tengo prisa por enamorarme. Bastante trabajo tengo en aprobar el curso.»

(Regina, 10 años)

 


¿Qué cualidades tiene que tener un buen novio o una buena novia?
«Alguno de los dos tiene que saber hacer un cheque, porque por más que haya amor a toneladas, también habrá que pagar muchas facturas.» (Ava, 8 años)

 


¿Cuál es el método infalible para hacer que alguien se enamore de ti?
«No hagas cosas como ponerte unas bambas verdes apestosas. Puede que llames la atención, pero la atención no es lo mismo que el amor.»

(Alonso, 9 años)


«Una posibilidad es invitarla a comer. Pero tiene que ser algo que le guste. Con las patatas fritas casi siempre me ha ido bien.»

(Bart, 9 años)

 


¿En qué piensa la mayoría de las personas cuando dicen «te quiero»?
«La persona piensa: Claro que lo quiero, pero espero que se duche por lo menos una vez al día.»

(Michelle, 9 años)

 


¿Qué hay que hacer para que el amor dure?
«Hay que pasar la mayor parte del tiempo amando, en lugar de ir a trabajar.»

(Tom, 7 años)


«Hay que saber besar bien. Así puedes lograr que tu esposa olvide que nunca sacas la basura.»

(Randy, 8 años)

Algunas de estas frases no sólo son divertidas, sino que también demuestran mucha perspicacia. Uno se pregunta de dónde procede tanta sabiduría. Un grupo de profesionales formuló la pregunta «qué quiere decir amar» a un grupo de niños de ocho años.

 

Nadie esperaba respuestas tan profundas.

QUÉ ES EL AMOR
Autor anónimo. (Fuente: Internet)
 

«El amor es lo primero que se siente, antes de que se interponga en tu camino todo lo malo.»
«Cuando mi abuela enfermó de artritis, ya no se podía agachar para pintarse las uñas de los pies, así que ahora se las pinta mi abuelo, aunque él también tiene artritis en las manos. Eso es amor.»
«Cuando alguien te quiere, dice tu nombre de una manera diferente. Tú sabes que tu nombre está a salvo en su boca.»
«Amor es cuando una chica se pone perfume y un chico se pone colonia para después de afeitar, y salen juntos y se huelen el uno al otro.»
«Amar es cuando sales a comer y le das a alguien la mayor parte de tus patatas fritas, sin hacer que te dé ninguna de las suyas.»
«Amar es cuando alguien te hace daño y uno se enfada muchísimo, pero no le grita, porque sabe que el otro se ofendería.»
«El amor es lo que te hace sonreír cuando estás cansado.»
«Amor es cuando mi mamá le prepara el café a mi papá y ella bebe un sorbito antes de dárselo, para estar segura de que esté bueno.»
«Amar es besarse todo el tiempo. Y cuando te cansas de besar, todavía quieres estar juntos y hablar más. Mi madre y mi padre son así. ¡Me dan un asco cuando se besan!»
«El amor es lo que está contigo en la misma habitación, en Navidad, si dejas de abrir los regalos y te pones a escuchar.»
«Si quieres aprender a querer mejor, te conviene empezar con un amigo al que odies.»
«Cuando le dices a alguien algo malo de ti mismo y temes que no te quiera más. Pero entonces te sorprendes porque no sólo te sigue queriendo sino que te quiere todavía más.»
«Hay dos tipos de amor: nuestro amor y el amor de Dios. Pero Dios los hace a los dos.»
«Amor es cuando le dices a un chico que te gusta su camiseta y entonces él se la pone todos los días.»
«El amor es como una ancianita y un ancianito que siguen siendo amigos a pesar de lo mucho que se conocen.»
«Durante mi recital de piano, estaba en el escenario, muy asustada. Miré a toda la gente que me observaba y vi a mi papá que me saludaba y me sonreía. Era el único que lo hacía y ya no tuve más miedo.»
«Mi mamá me quiere más que nadie. Nadie más me da un beso cuando me voy a dormir por las noches.»
«Amar es cuando mamá le da a papá el mejor trozo de pollo.»
«Amar es cuando mamá ve a papá oloroso y sudado y de todos modos le dice que es más guapo que Robert Redford.»
«Amor es cuando tu perrito te lame la cara, aunque lo hayas dejado solo durante todo el día.»
«Sé que mi hermana mayor me quiere porque me da toda su ropa vieja y ella tiene que salir a comprar ropa nueva.»
«Dejo que mi hermana mayor se meta conmigo porque mamá dice que sólo se mete conmigo porque me quiere, conque yo me meto con mi hermanita pequeña, porque la quiero.»
«Las tarjetas románticas como las del día de San Valentín dicen cosas que nos gustaría decir a nosotros, pero que no nos atreveríamos a decir ni locos.»
«Cuando estás enamorado, las pestañas te suben y te bajan y te salen estrellitas.»
«Amar es cuando mamá ve a papá en el retrete y no le da asco.»
«En realidad, no habría que decir “te quiero” si uno no lo siente, pero si uno lo siente, debería decirlo muchas veces, porque la gente se olvida.»

Hemos encontrado tantas anécdotas sobre la sabiduría que manifiestan unos niños muy pequeños que a menudo nos ha costado mucho decidir cuáles dejar de lado, porque todas eran fabulosas. Por cada anécdota que lea el lector, hay como diez más que no llegaron a publicarse. Los niños de hoy no sólo son sabios, sino que a menudo son maestros nuestros.

 

He aquí un ejemplo de lo que queremos decir.
 




UNA TARJETA ESPECIAL

Nancy Coleman


Davis tenía cuatro años y en la escuela celebraban el día de San Valentín. Los niños tenían que darle una tarjeta a cada niño de la clase.

 

Me dijo:

«Mamá, hay un niño muy malo que en realidad no merece ninguna tarjeta. Pero he estado pensando: puede que si se la doy y lo trato bien, aunque no sea simpático, se sienta mejor consigo mismo.»

¡Qué orgullosa me sentí!

 



ZACHARY

William Linville


Tengo el placer de compartir algunas anécdotas relacionadas con Zachary nuestro hijo de siete años. Zachary supone una gran diferencia en nuestras vidas. Gracias a él, mi esposa, Laura, y yo hemos comprendido el sentido que tiene él para nosotros y, por consiguiente, tenemos más claro nuestro propio sentido.
Lo que quiero contar ocurrió cuando Zachary tenía seis años. Un día lo encontré sentado en el salón, encima del sofá, con los ojos cerrados. Tenía los juguetes desparramados por la habitación y era hora de que los recogiera.

 

Le dije:

«Zachary, es hora de que recojas los juguetes, por favor».

Zachary no respondió ni dio ninguna señal de haberme escuchado.

 

Algo inquieto, alcé la voz y repetí mi solicitud:

«Zachary, ¡es hora de que recojas los juguetes, por favor!»

Entonces abrió los ojos, me miró de frente y respondió:

«Un momento, papá, ¡estoy hablando con mi Ser Superior y todavía no he acabado!»

Evidentemente, su respuesta inesperada me dejó fuera de mi. Entonces me invadió una gran sensación de alegría y comprensión, tanto es así que comenzamos a darle la oportunidad de optar y de elegir, como sugieren ustedes en su libro. Ahora nuestra vida resulta mucho más fácil.


El primer amor de Zachary es la Madre Naturaleza. El otro día, cuando salíamos de un herbolario, Zachary se puso a explicarme por qué ciertos árboles pierden la corteza y las hojas, y cosas así. Ya sé que todavía no han hablado del tema en la escuela de modo que, por curiosidad, le pregunté cómo sabía lo de los árboles.

 

Su respuesta fue inmediata y sencilla:

«Porque lo sé, papá.»

Mi mensaje a los padres es que tomen conciencia de las posibilidades que son inherentes a los niños de hoy. Muchos niños pueden ver a través de la fachada de las «antiguas costumbres del mundo». Están aquí para guiarnos y para enseñarnos una «manera mejor», una forma de vivir más alegre y armoniosa.

 

Una forma de vivir que nos ayude a sentirnos en contacto con todas las cosas y con todo lo que existe.
 




DE UN NIÑO DE TRES AÑOS

Kim Mander

 

Tengo un hijo de seis años y creo que es un niño índigo. Sin embargo, puede que no sea índigo, sino un ser espiritual que realmente «sintoniza» con sus dones. Hace comentarios muy profundos sobre cuestiones que normalmente escaparían a un niño de seis años. Un día íbamos en coche por la carretera y yo estaba muy enfadada porque me estaba sacando de quicio y me hacía llegar tarde a una reunión que tenía a las ocho de la mañana.

 

Le dije que me molestaba lo que estaba haciendo y de pronto (esto ocurrió cuando tenía tres años) me dijo:

«Mamá, tu conciencia es la clave.»

Le pedí que me lo explicara, porque lo que acababa de escuchar me había dejado muy sorprendida, y me dijo:

«Es esa vocecilla que hay dentro del corazón que te dice lo que tienes que hacer.»

Precisamente el otro día, la vecinita de al lado le decía a mi hijo que el papá de ella podía derrotar al suyo porque aquel tenía cuarenta y seis años y era más fuerte.

 

Mi hijo le respondió:

«No importa lo fuerte que seas por fuera. Lo único que importa es lo fuerte que eres por dentro.»

He ido tomando notas de su vida desde que hizo ese comentario, a los tres años. ¡Ha dicho algunas cosas increíbles! Es capaz de ver el aura y a menudo sabe exactamente lo que piensan los demás.


Tiene el cabello rubio castaño y grandes ojos azules y es muy serio, y a menudo se limita a observar, en lugar de relacionarse con los demás. Sus maestros dicen que sabe más de lo habitual para un párvulo, pero que le cuesta mantener la concentración y trabajar de forma independiente.

 

Según mi hijo, se debe a que el trabajo es aburrido y a que lo único que hacen es pintar.

 




¿El lector está dispuesto a seguir oyendo hablar sobre las relaciones? ¿Y si nos referimos al matrimonio en general? Pues bien, a continuación presentamos más ejemplos, tomados de Internet, sobre el amor, el matrimonio y otras efusiones semejantes.

 

¡Verá que no tienen desperdicio!

LOS NIÑOS OPINAN SOBRE EL MATRIMONIO
Autor anónimo. (Fuente: Internet)


¿Cómo decides con quién te casas?
«Tienes que encontrar a alguien a quien le gusten las mismas cosas. Por ejemplo, si te gustan los deportes, a ella tiene que gustarle que te gusten, y siempre tiene que ofrecerte algo para picar.»

(Alan, 10 años)


«En realidad, hasta que no se hace mayor, nadie decide con quién se va a casar. Lo decide Dios mucho antes, y mucho después uno averigua quién le ha tocado.»

(Kirsten, 10 años)

 


¿Cuál es la mejor edad para casarse?
«Los veintitrés son la mejor edad, porque a esas alturas ya conoces a la persona de toda la vida.»

(Camille, 10 años)


«Ninguna edad es buena para casarse. Para casarse, hay que ser tonto.»

(Freddie, 6 años)

 


¿Cómo se puede saber si dos personas que no conocemos están casadas?
«Puede que haya que adivinarlo, según parezca si le están gritando a los niños.»

(Derrick, 8 años)

 


¿Qué te parece que tienen en común tu madre y tu padre?
«Que ninguno de los dos quiere tener más hijos.»

(Lori, 8 años)

 


¿Qué hacen la mayoría de las parejas cuando salen?
«Uno sale con alguien para pasárselo bien y habría que aprovechar para conocerse. Hasta los chicos tienen algo que decir, si uno presta suficiente atención.»

(Lynnette, 8 años)


«La primera vez que salen juntos, por lo general se limitan a contarse mentiras, lo cual despierta suficiente interés para que quieran salir otra vez.»

(Martin, 10 años)

 


¿Qué harías si la primera vez que sales con alguien te fuera mal?
«Me iría corriendo a casa y me haría el muerto. Al día siguiente, convocaría a todos los periódicos para asegurarme de que hablaran de mí en todas las columnas necrológicas.»

(Craig, 9 años)

 


¿Cuándo está bien besar a alguien?
«Cuando la persona tiene dinero.»

(Pam, 7 años)


«Según la ley, tienes que tener dieciocho años, de modo que yo no me arriesgaría.»

(Curt, 7 años)


«La norma establece que, si besas a alguien, te tienes que casar y tener hijos con esa persona. Así es como se hace.»

(Howard, 8 años)

 


¿Es mejor estar soltero o casado?
«A las chicas les conviene ser solteras, pero a los chicos no. Ellos necesitan que alguien les vaya detrás, recogiéndolo todo.»

(Anita, 9 años)

 


¿En qué sería diferente el mundo si la gente no se casara?
«Sin duda, habría que justificar muchos niños, ¿no?»

(Kelvin, 8 años)

 


¿Cómo harías para que un matrimonio funcionara bien?
«Diciéndole a tu esposa que está guapa, aunque parezca un camión.»

(Rick, 10 años)

Aparentemente es muy precoz, esta sabiduría. Yvonne Zollikofer habla de Víctor, su hijo de dos años, que le preguntó un día:

«¿No es cierto, mamá, que soy muy mayor?»

Ella respondió:

«Sí, creo que sí, cariño.»

Seguro que Yvonne no esperaba que un niño de dos años hiciera una pregunta semejante.

¿De dónde procede esa sabiduría tan precoz? Más adelante vamos a referirnos al tema de los niños que hablan de cuestiones espirituales (no religiosas), de algunos conceptos básicos de la vida. Pero, ¿qué decir del atributo del amor propio de los índigo? ¿Realmente lo captamos?

 

A continuación, una historia real que, otra vez, tiene que ver con un ser humano que apenas tiene edad suficiente para saber algo más que lo fundamental y, sin embargo, parece saber mucho más.

 


EL AMOR PROPIO
Mallika Krishnamurthy y Steven Arnold


Toda su vida, mi hijo Sashi, que tiene seis años, ha manifestado mucha sabiduría y da la sensación de que sabe exactamente quién es y de qué está hecho. Cuando tenía dos semanas, la enfermera de pediatría comentó que parecía como si ya hubiera estado antes aquí.


Cuando tenía más o menos dos años, estábamos en una gran reunión familiar y se fue solito al coche. Lo encontramos sentado, muy tranquilo, a oscuras, y le preguntamos qué hacía. Dijo que sólo estaba «pensando».


Un día, cuando tenía tal vez tres años, hablábamos de todas las personas que él quería y que lo querían a él. Al llegar al final de una lista muy, muy larga, dijo:

«Y me quiero a mí mismo, porque eso me da energía.»

Su vida ha estado llena de momentos así. Está lleno de sabiduría y compasión y es una fuente de inspiración para nosotros.
 




Algunas veces, la verdad sobre lo que ocurre realmente puede ser terrible cuando procede de los niños. A continuación, una madre soltera, Cher Matihews, relata las observaciones de su hijo de tres años sobre las personas con las que ella salía. La hizo cambiar de hábitos.

 


EL SOBRE
Cher Matthews


Mi hijo Justin nació en 1980 y toda su vida ha manifestado el comportamiento índigo más clásico. Simplemente «nació sabiendo».


Nunca olvidaré algo que dijo cuando tenía tres años. Está escrito en su álbum infantil, porque me resultaba increíble que, a esa edad, alguien pudiera ser tan perspicaz.


Siempre he sido madre soltera. Los hombres con los que salía cuando mi hijo era muy pequeño siempre trataban de «conquistarme» haciéndose amigos de Justin. De alguna manera, él sabia que en realidad no les interesaba conocerlo a él, sino que era una manera de apaciguarme a mí.


En resumidas cuentas, después de una de esas salidas, mi hijo me comentó:

«Tú eres la carta y yo soy el sobre».

Me pareció una afirmación muy extraña en boca de un niño tan pequeño. Le pregunté qué quería decir, de modo que me lo explicó:

«Todo el mundo rompe el sobre para leer la carta y después tiran el sobre».

De más está decir que su observación me dio mucha pena y todavía hace que se me llenen los ojos de lágrimas. Su percepción me hizo cambiar mi manera de salir y me ayudó a ser más consciente.
 




Ya hemos hablado de lo intuitivos que son los niños, incluso en relación con cuestiones tan serias como la muerte y el divorcio. Presentamos a continuación una anécdota que tiene que ver con Ethan, que hará que al lector se le derrita el corazón.

 

Es posible que los niños no alcancen a comprender del todo los motivos, pero no cabe duda de que «sienten lo que ocurre».

 


IMPREGNAR EL CORAZÓN
Allison Hurley


Cuando mi hijo tenía tres años, mi marido y yo nos divorciamos. Por diversos motivos, me había trasladado a Inglaterra por un año y medio, y mi ex esposo y yo compartíamos la custodia de Ethan.


De setiembre a mayo regresé a Estados Unidos unas cuantas veces, pero en realidad no pude pasar con Ethan todo el tiempo que habría querido. Finalmente, el último lunes de mayo, viajó para pasar el verano conmigo.


El verano se me pasó en un abrir y cerrar de ojos, y su padre vino a buscarlo. Yo estaba absolutamente desconsolada. Ethan y yo hablamos mucho sobre lo que ocurría y siempre me quedaba pasmada al verlo tan tranquilo y tan centrado. Parecía comprender de verdad lo que ocurría.

En el aeropuerto, me abrazó y me besó por última vez antes de embarcar con su papá. Traté de mantener la calma y de concentrarme en el amor, pero me puse muy, pero que muy triste. Justo antes de embarcar, regresó corriendo adonde yo estaba y me dio un beso en la mejilla.

 

Me miró al fondo de mi alma y, con su suave manita, frotó donde había besado y dijo:

«Esto es para que se te impregne en el corazón».

Y se marchó.
 




Connie Man habla con su hija de quince años, mientras su hijo de nueve escucha en el asiento de atrás. A veces uno piensa que los niños no entienden lo que ocurre, ¿verdad?

 

Es posible que esta anécdota nos haga cambiar de opinión.

 


SABIDURÍA EN EL ASIENTO TRASERO
Connie Man


Mi marido y yo tenemos la suerte de tener tres hijos: Melissa, de quince años; Joshua, de nueve y Christiana, de tres. Esta historia tiene que ver con Melissa y Joshua. Una tarde, cuando fui a buscar a mis dos hijos mayores a la escuela, Melissa se puso a hablarme de la noche anterior. Había ido a una fiesta con algunos compañeros y quería saber si yo podía explicarle algo que había ocurrido durante la velada.


Para aclarar la situación, tengo que retroceder unos días, cuando Melissa me pidió que la ayudara a comprender la dinámica de cierta relación. Melissa y un compañero de clase, a pesar de que se gustaban, siempre se estaban «buscando las cosquillas el uno al otro». Ella era consciente de que la manera en que ella se sentía en esos encuentros era un mensaje y que su amigo hacía de mensajero, de modo que no preguntaba cómo cambiarlo sino cómo «recibir» el mensaje para cambiar la dinámica de la relación.

 

La felicité por haber captado tan pronto esa verdad y le sugerí que nos sentáramos juntas para pedir ayuda y claridad en esa situación. Llevamos nuestra conciencia al corazón, nos abrimos al amor y Melissa expresó en voz alta su intención. mas un rato en silencio, compartimos nuestros pensamientos y sentimientos, y Melissa decidió que la próxima vez que tuviera algún conflicto con ese chico, en silencio le daría las gracias por esa oportunidad, abriría su corazón y le enviaría su amor.


Pero volvamos a la conversación del coche: Melissa me contó que, la noche anterior, ese amigo se había enfadado con ella y, en lugar de responderle con más gritos, ella le dio las gracias en silencio, abrió su corazón y le envió amor. Dijo que incluso había tenido la sensación en su corazón, que después salió un rayo de luz del corazón de ella al del chico y, por unos segundos, todo estuvo tranquilo.

 

Después, Melissa se asustó e interrumpió el flujo de amor. No entendía lo que había pasado y quería que yo se lo explicara. Le dije que abrir el corazón te puede hacer sentir muy vulnerable y que no se diera por vencida después del primer intento, ya que el amor es más fuerte que el miedo. Mi hijo Joshua estaba en el asiento de atrás jugando con su hermanita, sin prestar atención a nuestra conversación... al menos eso creía yo.

 

Se inclinó hacia delante y dijo:

«Missa, ¿y si, cuando abriste el corazón y le enviabas amor a tu amigo, lo que sentiste fue su miedo en lugar del tuyo? ¿Y si su ira fuese miedo?»

Yo asentía con la cabeza, mientras me inundaba una sensación de respeto y mis ojos se llenaban de lágrimas de alegría y gratitud, que hacían que me costara conducir.


Lo único que pude decir fue:

«¡Si, sí, sí, Joshua! Por supuesto que puede haber ocurrido eso. Melissa estaba transformando el temor con amor.»

Melissa y yo seguimos reflexionando sobre sus sabias palabras y Joshua siguió jugando con su hermanita, sin saber que mi corazón cantaba y mi espíritu se elevaba vertiginosamente, por la bendición de estar en presencia de esos maestros del amor: mis hijos.
 


  • ¿Qué piensa un niño de diez meses?

  • ¿Es capaz de captar conceptos como ayudar a mamá, o cualquier otra cosa, aparte de la cuestión de ayudarse a sí mismo?

La siguiente es la clásica situación de los índigo. Puede que no sea gran cosa, pero conviene tener en cuenta lo que dicen los expertos en evolución infantil acerca de esos primeros meses de vida.

 

Un índigo no sólo manifiesta una actitud de «estuve allí, e hice aquello», sino que también presenta algunos atributos conceptuales que van mucho más allá de lo esperado. He aquí algunas anécdotas que harán que el lector se pare a pensar en las diferencias entre él y yo, cuando teníamos diez meses... y los nuevos índigo.

 


LA SILLA
Marie-Helène Dubois


Cuando Ali tenía diez meses, consiguió empujar una silla hasta la cocina. Me enfadé mucho y le dije que la cocina era demasiado pequeña y que no cabía en ella una silla. Se la quité y volví a ponerla en la entrada. Ali no lloró y se fue a jugar a otro sitio.

Como tres horas después, me di cuenta de que se había fundido una de las tres bombillas que había en la cocina; entonces comprendí por qué Ali había llevado la silla a la cocina: quería ayudarme a cambiar la bombilla, pero era tan pequeño que no hablaba. Me sentí muy culpable ese día y me prometí que siempre trataría de fijarme en por qué mi hijo se comportaba de una manera determinada, antes de enfadarme con él. Por ese entonces, no sabía nada sobre los niños índigo, pero me daba cuenta de que mi hijo era muy especial y que, en cierto modo, era más inteligente que yo.


¿Al lector le parece extraño? Aquí tenemos al mismo niño, con catorce meses.

 

Marie-Heléne Dubois continúa:


Cuando Ali tenía catorce meses, abrió por primera vez el armario de la cocina. Es un armario muy pequeño, en el cual guardo cantidad de cacerolas de todos los tamaños y de todo tipo. Todo está muy bien ordenado, porque hay muy poco espacio, y los dos estantes que contiene están repletos. Ali entró, abrió el armario y comenzó a sacarlo todo.

 

Me dije:

«¡Oh, no! Dejará la cocina toda desordenada y tendré que recogerlo todo.»

Pero me retiré, dejando que mi hijo se divirtiera con su juguete nuevo.


Cuando regresé, al cabo de veinte minutos, me llevé una gran sorpresa. ¡No había nada en el suelo! «Dónde están todas mis cacerolas?», me pregunté en voz alta. Abrí el armario y vi que Ali había colocado cada una exactamente en su lugar (y eso que había alrededor de veinte cacerolas). Y así lo hizo cada vez que se puso a jugar con ellas.
 




A veces hay cosas que parecen difíciles de creer con respecto a estos niños. Para una madre, la última anécdota debe resultar francamente increíble.
Aquí va otra. Nos han contado muchos casos de niños que habían llevado a sus padres a una tienda, el año pasado, para buscar el primer libro sobre los índigo.

  • ¿Cómo podían saber que les sería útil (a ellos o a sus padres)?

  • ¿Cómo podían saber lo que ponía?

Son preguntas a las que no podemos responder, pero aquí van dos historias. La primera se refiere a David, que parece que ayudó a sus padres a dar con el libro en un momento muy oportuno. La segunda trata de un chico que suele leer con su madre, ¡incluso el libro sobre los índigo!

 


ANTES DE LLEVARLO AL MÉDICO
Petra-Sarah Neumayer


Muchas gracias por su magnífico libro, Los Niños Índigo, que ha salvado a mi hijo, David Nathan, de seis años. Aunque parezca una exageración, es verdad. Estábamos a punto de darnos por vencidos. Como nuestro hijo es muy inteligente y sumamente sensible, no podía portarse bien ni estar con otros niños de su edad.


Comenzó a hablar a los ocho meses y él solo aprendió a leer y a hacer cálculos a los tres años. Ahora le interesan la ciencia y la astronomía. Todos los días habla con Dios y con los ángeles, a los que llama «mis ángeles» y «mi gente». Dice que es rey y parece saberlo todo.


A menudo se mostraba muy airado y agresivo con nosotros, porque no entendíamos su comportamiento. Nos preguntábamos a nosotros mismos (y también a él) por qué no podía ser «normal».


Finalmente, cuando estábamos a punto de llevarlo a un médico que habría comenzado a tratarlo con Ritalina, David Nathan me hizo entrar en cierta tienda y me pidió que buscara el libro sobre los índigo. Yo ya había visto su libro allí y sabía que tenía que comprarlo (aunque no había escuchado nunca la expresión «niños índigo»). En cuanto compré el libro, el comportamiento de mi hijo cambió. Parecía contento y satisfecho. Y sigue así.


P.D.: ¡A David no lo tratarán con Ritalina!
 




DICE QUE HE HECHO BIEN
Dee


Sólo quería darles las gracias por escribir el libro sobre los índigo. Tengo un hijo de trece años y creo que es un niño índigo. A menudo les digo a los demás que es diferente y que no se pueden aplicar con él los métodos tradicionales, pero en realidad nunca pude explicar los motivos. Muchos de mis familiares juraban que lo había «perdido» hacía un par de años. Nunca perdí la fe en lo que era ni en lo que llegaría a ser, y ahora veo que una parte mayor de él «cobra vida». Su libro me ha ayudado mucho a conocerlo mejor.


Nos enteramos de la existencia de Los niños índigo por un artículo del periódico y mi hijo me pidió que comprara el libro y lo leyera con él. Le cuesta bastante leer y sabía que necesitaría ayuda, pero lo ha cogido muchas veces desde que lo traje a casa y ha leído unos cuantos párrafos. Me dice que instintivamente he hecho lo que sugiere el libro, durante toda su vida.


También he recomendado el libro a todos mis familiares que tienen hijos y a algunos de los maestros de mi hijo. Espero que los entusiasme tanto como a mí.
 




A continuación, vamos a contar una anécdota que demuestra que algunos niños van mucho más allá de las películas y los juegos violentos de hoy día y que realmente son perspicaces con respecto a esas cosas. A veces no se nos ocurre que los niños puedan discernir por sí mismos lo que es real de lo que es fantasía, de modo que restringimos el acceso a ese tipo de juegos o espectáculos. Hacerlo tiene mérito, pero la siguiente anécdota revela que algunos niños comprenden la diferencia e incluso que la experimentan en la realidad.


Este es el caso de un niño que, mientras recibía entrenamiento en las artes marciales, adoptó una postura interesante. Desde la perspectiva de su maestro de karate, he aquí la historia de Jombi, el índigo que no quería luchar.

 


ENTRENANDO A JOMBI
Robert Jacobs


Fui maestro de karate en un dojo de Florida durante las décadas de 1980 y 1990. En esa época, debí de conocer a miles de chavales. La mayoría de ellos eran memorables, algunos más que otros, y hay un niño que nunca olvidaré, que tenía siete años y se llamaba Jombi. Le habían diagnosticado déficit de atención y costaba mucho enseñarle.

 

Siempre nos traían niños con problemas de atención. Sus padres tenían la esperanza de que aprendieran a concentrarse, o que adquirieran cierta disciplina, o que aprendieran a aprender. Jombi observaba mucho y hacía muchas preguntas, pero era un chaval simpático y agradable, y no causaba problemas. Yo era su maestro, o gousei, y lo trataba lo mejor que podía.


Recuerdo que, cada vez que le enseñaba algo, siempre quería saber primero el por qué y después lo pillaba más rápido. Algunas veces, sencillamente no teníamos tiempo de explicar nada; entonces no aprendía la técnica.


Un día le enseñé a arrojar a una persona al suelo. Le mostré que había que apartarse, mientras se sujetaba la manga y la solapa del adversario, y a continuación había que girar mientras se lo daba vuelta y se lo echaba al suelo. No comprendía por qué uno sencillamente no lo agarraba y lo hacía caer. Le expliqué que algunas personas tienen un tamaño mucho mayor y que hay que usar la astucia para derribarlas. Eso le pareció interesante, de modo que lo aprendió.


No entendía por qué repetíamos las patadas y los puñetazos, las partes aeróbicas del entrenamiento de karate. Le expliqué que, a través de la repetición, aprendía a coordinar el cuerpo con la mente. Me miró como si estuviera loco. Le dije que, después de repetir mil veces cada patada y cada puñetazo, podría dar una patada de forma automática, sin pensarlo.

 

Volvió a dirigirme una mirada perpleja.

«El ejercicio te hace bien -le dije-; te ayuda a crecer. Confía en mí.»

Jombi se mantuvo incrédulo.


No quería practicar kickboxing (el boxeo a patadas), porque no le veía sentido. Le dije que le serviría para fortalecer y coordinar todos los músculos al mismo tiempo y que aprendería a defenderse.

• Defenderme, ¿de quién? - preguntó.
• Pues, tal vez de algún bravucón de la escuela - respondí.

• Basta con alejarse, ¿no?
• Es mejor, sí, pero a veces no se puede; para eso están las escuelas de karate.
• ¿Y si le pegamos, sencillamente?
• Te estoy enseñando a pegar bien, Jombi.
• ¿Por qué, gousei Robert?
• Porque todos los malos de las películas y los dibujos animados que perdían en las peleas no sabían pegar bien, y tu madre paga por eso, conque haz caso, hermano, y levanta los puños.

Pero seguía sin querer luchar. Tenía miedo de hacerle daño a alguien. ¡Mecachis! Una de las niñas se acercó a él, le dio un golpe en la cabeza y dijo:

«Venga, Jombi, ¡que es divertido!»

Entonces aprendió kickboxing, riendo como un tonto mientras combatía, pero yo lo dejaba. Caray, si no quería desanimarlo. Luchar es una ciencia y si Jombi quería reír mientras aprendía la dulce ciencia, pues adelante. Creo que tuve más paciencia con él que con ningún otro chaval de la escuela.


Después de asistir a clase durante unos seis meses, Jombi se tuvo que presentar a un examen para conseguir el cinturón amarillo, el segundo peldaño de la jerarquía en mi escuela de karate. Jombi se colocó en el centro del dojo y demostró que había aprendido todas las patadas, los bloqueos y los puñetazos. Hizo las formas estilizadas que reciben el nombre de katas. Realizó los contraataques de una forma que nos resultó satisfactoria. Hizo kickboxing con una niña, riendo los dos como tontos, mientras el dueño del gimnasio, el director, los reprendía para que permanecieran serios. La madre de Jombi y yo simplemente nos mirábamos.


Entonces llegó el momento de romper un par de tablas y Jombi dijo que no quería. ¡Oh, no! Era lo último que faltaba para completar la prueba y se iba a acobardar justo entonces. El director se impacientó y temí que lo suspendiera. Le pedí que me dejara hablar con él un segundo.


Acerqué la cabeza a la de Jombi y le pregunté por qué no quería romper las tablas. Dijo que la tabla era bonita y que no le había hecho nada. Le pregunté si sabía lo que era la tradición.

 

Me respondió:

«Más o menos. Era algo que le dabas a alguien todos los años.»

Le dije:

«No está mal, Jombi. La cuestión es que todo lo que sabes de karate se ha venido transmitiendo a lo largo de los años desde China y nuestro conocimiento se remonta a hace cuatro mil años. Jombi, lo único que tienes que hacer es romper las tablas y formarás parte de la antigua China. Te hemos enseñado las habilidades secretas y formarás parte de la tradición de los sacerdotes guerreros. Hazlo por China, por ti mismo y por tu madre. Hazlo por mí, Jombi. Por favor, sólo tienes que romper las tablas.»

Jombi me miró y dijo:

«Conque por China, ¿no?»

Asentí.

 

Jombi rompió las tablas, su suave grito de guerra resonó en el dojo y el director le puso el cinturón amarillo. Jombi no sería Bruce Lee, pero aprobó el examen y me sentí orgulloso. Estaba orgulloso de todos los alumnos de la escuela, pero en el caso de Jombi sentí algo más. Pensé que tenía una vida muy dura por delante. Poco después abandonó nuestra pequeña familia karateca y sus padres lo apuntaron en otro distrito escolar. Le quedaba demasiado lejos para seguir viniendo a clase con nosotros. Lo vi una vez más, cuando lo trajo su madre, que quería comprarle otra camiseta de karate. Hablamos unos minutos, lo abracé y se marcharon.


Años después, asistí a un seminario de Kryon en Los Ángeles. Durante una conferencia sobre los niños índigo, de pronto me acordé de Jombi y se me ocurrió que podía serlo. Todo me cuadraba, realmente tenía momentos de inspiración y comprendí por qué Jombi hacía las cosas a su manera. En el seminario se comentó otra cosa, más o menos un minuto después de que penetrara en mi cerebro la verdad acerca de Jombi: que su mentor de karate era uno de esos niños índigo que nació antes de tiempo y no pudo retener la imagen de índigo.

 

Evidentemente, ese mentor era yo.
 



¿El lector recuerda a Ali en la cocina, con todas las ollas y las cacerolas? (Todavía nos acordamos de él. Podemos clonarlo y enviarlo a todas las cocinas del país. ¡Es broma! No hace falta que los lectores nos escriban.) Era el que parecía saber dónde iba cada cosa.

 

Tal vez debería conocer a Beatrix, experta en paños de cocina, con sólo dos años.

 


UN ARREGLO RÁPIDO EN LA COCINA
Grace Koh


Hace tiempo que quiero escribir acerca de mi hija de tres años, Beatrix. Nació con dos semanas de adelanto y montaba un número cada vez que trataba de meterla en la cama. Dormía muy poco y quería estar donde estaba la acción, desde el primer día. Había que prestarle atención todo el tiempo y más vale que uno se la prestara al 100 por 100, porque si no... Era como una reina y, cuanto antes nos hicimos a la idea, más sencillo nos resultó ocuparnos de ella. Enseguida se aburrió de estar acostada de espaldas y antes de cumplir los tres meses ya se arañaba las rodillas, tratando de incorporarse.


Cuando tenía casi dos años, entró en la cocina, donde yo estaba preparándole la comida, y se puso a jugar con el paño, que estaba colgado de un gancho. Preguntó por qué le había enrollado un trozo de elástico y le expliqué que, puesto que los ganchos no formaban una curva suficiente hacia arriba, el paño se caía al suelo cada vez que me secaba las manos. Por eso había enrollado la goma elástica alrededor del gancho, con la esperanza de que se aguantara mejor y, por tanto, no se cayera. (Pero no funcionaba del todo bien.)


Beatrix calló un momento y después saltó:

«¿Qué te parece así, mamá?»

Eché un vistazo y vi que había quitado la goma elástica, había enganchado la presilla del paño en el gancho y simplemente había estirado la goma elástica, colgándola entre dos ganchos. El paño no volvió a salirse del gancho, a menos que yo lo quisiera. ¡Una solución tan sencilla y tan eficaz!

 

¿A alguien se le puede reprochar que quiera tanto a un índigo?
 




Ninguna sección sobre la sabiduría estaría completa si no incluyera proverbios infantiles o cosas que hemos aprendido de los niños. Los que siguen han tenido una amplia difusión en Internet, de modo que es posible que el lector ya haya visto muchas de las afirmaciones siguientes.


Vamos a comenzar con proverbios infantiles, dichos sabios en boca de adultos pequeñitos.

 


PROVERBIOS DE LOS ÍNDIGO
Autor anónimo. (Fuente: internet)

«No confíes nunca en que un perro te cuide la comida.»

(Patrick, 10 años)


«Cuando tu papá se enfada y te pregunta: “¿Te parece que soy estúpido?”, no respondas.»

(Hannah, 9 años)


«Nunca le digas a tu madre que su dieta no da resultado.»

(Michael, 14 años)


«Aléjate de los tontos.»

(Randy, 9 años)


«No orines nunca sobre un alambrado eléctrico.»

(Robert, 13 años)


«No te agaches con las espuelas puestas.»

(Noronha, 13 años)


«No tires del dedo a tu padre cuando te lo pida.»

(Emily, 10 años)


«Cuando tu mamá está enfadada con tu papá, no dejes que te cepille el pelo.»

(Taylia, 11 años)


«No dejes jamás a tu hermanito de tres años en la misma habitación que los deberes de la escuela.»

(Traci, 14 años)


«No estornudes delante de tu madre cuando estés comiendo galletas.»

(Mitchell, 12 años)


«Los perros siguen teniendo mal aliento, incluso después de comerse un caramelo de menta.»

(Andrew, 9 años)


«No sujetes nunca al mismo tiempo un aspirador y un gato.»

(Kyoyo, 9 años)


«No se puede esconder un trozo de brécol dentro de un vaso de leche.»

(Armir, 9 años)


«No te pongas ropa interior a topos debajo de unos pantalones blancos.»

(Kellie, 11 años)


«Si quieres un gatito, empieza pidiendo un caballo.»

(Lauren, 9 años)


«No te metas con tu hermana cuando tenga un bate de béisbol en la mano.»

(Joel, 10 años)


«Cuando saques una mala nota en la escuela, enséñasela a tu madre cuando esté hablando por teléfono.»

(Alyesha, 13 años)


«Nunca intentes bautizar a un gato.»

(Eileen, 8 años)

La siguiente es una lista muy conocida, titulada «Lo que he aprendido de mis hijos (sinceramente, no es broma)». La hemos encontrado en Internet y figuraba como «escrita por una madre anónima de Austin, Texas».

 

De modo que si alguna de las lectoras es esa madre, le rogamos que nos lo haga saber.

 


LO QUE UNA MADRE HA APRENDIDO DE SUS HIJOS
Autor anónimo. (Fuente: Internet)

  • Una cama de agua de matrimonio contiene agua suficiente para dejar una casa de 185 metros cuadrados bajo diez centímetros de agua.

  • Si rocías de laca para el pelo un montón de pelusa y pasas patinando por encima, se puede prender fuego.

  • La voz de un crío de tres años es más fuerte que la de doscientos adultos en un restaurante repleto.

  • Si enganchas la correa del perro de un ventilador de techo, el motor no tiene potencia suficiente para hacer girar a un niño de veinte kilos con ropa de Batman y capa de Superman. Sin embargo, la potencia sí que alcanza para desparramar pintura sobre las cuatro paredes de una habitación de 6 x 6 metros.

  • Conviene no arrojar pelotas de béisbol hacia arriba cuando está encendido el ventilador de techo.

  • Cuando uses como bate el ventilador de techo, hay que tirar la pelota hacia arriba unas cuantas veces, antes de atinarle. Un ventilador de techo es capaz de arrojar una pelota de béisbol a mucha distancia.

  • El cristal de las ventanas (ni siquiera cuando es doble) no frena una pelota de béisbol que ha sido golpeada por un ventilador de techo.

  • Cuando escuches el ruido del váter y alguien que dice «¡Oh, no», ya es demasiado tarde.

  • El líquido de frenos, cuando se mezcla con blanqueador para la ropa, produce humo, y mucho.

  • Un niño de seis años puede encender fuego con un pedernal, por más que un hombre de treinta y seis años diga que eso sólo ocurre en el cine.

  • Con una lupa se puede encender fuego, aunque esté nublado.

  • Ciertas piezas del Lego pueden pasar por el tracto digestivo de una criatura de cuatro años.

  • No conviene usar nunca las palabras «plastilina» y «microondas» en la misma oración.

  • La cola rápida dura para siempre.

  • Por más gelatina que se eche en una piscina, nunca podrás andar sobre el agua.

  • De los aparatos de vídeo no salen bocadillos de mantequilla de cacahuete y jalea, por más que los anuncios de televisión digan que sí.

  • Las bolsas de basura no sirven para hacer buenos paracaídas.

  • Las canicas en el depósito de gasolina hacen mucho ruido cuando uno va conduciendo.

  • Es probable que no quieras saber qué es ese olor.

  • Mira siempre el interior del horno antes de encenderlo. A los juguetes de plástico no les gustan los hornos.

  • Los bomberos de Austin, Texas, tardan cinco minutos en presentarse.

  • Las lombrices de tierra no se marean con el centrifugado de la lavadora; en cambio, los gatos sí.

  • Un gato puede vomitar el doble de lo que pesa, cuando se marea.



A continuación, algunos refranes, pero con un giro inesperado. Son los más comunes, del tipo de «Más vale prevenir que lamentar», en los que, también tomada de Internet, aparece la sabiduría de los índigo.

 

Se presentaron los comienzos de unos refranes muy conocidos a niños de primer grado y el maestro les pidió que los completaran.

 


REFRANES
Autor anónimo. (Fuente: Internet)

  • Más vale prevenir que... darle un puñetazo a uno de quinto.

  • A hierro caliente... ten cuidado, no te vayas a quemar.

  • Después de la tormenta... queda todo mojado.

  • No subestimes nunca el poder de... las termitas.

  • Treinta monjes y un abad pueden hacer beber a un asno... pero, ¿cómo?

  • No muerdas la mano que... parece sucia.

  • Sin noticias... no se puede vivir.

  • Loro viejo no aprende... la matemática moderna.

  • Quien con perros se echa... por la mañana apesta.

  • Ama a todo el mundo, confía en ... mí.

  • La palabra convence, la espada... hace daño.

  • La ociosidad... es la mejor manera de relajarse.

  • Donde fuego se hace... hay contaminación.

  • Novia mojada... vestido hecho un asco.

  • Centavo ahorrado... no vale gran cosa.

  • A menos bulto... menos peso.

  • No dejes para mañana lo que... te pongas para ir hoy a la cama.

  • Ríe y el mundo entero reirá contigo; llora y... tendrás que sonarte la nariz.

  • No hay mayor ciego que... Stevie Wonder.

  • A los niños se les ve pero no se les... pega ni castiga.

  • En el peor aprieto... consigue pilas nuevas.

  • You get out of something what you... see pictured on the box.

  • Si un ciego guía a otro... apártate.

  • Más vale tarde que... embarazada.



Nancy Shea tiene tres hijos índigo y va a tener la amabilidad de contarnos dos historias por medio de su poesía, pero la que más le gusta se refiere a su hijo cuando le hicieron un examen de aptitud para ingresar al parvulario. Dice que no pudo incluir esta anécdota en los poemas que vienen a continuación.


En el examen había dos preguntas a las que respondió de forma insólita. Primero le pidieron que pusiera los nombres de las partes del cuerpo humano, del cual le presentaron un boceto. Lo habitual era que se nombraran los brazos, las piernas, la cabeza, las manos, etc. En cambio, ¡él dibujó los órganos que están dentro!

 

Desde la silla reservada para los padres en la sala de espera, Nancy escuchó a la maestra comentar:

«Muy interesante y dime: ¿para qué sirve la vejiga?»

¿Y la segunda? Le pidieron que nombrara algo con alas y respondió:

«Los arcángeles».

¡Un niño de los nuestros!


PÁRVULO ERUDITO
Nancy Shea

Pequeño para su edad y con rasgos de bebé,
Entró, manso, a conocer a su nueva maestra

Que enseguida presintió que era un niño creativo
Y comenzó a hablarle con dulzura.

«Ya estás en parvulario. Vamos a ver qué sabes.
Vamos a hacer un par de pruebas divertidas y te puedes marchar.»

Él conocía todas sus partes, hasta las rodillas,
Y recitó con elocuencia su abecé.

«¿Qué pasaría si soltara esta pelota?»
La ley de gravedad no planteó ninguna dificultad.

Estas cosas vuelan y éstas tienen cuatro patas,
Ahora vamos a clasificar, usando clavijas de colores.

«¡Fantástico!», exclamó ella, sonriendo a su erudito
Que, henchido de orgullo, alargó el cuello.

Una pregunta más y se arrodilló a su lado:
«Dime qué tenemos cuando se funde el hielo.»

«No estoy seguro», respondió con una vocecita preocupada.
Formuló la pregunta de otra manera, para darle otra oportunidad.

Esperó con la paciencia y la elegancia de una bailarina,
Porque en el fondo sabía que él conocía la respuesta.

Hinchando el pecho con la convicción de un rey,
Respondió confiado: «Cuando se funde el hielo, es primavera»




MI AMIGO JOHNNY JOE
Nancy Shea

Johnny Joe era un chico estupendo,
Pero, lamentablemente, todavía no había aprendido a disimular.

A menudo decía lo que pensaba
Y solía poner a sus padres en aprietos.

He aquí lo que le ocurrió a este chaval
Un domingo en misa con su mamá y su papá.

Entró la esposa del pastor con un sombrero enorme
Y se fue a sentar justo delante de Johnny.

Su madre rogó para que se estuviera callado,
Pero Johnny se puso de pie y bramó: «Qué sombrero bestial»

Mientras la esposa del pastor trató de pasar por alto el comentario,
Su padre respondió con astucia: «Tienes razón, hijo, es enorme»



En nuestro primer libro, nos referimos a las dificultades que encuentran los niños índigo en la escuela. Los llamamos «rompe-sistemas» y anunciamos a los lectores que acabarían por destruirlo. Después de la publicación de Los Niños Índigo, eso es, exactamente, lo que empezó a ocurrir. Los niños se han vuelto más listos que las pruebas y comienzan a quejarse de forma masiva de lo malas que son las preguntas. Empeora la situación un sistema que a menudo exige una curva de puntuación como criterio para conceder fondos públicos y para incorporar a los niños a la escuela.


En junio de 2000, la revista Time puso de relieve precisamente ese problema en un artículo titulado «¿Esa es su última respuesta?»

 

Decía que,

«los educadores han tenido que rebajar el nivel de sus explicaciones para enseñar unos temas que solían ser de poca monta pero que entraban en los exámenes».

Time informó también de que «en Illinois doscientos estudiantes afirmaron que habían suspendido el examen a propósito».


La situación coloca a los docentes entre la espada y la pared. El sistema les exigía que subieran las notas de los alumnos y los alumnos se negaban a hacer los exámenes. ¿Y qué ocurrió? Se convirtió en noticia.

 

Otra vez, según Time,

«tan sólo en los últimos meses, la acusación de que se hacen trampas con la complicidad de los profesores originó escándalos en escuelas de California, Florida, Maryland, Nueva York y Ohio».

En un artículo titulado «¿Preguntas tontas para niños brillantes?», se hacia la siguiente afirmación:

«La rebeldía de los educadores contra lo que consideran un sistema de pruebas inadecuado ha llegado incluso al terreno en el cual compiten los mejores alumnos».

¿Significa eso que, de pronto, los profesores se han vuelto deshonestos? De ninguna manera. Por si no lo hemos dicho todavía, nos parece que las personas que se dedican a la enseñanza sienten pasión por los niños, están mal pagados, poco reconocidos y son grandes defensores de la educación infantil.
 

Muchos de ellos se enfrentan al mismo dilema en diversos grados: ¿conforman a un sistema anticuado o reconocen que en realidad los niños necesitan algo nuevo? Es como andar en la cuerda floja y puede que, como padres, debiéramos dedicar un momento a rendir homenaje a los maestros de todo el mundo que se enfrentan a este desafío.


Mientras tanto, ¿cómo ven los niños esa lucha intelectual y política? Presentamos la breve historia de Lee, un niño de ocho años que no sabe nada de política ni del sistema; simplemente lo percibe.

 

De Londres nos llega la historia del «niño automático».

 


EL NIÑO AUTOMÁTICO
Sharon Marshall


Como han pedido más historias sobre los niños índigo, he pensado que tal vez les gustaría conocer la interesante analogía que me presentó mi hijo Lee, de ocho años. A Lee le fascinan las máquinas y me dice a menudo que él es (ahora, no en el futuro) un gran inventor / científico.


Hace un par de días le pregunté por qué estaba tan descontento con la escuela. Me dijo que porque querían que funcionara de forma manual, pero que él era automático. Le pedí que me explicara lo que quería decir, de modo que añadió que funcionar de forma manual quería decir «ser controlado», que era lo que querían hacer con él los maestros.


Comenté que las máquinas sólo podían ser automáticas si antes habían sido programadas y, por tanto, que de todos modos hacia falta alguien que las controlara, al principio.

 

Pero Lee respondió (como si fuera evidente):

«No, es distinto. Yo ya estoy programado. Yo ya sé lo que tengo que hacer y no necesito que me controlen los profesores.»

¿Qué puedo decir?


Les agradezco la oportunidad de compartir con ustedes la última joya de mi hijo y por dedicar el tiempo a escribir Los niños índigo, que hace que todo cobre sentido (¡hasta mi propia infancia!)
 




Los niños son magos con los aparatos electrónicos. Animamos al lector a que haga la pruebe y le pregunte a sus hijos cómo hacer para que no se enciendan y se apaguen los números del aparato de vídeo, o cómo programarlo. ¡Seguro que saben!


Cabría esperar lo siguiente de un niño en la escuela primaria, pero, ¿y de una niña de menos de dos años?


De acuerdo en que no programó el vídeo... pero puede que lo haga cuando cumpla los tres.

 


NIÑOS QUE «SIMPLEMENTE SABEN CÓMO HACER LAS COSAS»
Jere Neal


Tengo una nieta hermosa, que está a punto de cumplir dos años. Ha ocurrido muchas veces que ha dicho o hecho algo y nos hemos preguntado «¿De dónde lo habrá sacado?» Parece una criatura muy inteligente (claro que estoy predispuesta a su favor) y, además, es muy testaruda.

 

Como dice el libro [Los Niños Índigo]:

«No tienen problemas de valoración personal» y «Llegan al mundo sintiéndose reyes».

Enseguida, cuando era bebé, nos hacía saber, sin ninguna duda, lo que le gustaba y lo que no. Tiene su propia opinión sobre todo, aunque también puede ser muy dulce, encantadora y sabe «manejar» a toda la familia, incluso a las personas que la cuidan.


Dos acontecimientos recientes que me vienen a la memoria son: (1) Cuando apenas tenía dieciocho meses, su madre la puso a mirar el vídeo de La sirenita mientras ella se preparaba en la otra habitación.

 

En realidad, en ese momento mi nieta no quería ver esa película sino La dama y el vagabundo, pero su madre estaba cansada de ésta, de modo que le dijo:

«Mira La sirenita, que salgo enseguida».

Cuando salió de la otra habitación, mi nieta estaba sentada en el sofá, de lo más contenta, mirando La dama y el vagabundo. Había sacado la primera cinta del aparato, había introducido la otra en el lugar correcto y lo había puesto en marcha. ¡Su madre se quedó atónita!


(Nota de los autores: Sí, sí, estamos de acuerdo en que los niños son buenos imitadores. Pero queremos recordar al lector que esa pequeña tuvo que encontrar el botón para expulsar la cinta, extraerla, introducir la otra bien adentro para que se encajara y a continuación presionar el botón de puesta en marcha. Nosotros también nos habríamos quedado atónitos.)


Hace poco (les recuerdo que todavía no ha cumplido los dos años), varios familiares estábamos sentados en la sala, hablando sobre la Navidad. Mi suegra dijo que le había comprado a mi nieta un «d-os-e-l» (y lo dijo letra por letra) para la cama. Mi nieta alzó la vista, dijo algo que todos entendimos como «dosel» y siguió mirando la televisión tranquilamente. Nos miramos los unos a los otros, sin poder creer lo que acabábamos de escuchar.


Pues bien, si una niña pequeña ya sabe manejar el aparato de vídeo, ¿qué podemos esperar de un niño de once años? Este en particular diseña ordenadores, mientras va resolviendo problemas de matemáticas.

 


CON ENERGÍA SOLAR, ACTIVADO CON LA VOZ
Marcia Pack


En primer lugar, quiero darles las gracias por su libro Los niños índigo, que ha sido para mí una revelación y me ha explicado muchas cosas. ¡Me parece que tengo la casa llena de índigos! Tenemos cinco hijos y mi esposo y yo hemos llegado a la conclusión de que todos son índigo: los mayores son los precursores y han pasado por toda la serie de dificultades que ustedes describen en su libro.


Mi anécdota simpática (tan sólo una de ellas) se refiere a mi hijo Kyle, que ahora tiene once años. Cuando estaba en tercero, le iba muy mal en la escuela: su capacidad para escribir, su capacidad deductiva y sus notas eran muy inferiores a lo que deberían haber sido. Kyle era muy impulsivo y con mucha frecuencia «reaccionaba» pegando a los demás. Sus reacciones solían ser desproporcionadas. A pesar de ser un niño brillante, era incapaz de concentrarse en una tarea y se distraía enseguida.


Su coeficiente intelectual era de 129, pero su rendimiento era de apenas 105, lo cual indicaba un «problema de aprendizaje», al haber una diferencia de más de veinte puntos entre ambos. Programé una entrevista con sus tres maestros, porque Kyle no podía acabar los deberes, era muy desorganizado y se «olvidaba» de todo.


Nos pusimos a hablar de un examen de matemáticas en concreto que había hecho en la escuela, en el cual sólo había acabado dos de los tres problemas. Como adultos, nos tenía muy intrigados; entonces sugerí que llamáramos a Kyle y le preguntáramos a él.

 

Cuando entró, le enseñé el examen de matemáticas y le pregunté:

«Kyle, no acabaste este examen. ¿En qué estabas pensando, en lugar de pensar en lo que tenías que hacer? ¿Estabas mirando fuera? ¿Alguien te distraía? ¿Qué pasó?»

Kyle lo contempló con detenimiento durante unos cuantos minutos y después respondió:

«Oh, ¿este examen? Bien, es de cuando estaba diseñando el ordenador que funciona con energía solar, activado con la voz, para poder usarlo sin manos, incluso si no hay corriente, y sin necesidad de ratón.»

Entonces buscó en su bolso y extrajo un esquema del ordenador que acababa de mencionar.


Los maestros y yo nos quedamos boquiabiertos, nos miramos los unos a los otros y uno de ellos dijo:

«Bien, señora Pack, ¿qué sugiere usted?»

Me eché a reír, alcé las manos y exclamé:

«Por eso estoy aquí. Los expertos son ustedes y eso es lo que yo pregunto.»

Ha habido muchos «episodios índigo» más, pero éste nos ha hecho reír tantas veces, a mi esposo y a mí, que no he podido resistir la tentación de enviárselo por correo electrónico.
 




En el primer libro sobre los índigo, dijimos a los padres que lo mejor que podían hacer era:

(1) respetar a sus hijos como amigos

(2) darles la oportunidad de elegir

Muchos nos han comentado que la mejor manera de relacionarnos con un hijo índigo consistía en tratarlo como un adulto en el cuerpo de un niño, que intenta «recordarlo» todo. Uno se limita a ayudarlo en su redescubrimiento. ¿A que nadie le gritaría a un amigo porque no quiere comer cuando